CAPÍTULO 3
Partimos antes de que saliera el sol.
El pueblo tenía ese aspecto extraño que adquieren los lugares conocidos cuando uno sabe que puede no volver a verlos.
La fuente de la plaza seguía congelada. La tienda del panadero seguía cerrada.
Había humo saliendo de las mismas chimeneas de cada mañana.
Nada parecía dispuesto a reconocer que para mí aquel día tenía una importancia especial.
Elin caminó conmigo hasta el carruaje. Ninguna de las dos lloró.
Nos abrazamos y permanecimos así más tiempo del habitual.
—Valder —me recordó al separarse.
—Carta desde Valder.
—Y otra desde Nocthar.
—Encontraré la forma.
Elin miró a Yssara, que esperaba junto a los caballos.
—Si le pasa algo…
—Elin —dije.
—Estoy hablando con ella.
Yssara cruzó los brazos.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que llegue al castillo.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco me tranquilizaría.
Elin pareció apreciar la sinceridad. Subí al carruaje.
Cuando empezamos a movernos, mi hermana caminó a nuestro lado hasta el final de la plaza. Luego se detuvo.
Me asomé por la ventanilla y levanté una mano.
Elin hizo lo mismo.
La última imagen que tuve del pueblo fue ella en mitad del camino, envuelta en el chal rojo de nuestra madre, cada vez más pequeña mientras los caballos tomaban la curva del bosque.
El viaje hacia Nocthar comenzó entre campos blancos y caminos endurecidos por el hielo.
Yssara viajaba conmigo. Frente a nosotras había dos bancos, una pequeña estufa cerrada y un arcón para comida. Era más cómodo de lo que esperaba. También mucho más difícil escapar de allí de lo que me habría gustado.
—¿Cuántas mujeres has llevado al norte? —pregunté.
—Ya te lo dije. Una.
—Sereth.
—Sí, Sereth.
—¿Cómo era?
Yssara miró por la ventana.
—Hablaba mucho.
—Parece un crimen terrible.
—En viajes largos puede serlo.
Sonreí.
—¿Tenía miedo?
Yssara tardó en contestar.
—Al principio estaba furiosa. Su padre intentó sobornar a los enviados. Su madre se negó a despedirse porque estaba convencida de que si no aceptaba la elección, de algún modo dejaría de ser real.
—¿Y Sereth?
—Me preguntó durante cuatro días seguidos cómo podía matar al rey.
—Me cae bien.
Yssara rió por lo bajo.
—Pensé lo mismo.
—¿Lo intentó?
La sonrisa desapareció.
—No lo sé.
—Empiezo a odiar esa respuesta.
—Cuando entregamos a una elegida en Nocthar, nuestra función termina.
—¿Nunca volviste a verla?
Yssara se quedó callada.
Su silencio bastó para que entendiera que la pregunta tocaba algo que no quería contar.
Decidí esperar.
Durante el primer día atravesamos pueblos pequeños y tierras de cultivo. La gente reconocía el emblema de la corona en los carruajes y se apartaba del camino. Algunos saludaban. Otros miraban hacia las ventanillas intentando averiguar si dentro viajaba la nueva novia.
En una aldea, una anciana se santiguó cuando me vio.
En otra, un niño corrió detrás del carruaje hasta que su padre lo agarró.
—¿Siempre ocurre esto? —pregunté.
—Ocurre siempre que hay una elección.
—Pensaba que las elecciones eran poco frecuentes.
—Lo son. Por eso todo el mundo recuerda la última.
—Siete años.
—Siete inviernos.
—¿Y antes de Sereth?
—Talia. Murió hace veintiséis años.
—¿Murió de verdad?
La rectificación llegó tarde.
—Desapareció. Eso es lo que consta.
La miré.
—Has usado una palabra distinta.
—Porque estamos hablando de historias antiguas.
—No. Has dicho que murió.
—Mel.
—¿Sabes que murió?
Yssara apoyó la cabeza contra el respaldo.
—En los registros oficiales figura como fallecida.
—¿Hay cuerpo?
—No que yo sepa.
—¿Y tampoco hay tumba?
—No existe ninguna.
—Entonces seguimos teniendo una desaparición.
—Puedes llamarla como quieras.
—Lo haré.
Yssara me observó con algo parecido a resignación.
—Ravian va a adorarte.
—¿El rey?
—El propio rey.
—Eso suena poco probable.
—A él también le gusta discutir sobre palabras.
Fue la primera información sobre Ravian Corven que no procedía de una historia de terror.
La guardé.
La primera parada fue una aldea llamada Sorel, construida alrededor de un puente de madera que el hielo había deformado. Los jinetes desmontaron para comprobar las tablas antes de permitir que pasaran los carruajes. Yo aproveché para bajar y estirar las piernas.
Había una posada, una herrería y poco más. Aun así, tres mujeres salieron a la puerta de una casa cuando reconocieron los colores de Nocthar.
Una de ellas me llamó.
Yssara hizo un gesto a los soldados, pero levanté la mano.
—Solo quiere hablar.
—Eso todavía no lo sabes.
—Si pretende asesinarme con un delantal, tendremos un problema mayor.
Me detuve delante de ella.
La mujer tendría unos cuarenta años. Llevaba harina en las manos y una niña agarrada a la falda.
—¿Eres la elegida?
—Eso dicen.
La niña bajó los ojos hasta mi muñeca. La cubrí con el guante.
—Mi tía conoció a Talia —dijo la mujer.
Yssara se quedó quieta detrás de mí.
—¿La undécima novia?
