CAPÍTULO 2
Los emisarios llegaron dos días después, al amanecer.
Nocthar había enviado seis jinetes, dos carruajes y una mujer vestida de gris que bajó del primero con la expresión de quien había pasado demasiadas horas sentada. El pueblo entero salió a recibirlos. Yo los observé desde la ventana de la cocina mientras Elin se vestía arriba.
El cuervo blanco había desaparecido durante la noche. Eso no tranquilizó a nadie.
La mujer de gris habló con el alcalde en la plaza. Era alta y llevaba el pelo recogido bajo una capucha forrada de piel. No parecía una sacerdotisa ni una noble. Cuando terminó de escuchar al hombre, levantó la vista hacia nuestra casa.
—Ahí viene —dije.
Elin bajó la escalera.
Llevaba un vestido azul oscuro y el collar de nuestra madre.
—Quítatelo.
Se llevó una mano al cuello.
—¿Por qué?
—Porque si intentan llevarte hoy, quiero conservar algo suyo aquí.
El cansancio de Elin se volvió visible en cuanto nuestros ojos se encontraron.
—No me voy a quitar el collar por si acaso me secuestran.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado con suficiente fuerza.
Llamaron a la puerta.
La mujer de gris entró acompañada por dos soldados. Se presentó como Lady Yssara Denor, representante de la corona para asuntos de elección. El título sonaba importante. Su cara decía que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Necesito hablar con las dos —dijo.
—Aquí estamos —respondí.
Yssara miró alrededor. La cocina, la escalera, las botas junto a la puerta, la taza que Elin había dejado en el alféizar. Me molestó que inspeccionara nuestra casa sin disimulo.
—El cuervo se posó en el tejado ante testigos.
—Sobre la ventana de arriba —precisó el alcalde desde la puerta.
—No necesito que añada nada —dijo Yssara.
El hombre cerró la boca. Me cayó un poco mejor. Yssara sacó una pequeña caja de madera.
—¿Quién duerme en esa habitación?
Elin abrió la boca.
—Yo —dije.
Mi hermana esperó a que la mirara. Yssara no reaccionó.
—¿Desde cuándo?
—La hemos compartido durante años.
—La pregunta era sencilla.
—También mi respuesta.
Elin dio un paso hacia mí.
—Mel…
La interrumpí sin mirarla.
—Dormíamos las dos allí. Después nuestra madre enfermó y bajé al piso inferior para ayudarla por las noches. La habitación nunca dejó de ser de ambas.
Lo que había dicho era cierto, salvo por un detalle que Yssara no podía conocer.
Hacía cinco años que no dormía allí.
Yssara abrió la caja. Dentro había una aguja de plata, una tira de tela negra y un pequeño recipiente de cristal.
—La elección no depende de una ventana —dijo—. Es una señal de proximidad. Necesito una gota de sangre de cada una.
Elin se quedó observándome. Yo asentí.
Yssara pinchó primero el dedo de mi hermana. Dejó caer una gota sobre la tela negra.
Nada ocurrió. Luego tomó mi mano. La aguja apenas dolió. Mi sangre tocó la tela. La marca apareció en mi muñeca.
Al principio pensé que me había manchado. Una línea negra surgió debajo de la piel, fina y curva. Otra la cruzó. En pocos segundos formaron una figura parecida a una pluma rota.
Elin dejó escapar mi nombre. Yssara cerró la caja.
—La elegida es Mel.
Sentí alivio. Me avergonzó sentirlo.
Elin estaba a salvo, y durante un momento no pude pensar en nada más.
Después recordé qué significaba para mí.
La noticia corrió más rápido que los caballos de Nocthar.
Antes del mediodía ya habían llegado personas de aldeas cercanas que no tenían ningún motivo para estar allí salvo mirar nuestra casa.
El alcalde terminó colocando a dos hombres junto a la verja para impedir que los curiosos entrasen en el patio.
Yssara pidió que cerraran la puerta.
—Esto no es una feria.
—Díselo a ellos —respondí.
—Se lo estoy diciendo al alcalde.
El hombre carraspeó y salió de la cocina con bastante menos autoridad que cuando había entrado.
Yssara limpió la aguja con alcohol y guardó la tela marcada con mi sangre en un sobre lacrado.
Todo lo hacía con movimientos precisos. La elección debía de ser extraordinaria para nosotros y rutina administrativa para ella, aunque había algo en su forma de evitar la mirada de Elin que desmentía esa impresión.
—¿Cuánto tiempo tengo? —pregunté.
—Partiremos mañana al amanecer.
Elin se puso de pie.
—Eso es absurdo.
Yssara la observó.
—Los caminos hacia el norte empeoran rápido en esta época.
—Mi hermana acaba de descubrir que tiene que casarse con un hombre al que no conoce y que quizá mata a sus esposas. Podríais concederle más de una noche para hacer una maleta.
—Elin —dije.
—Déjame hablar.
Me sorprendió tanto que obedecí. Elin se acercó a Yssara.
—¿Puede negarse?
La representante de la corona tardó demasiado en contestar.
—Puede negarse a subir al carruaje.
—Eso es una escapatoria, no una respuesta.
—La marca no desaparece porque alguien decida quedarse en casa.
—¿Qué significa eso?
Yssara guardó la caja.
—Significa que mi trabajo consiste en acompañar a la elegida a Nocthar. Allí podrán explicaros más.
—Siempre tenéis una frase preparada para dejar la parte importante en otra habitación —dije.
Yssara pareció cansarse de mí antes de responder.
—Si tuviera todas las respuestas, Mel, no estaría recorriendo el reino con una caja de agujas.
La sinceridad me desarmó un poco.
