CAPÍTULO 1
El cuervo apareció mientras yo intentaba impedir que el viento se llevara una contraventana.
Aquella mañana llevaba una hora subida a una escalera, con los dedos entumecidos y tres clavos entre los labios.
El marco de madera se había hinchado con la humedad y la hoja izquierda golpeaba la pared cada vez que soplaba desde el norte.
De niña habría llamado a mi padre. Después de su muerte pasé un tiempo esperando a que algún vecino se ofreciera a ayudar.
A esas alturas ya sabía que esperar a que otro resolviera algo era una manera estupenda de conservar un problema durante semanas.
—Vas a caerte —dijo Elin desde dentro.
Saqué uno de los clavos de la boca.
—Llevas diciendo eso desde que he subido.
—Porque llevas desde entonces haciendo equilibrio como una idiota.
—Sujeta la escalera y tendremos las dos menos motivos para preocuparnos.
Elin dejó la cesta de ropa sobre la mesa y se acercó a regañadientes.
Tenía el pelo mal recogido y aún llevaba la camisa de dormir bajo el chal.
Había cumplido diecinueve años en otoño, aunque algunas mañanas conseguía recordar con bastante precisión a la niña que se negaba a ponerse zapatos para correr detrás de las gallinas.
—Tendríamos dinero para pagar a Toren si no te empeñaras en arreglarlo todo tú —murmuró.
—Tenemos dinero porque me empeño en arreglar algunas cosas yo.
—Algún día voy a escribir un libro con todas tus respuestas.
—Procura venderlo bien.
Levanté el martillo.
El golpe sonó limpio. La madera cedió lo suficiente para que el cierre entrara en su sitio. Probé una vez más y la contraventana dejó de golpear.
—¿Ves cómo aguanta ahora?
Elin había dejado de escucharme. También había soltado la escalera.
—Como me mates después de haberte criado, pienso volver para darte problemas —dije.
Bajé otro peldaño y seguí la dirección de su mirada.
El ave estaba sobre el tejado del cobertizo.
A esa distancia parecía demasiado grande para ser un cuervo común.
El cuerpo conservaba la misma forma, el pico negro, las patas oscuras y el modo de inclinar la cabeza antes de observar algo.
Todo lo demás era blanco. No el blanco sucio de las gallinas que se revolcaban en el patio, tampoco el gris de las palomas.
Las plumas parecían recién cubiertas de nieve.
Me quedé quieta con una mano en la escalera.
En las casas vecinas empezaron a abrirse ventanas. Elin fue la que habló.
—Dime que puede haber cuervos blancos.
—Puede haber muchas cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El ave giró la cabeza hacia nosotras. La campana de la plaza empezó a sonar.
La campana dio tres golpes largos, separados por varios segundos.
No eran las campanadas de un incendio ni las que avisaban de la llegada de comerciantes. Seguían una cadencia que yo solo había escuchado en historias contadas por gente mayor.
El cuervo blanco había sido visto. La elección había comenzado.
Bajé de la escalera con demasiada prisa y el último peldaño se me escapó. Elin me agarró del brazo antes de que acabara en el suelo.
—Cuidado.
—Gracias. Casi estreno el invierno rompiéndome la cabeza.
—¿Qué hacemos?
Miré el tejado. El cuervo había cambiado de sitio.
Ahora estaba en el alero de la casa, justo encima de la ventana del piso superior.
La de Elin. Sentí que llevaba una piedra en la garganta.
En la calle empezaba a reunirse gente. Nadie cruzaba nuestra verja.
Los vecinos hablaban entre ellos, algunos sin apartar los ojos de la casa.
La vieja Sena se llevó una mano a la boca.
El panadero abandonó su negocio con el delantal puesto.
Dos niños intentaron acercarse hasta que su madre los arrastró de vuelta.
Elin subió el primer escalón de la entrada.
—Voy a vestirme.
La agarré por la muñeca.
—Espera.
—Todo el pueblo está mirando.
—Que miren.
—Mel, está encima de mi ventana.
—También está encima de mi tejado.
Elin me dedicó una mirada cansada.
—Duermo allí desde hace años.
—Y antes dormíamos las dos.
Lo dije antes de pensarlo. Elin frunció el ceño.
Era verdad. Después de morir nuestro padre, cuando ella tenía diez años, compartimos habitación durante casi cuatro inviernos. La estancia que ahora considerábamos suya había sido la de las dos. Yo me mudé abajo cuando nuestra madre empezó a necesitar ayuda durante la noche.
El cuervo continuaba inmóvil.
—Eso no demuestra nada —dijo Elin.
—Tampoco demuestra que seas tú.
La verja chirrió.
El alcalde entró sin pedir permiso. Venían con él su mujer, el herrero y otras cuatro personas que supuse necesitaban sentirse útiles en cuanto ocurría algo que no entendían.
—Mel —dijo el alcalde—. Hay que mantener la calma.
—No recuerdo haberla perdido.
Miró a Elin.
Agradecí que mi hermana se hubiera colocado el chal por encima de la camisa. Bastante teníamos con que medio pueblo contemplara nuestra casa como si hubieran levantado un cadalso en el patio.
—El mensajero saldrá hacia la capital del distrito —continuó el alcalde—. Los hombres de Nocthar llegarán cuanto antes.
—¿Cuánto es cuanto antes?
—Dos días. Quizá tres si empeora el tiempo.
—Entonces tenemos dos días para averiguar qué significa que un pájaro se pose encima de una ventana.
