CAPÍTULO 2 #2
—Tú tampoco puedes impedir que vaya detrás.
—Puedo pedirle al alcalde que te mantenga aquí.
La expresión de Elin se endureció. Me arrepentí antes de acabar la frase.
—Hazlo —dijo—. Demuéstrame que tienes razón sobre todo.
—He hablado de más.
—Ha sonado a una amenaza.
Elin vació la bolsa sobre la cama.
—Vete, Mel.
—Quiero arreglar esto.
—Tienes un día. Dedícalo a arreglar tu viaje.
Salí de la habitación y cerré despacio. Yssara estaba al pie de la escalera. No sabía cuánto había escuchado.
—¿Encontró lo que buscaba? —pregunté.
—Más o menos.
Llevaba un pequeño libro en la mano.
Reconocí la cubierta. Había pertenecido a mi madre. Dentro guardaba nacimientos, matrimonios y muertes de la familia.
—Eso es nuestro.
—Te lo devolveré.
—Lo quiero ahora.
Yssara levantó una ceja. Extendí la mano. Después de unos segundos, me entregó el libro.
—Tu madre se llamaba Lera Vey.
—Sí, Lera Vey.
—¿Su madre?
—Asha.
—¿Y la madre de Asha?
—Murió antes de que yo naciera.
—¿Cómo se llamaba?
—Elen Vey.
Yssara respiró despacio.
—¿Qué ocurre?
—Quiero revisar una cosa antes de responder.
—Otra cosa que tendré que esperar.
—Te prometo que esta tiene motivo.
—Las promesas me sirven poco si no conozco el motivo.
Yssara abrió la puerta.
—Quizá eso te ayude en Nocthar.
Salió.
Me quedé con el libro de mi madre entre las manos y una marca negra creciendo bajo la piel.
Pasé la tarde intentando hacer una maleta para un matrimonio del que no esperaba regresar.
Descubrí pronto que no existe una forma digna de preparar ropa para algo así.
Una parte de mí pensaba en el frío de Nocthar y doblaba camisas gruesas.
Otra miraba cada objeto de la habitación como si tuviera que decidir cuál merecía convertirse en recuerdo.
Guardé el peine de mi madre. Lo saqué. Guardé una bufanda.
La cambié por otra. Metí un libro y terminé dejándolo encima de la cama porque pesaba demasiado.
Elin no salió de su cuarto.
A media tarde llegó Sena con una cesta de comida y me abrazó sin preguntar. El panadero dejó dos hogazas. El herrero apareció con un cuchillo corto que aseguró que su hijo había utilizado durante años en los caminos.
—No sé si te dejarán llevarlo —dijo.
—Entonces descubrirán que sé esconder cosas.
Sonrió apenas.
—Tu padre estaría orgulloso.
—Mi padre diría que el cuchillo necesita afilarse.
Eso consiguió que riera.
Cuando se marchó, probé el filo con el pulgar y lo envolví en tela antes de colocarlo en el fondo de la bolsa.
No pensaba convertirme en guerrera durante el trayecto. Me bastaba con llevar algo mío entre tanta gente armada.
La tarde se llenó de despedidas que nadie llamaba así.
Sena volvió con un tarro de ungüento para las manos.
Toren arregló el cierre de la bolsa de viaje sin cobrarme.
El alcalde apareció para entregar una carta con el sello del pueblo, como si Ravian Corven necesitara una certificación oficial de que yo existía.
Incluso el sacerdote pasó por casa y se ofreció a bendecirme antes de partir.
—¿Funciona contra reyes? —pregunté.
—Funciona contra el miedo, si una quiere creer.
—Entonces guárdala para alguien más impresionable.
Se marchó sonriendo, lo que me hizo sentir un poco culpable.
Cuando por fin la casa quedó en silencio, fui al cuarto de mi madre.
Lo llamábamos así aunque llevaba años siendo poco más que un almacén.
La cama seguía contra la pared, cubierta con una manta vieja.
Habíamos guardado sus vestidos en un arcón y repartido el resto de las cosas por la casa según las necesitábamos.
Durante mucho tiempo no fui capaz de cambiar nada.
Luego se rompió una silla. Después necesitábamos espacio para guardar harina.
Un día descubrí que la habitación había dejado de parecer un lugar detenido y se había convertido simplemente en otra parte de la casa.
Abrí el arcón.
El olor a lavanda casi había desaparecido de la ropa.
Busqué sin saber qué esperaba encontrar. Debajo de dos vestidos apareció una caja pequeña de madera que reconocí. Mi madre guardaba allí documentos, recibos y alguna moneda que intentaba esconder de nosotras cuando el dinero escaseaba.
La cerradura estaba rota.
Dentro había papeles sin importancia, una cinta azul, dos cartas de mi padre y un relicario que no recordaba haber visto.
