La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Danah me llevó fuera del gran salón antes de que pudiera arrancarle otra respuesta al rey.

Yssara nos alcanzó en la puerta. Regresaría a Valder con parte de la escolta al amanecer y me pidió que le entregara cualquier carta para Elin antes de partir. Le di las gracias por haberme traído viva. Respondió que procurara no estropearle el trabajo y se marchó con una sonrisa cansada.

Intenté resistirme cuando me indicó el corredor de la derecha.

—Quiero hablar con él.

—Y él quiere que descanses.

—Qué suerte que ninguno de los dos mande sobre el otro.

Danah siguió caminando.

—Ravian es el rey.

—Eso complica mi argumento.

—Mucho más de lo que ayuda.

El castillo resultaba menos oscuro por dentro de lo que había imaginado.

Los corredores tenían suelos de piedra clara y lámparas de aceite protegidas por cristal.

Había alfombras, bancos, cuadros y jarrones con ramas secas.

El frío se colaba por algunas ventanas, aunque las habitaciones principales estaban calientes.

Me molestó que fuera un lugar normal.

Habría preferido cadenas en las paredes y restos humanos en los rincones. Habrían facilitado odiarlo.

Danah abrió una puerta al final de una galería.

—Estas son tus habitaciones.

Entré.

Había una sala pequeña con chimenea, una mesa, dos sillones y una ventana orientada hacia las montañas. A la izquierda estaba el dormitorio. La cama tenía cortinas oscuras y demasiadas almohadas para una sola persona.

Mi equipaje ya estaba allí.

—Trabajáis rápido.

—Llevamos más de cien años preparando habitaciones para mujeres que llegan en invierno.

Se me fueron las ganas de bromear.

Danah dejó las llaves sobre la mesa y abrió mi arcón.

—Necesito ver la marca con buena luz.

—Ya la han examinado tres personas hoy.

—Y ahora necesito verla con buena luz.

Me quité el guante.

Danah acercó una lámpara. La pluma quebrada ocupaba ya casi toda la cara interior de la muñeca. La línea que había aparecido cuando Ravian me tocó se extendía un par de dedos hacia arriba.

—¿Te duele ahora?

—Al mover la mano.

—¿También te arde?

—A veces.

—¿Notas frío cuando debería estar caliente?

—Desde anoche.

Danah me miró.

—¿Has tenido sueños extraños?

—Dormí poco.

—He dormido poco no es lo mismo que no haber soñado.

—Soñé con un bosque.

Su mano se detuvo.

—Cuéntamelo.

—Había árboles. Nieve. Yo caminaba detrás de alguien.

—¿A quién seguías?

—No llegué a verle la cara.

—¿Había pájaros?

—Había muchos.

Danah apartó la lámpara.

—Voy a traerte un ungüento.

—¿Para curarlo?

—Para que puedas dormir si empieza a doler más.

—Eso alivia el dolor. Yo he preguntado qué me está pasando.

—Vas aprendiendo.

La seguí antes de que saliera.

—¿Qué me está pasando?

Danah se detuvo en la puerta.

—Lo que les pasó a las demás.

—¿Y qué les pasó?

—Esa respuesta debe dártela Ravian.

—Todo el mundo en este castillo parece guardar los secretos del mismo hombre.

—Algunos secretos no son suyos.

—¿De quién, entonces?

Danah me sostuvo la mirada.

—De mujeres que ya no pueden contarlos.

Se marchó.

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Durante un rato me dediqué a deshacer el equipaje. Ordenar vestidos me daba igual, pero necesitaba hacer algo que dependiera de mis manos. Encontré la bufanda de Elin doblada entre dos camisas. Elin había cosido el agujero antes de guardarla.

La acerqué a la cara.

Todavía olía un poco al jabón que usábamos en casa.

El olor a casa consiguió lo que no habían conseguido la marca, la ciudad ni el rey.

Tuve que sentarme.

Intenté imaginar qué estaría haciendo Elin. Probablemente insultarme y quizá también llorando, aunque jamás lo reconocería delante de nadie. La vi en mi cabeza entrando en mi habitación, encontrando el hueco de la bolsa y enfadándose todavía más.

Había querido salvarla antes de saber que la marca era mía.

La prueba de Yssara lo había dejado claro. Ravian acababa de confirmarlo.

Me costaba desprenderme de la idea de haber elegido yo aquel viaje.

Guardé la bufanda en el cajón de la mesilla.

Danah regresó con un tarro de cristal y una bandeja de comida.

—Come.

—No tengo hambre.

—Dentro de una hora tendrás que escuchar cosas peores que mi cocina. Conviene hacerlo con el estómago lleno.

—¿Va a hablar conmigo?

—Ravian vendrá cuando termine el consejo.

Miré la bandeja.

Había pan oscuro, queso, carne guisada y una manzana.

Aparté la fruta. Danah se dio cuenta.

—¿Qué problema tienes con las manzanas?

—Ninguno. Hoy me cae mal esa.

Ella no preguntó más.

Me mostró cómo extender el ungüento alrededor de la marca sin tocar el centro. Olía a resina y hierbas amargas. Al contacto con la piel bajó el dolor casi inmediatamente.

—Esto sí funciona.

—Sería absurdo darte algo inútil.

—He conocido médicos con otra filosofía.

Guardó el tarro.

Danah tardó casi una hora en decidir qué podía quedarse en los armarios y qué debía guardarse en los baúles. Yo no había pedido semejante inspección, aunque discutir con ella mientras doblaba vestidos con una precisión militar resultaba agotador.

