CAPÍTULO 2 #3
Yssara sostuvo mi mirada durante un segundo demasiado largo.
—El cuervo no pertenece al rey.
Me quedé quieta.
—Todo el mundo lo llama el cuervo del rey.
—Todo el mundo llama muchas cosas por el nombre equivocado.
—¿A quién pertenece?
Yssara se puso de pie.
—A nadie.
La agarré por la manga antes de que se marchara.
Uno de los soldados se movió junto a la puerta. Yssara le indicó que se quedara quieto.
—Doce mujeres han desaparecido —dije—. Mañana voy a subir a un carruaje rumbo al mismo lugar. Puedes tratarme como una pieza de protocolo o puedes ayudarme a llegar con alguna posibilidad de entender dónde me estoy metiendo.
Yssara bajó la mirada hacia mi mano. La solté.
—Las mujeres llegan al castillo —dijo—. El rey las recibe. Después empiezan a enfermar.
—¿Enfermar de qué?
—Nadie fuera de la familia real conoce los detalles.
—Tú sabes más.
—Ya te he contado lo que sé de Sereth.
—¿La viste morir?
Yssara apartó los ojos.
—La vi llegar.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Es todo lo que puedo darte esta noche.
—¿Ravian Corven la mató?
Yssara esperó en silencio, pendiente de mi reacción.
—Nunca he visto al rey asesinar a una mujer.
—Una respuesta muy cuidadosa.
—Es la única que puedo defender sin mentirte.
Se marchó antes de que pudiera detenerla otra vez.
Encontré a Elin en la cocina una hora después.
Había bajado sin que la oyera. Preparaba sopa con las sobras de la cesta de Sena. Cortaba zanahorias demasiado deprisa.
—Voy a echar de menos que intentes cortarte un dedo cada vez que estás enfadada —dije.
—A mí me preocupa más que te maten.
Me senté.
—Podemos discutir toda la noche o podemos cenar juntas.
—Podemos hacer ambas cosas.
—Eso suena más realista.
Elin dejó el cuchillo.
—¿Vas a intentar impedírmelo si decido seguirte?
—No voy a pedirle al alcalde que te encierre.
—Qué detalle.
—También voy a pedirte que no vengas.
—¿Por qué tengo que hacerte caso?
—Porque si viajas detrás de un convoy real en mitad del invierno, acabarás congelada, robada o detenida antes de llegar a las montañas.
Elin removió la olla.
—Puedo contratar un carruaje.
—¿Con qué dinero?
—Tengo ahorros.
—Tus ahorros alcanzan para dos semanas en una posada decente.
—Podría trabajar.
—¿Durante una persecución?
Me fulminó con la mirada.
—Odio cuando haces eso.
—¿Qué hago exactamente?
—Convertir cualquier idea mía en una lista de problemas hasta que parezca absurda.
Me callé.
La sopa hervía despacio. Afuera soplaba viento contra los postigos que yo había reparado días atrás. Me pareció que habían pasado semanas desde la escalera.
—Tienes razón —dije.
Elin dejó de remover.
—¿Qué has dicho?
—Que tienes razón.
—Quiero que lo repitas por si el mundo se acaba esta noche.
—No abuses.
Sonrió un poco.
—Voy a intentar no decidir por ti.
—Eso parece doloroso.
—Bastante más de lo que esperaba.
Elin se sentó enfrente.
—Entonces pregúntame qué quiero.
Me costó más de lo que debería.
—¿Qué quieres?
—Quiero acompañarte.
—Eso ya lo sabía.
—Y quiero que, si me quedo, sea porque yo he decidido que es lo mejor, sin que tú tengas que ordenármelo.
Asentí.
—De acuerdo.
—Y quiero una forma de saber que sigues viva.
—Puedo escribirte.
—Las novias anteriores también podían escribir.
No tenía respuesta.
Elin se levantó y fue hasta su habitación. Regresó con uno de sus mapas.
Lo extendió sobre la mesa.
—Los carruajes irán por aquí —dijo, señalando el camino principal hacia el norte—. Tardaréis al menos nueve días si nieva. En Valder existe una casa de postas que envía correspondencia a nuestra región dos veces por semana. Quiero una carta desde allí.
—La tendrás.
—Luego otra desde Nocthar.
—Si me dejan.
—Si no te dejan, buscas una forma.
—Eso suena sospechosamente a algo que diría yo.
—He tenido una profesora insistente.
Nos miramos.
La cena se quemó un poco porque ninguna de las dos se acordó de retirar la olla.
Después comimos igualmente.
Antes de acostarnos, Elin sacó el collar de nuestra madre y lo dejó sobre la mesa.
—Llévatelo.
—Esta mañana te dije que lo dejaras.
—Esta mañana estabas decidiendo por mí.
—¿Y ahora?
—Ahora decido yo que quiero que lo tengas.
Tomé el collar.
Era una cadena fina con un medallón ovalado. Dentro había un pequeño dibujo de nuestros padres realizado mucho antes de que naciéramos.
—Lo traeré de vuelta.
Elin negó con la cabeza.
—Tráete tú.
Había colgado el relicario antiguo de un cordón para llevarlo separado del collar. Los dos quedaron bajo mi camisa.
Esa noche dormimos en la misma habitación, algo que no ocurría desde la enfermedad de nuestra madre.
Elin se quedó dormida antes que yo. Me giré varias veces, incómoda en una cama que había conocido mejor que ninguna y que ahora parecía demasiado pequeña.
Cerca de medianoche escuché un golpe en la ventana.
Me incorporé.
El cuervo blanco estaba al otro lado del cristal.
Lo observé durante varios segundos.
El ave bajó el pico y golpeó una vez.
Mi muñeca ardió. Aparté la manga. La marca se había extendido unos milímetros. El cuervo abrió las alas.
Cuando levantó el vuelo, una sola pluma blanca quedó pegada al exterior del cristal.