La Novia del Mafioso CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

—Me mostraste que el mundo tiene más dimensiones de las que había leído sobre él.

Que la gentileza puede existir en lugares donde no debería.

Que un hombre puede cargar el cuadro de su madre por veinte años y a la vez ser el hombre más temido de la ciudad y que ninguna de esas dos cosas anula la otra.

Una lágrima le cayó por el rostro.

Solo una. No la limpió.

—Te elijo —dije—. No porque tenga que elegir. No porque la alternativa sea mala. Sino porque tú —esta versión de ti que nadie más que yo ve— eres la persona con quien quiero pasar el resto de mi vida descubriendo el mundo.

Hice una pausa.

—Y porque mi corazón ya es tuyo. Por completo. Aunque me haya tardado en admitirlo.

La sonrisa de Dante Romano en ese momento fue lo más hermoso que había visto en la vida.

No la sonrisa calculada del Capo. No la sonrisa peligrosa-seductora del Palazzo. Algo que nunca le había visto: abierta, real, sin defensas.

La sonrisa de alguien que acaba de recibir algo que había pasado la vida sin saber que necesitaba.

—Los declaro marido y mujer —dijo el sacerdote, y había algo en su voz —veterano de decenas de ceremonias, probablemente cientos— que sugería que esta había sido distinta—. Puede besar a la novia.

Dante no esperó.

Me atrajo hacia sus brazos —no violentamente, pero sin dudar, con esa cualidad de inevitabilidad que había en todo lo que hacía— y me besó en el altar de la Catedral de San Marco con las velas y las flores blancas y las familias como testigos y sin absolutamente ningún respeto por la contención que la ceremonia religiosa pedía.

Profundamente. Por completo. Como alguien que había estado esperando y que ya no lo estaba.

Le devolví el beso con la misma intensidad.

Afuera, el mundo seguía. La ciudad seguía. Los problemas que vendrían después seguirían existiendo.

Pero en ese momento, en el altar, solo estaba esto.

Él. Yo. El beso que sellaba algo que había empezado como transacción y había llegado a esto.

—Mi esposa —murmuró contra mis labios.

—Mi esposo —respondí.

Y descubrí que las palabras, dichas así, tenían un peso completamente distinto del que había esperado.

Tenían el peso de la elección.

• • •

La fiesta fue en la mansión.

No preguntes detalles: hubo música y comida y gente y Dante que no me soltó en ningún momento, la mano siempre en mi cintura o en mis hombros o entrelazada con mis dedos, una posesividad que me había irritado en las primeras semanas y que ahora sentía como ancla.

Marco brindó. Algo sobre el hermano que finalmente había encontrado a alguien más terco que él, que hizo reír a la sala y a Dante sonreír con esa sonrisa que ya reconocía como genuina.

Ferrante —el hombre cerrado de la cena— se acercó en medio de la fiesta con una formalidad que era claramente el máximo de informalidad que podía producir y dijo que había pedido el libro de manga para su hijo.

—Gracias —le dije.

—Le va a gustar —respondí—. Se lo prometo.

Asintió. Volvió al lado de la sala donde estaban los hombres serios.

Dante, que había observado el intercambio, inclinó la cabeza cerca de mi oído.

—Ferrante no le agradece a nadie —dijo, bajito—. En veinte años trabajando conmigo, nunca.

—Es solo un libro.

—No se trata del libro —dijo—. Se trata de que lo viste a él. Viste al padre antes de ver al hombre de confianza.

Lo miré.

—¿Siempre haces eso?

—¿Qué?

—Prestar atención a todo.

—¿En ti? —dijo, con ese tono directo—. Siempre.

Bailamos. Mucho. La fiesta fue larga y la noche profunda y en algún momento me había quitado los zapatos y estaba bailando descalza en el jardín con Dante, que se había aflojado la corbata y cuya camisa tenía el primer botón abierto y que estaba, por primera vez desde que lo conocía, completamente relajado.

No el relajo calculado. El real.

—Estás distinto —observé, durante una canción más lenta.

—¿En qué sentido?

—Más liviano.

Se quedó mirándome un momento.

—Eres tú —dijo, simplemente—. Tú me haces más liviano.

Eso se quedó conmigo.

Cuando la fiesta empezó a vaciarse, cuando los últimos invitados se despedían y la música bajaba y las velas del jardín se apagaban una a una, Dante se inclinó y dijo:

—¿Vamos?

Y había tanto en esas dos palabras —la pregunta real dentro de ellas, la consideración que no había esperado, la forma en que todavía preguntaba aunque fuera mi esposo, aunque fuera la noche de bodas, aunque fuera inevitable— que asentí sin dudar.

—Vamos.

Me tomó en brazos.

Solté un grito sorprendido y me aferré a su cuello mientras empezaba a subir la escalera con pasos completamente estables como si yo no pesara nada, y hubo risas y aplausos de los últimos invitados presentes y Marco gritando algo en italiano que no entendí pero que hizo reír a Dante —esa risa genuina que había oído pocas veces y que aún me detenía por dentro cuando ocurría.

