La novia del Rey Cuervo PRÓLOGO
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La novia del Rey Cuervo

La novia del Rey Cuervo

Por Llara Valle

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PRÓLOGO

Eira supo que la boda iba a celebrarse antes de que nadie se molestara en decírselo.

Lo comprendió al ver las flores.

Habían cubierto con ellas la galería oriental de la fortaleza, aunque en el exterior apenas quedaban plantas vivas.

Los soldados habían bajado hasta los valles y regresado con ramas de acebo, flores secas, bayas rojas y una caja llena de pétalos que olían a verano.

Alguien había ordenado encender todos los braseros.

En el patio se asaban dos ciervos. Las cocinas llevaban despiertas desde la madrugada.

La guerra había terminado tres días atrás y los hombres del rey celebraban como si el invierno pudiera olvidar de golpe los muertos que quedaban bajo la nieve.

Eira se quedó junto a la ventana de la habitación que le habían asignado y observó el patio. Había un cuervo en el muro. Después llegaron otros dos. Ninguno se acercó a la carne.

Eso le preocupó más que las flores. La puerta se abrió a su espalda.

—El rey quiere verla.

El soldado que había entrado no levantó la mirada.

Era joven, demasiado para la armadura que llevaba, y aún conservaba una cicatriz reciente junto a la oreja.

Eira lo recordaba de la batalla del paso de Varen.

Lo había visto arrastrar a un compañero fuera del alcance de los caballos cuando la línea enemiga se rompió.

—¿Para darme las gracias? —preguntó.

El muchacho fijó la vista en un punto del suelo.

—Solo me han ordenado acompañarla.

Eira se volvió hacia él. Llevaba tres días sin sus ropas ceremoniales.

Le habían permitido conservar el vestido de lana gris con el que cruzó las montañas, pero alguien había retirado sus collares, sus brazaletes y el cordón negro que distinguía a las mujeres consagradas a Vaerra.

Cuando preguntó por ellos, nadie supo nada.

—Entonces acompáñame.

Cruzaron dos corredores llenos de sirvientes, soldados y hombres que olían a vino desde antes del mediodía.

La fortaleza había cambiado desde la victoria.

Durante la guerra, cada habitación había servido para almacenar comida, vendar heridas o dormir donde hubiera un hueco.

Ahora reaparecían los tapices y la plata.

Los criados limpiaban la piedra con agua caliente mientras los nobles discutían dónde colocar las mesas del banquete.

Eira pasó entre ellos sin detenerse.

El rey Aldren Corven esperaba en la sala pequeña del consejo. Había dejado la armadura. Vestía negro y llevaba una capa de piel sobre los hombros. A su derecha descansaba una corona que Eira no había visto antes.

Era delgada, casi ligera a simple vista, con puntas oscuras que parecían ramas quemadas.

Eira se quedó mirando aquello.

—¿Qué has hecho?

Aldren sonrió.

—Pensaba que me preguntarías por qué te he llamado.

—Sé por qué me has llamado.

El rey apoyó una mano sobre la mesa.

—Entonces nos ahorraremos una conversación larga.

Eira se acercó a la corona. No la tocó. El aire alrededor del metal estaba más frío y olía a tierra mojada, igual que las piedras de los santuarios después de una tormenta.

—Te dije que los restos debían enterrarse.

—Y yo decidí aprovecharlos.

Eira levantó la mirada.

Aldren no parecía avergonzado. Había ganado una guerra que todos daban por perdida. Los hombres cantaban su nombre en los patios. Tres ciudades enemigas habían pedido condiciones de paz y los nobles que meses atrás dudaban de él se peleaban por sentarse cerca de su mesa.

Eira había visto aquella clase de victoria antes. Siempre conseguía convencer a los hombres de que las reglas del mundo también les pertenecían.

—Vaerra te ayudó porque se lo pediste —dijo—. El pacto fue claro.

—El pacto nos salvó.

—Precisamente por eso deberías respetarlo.

Aldren rodeó la mesa y se colocó frente a ella.

—Lo respeto tanto que quiero asegurarme de que dure.

Eira miró otra vez la corona.

Las piezas negras procedían de la criatura que había muerto en el desfiladero.

Un servidor de Vaerra, enviado para proteger el paso durante la última batalla.

Había sostenido la montaña cuando los hombres de Asteria intentaron rodearlos.

Después cayó entre las rocas y su cuerpo comenzó a endurecerse antes de que terminara la noche.

Eira ordenó enterrarlo. Aldren había ordenado otra cosa.

—No puedes llevar eso.

—Ya lo he llevado.

Eira sintió una punzada de rabia, aunque mantuvo la voz baja.

—¿Y qué ocurrió?

—Escuché a los cuervos.

En el exterior, uno golpeó el cristal con el pico.

Aldren sonrió al oírlo.

—Durante unos minutos supe dónde estaba cada uno de ellos. Vi el camino del sur. Vi a mis hombres vigilando el paso. Vi incluso tu santuario.

—No es un juguete.

—Tampoco es un dios, Eira. Es poder.

Ella dio un paso atrás.

Aldren había pronunciado las palabras con tranquilidad. Eso fue lo que terminó de convencerla.

—Déjame marchar.

—Mañana te dejaré marchar.

