CAPÍTULO NUEVE #2
Porque no había respuesta útil para eso, y porque él no estaba del todo equivocado, y porque reconocerlo en voz alta no servía a ningún propósito.
Marchesi se alejó.
—Alguien va a traer agua —dijo, de espaldas—. No pretendo lastimarla. Solo necesito que exista. Que él sepa que existe. —Una pausa en la salida—. El resto es con él.
La puerta se cerró.
Y me quedé sola en el frío y en el silencio y en la luz tenue, con las manos atadas detrás de la silla y la gotera goteando y el olor a piedra húmeda alrededor.
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Había una forma de pensar que había desarrollado a lo largo de los años en el aula —no para situaciones extremas, pero que terminó aplicándose: cuando todo parece imposible, dividirlo en partes más pequeñas. Qué puedo hacer ahora, con lo que tengo, en este momento.
Lo que tenía: manos atadas pero pies libres. Silla de madera con al menos veinte años, a juzgar por el aspecto. Luz tenue pero suficiente para ver el ambiente. Ninguna lesión más allá de una molestia difusa en las muñecas. La capacidad de pensar.
Lo que podía hacer: observar. Guardar cada detalle. Estar lista para cualquier ventana de oportunidad, por pequeña que fuera.
Y —lo más importante— no colapsar.
No porque no sintiera miedo. Lo sentía. Había un terror frío y constante que había estado presente desde que desperté y que había aprendido a colocar al lado, no debajo: al lado, donde lograba verlo sin que me consumiera.
Pensé en Dante.
No de forma sentimental: de forma práctica. Él sabía lo que era Marchesi. Tenía recursos que yo no tenía. Tenía la información y la red y la capacidad de acción que transformaban una situación como esta de irresoluble a resoluble.
Y tenía algo más allá de eso.
Tenía motivo.
No la frialdad calculada de alguien resolviendo un problema estratégico. El motivo de alguien que había pasado la noche despierto con la mano sobre la mía y que había doblado un post-it amarillo y guardado en un cajón.
Él iba a venir.
No porque yo fuera estratégicamente importante. Porque era yo.
Ese pensamiento era simultáneamente lo más aterrador y lo más estabilizador que tenía disponible, y me apoyé en él con la consistencia de alguien apoyándose en la única pared que sigue en pie.
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El tiempo en el sótano fue imposible de medir con precisión.
Había intentado contar: respiraciones, gotas de la gotera, los sonidos irregulares de movimiento que llegaban de arriba en intervalos que no establecían ningún patrón claro.
Había desistido de contar y pasado a observar: la calidad de la luz por la rendija bajo la puerta, que había ido del blanco de la tarde al amarillo de fin de tarde al naranja de principio de noche.
Horas. Varias horas.
Alguien había entrado una vez con agua, como Marchesi había prometido: uno de los hombres de la biblioteca, que no dijo nada, que sostuvo el vaso mientras bebía porque las manos estaban atadas, y que salió sin mirarme a los ojos.
Eso me dijo algo: estaba incómodo. Había recibido una orden y la estaba cumpliendo y prefería no pensar demasiado en lo que cumplía.
Las personas incómodas con lo que hacen son menos predecibles que las personas convencidas. Eso podía ser ventaja o desventaja según cómo se desarrollara la situación.
Seguí guardando información.
Marchesi volvió una vez, más tarde, con un teléfono en la mano.
—Romano contestó —dijo. Había algo en la voz que era satisfacción cruda, no disimulada—. ¿Sabe dónde está usted? No. Pero sabe que existe. Que está viva. Que seguirá así mientras él haga lo que pido.
—¿Qué va a pedir?
—Que se entregue —dijo, simplemente—. Que venga solo. Que deje a sus hombres atrás.
—No va a hacer eso.
Marchesi me miró.
—¿Está segura?
Hice una pausa.
—Lo estoy —dije—. No porque no le importe. Sino porque sabe que si hace eso ninguno de nosotros sale de aquí vivo. Y él no va a aceptar esos términos.
—Usted conoce al marido —dijo Marchesi. Con una frialdad que no era cruel, solo factual—. Pero yo conozco lo que el amor le hace a los hombres. Lo que los vuelve irracionales.
—Dante Romano no es irracional —dije—. Es exactamente lo contrario. Y por eso usted va a perder.
Marchesi se quedó mirándome un largo rato.
