CAPÍTULO 4 #2
La principal tenía cerrojo interior. El dormitorio comunicaba con un pequeño cuarto de baño y con un vestidor. No encontré pasadizos secretos, cadáveres ni altares.
Me sentí decepcionada conmigo misma por haberlos buscado. A media tarde llamaron a la puerta. Era Edrik.
—El rey sigue encerrado con el consejo y me han mandado a comprobar que no hayas escalado ninguna pared.
—¿Danah?
—Por supuesto.
—Dile que todavía no.
Edrik entró sin esperar invitación. Dejó una bolsa sobre la mesa.
—Tu hermana envió esto con uno de los jinetes que salió detrás de vosotros.
Abrí la bolsa. Había una carta.
Reconocí la letra de Elin antes de tocar el papel.
Me senté. Edrik miró hacia la ventana.
—Puedo irme.
—Quédate. Así si me insulta demasiado tendré un testigo.
Rompí el sello.
Mel:
Sigo enfadada. Mucho. No te perdono que decidieras por mí y menos aún que te marcharas antes de que pudiera impedirlo.
Tampoco voy a fingir que no quiero saber si estás viva.
Escribe en cuanto puedas. No me cuentes solo lo que creas que puedo soportar. Si haces eso, viajaré hasta Nocthar y te arrancaré personalmente la verdad.
He encontrado más papeles de mamá. Hay otra hoja con el apellido Varen y un dibujo parecido al pájaro de tu muñeca. Lo guardo.
Te quiero. Eso tampoco significa que te perdone.
Elin.
Leí la carta dos veces.
—¿Buenas noticias? —preguntó Edrik.
—Mi hermana amenaza con cruzar el reino para pegarme.
—Entonces está bien.
—Muy bien, según sus propios criterios.
Doblé el papel.
—¿Qué sabes del apellido Varen?
La sonrisa de Edrik desapareció.
—¿Por qué preguntas?
—Porque es el antiguo apellido de la familia de mi madre.
Se rascó la cicatriz de la mandíbula.
—He oído el nombre en archivos viejos.
—¿Qué archivos?
—Los de la familia real.
—Eso ha sonado bastante peor de lo que pretendías.
—No pretendía nada.
—Entonces te sale natural.
Edrik se acercó a la puerta.
—Pregúntaselo a Ravian.
—Otra persona más mandándome al rey.
—Es una de las ventajas de tener uno. Sirve para cargarle las preguntas incómodas.
—¿Y también las respuestas?
—Ahí funciona peor.
Se marchó antes de que pudiera detenerlo.
Antes de que llegara, escribí a Elin. Le conté que estaba en Nocthar y pedí que enviaran la carta con el correo del sur.
Ravian llegó cuando ya había oscurecido.
Iba sin corona ni capa y se había quitado los guantes.
Me fijé en sus manos inmediatamente.
La zona oscura alrededor de las uñas seguía allí.
—¿Te duele la marca? —preguntó.
—Menos desde que Danah me ha dado el ungüento.
—Me alegra oírlo.
—No has venido a hablar de cremas.
Ravian cerró la puerta detrás de él.
—He venido porque tienes derecho a saber algunas cosas.
—¿Solo algunas cosas?
—Las suficientes para que no te mates esta noche.
—Empieza de maravilla.
Se quedó de pie frente a la chimenea.
—Las reglas que te ha dado Danah son importantes.
—Ya me ha contado lo de Sereth.
Su expresión se endureció.
—¿Qué te ha contado?
—Que oyó a su madre, abrió una ventana y acabó fuera cubierta de sangre. También que salió otra noche y apareció en el tejado de la capilla.
Ravian miró el fuego.
—Danah debería aprender a resumir mejor.
—Yo prefiero que aprenda a contar más.
—Sereth murió hace siete años.
—Yssara dijo que desapareció.
—Para el reino, murió.
—¿Para ti?
Ravian levantó los ojos.
—Para mí también.
Había demasiado peso en aquellas palabras para despacharlas como una mentira sencilla.
—No hay tumba.
—Hay muchas formas de perder a alguien sin enterrarlo.
Quise preguntarle qué significaba. Se adelantó.
—Esta noche quédate dentro. Mañana te enseñaré el castillo y hablaremos del matrimonio.
—¿Cuándo se supone que ocurre?
—Todavía no hay fecha.
—Creía que el matrimonio era lo urgente.
—Ahora mismo me preocupa más la velocidad de tu marca.
—¿Y qué indica esa velocidad?
Ravian tardó demasiado en responder.
—Que tenemos menos tiempo del que esperaba.
—¿Para qué?
Un golpe suave sonó contra el cristal. Los dos miramos hacia la ventana.
Un cuervo negro estaba posado en el alféizar exterior.
Ravian se acercó. El ave no se movió.
—¿Es tuyo? —pregunté.
—Ya te habrán explicado que no son míos.
—Entonces parece muy cómodo en tu ventana.
—Esta es la tuya.
El cuervo picoteó el cristal una vez. Luego giró la cabeza hacia mí. Ravian dio un paso atrás.
—Cierra las cortinas esta noche.
—¿Por qué?
—Porque te está mirando.
—Los pájaros suelen hacer eso con los ojos.
Ravian no sonrió.
—Ese lleva tres días muerto.
Se me borró cualquier respuesta.
El cuervo volvió a golpear el cristal con el pico.
Ravian cerró las cortinas de un tirón.
—Dos veces el cordón si escuchas algo.
—¿Y tú dónde estarás?
Ya tenía la mano en la puerta.
—Lo bastante cerca.
—Eso sigue sin ser una respuesta completa.
Giró la cabeza por encima del hombro.
—Empiezo a pensar que contigo ninguna lo será.
Se fue.