Era distinto del collar que llevaba Elin y no guardaba el retrato de nuestros padres.
Ovalado y ennegrecido por los años, tenía grabado en la parte trasera un pájaro con las alas abiertas.
Me quedé observándolo.
El dibujo podía ser un cuervo. También podía ser cualquier ave si una tenía suficientes ganas de encontrar señales.
Abrí el relicario. No había retrato.
Solo una lámina muy fina de metal marcada con líneas tan pequeñas que parecían escritura desgastada.
—¿Qué haces?
Elin estaba en la puerta.
—Buscando una cosa.
—Eso ya lo veo.
Le enseñé el relicario.
—¿Lo conoces?
Negó con la cabeza.
Se sentó en el borde de la cama y me vio revisar la caja. Encontré un recibo de un comerciante de Valder, una lista de medicinas y una hoja doblada varias veces. La abrí con cuidado.
Era un árbol familiar incompleto.
Reconocí el nombre de mi abuela, después el de nuestra madre. Más arriba aparecía Elen Varen. Al lado, en letra más pequeña, alguien había añadido «Vey».
—Varen —dijo Elin.
—Yssara ha preguntado por Elen.
—Mamá nunca utilizó ese apellido.
—Alguien sí lo utilizó lo bastante como para escribirlo aquí.
Había nombres anteriores, algunos casi borrados. Una línea ascendía hasta una mujer llamada Mareth. Junto a ella alguien había dibujado una pequeña pluma.
Elin acercó la cara.
—¿Quién es?
—Ni idea.
Doblé la hoja y la guardé junto al relicario.
—Me lo llevo.
Guardé el relicario antiguo con los documentos. La lámina parecía demasiado frágil para intentar desplegarla allí.
—Claro que te lo llevas.
El tono me hizo mirarla.
—¿Seguimos enfadadas?
—Yo sí. Tú normalmente no tienes tiempo para enfadarte porque estás ocupada resolviendo la vida de todo el mundo.
Me acomodé junto a ella.
—No quiero irme así contigo.
—Pues no te vayas.
Contestó con demasiada rapidez para que pudiera tomármelo como una broma.
—Sabes que no funciona de esa manera.
—Lo único que sé es lo que nos ha dicho una mujer que trabaja para el rey.
—También has visto la marca.
Elin bajó los ojos hacia mi muñeca.
—Podríamos escondernos.
—Yssara habló de Talia.
—Podría estar mintiendo.
—Podría. También podría estar diciendo la verdad y entonces acabaríamos huyendo hasta que yo enfermara en algún camino.
Elin se mordió el interior de la mejilla. Lo hacía desde niña cuando intentaba no llorar.
—Odio esto.
—Yo también.
—Odio que estés tan tranquila.
—No estoy tranquila.
—Lo parece.
Miré la habitación alrededor. Había pasado noches enteras sentada junto a aquella cama mientras nuestra madre dormía. Aprendí entonces que el miedo podía convivir perfectamente con calentar agua, contar monedas y recordar qué medicina tocaba. Una podía estar aterrada y seguir haciendo cosas.
—Si empiezo a romper platos, tendremos que comprar otros —dije.
Elin soltó una risa pequeña y se secó los ojos con la manga.
—Eres horrible consolando.
—Llevas diecinueve años sobreviviendo a ello.
Nos quedamos un rato sin hablar.
Luego Elin se levantó, abrió el armario y sacó una bufanda verde.
—Esta. La azul pica.
—La verde tiene un agujero.
—Te lo coso.
—Eso suena sospechosamente útil.
—No te acostumbres.
Durante la hora siguiente terminamos la maleta juntas. Elin decidió que necesitaba dos pares más de calcetines y yo eliminé un vestido que pesaba demasiado. Discutimos por un libro y ganó ella. Cuando cerramos la bolsa, empezaba a oscurecer.
Yssara regresó poco después.
—Tengo que hablar contigo.
—Empiezo a sospechar que esa frase nunca trae buenas noticias.
—Depende de lo que consideres bueno.
Se sentó frente a mí.
Le tendí el registro familiar. Lo abrió por una página muy antigua.
—Tu bisabuela Elen descendía de una rama de los Varen.
—¿Eso debería significarme algo?
—En Nocthar, probablemente sí.
—Aquí significa que mi madre jamás lo mencionó.
—Muchas familias dejaron de utilizar ese apellido hace generaciones.
—¿Por qué?
Yssara cerró el libro.
—Después de la guerra que fundó la casa Corven, algunos linajes relacionados con cultos antiguos abandonaron el norte. Hubo persecuciones, confiscaciones y matrimonios forzados. No todos quisieron conservar el nombre.
—¿Y eso afecta a mi elección?
—No lo sé.
—Creía que había venido a darme respuestas.
—He venido a decirte que el rey debe saberlo antes de que llegues.
—¿El rey no conoce a quién elige su pájaro?