Los soldados esperaban junto a la puerta. Uno era casi de mi edad. El otro llevaba una cicatriz que le cruzaba la barbilla. Ninguno parecía disfrutar escuchando aquella conversación.
—¿Qué ocurre si no voy? —pregunté.
Yssara se quitó los guantes.
—La última mujer que intentó esconderse enfermó antes de que pudiéramos encontrarla. Fiebre, delirios, heridas que nadie supo explicar. La llevaron a Nocthar seis días después y mejoró durante un tiempo.
—¿Cuál de las doce era?
—Talia.
El nombre me resultaba menos conocido que Sereth.
—¿Murió allí?
Yssara apretó los labios.
—La historia oficial dice que sí.
—¿Y tú qué dices?
—Que no vi el cuerpo.
Elin se sentó otra vez. La habitación pareció quedarse más pequeña. Yssara señaló mi muñeca.
—Esa marca va a cambiar. Si sientes fiebre, dolor intenso o escuchas voces durante la noche, quiero saberlo.
—¿Voces de quién?
—De cualquiera.
Fue tan seca que hasta los dos soldados bajaron la vista.
—Eso parece bastante específico para alguien que asegura no tener respuestas.
—He acompañado a otra elegida.
Ahí apareció algo distinto en su cara. Duró poco, pero lo vi.
—Sereth —dije.
Yssara recogió sus cosas.
—Hablaremos durante el viaje.
—Quiero hablar ahora.
—Y yo quiero terminar los preparativos antes de que anochezca. Ninguna de las dos va a conseguir todo lo que quiere hoy. El viaje es largo y el invierno avanza. El rey quiere que lleguemos antes del solsticio.
—¿El rey sabe que hay una elección?
—Lo sabe desde que apareció el cuervo.
—¿Cómo puede saberlo?
—No puedo responder a eso.
—¿No puede o no quiere?
Yssara me dedicó una mirada firme.
—Puedo explicarte las condiciones del viaje, el protocolo de llegada y lo que ocurrirá durante los primeros días en Nocthar. Hay preguntas para las que no tengo autorización.
—Entonces tendremos una tarde entretenida.
—Necesitarás preparar equipaje y documentos. Yo debo revisar la casa y confirmar algunos datos.
—¿Revisar la casa para qué?
—Quieren comprobar el linaje.
La palabra me puso alerta.
—¿Qué tiene que ver mi familia?
—La corona conserva registros de todas las elegidas.
—¿Por qué?
Yssara señaló los documentos guardados junto a la escalera.
—Porque ninguna elección se considera completa hasta que la mujer llega a Nocthar.
—Sigue sin explicar por qué guardan esos registros.
—Te acostumbrarás a recibir pocas respuestas.
Yssara salió al patio para hablar con el alcalde. Elin esperó a que la puerta se cerrara.
—No vas a ir sola.
—No puedes venir.
—No lo sabes.
—Acabas de escuchar que la marca me ha elegido a mí.
—Puedo acompañarte hasta el castillo.
—¿Para qué?
—Para que haya alguien allí que esté de tu parte.
Me dolió porque era lo mismo que yo habría dicho en su lugar.
—Tú te quedas aquí.
—Ya estás decidiendo otra vez.
—Hay una diferencia entre decidir y tener sentido común.
Elin negó con la cabeza, incrédula.
—Qué casualidad que tu sentido común siempre termine con el resto haciendo lo que tú quieres.
Subió las escaleras antes de que pudiera contestar.
La discusión quedó flotando en la cocina mientras fuera la gente empezaba a marcharse. La elección ya tenía nombre. Habían conseguido lo que querían.
Yo miré la pluma negra dibujada bajo mi piel.
Por mucho que intentara moverla con los dedos, seguía pareciendo parte de mí.
Subí a buscar a Elin. La encontré metiendo ropa en una bolsa.
—¿Qué haces?
—Me voy contigo.
—No puedes.
—Ni siquiera has preguntado.
—Hay seis soldados ahí abajo. No creo que acepten acompañantes porque lo pidamos con educación.
—Entonces iré detrás.
—Elin.
—No empieces con esa voz.
Cerré la puerta.
—La elegida soy yo.
—Me alegro muchísimo de que te haya tocado una ejecución en lugar de a mí. ¿Eso quieres escuchar?
—Quiero que entiendas que ya no tienes que preocuparte.
—¿Cómo se supone que hago eso?
—Quedándote aquí.
Elin se echó a reír sin humor.
—Claro. Tú te vas con el Rey Cuervo y yo me quedo haciendo pan mientras espero una carta que probablemente nunca llegue.
—No sabemos qué ocurrirá.
—Las doce mujeres anteriores desaparecieron.
—Las historias pueden mentir.
—Y también la gente que quiere tranquilizarme.
Apoyé las manos en el borde de la mesa.
—No estoy intentando tranquilizarte.
—Llevas toda la vida haciéndolo. Cuando papá murió, dijiste que saldríamos adelante. Cuando mamá enfermó, dijiste que iba a mejorar. Cuando empeoró, dijiste que tú podías cuidarnos a las dos. Siempre tienes una solución preparada antes de que los demás podamos decidir qué queremos hacer.
Reconocí cada escena y el golpe encontró dónde hacer daño.
—Tenías catorce años cuando murió mamá.
—Ahora tengo diecinueve.
—Y yo soy tu hermana.
—Exacto. Mi hermana. No mi madre.
Se hizo un silencio incómodo.
A través del suelo llegaban voces de los hombres de Nocthar registrando papeles y haciendo preguntas al alcalde.
—No voy a dejar que te marches sola —dijo Elin.
—No puedes impedirlo.