Eira lo observó unos segundos.

—¿Por qué mañana?

El rey señaló la ventana. En el patio, varios criados estaban levantando un arco de ramas frente a la puerta de la capilla.

—Porque esta noche cenaremos juntos y mañana nos casaremos.

Eira tardó un momento en contestar.

—No voy a casarme contigo.

—Necesito que lo hagas.

—Entonces tienes un problema.

La paciencia desapareció del rostro de Aldren.

—La mitad de este reino sigue creyendo que la victoria pertenece a tus sacerdotes. Los pueblos de las montañas obedecen a Vaerra antes que a mi corona. Si tú te conviertes en mi esposa, ese conflicto termina.

—El conflicto termina si cumples tu palabra.

—Mi palabra no hará que esos hombres me reconozcan.

—Mi cuerpo tampoco debería hacerlo.

Aldren caminó hacia la puerta y la cerró. El soldado que esperaba fuera quedó al otro lado.

—Has vivido entre gente que puede permitirse hablar de principios —dijo—. Yo gobierno a personas que morirán si Asteria vuelve a cruzar la frontera.

—Y has ganado esa guerra con nuestra ayuda.

—Por eso necesito conservarla.

Eira entendió entonces que llevaban varios días hablando de cosas distintas.

Ella pensaba que había firmado una alianza. Aldren creía haber comprado un arma.

—Vaerra no aceptará esto.

—Vaerra aceptó salvar mi reino.

—Porque lo pediste. Porque aceptaste las condiciones.

—Las condiciones pueden cambiar.

Eira se acercó hasta quedar a menos de un brazo de él.

—Un juramento dado libremente tiene fuerza. Si obligas a alguien, solo consigues obediencia mientras puedas sostenerla.

—Me basta.

Aldren respondió sin pensarlo y abrió la puerta. Dos guardias entraron.

Eira miró a uno y después al otro. El muchacho de la cicatriz evitó sus ojos.

—La ceremonia será al amanecer —dijo el rey—. Tendrás un vestido preparado.

—Puedes vestirme como quieras.

Aldren se detuvo.

—No conseguirás que acepte.

—La gente verá una boda.

Eira sonrió con una tristeza que le salió sola.

—Entonces procura que miren bien.

La encerraron aquella noche.

Desde la ventana vio cómo la nieve comenzaba a caer sobre el patio. Los cuervos permanecían en las almenas y en los tejados. Había decenas. Cerca de medianoche ya eran cientos.

Ninguno graznaba.

Eira se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la piedra. Pensó en su hermana, lejos de allí, al otro lado de las montañas. Pensó en el santuario y en las mujeres que regresarían cuando los caminos fueran seguros. Pensó también en Vaerra.

La Madre del Último Vuelo no respondía a órdenes. Jamás lo había hecho.

Acompañaba a quienes nadie reclamaba. Guardaba las fronteras que los hombres olvidaban.

Recogía los nombres de quienes morían sin una tumba.

Y castigaba los juramentos rotos.

Cuando Eira cerró los ojos, escuchó un batir de alas tan fuerte que la habitación pareció encogerse.

Al amanecer fueron a buscarla.

Le pusieron un vestido blanco bordado en plata. Una criada intentó colocarle flores en el pelo y Eira le apartó las manos con suavidad.

—No hace falta.

La mujer empezó a llorar. Eira terminó de arreglarse sola.

En la capilla esperaban nobles, capitanes y representantes de los pueblos que habían acudido para celebrar la paz. Aldren estaba frente al altar con la Corona de Hueso Negro sobre la cabeza.

Eira entró acompañada por cuatro soldados. Los cuervos cubrían el tejado.

El sacerdote recitó las palabras del matrimonio y se demoró en el deber, la unión y la prosperidad, como si la ceremonia no estuviera decidida desde antes de empezar.

Cuando llegó el momento de preguntar a Eira, Aldren la miró.

El sacerdote también. Toda la sala aguardó.

—Eira de Varen —dijo el hombre—, ¿aceptas a Aldren Corven como esposo y rey?

Eira miró la corona.

Una gota de sangre descendía desde la sien de Aldren. Una de las puntas negras había abierto la piel.

Luego miró al sacerdote.

—No acepto.

Alguien respiró con fuerza entre los invitados. Aldren hizo una señal. El sacerdote continuó. Eira casi sintió lástima por él.

Cuando terminaron, Aldren tomó su mano y le colocó un anillo.

La piedra bajo sus pies vibró. Los ventanales se oscurecieron.

Fuera, cientos de cuervos echaron a volar al mismo tiempo.

El ruido cubrió las voces de la capilla. Aldren apretó los dedos de Eira.

—Se acostumbrarán —susurró.

Ella volvió la cabeza.

—Tú también.

La sangre que bajaba por la cara del rey había llegado a su mandíbula.

Eira observó a todos los presentes, uno a uno, para obligarlos a recordar que estaban allí.

—Trece veces reclamará la corona aquello que nunca debió pertenecerle.

Aldren quiso apartarse. No pudo.

Las puertas de la capilla se abrieron con un golpe de viento. La nieve entró hasta el altar. Entre la bandada negra apareció un ave distinta.

Un cuervo blanco se posó sobre el arco de la entrada.

Y miró al rey.