CAPÍTULO 1 #2
Recordaba demasiadas cosas de aquella época: el olor de los paños calientes, la habitación oscura, el barreño junto a la cama y la forma en que nuestra madre intentaba incorporarse para escuchar mejor las noticias que traían los vecinos aunque apenas tuviera fuerzas.
—Dijo que no debíamos creer todo lo que se contaba.
—Dijo otra cosa.
Elin levantó los ojos.
—Dijo que ninguna mujer debería ser llevada a ningún sitio porque un pájaro se posara sobre una casa.
Me quedé con la cuchara a medio camino. Eso también lo recordaba.
Nuestra madre había muerto dos años después. Nunca le pregunté qué sabía de Nocthar ni por qué aquella historia la había enfadado tanto.
Llamaron a la puerta antes de que pudiera responder.
Sena entró sin esperar permiso. Hacía años que había dejado de considerar nuestra casa un lugar donde se necesitara invitación.
—El alcalde ha mandado aviso a Valder —dijo—. Desde allí enviarán mensaje al puesto de la corona.
—Qué eficacia —respondí—. Si alguna vez se incendia el pueblo, podemos probar con un cuervo blanco.
Sena ignoró la broma.
—Vendrán emisarios.
—Ya lo imaginábamos.
La mujer miró a Elin, después a mí y finalmente al techo, como si pudiera ver a través de las vigas.
—El pájaro estaba encima de la habitación de arriba.
—Gracias, Sena. También tenemos ojos.
El tono de Elin bastó para que cerrara la boca.
Sena se acercó a la mesa. Había conocido a nuestra madre desde niña. Durante su enfermedad fue una de las pocas personas que entraban en casa sin necesidad de que yo le explicara qué había que hacer.
—La señal no siempre es tan sencilla como parece —dijo—. Mi abuela contaba que una vez el cuervo se posó sobre un establo y la elegida vivía tres casas más lejos.
—Tu abuela también decía que podía curar verrugas enterrando judías bajo luna nueva.
—Y a Rolan se le cayó la verruga.
Elin se tapó la boca para que no se notara la sonrisa.
Sena me señaló con la escoba.
—Ríete cuanto quieras. Cuando llegue la gente del rey, deja que hagan su trabajo y procura no enfrentarte con todo el mundo antes del mediodía.
—Eso me deja una mañana muy aburrida.
La vieja se inclinó hacia mí.
—Si intentas ocupar el lugar de tu hermana, se darán cuenta.
Sentí que el humor se me caía de la cara.
Elin dejó la cuchara.
—¿Por qué dices eso?
Sena no apartó los ojos de mí.
—Porque te conozco desde que aprendiste a caminar. Cuando tu padre murió, decidiste que podías sustituirlo. Cuando enfermó tu madre, decidiste que podías sostener esta casa tú sola. Si el cuervo ha venido por Elin, sé lo que vas a pensar.
—Todavía no sabemos por quién ha venido.
—Justo por eso.
Sena apoyó la mano sobre la mía. Sus dedos estaban fríos.
—Espera a saberlo antes de hacer una estupidez.
Se marchó poco después. Elin permaneció en silencio hasta que escuchamos cerrarse la verja.
—Ha acertado —dijo.
—Sena acierta una vez cada veinte años. Tiene derecho a celebrarlo.
—Has pensado en hacerlo.
Recogí los cuencos.
—He pensado en muchas cosas desde que ha aparecido ese animal.
Me giré hacia ella.
—Si vienen por ti, no voy a quedarme sentada mirando cómo te llevan a un castillo del que no vuelve nadie.
Elin se levantó despacio.
—Y si vienen por ti, ¿qué se supone que tengo que hacer yo?
Cualquier respuesta que se me ocurría sonaba cruel.
Lavé los cuencos mientras, fuera, el pueblo seguía esperando.
Elin se acercó al fuego y echó otro tronco con más fuerza de la necesaria.
—No quiero que hables por mí cuando lleguen.
—Ni siquiera sabemos qué van a preguntar.
—Me da igual. Si me preguntan a mí, contesto yo.
Dejé el martillo encima de la mesa.
—Claro que sí.
Elin se giró.
—Eso significa que ya estás pensando alguna cosa.
—Estoy pensando muchas cosas. Algunas incluso útiles.
—Quiero saber cómo deciden a quién han elegido. Quiero saber qué derechos tenemos, aunque el alcalde crea que una ley antigua sirve para acabar una conversación. Quiero saber por qué el cuervo apareció hoy y qué esperan de la mujer que se lleven.
—La convierten en esposa del rey.
—Eso lo sabe hasta el panadero.
—Y luego muere.
El fuego crujió entre las dos. La palabra se quedó allí.
Durante generaciones, las historias habían cambiado nombres, lugares y detalles.
En unas, las novias morían la noche de bodas.
En otras llegaban a vivir varias semanas.
Había versiones donde el Rey Cuervo bebía su sangre y otras donde las arrojaba desde una torre.
A los niños les contaban que el castillo guardaba los huesos bajo el suelo para evitar que las esposas regresaran a sus casas.
Solo había un punto en el que todos coincidían.
Ninguna volvía.
—No sabemos qué ocurre —dije.
—Sabemos suficiente.
Elin se sentó.
Tenía la cara pálida. Hasta ese instante yo había estado demasiado ocupada contestando a todo el mundo para mirar bien a mi hermana.
Me senté a su lado.
—No van a llevarte sin que sepamos lo que está pasando.
—¿Y cómo vas a impedirlo?
—Ya encontraré una forma.
—Eso es lo que siempre dices.
—Y suele funcionar.
—Hasta que deje de hacerlo.
Me senté frente a ella.
Elin miró hacia la escalera que conducía a su cuarto. El techo crujió por el viento.
—¿Crees que sigue ahí?
—Es probable.
—Quiero verlo.
—No necesitas subir.
Elin endureció la voz.
—Acabas de hacerlo otra vez.
Me mordí la respuesta.
—Vamos juntas.
Subimos.
La habitación de Elin era pequeña y estaba llena de cosas que yo jamás habría guardado: mapas comprados a viajeros, cintas de colores, recortes de tela, piedras recogidas en caminos que ni siquiera recordaba y libros prestados que tardaba meses en devolver.
En la pared tenía clavado un mapa de los tres reinos conocidos, con una línea dibujada desde nuestra aldea hasta Velaria.
Me había hablado muchas veces de aquel viaje y yo siempre encontraba una razón para posponerlo.
Elin se acercó a la ventana. El cuervo blanco seguía en el alero. A menos de dos pasos de nosotras.
El cristal empañado apenas deformaba su figura. El ave inclinó la cabeza y golpeó una vez con el pico.
Elin retrocedió. Yo me quedé donde estaba. El cuervo volvió a golpear. Esta vez no miraba a mi hermana. Me miraba a mí.