La Novia del Mafioso CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

De Blanco

"Hay momentos en que la vida deja de ser lo que te estaba pasando y empieza a ser lo que estás eligiendo. La diferencia no siempre se ve desde afuera. Pero por dentro, lo sabes."

— Autor desconocido

— Isabella —

Desperté a las seis de la mañana sin necesitar el despertador.

Me quedé acostada un momento en la oscuridad de mi cuarto —el cuarto que había sido mío desde los doce años, con la lamparita encendida en el rincón de siempre, con la pila de libros en la mesa de noche y el buzo viejo colgado en la silla y todos los pequeños objetos de una vida que había sido mía antes de que la reorganizara un hombre de traje negro en una noche de martes.

Miré el techo.

Hoy, pensé.

Y entonces, sorprendiéndome por completo:

Por fin.

Me levanté antes de poder examinar ese pensamiento de cerca.

• • •

Mi madre llegó a mi cuarto a las siete con té y esa expresión de contención emocional que había perfeccionado a lo largo de décadas de maternidad: el rostro que decía que había mucho que sentir y que había decidido no dejar salir nada antes de tiempo.

—Buen día —dijo, dejando la taza en la mesa de noche.

—Buen día.

Se sentó en el borde de la cama. Me miró. Y entonces, con la suavidad de quien elige la palabra con cuidado:

—¿Cómo estás?

Pensé en mentir. Pensé en decir bien, mamá, estoy bien, la versión corta y eficiente que no exigiría que ninguna de las dos lidiara con el peso real de la pregunta en una mañana que ya tenía peso suficiente.

—Tengo miedo —dije, en cambio—. Y estoy ansiosa. Y —esto es lo más perturbador— estoy emocionada. No debería estar emocionada.

Mi madre se quedó mirándome un momento.

—¿Por qué no deberías?

—Porque esto no fue lo que elegí. Porque empezó como una transacción. Porque—

—Isabella —me interrumpió, con esa suavidad firme que había aprendido a lo largo de veinticuatro años de criarme—. Las cosas empiezan de maneras diversas. Lo que importa es adónde llegan.

La miré.

—Me dijo que me ama —dije. Era la primera vez que lo decía en voz alta a alguien—. Anoche. Antes de irse. Dijo que necesitaba que lo supiera antes de hoy.

Silencio.

—¿Y tú? —preguntó, más callada.

Hice una pausa larga.

—Todavía no puedo decirlo —admití—. Pero sé que lo que siento es real. Que no es miedo, no es síndrome de Estocolmo, no es —como dirían los libros que enseño— amor condicionado por la situación. Es...

—De él —dijo mi madre, simplemente.

—De él —confirmé.

Tomó mi mano. Apretó.

—Entonces ve —dijo—. Y no mires atrás.

• • •

El vestido llegó a las nueve.

No el vestido que había elegido: no había habido elección, solo un sobre que había llegado días antes con una dirección y una hora y mi nombre escrito en la letra manuscrita de Dante, que había aprendido a reconocer y que, contra toda resistencia inicial, había aprendido a que me gustara.

Pero cuando abrí la caja, me detuve.

Era deslumbrante.

Encaje de Chantilly en capas sobre seda pura.

Manga larga en encaje transparente que terminaba en puntas sobre las muñecas.

Escote en V profundo pero elegante, enmarcado por bordados de flores diminutas que subían por los hombros.

Cola larga, fluida, sin estructura: el tipo de vestido que no se sostiene solo, que necesita movimiento para existir por completo.

En el fondo de la caja, una nota.

Elegí personalmente. Me tomó dos semanas encontrar el indicado. — D

Me quedé mirando esa nota un rato.

Dante Romano había pasado dos semanas buscando mi vestido de novia.

Personalmente.

Guardé ese hecho en la gaveta mental que ya estaba peligrosamente llena.

La tarde fue un torbellino controlado. Mi madre arreglándome el cabello con manos que temblaban levemente.

Lucas apareciendo en la puerta del cuarto con un traje azul marino que claramente le incomodaba pero que se había puesto sin quejarse, lo cual para un adolescente de dieciséis años era un acto de amor significativo.

Mi padre, que se quedó en el umbral de la puerta del cuarto un largo momento sin decir nada, y entonces entró y me abrazó: fuerte, largo, el abrazo de alguien pidiendo perdón sin encontrar palabras para hacerlo.

—Papá —dije, contra su hombro.

—Hija —dijo. Solo eso. Pero había un universo entero en esa palabra.

—Está todo bien —dije. Y descubrí, al decirlo, que era verdad de una forma que no había esperado que fuera—. Está todo bien.

Se apartó. Me miró. Había lágrimas en sus ojos que claramente se negaba a dejar caer.

—Estás hermosa —dijo.

—El vestido es increíble.

—No hablo del vestido.

• • •

La Catedral de San Marco era más antigua que la mayoría de las cosas en la ciudad.

Había pasado por ella cientos de veces sin entrar: era de esos lugares que se conocen desde afuera, desde lejos, como parte del paisaje urbano sin pertenecer a él.

Piedra oscura. Vitrales altos. Puertas de madera maciza con cerraduras de bronce que parecían haber pesado siempre lo mismo y que probablemente así era.

