La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Yssara salió de la cama. Su cara cambió.

—Aléjate de la ventana.

—¿Tú también la oyes?

—¿Qué dice?

—Es Elin.

—No es tu hermana.

—¿Cómo lo sabes?

Yssara tomó mi abrigo y lo lanzó sobre el cristal antes de agarrarme del brazo.

—Porque Sereth oyó a su madre la segunda noche.

Me quedé mirándola.

—¿Qué pasó?

—Abrió.

Un golpe sacudió el exterior de la ventana. Yssara me llevó hacia la puerta.

—¿Qué pasó cuando abrió?

—La encontramos en el patio sin zapatos y con sangre en las manos. Nunca supo explicar cómo había bajado.

—¿La atacaron?

—Ella decía que había seguido a su madre.

Otro golpe. La madera vibró.

Uno de los soldados entró con la espada desenvainada.

—¿Qué ocurre?

—Nada que puedas cortar con eso —dijo Yssara—. Despierta a los demás. Nos marchamos en cuanto haya luz.

El hombre miró la ventana cubierta por el abrigo.

—¿Ha empezado?

Yssara dejó pasar la pregunta. En cuanto salió el soldado, la agarré por el brazo.

—¿Qué ha empezado?

—Tenemos que llegar a Nocthar.

—¿Qué ha empezado?

Yssara se volvió hacia mí.

—La marca no espera al matrimonio.

Miré mi muñeca. La pluma negra había vuelto a crecer.

Bajo la piel, una línea fina avanzaba hacia el antebrazo.

Pasamos el resto de la noche con todas las lámparas encendidas.

La voz de Elin siguió llamándome hasta el amanecer.

Salimos de la casa de postas cuando el cielo todavía tenía el color sucio de la madrugada.

Nadie comentó lo ocurrido durante la noche. Los soldados evitaban mirar las ventanas del piso superior y Yssara se ocupó personalmente de revisar mi caballo antes de ayudarme a montar. El gesto tenía algo de vigilancia más que de cortesía.

—¿Cuánto falta? —pregunté.

—Si el camino aguanta, llegaremos antes de que anochezca.

—Y si no aguanta.

—Llegaremos más tarde.

—Qué tranquilizadora eres.

—Me contrataron para llevarte hasta el rey, no para animarte el viaje.

Eso me arrancó una sonrisa que duró poco. Al ajustar el guante noté la presión de la marca contra la muñeca. La línea negra seguía allí, más larga que la noche anterior. Me molestaba si doblaba la mano, como una herida cerrada demasiado pronto.

No se la enseñé.

El camino empezó a subir poco después. Dejamos atrás las casas bajas y los campos cubiertos de nieve para entrar en un territorio donde los árboles crecían apretados y el viento parecía bajar directamente de las montañas.

Las ruedas de los carros habían abierto dos surcos oscuros entre el hielo. Seguimos por ellos durante horas.

A media mañana vimos los primeros cuervos. Tres, posados en una rama.

Después aparecieron otros en los árboles, sobre piedras, en los restos de una torre de vigilancia. No se acercaban a los caballos ni graznaban, se limitaban a estar allí.

—¿Siempre hay tantos? —pregunté.

Yssara me miró.

—Cuanto más cerca estamos del castillo, más verás.

—¿Son del rey?

—Los cuervos no pertenecen a nadie.

—Todo el mundo dice que le obedecen.

—Todo el mundo dice demasiadas cosas de Ravian Corven.

—Tú también.

—Yo intento contarte solo las que pueden mantenerte viva.

Preferí no seguir preguntando durante un rato.

El paisaje cambió al mediodía. La carretera salió del bosque y apareció una ciudad en el fondo del valle. Nocthar.

Yo esperaba algo sombrío, un conjunto de casas negras pegadas a una fortaleza. La imagen que tenía en la cabeza debía demasiado a las historias de taberna.

La ciudad era grande.

Las murallas descendían por la ladera hasta abrazar tejados de pizarra, plazas, chimeneas y calles que desde arriba parecían hilos oscuros entre la nieve.

Había humo sobre los barrios bajos y carros entrando por una puerta enorme.

A la izquierda, un río cruzaba el valle antes de desaparecer bajo un puente de piedra.

El castillo dominaba todo desde la montaña. No necesitaba ser negro para imponer.

La piedra tenía un tono gris profundo, casi azul bajo aquel cielo.

Varias torres se alzaban sobre una muralla propia, y la más alta terminaba en un tejado puntiagudo rodeado de aves.

Desde aquella distancia no distinguía ventanas, pero sí banderas.

El emblema de los Corven era un cuervo con las alas recogidas sobre una corona abierta.

—Esperaba más calaveras —dije.

Yssara dejó escapar una risa.

—Dale unos días.

Entramos en la ciudad por la puerta oriental. La gente nos reconoció antes de que yo comprendiera cómo.

Una mujer dejó de colocar panes en un puesto. Dos hombres apartaron un carro para dejarnos pasar. Una niña que llevaba un cubo se quedó mirándome hasta que su madre la empujó hacia una puerta.

Las conversaciones no cesaban del todo. Bajaban de volumen a nuestro paso.

Las miradas pasaban de largo sobre los soldados y terminaban en mí.

—¿Ya lo saben? —pregunté.

—Aquí se sabe quién llega al castillo antes de que cruce la muralla.

—Eso no explica por qué me miran como si fuera camino del patíbulo.

Yssara tardó unos segundos en responder.

