La Novia del Mafioso CAPÍTULO SIETE #5
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CAPÍTULO SIETE #5

Ella me miró de vuelta con esa barbilla levemente alzada que había visto por primera vez en la entrada de la casa de sus padres y que había sido lo primero en ella que de verdad me golpeó: no la belleza, no la voz, sino esa barbilla y la convicción que había en ella.

—Está bien —dije.

—Gracias —respondió, con una gracia exagerada que era claramente irónica y que me hizo reír.

Parpadeó. Como si mi risa la hubiera sorprendido.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Ríes más de lo que esperaba —dijo, simplemente.

—¿Qué esperabas?

—Severidad permanente. Omnipresencia intimidante. El Capo, veinticuatro horas al día.

—El Capo desayuna en el balcón y tiene un cocinero que pone flores en la bandeja al día siguiente de la boda.

—Es un dato perturbador para la narrativa que había construido, sí —coincidió. Y entonces sonrió: la sonrisa completa, la real, y volvió al libro de páginas dobladas.

• • •

Había trabajo.

Siempre había trabajo: esa parte de la vida no había cambiado, no cambiaría, era la estructura sobre la cual existía todo lo demás.

Reuniones. Decisiones. El tipo de asuntos que no le describía a Isabella en detalle y que ella, con la inteligencia que había aprendido a esperar de ella, no preguntaba en detalle: había una línea tácita que ninguno de los dos había necesitado discutir explícitamente.

Ella sabía lo que yo era. Yo sabía que ella lo sabía. Y había un entendimiento entre nosotros —no de aprobación, nunca de aprobación, pero sí de coexistencia honesta— que era en sí mismo una forma de respeto que no había encontrado antes en ese contexto específico.

Las mujeres que había conocido antes de Isabella habían, en general, hecho una de dos cosas: o ignorado por completo lo que yo era, construyendo una versión de mí más manejable para ellas y que no tenía relación conmigo de verdad; o se habían fascinado exactamente por lo que yo era de una forma que siempre me había parecido más voyerismo que conexión.

Isabella no hacía ni una cosa ni otra.

Veía lo que era. No lo romantizaba, no lo ignoraba.

Simplemente lo incorporaba al cuadro completo de la persona con quien había decidido quedarse: del mismo modo que incorporaba el hecho de que doblaba la ropa por sistema y que despertaba a las cinco y media incluso los fines de semana y que había cargado un cuadro de su madre durante veinte años. Partes del mismo retrato.

Eso era, descubrí, lo más íntimamente desconcertante que alguien había hecho por mí.

Ser visto entero.

En una tarde de la primera semana, hubo una reunión que duró más de lo planeado y que me trajo de vuelta a casa dos horas más tarde de lo que le había dicho.

Entré por la puerta esperando el silencio habitual —la casa grande y vacía como lo había sido durante años, el tipo de vacío que había dejado de notar porque se había vuelto la norma.

Había luz en la biblioteca.

Entré. Isabella estaba en uno de los sillones con el libro de páginas dobladas, descalza, con una taza de té que por el vapor todavía estaba caliente. Levantó los ojos cuando entré.

—Llegaste tarde —dijo. Sin acusación. Como observación.

—La reunión se extendió.

—Hay comida en la cocina. Enzo la dejó a fuego bajo.

Me quedé en la puerta un momento.

—¿Comiste? —pregunté.

—Esperé un poco. Después comí cuando se hizo tarde.

—No hacía falta que esperaras.

—Lo sé —dijo—. Quise.

Fui a la cocina. Comí solo, de pie en la barra, porque era lo que hacía cuando llegaba tarde y lo que había hecho durante años. Pero había algo distinto: había luz en la biblioteca, había una taza de té todavía caliente, había alguien que había esperado un poco antes de comer porque había querido.

Volví a la biblioteca después.

Me senté en el otro sillón. Tomé uno de los libros que había dejado a la mitad semanas atrás y que había encontrado en la mesa de noche a la mañana siguiente de la boda con un separador de papel colocado por Isabella: un post-it amarillo con solo esto: lo encontré abierto en el piso. Te doy el beneficio de la duda.

Había sonreído ante ese post-it más de lo que había sonreído ante la mayoría de las cosas ese mes.

Nos quedamos en la biblioteca, cada uno con su libro, en silencio.

A veces ella reía bajito de algo que leía y yo levantaba los ojos y me mostraba la frase y yo la leía y entendía o no entendía y ella explicaba con esa cualidad profesoral que aparecía cuando había un texto involucrado y que era en sí misma un espectáculo.

A veces yo hacía una pregunta sobre algo que había encontrado en mi libro y ella respondía con más contexto del que había pedido y después más contexto además de ese y eventualmente tenía que decir su nombre para que se detuviera, lo cual la hacía sonrojarse levemente y decir que se había entusiasmado, lo cual era la subestimación del año.

Era, sin ninguna duda, la mejor parte de mi día.

Eso se había establecido rápidamente y con una solidez que no había anticipado.

• • •

En la tarde del duodécimo día de casados, Marco apareció para una reunión y se quedó a cenar.

Siempre había sido así: Marco transitaba por la casa con la libertad de quien creció en ella, que había sido el caso hasta los veinte años cuando se mudó al departamento propio que aún conservaba más por principio que por necesidad.

Con Isabella, en los primeros días, había una cualidad de evaluación discreta en las interacciones entre ellos que había observado sin intervenir: Marco evaluando, Isabella navegando, los dos todavía calculando la distancia correcta.

En la cena del duodécimo día, la calcularon.

Había sido en torno a un debate sobre fútbol que había iniciado sin intención de iniciar un debate: había mencionado, de pasada, un partido que había visto el año anterior que había estado mal arbitrado, e Isabella había discrepado de mi análisis con una especificidad que sorprendió a Marco tanto como a mí.

—¿Ves fútbol? —preguntó Marco.

—Mi hermano es fanático —dijo—. Crecí aprendiendo a sobrevivir las conversaciones de domingo.

—¿Y? ¿El arbitraje fue malo o no?

—El arbitraje fue consistente con los estándares del torneo en esa fase —dijo—. El problema fue la estrategia defensiva del equipo en el segundo tiempo, que abrió espacios que ni el mejor arbitraje resolvería.

Marco me miró.

Yo lo miré de vuelta.

—Tiene razón —dijo Marco.

—Lo sé —respondí.

Isabella nos miró a los dos con una expresión de satisfacción que trató de contener y no logró del todo.