—¿Era necesario esto? —pregunté, todavía aferrada a su cuello en lo alto de la escalera.

—Completamente —dijo, sin detenerse.

• • •

El cuarto estaba distinto de como lo había visto en la visita.

Pétalos de rosa en el piso —rosas rojas, por supuesto, las mismas que llegaban cada mañana desde la primera semana— creando un camino desde la puerta hasta la cama.

Velas en las superficies, decenas de ellas, de la misma forma que en el Palazzo pero más íntimo, más contenido.

Una botella de champán en hielo sobre la mesa cerca de la ventana.

Las luces de la ciudad visibles por la ventana abierta, trayendo una brisa que movía las llamas de las velas en patrones lentos.

Dante me puso de pie.

Nos quedamos mirándonos un momento: esa pausa antes de que todo cambiara para siempre, que ambos reconocimos y que ninguno de los dos apresuró.

—Isabella —empezó, la voz más baja ahora, más ronca—. Si no estás—

Lo besé.

Interrumpiendo la frase. No porque no quisiera oírla, sino porque la consideración ya había sido dada, ya había sido recibida, y no necesitaba más tiempo.

—Estoy —murmuré contra sus labios—. Completamente.

Algo cambió en él.

Esa última contención —ese hilo de cuidado y espera que había mantenido desde el principio, que era en sí mismo una forma de respeto que me había tomado tiempo reconocer como tal— se soltó.

Sus manos encontraron mi rostro. Me acercaron.

Y el beso que siguió no fue como ninguno de los anteriores: no el hambre del Palazzo, no la exploración de la mansión, no la promesa de la víspera.

Eran las tres cosas juntas y algo más allá de ellas, con esa cualidad de inevitabilidad que había dejado de intentar resistir.

Sus manos bajaron por mis hombros. Encontraron el cierre en el costado del vestido.

—¿Puedo? —preguntó, los labios en mi sien.

—Sí.

El cierre bajó despacio. Cada centímetro deliberado, con esa paciencia que tenía para las cosas que importaban.

El vestido se aflojó a mi alrededor y Dante retrocedió levemente para dejarlo caer, y me quedé frente a él solo en ropa interior —blanca, de encaje, que había elegido esa mañana con las manos levemente temblorosas y la sensación de estar preparándome para algo.

No habló por un momento.

Solo me miró.

Con esa atención total que había aprendido a reconocer como la forma más intensa de presencia que tenía: cuando Dante Romano miraba algo de verdad, el mundo entero a su alrededor dejaba de existir.

—Eres —empezó, y se detuvo. Empezó de nuevo—: No tengo palabras que se acerquen.

Extendí las manos hacia los botones de su camisa.

—Entonces no uses palabras —dije.

Abrí los botones uno por uno. Despacio, reflejando la paciencia que él había usado con mi vestido.

La camisa se abrió, revelando piel bronceada, músculos definidos no del gimnasio sino del tipo de vida que había llevado: compactos, reales, con esa solidez de algo genuinamente usado.

Los tatuajes que había notado desde la primera cena cubrían el lado izquierdo del pecho y bajaban por el brazo: líneas oscuras en patrones que ahora veía de cerca como texto, palabras en latín y en italiano que planeaba leer en algún momento pero que ahora solo toqué con la punta de los dedos, siguiendo los trazos en la piel cálida.

Cerró los ojos.

Tembló levemente bajo mi tacto.

Dante Romano, que no temblaba ante nada, tembló bajo mis dedos en su piel.

Guardé ese momento entero, completo, en la memoria.

Le quité la camisa de los hombros. Él se quitó el chaleco que había quedado entreabierto. Quedamos los dos sin la parte de arriba en el cuarto con velas y pétalos de rosa, mirándonos con esa cualidad de pausa anterior que era también una forma de ver: de ver de verdad, sin la mediación de nada más.

—Ven —dijo. Y era pedido, no orden: aprendí la diferencia.

Me llevó hasta la cama. Me acostó con un cuidado que contradecía lo que sabía sobre la fuerza que había en esas manos. Se quedó de pie un momento, mirándome acostada entre las sábanas blancas con las velas alrededor, con una expresión que necesitaría meses para lograr describir por completo.

—Te amo —dijo. Simple. Presente.

—Lo sé —respondí. Y entonces, porque era verdad y porque era la noche de bodas y porque las palabras que había estado guardando hacía tiempo habían llegado al punto en que necesitaban salir—: Yo también te amo. Por completo.

Algo se abrió en su rostro.

Se acostó a mi lado. Su mano en mi rostro, el pulgar acariciando mi labio inferior con esa atención que había sentido desde la primera noche. Y entonces bajó: la boca encontrando mi cuello, la curva del hombro, la clavícula, con una lentitud que era a la vez tortura y reverencia.

—Dante —suspiré.

—Estoy aquí —respondió contra mi piel—. No tengo prisa.

No la tenía.