—Para algunos, eso es lo que estás haciendo.

Seguí adelante.

Una anciana se persignó cuando pasé junto a ella.

Me dieron ganas de detenerme y preguntarle si había conocido a alguna de las otras mujeres. No lo hice. Bastante tenía con mantener la espalda recta mientras toda una calle calculaba cuánto me quedaba de vida.

Antes de tomar la calle que subía hacia la fortaleza atravesamos una plaza cubierta por toldos de lona.

Allí la ciudad dejó de mirarme durante unos minutos porque la gente tenía cosas más urgentes que hacer.

Un carnicero discutía con un proveedor por el peso de dos piezas de venado.

Una mujer vendía agujas, botones y carretes de hilo desde un cajón que llevaba sujeto al cuello.

Cerca de una fuente medio helada, tres muchachos descargaban sacos de harina de un carro y se insultaban con una creatividad que Elin habría apreciado.

Me sorprendió descubrir que aquello me tranquilizaba.

Nocthar tenía panaderías, niños con la nariz roja por el frío y vecinos que se quejaban del precio de la leña.

Desde lejos, el reino del Rey Cuervo parecía una historia contada para asustar a quienes vivíamos al sur.

Dentro de sus murallas olía a carbón, sopa caliente y estiércol de caballo como cualquier otra ciudad.

Una mujer salió de una tienda con un rollo de tela bajo el brazo y se quedó inmóvil al verme. Tendría la edad de mi madre si siguiera viva. Bajó la mirada hacia mis manos, luego al grupo de soldados que me acompañaba.

—¿Es ella? —preguntó a nadie en concreto.

Yssara hizo avanzar su caballo, aunque yo tiré un poco de las riendas.

—¿Conoció a alguna de las anteriores?

La mujer observó mi muñeca como si hubiera cometido una imprudencia al dirigirle la palabra. A su lado, el tendero dejó lo que estaba haciendo.

—Mi abuela cosió para Talia —respondió al cabo de unos segundos—. La última vez que la vio, todavía llevaba sus propias botas.

No entendí qué significaba aquello.

—¿Y después?

La mujer apretó el rollo de tela contra el pecho.

—Después dijeron que había muerto.

—Eso dicen de todas.

—Aquí aprendimos a no preguntar demasiado cuando las puertas del castillo se cierran.

Yssara me lanzó una mirada de advertencia. Yo seguí allí.

—¿Cree que el rey las mató?

La pregunta cambió la cara de varios curiosos. Un anciano que escogía nabos dejó una moneda sobre el puesto y se alejó sin recoger la compra.

La mujer de la tela negó muy despacio.

—Creo que hay cosas peores que un rey.

La mujer entró en la tienda y cerró la puerta sin añadir nada.

Yssara esperó a que reanudara la marcha.

—Has tardado menos de media hora en hacer que una plaza entera deje de hablar.

—Al menos ya sé que Talia existió de verdad para alguien.

—Todas existieron de verdad.

—En mi pueblo son nombres dentro de una canción.

—Aquí algunas familias todavía conservan habitaciones que nadie quiso vaciar.

—¿Sus familias viven en Nocthar?

—Algunas. Otras llegaron de más lejos. Cuando una mujer es elegida, la casa Corven paga una renta a su familia durante el resto de su vida.

—Qué detalle tan generoso.

—No he dicho que lo sea.

Pasamos junto a un edificio bajo donde varias personas esperaban con documentos en la mano. Sobre la puerta había un cuervo tallado y, debajo, una placa con el sello de la corona.

—¿Qué es eso?

—La oficina de rentas del norte. Los pueblos traen allí las cuentas de grano, madera y minerales.

—Pensaba que todo en Nocthar giraba alrededor de pájaros muertos y esposas desaparecidas.

—Te decepcionará descubrir que un reino también necesita cobrar impuestos.

—Eso sí da miedo.

Yssara sonrió. Fue un gesto pequeño, aunque bastó para que durante unos metros pareciera menos una escolta y más una mujer cansada de montar a mi lado.

Cuando llegamos al inicio de la cuesta volví la cabeza.

La plaza había recuperado su ruido. Nadie me seguía.

Nadie gritaba mi nombre. Aun así, la sensación de haber entrado en una historia que muchas personas conocían mejor que yo se quedó pegada a la espalda mientras el castillo crecía sobre nuestras cabezas.

La subida al castillo fue peor que el viaje por las montañas.

El empedrado estaba limpio de nieve, aunque los caballos resbalaban en las zonas húmedas.

Atravesamos una puerta, luego otra, y acabamos en un patio interior donde esperaban sirvientes, guardias, dos hombres vestidos con ropa de corte y una mujer de cabello completamente blanco con un manojo de llaves colgado del cinturón.

Bajé del caballo sin esperar ayuda. Mis piernas protestaron después de tantas horas montada.

La mujer de las llaves me observó desde los zapatos hasta la cara.

—Mel Varen.

Su tono convirtió mi nombre en una comprobación.

—Mel, a secas. Varen era el antiguo apellido de la familia de mi madre.

—Aquí necesitarás alguno para los registros.

—Entonces Varen servirá.

La mujer asintió.

—Danah.

No añadió cargo ni apellido.

—¿También a secas?

Vi un mínimo movimiento en una de las comisuras de su boca.

—Nos entenderemos.

Yssara se acercó.

—Ha tenido síntomas durante el viaje.

Danah dejó de mirarme a la cara y bajó los ojos hacia mis manos.

—¿Qué voces has oído?