CAPÍTULO NUEVE #3
Sus ojos dejaron de moverse. Se enfocaron en los míos.
Y entonces me atrajo a sus brazos —completa, total, sin espacio entre nosotros— y me dejé, me aferré, hundí el rostro en su pecho que olía a humo y a adrenalina y todavía, debajo de todo, a él.
Su respiración era irregular. Las manos en mi espalda apretaron de una forma que debería haber dolido y que no dolió porque había algo en esa fuerza que era lo opuesto al dolor.
—Pensé —empezó. Y se detuvo.
—Lo sé —dije—. Estoy aquí.
—No puedo —dijo, y la voz era completamente distinta de cualquier versión que le hubiera oído, sin ninguna de las capas habituales—. No puedo perderte. No es una opción que exista.
—No lo harás —dije—. No me vas a perder.
Una explosión detrás de él.
Los brazos me presionaron instintivamente: protegiendo, poniendo el propio cuerpo entre mí y la dirección del sonido.
—Tenemos que salir —Marco, desde algún punto a la derecha, con ese tono que había aprendido a reconocer como urgencia gestionada.
Dante no me soltó de inmediato. Se quedó así un segundo más —solo un segundo más, como alguien que necesitaba confirmar una última vez que era real.
Entonces retrocedió. Me miró.
—Quédate detrás de mí —dijo. No era sugerencia.
—Está bien —respondí.
Tomó mi mano.
Y salimos.
• • •
Lo que pasó afuera quedó también en fragmentos.
El edificio era un depósito en el puerto viejo: había reconocido el olor antes de verlo, ese olor específico de agua salada y óxido y madera vieja que tenía la ciudad en esa zona.
Había hombres por todas partes, algunos de los de Dante, otros que no reconocía, y había violencia de una intensidad a la que nunca había estado cerca antes y que existía en una dimensión completamente distinta de cualquier cosa que hubiera leído o imaginado.
No miré directamente.
No por incapacidad: por elección. Había un límite para lo que necesitaba ver en ese momento, y lo respeté con la misma disciplina que había usado en el sótano.
Dante me llevó hasta un auto. Me metió adentro. Cerró la puerta.
—Quédate aquí —dijo por la ventana abierta.
—Dante—
—Por favor —dijo. Y había en esa palabra la misma cualidad de genuino que había tenido la primera vez que la usó, en el cuarto de la mansión, antes del beso. Una cualidad de real que volvía imposible la negativa.
—Me quedo —dije.
—Gracias —dijo. Y volvió.
Me quedé en el auto.
Vi lo que pude ver por la ventana: movimientos, voces, la secuencia de eventos que no lograba organizar en narrativa desde ese ángulo. Marchesi en algún punto: lo vi de lejos, sin lograr leer su expresión, y después no lo vi más.
Marco bajó el arma.
Dante se volvió.
Y lo que había empezado en el depósito del puerto viejo esa mañana —no, había empezado mucho antes, había empezado con la llamada de madrugada que había fingido no notar, había empezado con Vittorio Marchesi perdiendo a su hijo dos años antes, había empezado con la cadena de causa y consecuencia que era el mundo en que había entrado cuando dije está bien en un pasillo de la casa de mis padres— llegó a su fin.
Dante vino hasta el auto.
Abrió la puerta.
Me miró.
Y yo lo miré de vuelta: con la sangre que no era suya en la camisa y el cabello fuera de lugar y los ojos que todavía tenían esa cualidad que había visto en el pasillo, el alivio que había sido demasiado grande para caber por completo.
Entró al auto.
No dijo nada por un momento.
Entonces tomó mi mano —las dos manos, en realidad, envolviéndolas con las suyas, con un cuidado tan completo que sentí que las últimas horas llegaban de una vez, todo el miedo que había estado al lado y que ahora, con él ahí, con la seguridad real y presente, finalmente llegaba.
Lloré.
No de forma actuada: el llanto que ocurre cuando el cuerpo decide que es hora y que no pide permiso. Dante no dijo nada. Solo se quedó con mis manos en las suyas y esperó, con esa paciencia de siempre, hasta que pasó.
—Se acabó —dijo, cuando me quedé quieta.
—Se acabó —repetí.
—Nunca más —dijo. Y había en esas dos palabras una cualidad que reconocía como promesa del tipo que él no hacía sin intención de cumplirla—. Nunca más vas a estar en peligro por lo que soy.
—No puedes prometer eso —dije—. No por completo.
—Entonces prometo que voy a pasar cada día intentándolo.
Lo miré.
Al rostro que había aprendido a leer a lo largo de semanas: cada variación, cada matiz, cada versión que mostraba y cada versión que guardaba. El rostro que había estado aterrorizado hoy por mi causa y que ahora estaba solo presente, solo aquí, solo mío.
—Está bien —dije.
—Está bien —repitió.
Y llevó mis manos hasta sus labios. Besó las muñecas: donde habían estado las cuerdas, donde la piel estaba levemente enrojecida.
Despacio. Con esa reverencia que aparecía a veces y que todavía me detenía, después de todo, como la primera vez.
Fuimos a casa.
Y la ciudad pasaba por las ventanas del auto y la noche llegaba y yo tenía las muñecas levemente doloridas y el olor a humo todavía en la ropa y estaba completamente, absolutamente, en paz.
Porque estaba con él.
Y ese era el lugar donde había decidido estar.