Me quedé sola con la carta de Elin sobre la mesa y el sonido de unas garras arañando el alféizar al otro lado de las cortinas.
Dormí poco y mal.
Cada vez que cerraba los ojos escuchaba el roce de las garras contra la piedra. No volvió la voz de Elin. El cuervo tampoco golpeó el cristal después de que Ravian se marchara, aunque seguí imaginándolo al otro lado de las cortinas.
Cuando amaneció ya no estaba. Abrí la ventana con cuidado. En el alféizar encontré una pluma negra.
La recogí con dos dedos. Estaba húmeda y fría.
La dejé sobre la mesa antes de vestirme.
Danah entró sin llamar mientras yo intentaba sujetarme el cabello.
—Te dije que cerraras la ventana.
—La cerré durante la noche.
—Ahora está abierta.
—Ha amanecido.
Danah se acercó al alféizar y vio la pluma.
—¿La has tocado?
—Con los dedos. Sigo teniendo los cinco.
—No bromees con cosas que desconoces.
—Si dejo de bromear con ellas, me quedo sin repertorio.
Danah envolvió la pluma en un paño.
—Ravian quiere verte después del desayuno.
—Anoche también quería verme y consiguió explicarme unas tres frases.
—Tres es un récord bastante bueno para él.
—Veo que todos lo conocéis bien.
Danah abrió el armario.
—Necesitas un vestido menos arrugado.
—Necesito respuestas.
—Puedes llevar ambas cosas.
Terminó escogiendo uno gris oscuro que mi madre había mandado coser antes de enfermar. Yo lo había usado solo una vez, en un entierro. No mencioné el detalle.
El desayuno se servía en una sala pequeña junto a las cocinas, no en uno de aquellos comedores interminables que imaginaba reservados para los nobles.
Danah decidió que debía comer allí para que dejara de vivir encerrada en mis habitaciones.
Sospeché que también quería que la gente se acostumbrara a verme antes de que el castillo empezara a inventar historias.
Había guardias terminando el turno de noche, dos escribanos del consejo y varios trabajadores de cocina. Nadie ocupaba un lugar especial. Me senté cerca de una ventana y recibí un cuenco de avena con miel sin ceremonia alguna.
Edrik apareció cuando ya había comido la mitad.
—Te esperaba desayunando con una copa de sangre y un cuervo en el hombro.
—Me la sirven después del postre.
Se dejó caer en la silla de enfrente.
—Veo que Danah todavía no te ha matado.
—Lo está considerando.
Una cocinera pasó junto a nosotros y le dio un golpe en el hombro con un paño.
—Deja tranquila a la chica.
—Marta, soy capitán de la guardia.
—Y yo te conozco desde que te escondías debajo de mi mesa para robar pan.
Edrik esperó a que se alejara.
—La autoridad funciona de manera irregular en este edificio.
Nocthar volvía a hacerme la misma jugada que la ciudad. Cuanto más normal parecía la gente, más difícil resultaba encajar las historias con lo que tenía delante.
—¿Ravian come aquí alguna vez?
—Cuando puede.
—Pensaba que los reyes tenían gente dedicada a llevarles platos hasta donde estuvieran.
—La tienen. Ravian odia que lo sigan con bandejas.
—Otro rasgo inesperadamente humano.
Edrik dejó de bromear un momento.
—No cometas el error de pensar que porque este sitio tenga pan caliente y gente corriente lo que ocurre con las novias es menos grave.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. También evita el error contrario. Ravian no es cada historia que te contaron durante el viaje.
—¿Eso es una defensa oficial del rey?
—Es la versión de alguien que lleva más de veinte años soportándolo.
Me acerqué un poco más.
—¿Cuándo lo conociste?
—Ravian tenía ocho años. Me rompió la nariz con un palo.
Miré su nariz torcida.
—Empiezo a creer que algunas historias sí son ciertas.
—Yo le rompí dos dedos. La amistad quedó equilibrada.
Una risa me salió antes de poder evitarla. Varias personas miraron hacia nosotros, y una sensación extraña me recorrió al darme cuenta de que nadie parecía escandalizado porque la futura novia del rey estuviera riéndose con el capitán de la guardia.
—Danah dice que quiere verme.
—Y te verá.
—¿A qué hora?
—Cuando salga de la cripta.
Levanté la vista.
—¿Tenéis una cripta?
—Esto es un castillo de más de cuatrocientos años. Tenemos varias cosas que preferirías no conocer.
—Empiezo a pensar que esa es la frase oficial de Nocthar.
Edrik sonrió.
—Puedes pedir que la graben en la entrada.
—¿Qué hace Ravian en la cripta?
—Eso tendrás que preguntárselo.
—Os coordináis demasiado.
—Ensayamos cada mañana.
Danah apareció antes de que pudiera seguir acosándolo.
—Ven conmigo.
—¿A la cripta?
—A un sitio bastante menos húmedo.
Me llevó por una parte del castillo que no había visto. Atravesamos un corredor estrecho y subimos una escalera hasta una galería iluminada por grandes ventanas.
Ambas paredes estaban cubiertas de retratos: doce mujeres. Me detuve en la entrada. No necesitaba preguntar quiénes eran.
La más antigua llevaba un vestido azul con mangas amplias y tenía una mano apoyada sobre un libro.
La siguiente sostenía un ramillete de hierbas.
Había una mujer con un instrumento musical, otra con una cinta roja en el pelo, otra cuya expresión parecía estar a punto de romper la paciencia del pintor.
Ninguna sonreía de verdad.
—Las esposas —dije.
—Las novias —corrigió Danah.
—¿No llegaron a casarse todas?
—Algunas sí.
—¿Y las otras?
—Depende de la época y del rey.
Avancé despacio.