CAPÍTULO SIETE #3
Exploró cada centímetro como si tuviera tiempo infinito e intención de usarlo todo.
Los labios en la curva del pecho, la lengua rozando a través de la tela fina de la ropa interior antes de que los dedos encontraran el cierre y lo quitaran con una eficiencia que venía acompañada de una atención que volvía irrelevante la eficiencia.
Boca cálida en la piel expuesta, succionando suavemente, la lengua trazando círculos que hicieron que mi respiración se volviera imposible de controlar.
Sus manos bajaron por mis costados. Encontraron el calzón de encaje. Me miraron: ese hábito de pedir sin palabras que había aprendido a responder.
Levanté las caderas levemente.
Lo quitó despacio, siguiendo el camino de las piernas con los labios, y cuando llegó a la rodilla y yo esperaba que volviera, siguió bajando —tobillo, el empeine— y luego subió de nuevo por el otro lado, y en algún punto de ese trayecto se me había olvidado respirar.
—Dante —dije, y mi voz ya no era completamente mía.
—Estoy aquí —repitió. Y había una sonrisa en la voz: no la calculada, sino la genuina, la del jardín, la del altar—. Confía en mí.
Confié.
Sus labios encontraron la parte interna de mi muslo. Subieron con una paciencia casi cruel. Y cuando finalmente llegaron adonde yo había dejado de fingir que no quería que llegaran, arqueé la espalda y agarré las sábanas y dejé de pensar en nada más allá de ese momento específico.
Sabía lo que estaba haciendo.
Por completo, detalladamente, con una atención a lo que funcionaba y a lo que me hacía soltar una respiración distinta y a lo que hacía que mis dedos fueran a su cabello: atención a cada detalle, como en todo lo que hacía.
Cuando llegué —y llegué con una intensidad que me hizo soltar un sonido que nunca antes había hecho, que resonó en el cuarto de velas y que él recibió con un sonido bajo de satisfacción contra mi piel— no paró de inmediato.
Esperó. Dejó pasarlo del todo. Subió de vuelta por el cuerpo cuando mi respiración ya había vuelto a la mitad, dejando el camino de besos que había hecho en el descenso.
—¿Estás bien? —preguntó, cuando llegó al rostro. Los ojos oscuros y cálidos mirándome.
—Estoy —logré decir—. Estoy muy bien.
La sonrisa.
—Perfecto —dijo—. Porque apenas empezamos.
Reí. Real, involuntaria, del tipo de risa que ocurre cuando estás completamente a gusto, y él rio también, y hubo un momento de ligereza absoluta en medio de toda esa intensidad que volvió todo más humano y más real y paradójicamente más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera pasado.
Entonces me besó de nuevo y la risa fue sustituida por otra cosa.
Cuando se colocó entre mis piernas, cuando sentí el calor y el peso de él contra mí, cuando sus ojos encontraron los míos con esa pregunta silenciosa que se había vuelto un lenguaje propio entre nosotros, asentí de nuevo. Sin dudar.
Entró despacio.
Con esa paciencia de siempre, ese cuidado que había aprendido a confiar, prestando atención a cada matiz de mi respiración y ajustándose a lo que encontraba.
La sensación de llenarme fue gradual y completa y cuando estuvo enteramente dentro de mí se quedó inmóvil un momento —frente contra la mía, respiración descompasada, los ojos cerrados con una expresión que era, sin ningún disfraz, algo cercano al asombro.
—Isabella —dijo. Solo el nombre. Pero había todo en él.
—Hey —dije, acariciando su rostro—. Estoy aquí.
Abrió los ojos. Me miró.
Y empezamos a movernos.
Fue lento al principio. Exploratorio. Encontrando el ritmo el uno del otro, aprendiendo qué necesitaba el otro, qué volvía la respiración distinta, qué hacía que los dedos apretaran involuntariamente.
Él estaba atento de una forma que no había esperado: no generoso por actuación, sino genuinamente presente, genuinamente interesado en cada respuesta que yo daba.
Aceleró gradualmente, a medida que la lentitud se volvía imposible de sostener.
Sus manos en mi espalda, atrayéndome más cerca, la boca en mi cuello, la respiración cálida en mi piel.
Los sonidos que hacía —bajos, involuntarios, esa cualidad de arrancarse que había notado desde el primer beso— eran lo más íntimo que había oído en la vida.
—Mírame —dijo, cuando había cerrado los ojos.
Los abrí. Encontré sus ojos oscuros a centímetros de los míos.
Y me quedé así —mirándolo mientras todo escalaba, mientras la intensidad llegaba a un punto que hacía difícil mantener nada estable, incluida la mirada— pero él también se quedó, los ojos en los míos, como si este fuera el punto entero. No solo el cuerpo. Esto.
Cuando llegamos juntos —y fue juntos, de una forma que había leído en libros y había juzgado improbable y que fue completamente real— hundió el rostro en mi cuello y yo me aferré a su espalda y nos quedamos así un largo rato mientras los latidos volvían a la normalidad y la respiración se regularizaba y las velas seguían ardiendo alrededor.
—Mía —murmuró contra mi cuello. Ronco. Exhausto. Completamente sin defensas.