—Antes de que se la llevaran. Trabajaban juntas en una casa de paños. Mi tía decía que Talia intentó huir porque sabía que el castillo las enfermaba.
—Yssara me ha contado algo parecido.
La mujer miró a la representante con desconfianza.
—Mi tía también decía que Talia volvió a escribir después de llegar a Nocthar.
Sentí que Yssara cambiaba de postura.
—¿Esas cartas existen?
—Una estuvo en mi familia. Mi madre la quemó cuando empezaron a preguntar por ella.
—¿Quién preguntaba?
La mujer dudó.
—Hombres del consejo.
Yssara se adelantó.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace más de veinte años. Yo era una cría.
—¿Recuerdas qué decía la carta?
—Solo una frase. Mi madre la repetía porque no entendía por qué la asustaba tanto.
Esperé.
La mujer bajó la voz.
—«Aquí se vive mientras una aprende a desaparecer.»
El puente quedó listo en ese momento. Uno de los soldados nos llamó.
Le di las gracias antes de volver al carruaje.
Yssara permaneció callada hasta que dejamos atrás la aldea.
—¿Hombres del consejo? —pregunté.
—No sé quiénes eran.
—Eso no te ha sorprendido.
—En Nocthar hay gente que considera la historia de las novias un asunto de seguridad del reino.
—Qué manera tan elegante de llamar secreto a algo.
—Aprenderás que la corte tiene muchas.
—¿Por qué quemar una carta?
Yssara miró el paisaje.
—Porque algunas personas prefieren una versión sencilla de las cosas. Un rey maldito. Una novia muerta. Un reino protegido. Las preguntas complican el orden.
—Empiezo a sospechar que voy a caerles bastante mal.
—Esa parte no me preocupa. Me preocupa que les caigas bien a quienes no deberían acercarse a ti.
El resto del día la carretera ascendió hacia un paisaje cada vez más vacío.
Las aldeas quedaron atrás. Aparecieron puestos militares junto a los puentes y pequeñas torres de piedra en las cumbres.
Nocthar empezaba a sentirse como un territorio que llevaba demasiado tiempo preparándose para ser atacado.
Al atardecer nos alojamos en una casa de postas protegida por una empalizada. Había una docena de viajeros, dos comerciantes y una familia que regresaba hacia el sur. Cuando entré en el comedor, las conversaciones se apagaron.
Empezaba a acostumbrarme.
Me senté junto al fuego mientras Yssara organizaba las habitaciones. Un hombre mayor pidió permiso para compartir la mesa.
—Mientras no quiera bendecirme ni preguntarme si tengo miedo.
—Solo quería comer cerca del fuego.
—Entonces es usted mi persona favorita de hoy.
Se llamaba Halden y transportaba sal hacia Valder. Había viajado a Nocthar muchas veces. Me habló de la ciudad, de mercados cubiertos, de baños públicos alimentados por aguas calientes y de una plaza donde en verano se vendían flores traídas de Velaria.
—No parece el lugar de las historias —dije.
—Las historias se cuentan mejor si todo está oscuro.
—¿Y el castillo?
Halden tomó un trozo de pan.
—El castillo sí es bastante oscuro.
Me reí.
—¿Ha visto al rey?
—Dos veces. Una durante una inspección de las murallas y otra después de una avalancha. Estuvo tres días ayudando a sacar gente de las casas.
—Eso tampoco sale en las historias.
—Tampoco sale que cobra demasiados impuestos por la sal.
—Ahora empieza a parecer humano.
Halden sonrió.
Cuando Yssara volvió, el comerciante ya me había contado qué calles evitar en invierno, dónde servían el peor vino del norte y que los habitantes de Nocthar discutían sobre el Rey Cuervo tanto como cualquier otro pueblo discutía sobre su alcalde.
Aquella conversación cambió el norte dentro de mi cabeza. Hasta entonces había sido un destino, casi una palabra. De pronto tenía panaderías, impuestos, baños, gente que se quejaba del vino y niños corriendo por las plazas.
Y seguía siendo un lugar donde doce mujeres habían desaparecido.
La normalidad lo volvía más inquietante.
Los días siguientes avanzamos entre nevadas y esperas en los puestos del camino.
En Valder escribí a Elin y dejé la carta en la casa de postas, como habíamos acordado.
Al octavo día alcanzamos el último alojamiento antes de Nocthar.
Yssara dispuso que el tramo final lo hiciéramos a caballo.
Los carruajes nos seguirían cuando pudieran cruzar la subida helada.
Esa noche paramos en una casa de postas protegida por una muralla baja. Los soldados ocuparon la sala común. Yssara y yo compartimos una habitación en el piso superior.
Me desperté cuando aún estaba oscuro. No sabía qué me había sacado del sueño. Yssara respiraba con regularidad en la otra cama.
Me incorporé. Escuché un ruido fuera. Un roce contra la madera. Luego mi nombre.
—Mel.
La voz llegó desde el exterior de la ventana.
Me quedé inmóvil. Era la voz de Elin.
Tardé en recordar dónde estaba. Pensé que había cumplido su amenaza y nos había seguido. Me levanté, fui hacia la ventana y puse la mano en el cierre.
—Mel.
Esta vez sonó más cerca. Algo me detuvo.
Elin jamás habría susurrado así para despertarme. Habría golpeado el cristal hasta conseguirlo.
Me acerqué sin abrir.
Fuera solo había nieve, tejados bajos y el patio de la posta.
—Mel, abre.
Retrocedí.
Yssara se despertó.
—¿Qué ocurre?
Levanté una mano para pedirle silencio. La voz regresó.
—Tengo frío.