El interior era más grande de lo que la fachada prometía, con el techo abovedado pintado de azul nocturno con estrellas doradas que alguien había restaurado no hacía mucho: los colores eran demasiado vivos para ser originales, pero la intención era antigua y se sentía.

Velas por todas partes, en candelabros de hierro forjado, cientos de ellas, creando una luz que no era eléctrica y que hacía que todo pareciera ligeramente fuera del tiempo presente.

Flores blancas en cada banco. Rosas y gerberas y algo parecido a azahar que no reconocía por el nombre pero que perfumaba el aire con una suavidad que contradecía el peso de piedra e historia alrededor.

Solo estaban las familias. Pocos hombres de confianza de Dante. Marco, de traje gris, que me vio entrar por el pasillo lateral con mi padre y saludó con la cabeza con una sonrisa genuinamente gentil.

Entonces las puertas principales se abrieron.

Y vi a Dante.

• • •

Traje negro impecable. Chaleco gris plomo.

Corbata negra con un prendedor de plata que no le había visto antes.

Cabello peinado con esa precisión que ya sabía que él mismo se daba: había notado, en la mansión, que no había tocador en el baño, solo un cepillo y un peine en un estante de madera, el arreglo de alguien que no necesitaba público para ser exacto.

Pero no era el traje.

Era el rostro.

Dante Romano, el hombre más peligroso de la ciudad, el Capo que había entrado en casa de mis padres tres semanas antes con dos hombres y una propuesta que había destruido mi futuro planeado, me estaba mirando con una expresión que nunca le había visto.

Reverencia.

Pura, simple, completamente despojada de cálculo.

Como si yo fuera algo que no había esperado conseguir y que había conseguido de todos modos y que todavía no había terminado de procesar por completo.

Empecé a caminar.

Cada paso parecía durar más de lo debido. La música —cuerdas, suave, italiana, que no había elegido y que era perfecta— llenaba el espacio de una forma que volvía el silencio a su alrededor más profundo. Mi padre a mi lado, la mano sobre la mía en su brazo, firme y temblando a la vez.

No aparté los ojos de Dante.

Y él no apartó los ojos de mí.

Y había algo en ese pasillo —en ese espacio de piedra antigua y velas y flores blancas entre donde yo estaba y donde él estaba— que parecía no ser el recorrido de una novia hacia un altar, sino algo más antiguo y más simple: dos personas caminando la una hacia la otra porque era ahí adonde tenían que ir.

Cuando llegamos al altar, mi padre puso mi mano en la de Dante.

—Cuídala —dijo. La voz se quebró levemente en la última sílaba.

Dante lo miró. Sin la frialdad de las primeras noches. Sin el poder calculado del Capo. Solo un hombre haciendo una promesa que pensaba cumplir.

—Con mi vida —dijo.

Mi padre asintió. Retrocedió.

Y entonces éramos solo Dante y yo en el altar, tomados de la mano, con el sacerdote empezando las palabras que había oído en bodas de primos y colegas y que nunca había pensado que oiría así: con ese peso específico, ese significado que la situación volvía distinto de cualquier otra vez en que las mismas palabras se hubieran dicho.

• • •

Llegó la hora de los votos.

Dante se volvió por completo hacia mí. Soltó la mano del sacerdote. Sostuvo las mías con las dos suyas: un gesto que no estaba en el guion de la ceremonia, que simplemente había hecho, y que volvió todo más íntimo de una forma que toda la catedral sintió.

—Isabella —empezó. La voz estaba levemente ronca.

Esa ronquera de emoción contenida que había aprendido a reconocer en él, que solo aparecía cuando algo era demasiado real para controlarse por completo—.

Sé que esto empezó mal. Sé que forcé las cosas.

Que no te di una elección real y que eso es algo que voy a cargar y que pretendo compensar mientras exista.

Pausa.

—Pero quiero que sepas que, desde la noche en que bajaste esas escaleras y me miraste como si fuera un problema por resolver —la sonrisa mínima que era solo mía apareció por un segundo— te convertiste en lo más importante que existe en mi mundo.

Prometo protegerte. Prometo honrarte. Prometo construir contigo una vida que valga el sacrificio que hiciste.

Y prometo —su voz se hizo más baja, más íntima, las palabras destinadas solo a mí estando en público— que voy a pasar cada día haciendo que te alegres de haberte quedado.

Lágrimas.

No había planeado llorar. Me había prometido no llorar, había preparado el rostro para la compostura necesaria, había ensayado mentalmente la versión serena y controlada de mí misma atravesando ese día.

Pero las lágrimas cayeron de todos modos, silenciosas y completamente incontrolables, y decidí que estaba bien. Que había cosas que merecían lágrimas. Que esto era una de ellas.

Fue mi turno.

Respiré hondo.

—Dante —empecé—. Cuando entraste en casa de mis padres, decidí dos cosas: que iba a sobrevivir a lo que estaba pasando, y que no iba a dejar que me cambiara. —Pausa—. Me equivoqué en la segunda parte. Me cambiaste. Y lo más perturbador es que no me arrepiento.

Sus dedos apretaron los míos levemente.