—Tuya —respondí. Y por primera vez, la palabra no sonó a posesión.
Sonó a elección.
• • •
Después nos quedamos entrelazados, sin hablar, por un tiempo que no me preocupé de medir.
El cuarto estaba en silencio salvo por el sonido distante de la ciudad y por las velas que se iban acabando una a una, volviendo el ambiente progresivamente más oscuro de una forma que no me incomodó.
Mi cabeza estaba en su pecho. Su mano subía y bajaba por mi brazo en un movimiento lento, distraído, como alguien que necesita confirmar por el tacto que algo es real.
—Cuéntame algo —dije, rompiendo el silencio.
—Lo que quieras —respondió.
—El tatuaje del pecho. El de la escritura en latín. ¿Qué dice?
Una pausa.
—Dum spiro, spero —dijo—. Mientras respiro, espero.
—Cicerón.
Sentí su risa en el pecho antes de oírla.
—Claro que lo reconoces —dijo.
—¿Por qué esa frase?
La mano en mi brazo se detuvo un momento. Después continuó.
—Me la hice cuando tenía veintiséis años.
Un año después de asumir el mando. Había sido un año difícil: las transiciones de poder nunca son limpias, había perdido hombres, había tomado decisiones que no puedo deshacer.
Y hubo un momento, una noche específica, en que pensé que no había salida para lo que estaba pasando.
Pausa.
—Y entonces recordé la frase. Mientras respiro, espero. Mientras esté vivo, existe la posibilidad de que las cosas cambien. De que haya algo más allá de lo que ahora parece inevitable.
—¿Funcionó? —pregunté.
—Aquí estoy —dijo. Y había algo en la voz distinto a cualquier tono que le hubiera oído antes: algo tranquilo, asentado, sin ninguna de las capas que normalmente mantenía. La voz de alguien completamente en paz con el lugar donde estaba—. Aquí estamos.
Me quedé así un momento más, oyendo el latido de su corazón bajo mi oído.
Dum spiro, spero.
Mientras respiro, espero.
Pensé en la noche en que había entrado por la puerta de mi casa con dos hombres y una propuesta imposible.
Pensé en todo lo que había resistido y en todo lo que había cedido y en todo lo que había descubierto en el espacio entre las dos cosas.
Pensé en el cuarto vacío que había dejado atrás —la lamparita encendida, la pila de libros, el buzo en la silla— y en el cuarto donde estaba ahora, con el hombre que había reorganizado cada centímetro de mi vida y que había puesto en el lugar de cada cosa que había sido deshecha algo que no había esperado.
Algo mejor.
No era simple. No sería simple: lo sabía, y él lo sabía, y los problemas que vendrían eran reales y los peligros eran reales y el mundo en el que había entrado era real y complicado y estaba lleno de cosas que todavía estaba aprendiendo a ver.
Pero esta noche también era real.
Este cuarto. Esta mano en mi brazo. Este latido bajo mi oído. Esta paz que no había planeado encontrar aquí y que había encontrado de todos modos.
—Dante —dije.
—Hmm.
—Dum spiro, spero.
La mano en mi brazo se detuvo. Después apretó, levemente.
—Dum spiro, spero —repitió. Bajo. Como confirmación.
Me dormí así.
Por primera vez en tres semanas, sin necesitar la lamparita encendida.
CAPÍTULO OCHO
El Peso de lo Que Vale la Pena
"El hombre que nunca tuvo nada que perder es valiente por defecto. La valentía real le pertenece a quien encontró algo precioso, y elige seguir de pie de todos modos."
— Autor desconocido
— Dante —
Desperté antes que ella.
Ese era mi patrón: despertar temprano, antes del sol, con la mente ya en movimiento antes de que el cuerpo hubiera decidido del todo estar despierto. Décadas de entrenamiento, décadas de responsabilidad, décadas de ser la persona que necesitaba ver el día antes de que el día llegara.
Pero esa mañana me quedé inmóvil.
Porque Isabella dormía con la cabeza en mi pecho, el cabello esparcido sobre la sábana blanca en ondas que el sueño había deshecho por completo, la respiración lenta y regular de alguien en paz profunda.
Su brazo cruzaba mi cintura con esa cualidad de algo que se había instalado durante la noche sin decisión consciente: el cuerpo encontrando su lugar por cuenta propia.
Me quedé mirando el techo.
Las velas se habían apagado todas durante la noche.
La luz de la mañana entraba por los postigos en franjas horizontales que cruzaban la cama, la pared, su rostro en reposo.
Afuera, la ciudad todavía estaba en ese tipo de silencio que solo existe en las primeras horas: antes del tráfico, antes de los ruidos de rutina, cuando el mundo parece estar tomando aire.
Había dormido toda la noche.
Por segunda vez desde que la conocía. Sin despertarme.
Sin el sueño recurrente que me había visitado con suficiente regularidad a lo largo de los años como para volverse paisaje familiar: la noche del ataque, mi madre frente a los tiradores, la luz cambiando de una forma que nunca había logrado describirle a nadie.
Solo oscuridad tranquila e Isabella y ocho horas de sueño continuo que me hacían sentir, de una forma extraña y levemente desorientante, como alguien más joven de lo que sabía que era.
Se movió.