CAPÍTULO 3 #3
—Voces. Anoche.
—¿Abrió?
—Sigo aquí —respondí.
Danah se acercó sin pedirme permiso, me tomó la muñeca izquierda y apartó el guante.
La marca había avanzado otro poco durante el descenso hacia la ciudad.
Danah examinó la marca con más atención.
—¿Cuándo empezó a crecer así?
—Anoche, en la posta.
—¿Oíste las voces al mismo tiempo?
—Las oí antes de mirar el brazo.
Danah miró a Yssara.
—Eso es pronto.
—También lo pensé.
—Podríais hablar de mi brazo como si yo estuviera presente —dije.
Danah me soltó.
—Acostúmbrate a escuchar conversaciones desagradables sobre ti. Aquí ahorrarás tiempo.
Un hombre de unos treinta años se separó del grupo de guardias. Tenía el pelo castaño, la nariz ligeramente torcida y una cicatriz fina junto a la mandíbula. No llevaba ropa de ceremonia. Su espada parecía usada de verdad.
—Edrik —se presentó—. Capitán de la Guardia Negra.
—Empiezo a sospechar que en este castillo nadie tiene apellido.
—El mío es más feo que mi cara. Te estoy haciendo un favor.
Danah lo miró.
—No empieces.
—Solo intento que nuestra invitada no huya antes de cenar.
—No soy una invitada.
Edrik inclinó un poco la cabeza.
—Eso dependerá de a quién preguntes.
Antes de que pudiera responder, las puertas del gran salón se abrieron.
La conversación del patio terminó.
Danah recogió mi capa del hombro para colocarla bien.
—El rey te espera.
Había imaginado aquel momento demasiadas veces durante el viaje: Ravian Corven sentado en un trono de huesos, cubierto de sangre o con los ojos negros y una docena de cadáveres a los pies.
La realidad tuvo bastante menos teatro.
El gran salón era amplio y frío. Había fuego en dos chimeneas, tapices oscuros y ventanales altos cubiertos por una capa fina de hielo en los bordes. El trono se levantaba sobre tres escalones, tallado en madera casi negra.
Ravian Corven estaba de pie junto a él. Eso me sorprendió más de lo razonable.
Vestía de negro y gris, sin corona. Era alto, de hombros anchos, aunque no tenía el tamaño absurdo que le atribuían algunas historias.
El pelo oscuro le caía sobre la frente. Su cara habría resultado atractiva si no tuviera aquella forma de mirar, atenta y quieta, como si cada persona que entraba en la sala fuera un problema que debía resolver.
Sus ojos se detuvieron en mí. Durante un instante nadie habló.
Me acordé de Elin diciéndome que, si el rey era tan terrible como aseguraban, al menos procurara no parecer impresionada.
Funcionó mejor recordar eso que cualquiera de las amenazas que había preparado.
Ravian bajó los escalones.
—Mel Varen.
—Majestad.
—Me han contado que el viaje ha sido incómodo.
—He tenido peores.
—Lo dudo.
—Llevo menos de un día en su reino. Deme tiempo.
Edrik tosió detrás de mí para disimular algo que sonó bastante parecido a una risa.
Ravian siguió acercándose.
Yo esperaba una reverencia obligatoria, alguna frase ceremonial o la orden de que me arrodillara. Se limitó a detenerse a un paso de distancia.
—Enséñame la mano.
—Podría pedirla con más educación.
—Podría hacerlo.
—¿Y vas a hacerlo?
—Estamos perdiendo tiempo.
Extendí la izquierda. Ravian no me tocó.
Miró la marca desde arriba. La línea negra parecía aún más oscura bajo la luz del salón.
La tensión le marcó el rostro.
—¿Cuánto hace que apareció?
—Yssara ya lo ha contado.
—Quiero escuchártelo a ti.
—El día de la elección, en casa.
—¿Y las voces?
—Fue anoche.
—¿Qué voz?
Dudé.
—La de mi hermana.
Ravian levantó los ojos hacia mí.
Había algo distinto en su expresión. Preocupación, quizá. Duró tan poco que podía haberlo confundido con cansancio.
—¿Abriste la ventana?
—Me explicaron a tiempo que era una mala idea.
—Has hecho bien.
—¿Eso significa que conoce lo que está pasando?
—Significa que has llegado.
—No es lo mismo.
—Aquí casi nunca lo es.
Quise seguir presionando, pero Ravian se quitó el guante derecho y extendió la mano.
—Tu muñeca.
—Ya la ha visto.
—Necesito comprobar una cosa.
—¿Qué necesitas comprobar?
—Si quieres respuestas, dame la mano.
Lo hice.
Sus dedos rodearon mi muñeca por encima de la marca.
El dolor apareció de golpe.
Retiré el brazo con tanta fuerza que casi choqué con Danah.
—¿Qué demonios ha hecho?
Ravian seguía mirando mi piel. La marca se había extendido.
Una línea nueva acababa de abrirse junto a la pluma, fina y negra, como tinta bajo la carne.
Nadie habló.
Ravian abrió la mano derecha y miró sus dedos.
Sus dedos eran humanos, aunque la piel alrededor de las uñas estaba oscurecida.
Sus ojos regresaron a mí.
—La marca lo confirma. Tú eras la elegida.
El salón pareció hacerse más grande.
—Eso ya lo sabemos.
—Y nadie podía ocupar el lugar de tu hermana, si hubiera sido ella.
Sentí a Yssara moverse detrás de mí.
—Intenté hacerlo antes de la prueba de Yssara.
—La marca no habría respondido si la elegida hubiera sido otra.
—Entonces la prueba bastaba.
—Bastaba para traerte. El contacto confirma el vínculo con la corona.
Me costó ordenar la frase.
—La señal apareció en la ventana de Elin.
—La señal encuentra una casa. La marca encuentra a la mujer.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene más del que me gustaría.
Ravian se puso el guante.
—No engañaste a mis enviados, porque Yssara identificó a la mujer marcada.
—Lo sé. Me lo dijo delante de Elin.
—Lo que no podía comprobar era cómo responderías ante mí.
—¿Y usted sí?
—Por desgracia, sí.
La palabra cayó sin solemnidad. Sonó cansada.
Entonces entendí algo que me molestó más que el dolor de la muñeca.
En su cara, la satisfacción había dejado sitio a una preocupación evidente.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté.
El rey miró la marca otra vez.
—Ahora intentamos que llegues viva a la primavera.