—¿Todas las novias ocupaban estas habitaciones?

—Las últimas cinco. Antes se utilizaban las del ala norte.

—¿Por qué cambiaron?

Danah sostuvo una camisa mía a contraluz como si buscara un crimen en la costura.

—Porque las del ala norte empezaron a ser difíciles de calentar.

—Eso suena demasiado normal.

—La mayoría de los problemas de un castillo lo son. Tuberías, humedad, ratas, chimeneas que tiran mal. Las maldiciones llaman más la atención, pero una gotera puede arruinar una pared igual de rápido.

La imagen de Danah persiguiendo ratas por el palacio me hizo gracia.

—¿Cuánta gente vive aquí?

—Unas ciento ochenta personas en invierno. Más cuando hay consejo o visitas diplomáticas.

—¿Y todas saben quién soy?

—A estas alturas, también lo sabrán quienes trabajan en las caballerizas de la puerta baja.

—Estupendo. Justo lo que necesitaba.

—Si te sirve de consuelo, mañana tendrán otro asunto del que hablar. Algún cocinero quemará un asado, Edrik romperá una puerta entrenando o un consejero se acostará con quien no debe.

—¿Ocurre a menudo?

Danah asomó por encima de una pila de ropa.

—No necesitas tanta información el primer día.

La puerta quedó entreabierta mientras dos muchachas entraban con cubos de agua caliente.

Una se presentó como Lessa y la otra como Nira.

Tendrían poco más de veinte años y procuraron no mirarme la muñeca, con tan poca habilidad que terminé escondiéndola detrás de la espalda para ahorrarles el esfuerzo.

Lessa dejó el agua junto al lavabo.

—Si necesita algo por la noche, señora, mi habitación está al final del corredor.

—Mel está bien.

La muchacha pareció asustada por la posibilidad de llamarme así.

—Como prefiera.

Nira colocó dos troncos en la chimenea y evitó hablar. Al levantarse, vi una cinta negra anudada en su muñeca.

—¿Eso significa algo?

Ella se quedó quieta.

—Mi madre la llevaba por Sereth.

Danah no intervino.

—¿La conocía?

—Trabajó aquí cuando llegó. Mi madre servía en cocina.

—¿Y qué te contó?

Nira bajó la vista hacia el fuego.

—Que se reía muy alto. Decía que iba a meterse en problemas porque en el castillo todo el mundo sabía cuándo estaba contenta.

Fue el detalle más humano que había escuchado sobre una novia desde que salí de casa.

—Gracias por contármelo.

Nira asintió y salió detrás de Lessa. Esperé hasta que la puerta se cerró.

—¿Por qué nadie habla de ellas así fuera de aquí?

Danah guardó mi última falda.

—Porque una mujer convertida en leyenda deja de necesitar gustos, defectos o una risa desagradablemente fuerte. Resulta más fácil recordarla como víctima.

—¿Sereth se reía de forma desagradable?

—Horrible. Se oía desde la cocina hasta la biblioteca.

—Me cae mejor ahora.

Danah cerró el arcón.

—A ella también le habrías caído bien. Eso no significa que debas acercarte si vuelves a verla.

La advertencia cambió el aire de la habitación.

Me senté en el brazo de uno de los sillones.

—Sigues hablando de ella como si pudiera entrar por esa puerta.

—Aquí aprenderás que algunas puertas sirven para mantener cosas fuera y otras para recordarte que podrían entrar.

Se dirigió hacia la mesa y reunió las tres llaves que había dejado allí.

—Ahora escucha bien. Hay tres reglas que no pienso negociar.

—Por fin llegamos a la parte interesante.

—Dependerá de cuánto aprecies seguir respirando.

Incliné el cuerpo hacia la mesa.

—Te escucho.

Danah levantó un dedo.

—Después de medianoche permaneces dentro de estas habitaciones.

—¿Por qué?

—Porque te lo estoy pidiendo.

—Eso nunca me ha parecido una razón completa.

—Entonces piensa que Sereth salió una noche y apareció al amanecer sobre el tejado de la capilla sin recordar cómo había llegado.

La imagen consiguió que cerrara la boca. Danah levantó otro dedo.

—La torre occidental está cerrada. No entres.

—¿También por Sereth?

—Por muchas mujeres.

—¿Qué hay allí?

—Cosas que todavía no necesitas ver.

—Esa clase de frase suele conseguir que la gente quiera verlas.

—Lo sé. Llevo sesenta y dos años tratando con personas.

Levantó el tercer dedo.

—Si escuchas tu nombre desde el exterior, no respondas.

Miré hacia la ventana.

—Esa ya la conozco.

—No importa qué voz utilice. Elin, tu madre, alguien a quien hayas perdido, incluso la mía. Si viene de fuera y te llama por tu nombre, no contestas y no abres.

—¿Qué es?

—Todavía no lo sabemos con certeza.

—Lleváis más de cien años con esto.

—La antigüedad de un problema no garantiza que alguien lo comprenda.

—¿Ravian tampoco?

—Ravian sabe más de lo que debería saber un hombre de treinta años.

—Y menos de lo que piensa contarme.

Danah recogió la bandeja vacía.

—Ahí vas acertando.

Antes de marcharse, señaló el cordón junto a la chimenea.

—Si ocurre algo, tira dos veces. Habrá alguien despierto en el corredor.

—¿Y una vez?

—Una vez vendrá una criada. Dos veces vendrá un guardia.

—¿Y si llaman tres veces?

—Probablemente yo, enfadada porque has roto el mecanismo.

Cuando se fue, revisé las puertas.