El herrero carraspeó.
—Todo el mundo sabe lo que significa.
Me volví hacia él.
—Todo el mundo cuenta historias. Es distinto.
—Mi abuela vio una elección cuando era niña.
—Tu abuela también decía que dormir con una cebolla debajo de la cama evitaba las fiebres.
El hombre se ofendió.
—Eso no tiene nada que ver.
—A mí me parece una fuente parecida.
El alcalde levantó las manos.
—No vamos a discutir aquí. Hasta que lleguen los emisarios, ninguna de las dos debe abandonar el pueblo.
—¿Ninguna de las dos?
—El ave se ha posado sobre vuestra casa. Debemos ser prudentes.
Elin dio un paso hacia él.
—¿Qué ocurre cuando lleguen?
El alcalde tardó demasiado en contestar.
—Comprobarán la señal.
—¿Cómo van a comprobarla?
—No lo sé.
—¿Y después?
—Si hay una elegida, viajará a Nocthar.
Aquella forma de decirlo me irritó. Como si hablara de una muchacha que hubiese ganado un puesto en una corte lejana.
—¿Viajará voluntariamente?
La mujer del alcalde bajó los ojos. Él tuvo la decencia de no fingir.
—La ley es antigua.
—La antigüedad no contesta a mi pregunta.
—No pueden negarse a una elección.
Elin me dedicó una sonrisa amarga.
—Qué conveniente.
—Elin —le advertí.
Ella se apartó de mí.
—No empieces.
Llevábamos años chocando por la misma razón aunque cambiara el motivo, fuera un viaje, un trabajo, un hombre que no me gustaba o una feria a dos pueblos de distancia. Yo hablaba como si explicara algo razonable y Elin escuchaba una orden.
Esta vez no pensaba discutir delante de media calle.
—Entramos en casa —dije.
—Puedo decidirlo yo.
—Entonces decide entrar antes de congelarte.
Elin me sostuvo la mirada unos segundos y terminó obedeciendo, aunque lo hizo de la forma más ruidosa posible. Cerró la puerta con un golpe que hizo caer polvo del marco.
El alcalde adoptó una expresión compasiva que no le había pedido.
—Lo siento.
—Aún no ha ocurrido nada.
—Mel…
—Cuando ocurra, ya tendremos tiempo de lamentarlo.
Entré y cerré.
Al mirar hacia la plaza vi que seguía llena.
Nadie se acercaba demasiado a nuestra puerta, aunque todos parecían tener algo que hacer a menos de veinte pasos de ella.
Sena había salido con un pañuelo sobre el pelo y una escoba en la mano.
Barrió tres veces el mismo trozo de acera y terminó apoyándose en el palo para mirar el alero.
Hasta Toren, que solía tardar una semana en enterarse de cualquier cosa que no ocurriera dentro de su taller, estaba allí con el delantal cubierto de virutas.
Elin se dio cuenta antes que yo de que la gente estaba contando las ventanas.
—Van a decidir que soy yo antes de que llegue nadie de Nocthar.
—La gente decide muchas cosas cuando no tiene trabajo suficiente.
—Sena tiene setenta años y artritis. Creo que su cantidad de trabajo es razonable.
Me acerqué a la ventana. La vieja levantó la barbilla como si hubiese oído el comentario desde la otra punta de la calle.
—Vamos a desayunar —le dije a Elin.
—¿Ahora?
—No hemos comido nada.
—Hay un cuervo blanco encima de mi cuarto.
—Y las gachas siguen quemándose aunque el reino se esté acabando.
Elin me sostuvo la mirada con una mezcla de incredulidad y enfado. Se acercó a la mesa sin apartarse el chal.
La cocina olía a avena y madera húmeda. Aparté el cazo del fuego, raspé con la cuchara el fondo que ya empezaba a pegarse y serví dos cuencos. Elin se sentó sin quitarse el chal.
—Mamá decía que el cuervo solo aparecía cuando la elegida ya estaba decidida.
—Mamá decía muchas cosas para que dejaras de pedir otra historia antes de dormir.
—Esta no era una historia para dormir.
Lo sabía. Nuestra madre no había hablado del Rey Cuervo con el mismo tono que utilizaba para las brujas del bosque o los gigantes que, según Elin, vivían detrás de las montañas. Cuando nombraba las elecciones bajaba la voz. A veces miraba las ventanas aunque estuvieran cerradas.
Durante años pensé que lo hacía por costumbre. En ese momento recordarlo me molestó más de lo que quería admitir.
—¿Cuándo fue la última? —preguntó Elin.
—Hace siete años.
—Sereth —dijo Elin.
Asentí.
Todos conocíamos aquel nombre. Sereth había sido hija de comerciantes de Nael, una ciudad que quedaba a varios días hacia el este.
La noticia de su elección llegó hasta nuestro pueblo con los vendedores de lana.
Durante semanas se habló de su familia, de los regalos enviados por la corona y de una boda que casi nadie había visto.
Luego dejaron de llegar noticias. En primavera un viajero aseguró que Sereth había muerto.
Otro dijo que había huido. Un tercero juró haberla visto convertida en un pájaro enorme sobre las murallas de Nocthar.
Cuando una historia se contaba suficiente tiempo, acababa sirviendo para demostrar cualquier cosa.
Elin removió las gachas sin comer.
—¿Te acuerdas de lo que dijo mamá cuando supimos lo de Sereth?