Había algo en esa mirada demasiado complejo para ser solo rabia: había dolor ahí, dolor real y antiguo, y lo vi y lo reconocí y tuve un momento de algo cercano a la compasión que no me impedía saber que era peligroso y que tenía que salir de ahí.
—Usted cree eso —dijo, finalmente. Sin ironía.
—Lo creo.
—Entonces espero que tenga razón —dijo—. Por su bien.
Salió.
Me quedé en el frío y en el silencio y me permití, por un único momento, sentir el miedo por completo. Dejar que existiera entero, sin gestionarlo.
Y entonces lo volví a colocar al lado.
Y esperé.
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Los disparos empezaron sin aviso.
No los disparos de las películas: no el estampido limpio y bien espaciado de algo actuado, sino el caos real, múltiple, superpuesto, con los ecos del espacio cerrado distorsionando el origen y la distancia.
Voces gritando en italiano y en portugués mezclados.
El sonido de cuerpos en movimiento, de muebles cayendo, de una puerta siendo forzada en algún lugar arriba.
Me levanté de la silla.
Con las manos todavía atadas, pero de pie: porque de pie tenía más opciones que sentada, y porque quedarme sentada esperando era el tipo de decisión que había decidido no tomar.
La puerta del sótano se abrió.
Uno de los hombres de la biblioteca entró corriendo, no hacia mí, hacia el fondo del sótano, hacia algo que yo no veía. Había pánico en sus movimientos. La incomodidad que había notado antes se había transformado en algo más urgente.
No me miró.
Pasé junto a él.
Subí los escalones del sótano con las manos atadas y los pies libres y el corazón latiendo a un ritmo que no sabía que era capaz de mantener, y cuando llegué arriba y la puerta se abrió a un pasillo lleno de humo y de sonido no me detuve.
Seguí adelante.
Lo que pasó en los minutos siguientes quedó fragmentado en la memoria de la manera en que a veces quedan los eventos muy intensos: no como narrativa lineal sino como imágenes separadas, cada una con una nitidez específica.
Un hombre que no conocía en el pasillo que bajó el arma cuando me vio y dijo algo en italiano. Un segundo hombre que apareció por una puerta lateral y que reconocí como uno de los que había visto en la mansión, en los días normales, un rostro familiar del perímetro de seguridad.
—Señora Romano —dijo, y había un alivio en la voz que era real.
—Las manos —dije.
Cortó la cuerda. La sangre volviendo a las muñecas dolió de una forma que era casi bienvenida: real, presente, del mundo normal.
—Romano —dijo—. ¿Dónde está Romano?
—El Capo está—
—Isabella.
La voz.
La reconocí antes de voltearme. Había memorizado esa voz: la cualidad de ella, la frecuencia específica, el tono que variaba de formas que había catalogado a lo largo de semanas sin darme cuenta de que lo estaba catalogando.
Pero nunca la había oído así.
Ronca de una forma distinta de las otras ronqueras: no el sueño, no la emoción contenida. La ronquera de alguien que había estado corriendo, peleando, gritando órdenes, haciendo lo necesario a través de un nivel de urgencia que había dejado marcas físicas en la voz.
Me volví.
Dante.
Estaba cubierto de sangre —no la suya, diría después, pero yo no lo sabía todavía—. El traje había desaparecido. Camisa oscura abierta, manchada. Cabello completamente fuera de lugar, ese orden cuidadoso completamente deshecho. Un arma en la mano que bajó apenas me vio.
El rostro.
Había visto a Dante Romano con rabia controlada. Con calma calculada. Con vulnerabilidad cuidadosa. Con amor, una vez, en el altar, con esa reverencia que me había detenido por completo.
Nunca había visto esto.
El rostro de alguien que había pasado horas en un nivel de terror que no había tenido dónde colocar y que ahora, al encontrar lo que buscaba, estaba procesando el alivio de una forma que el cuerpo entero participaba.
Atravesó el pasillo en tres pasos.
Y entonces estaba ahí, las manos en mi rostro, los ojos recorriéndome con una velocidad y atención que era catalogación urgente: buscando daño, buscando lo que había pasado, buscando lo que necesitaba resolverse.
—Estás bien —dijo. No era pregunta. Era la primera verificación de un protocolo.
—Estoy bien.
—Te lastimaron.
—No. Estoy bien, Dante.