La Novia del Mafioso CAPÍTULO SEIS #2
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CAPÍTULO SEIS #2

No de sorpresa actuada: de sorpresa real, del tipo que paraliza el cuerpo un segundo antes de que el cerebro lo procese.

Se volvió despacio. Me miró.

—¿Qué? —dijo. Bajo.

—Te amo —repetí. Sostuve su rostro entre mis manos, levemente, solo enmarcando, sin sujetar—.

Sé que es rápido. Sé que vas a decir que es demasiado rápido, que no me conozco, que no te conozco.

Y tal vez sea verdad. Pero es lo que siento.

Y quería que lo supieras antes de mañana.

Antes de que te conviertas en mi esposa. No después.

Me miraba con esos ojos castaños que había memorizado en detalle a lo largo de una semana y que ahora tenían algo que no lograba leer: no resistencia, no la frialdad de las primeras noches. Algo más vulnerable. Más real.

—Dante… —empezó.

—No hace falta que digas nada ahora —la interrumpí—. No te estoy pidiendo que digas nada. Solo necesitaba que lo supieras.

Se quedó en silencio un largo momento.

Entonces sus dedos fueron a mis muñecas: no apartando mis manos de su rostro, sino sosteniéndolas. Como ancla.

—¿Por qué ahora? —preguntó—. ¿Por qué en la víspera?

Pensé en la respuesta honesta.

—Porque si esperaba hasta después —dije— podrías pensar que fue el matrimonio lo que creó el sentimiento. Que fue la cercanía, la noche de bodas, la rutina de despertar juntos. Quiero que sepas que existía antes de todo eso. Que era real antes de que fueras mi esposa.

Que es real ahora, cuando todavía podrías irte.

No dije esa última parte en voz alta.

Pero ella la oyó de todos modos. Lo vi en sus ojos: el momento en que entendió lo que había detrás de las palabras. La vulnerabilidad real que había en ese acto de decirlo antes, cuando todavía había riesgo.

Cerró los ojos por un segundo.

Cuando los abrió, había algo distinto en ellos.

—No sé si estoy lista para decir lo mismo —dijo, despacio, con esa honestidad directa que ya esperaba y por la cual había aprendido a sentir algo que reconocía como gratitud—. Pero sé que lo que siento por ti no es lo que planeaba sentir. Y que dejé de querer que parara.

Fue suficiente.

Fue más que suficiente.

Me incliné y la besé. Suave. Sin hambre ni urgencia: solo presente. Como una confirmación. Mis labios sobre los suyos diciendo lo que las palabras ya habían dicho, repitiéndolo para que el cuerpo también lo supiera.

Ella correspondió.

Con esa cualidad de elección deliberada que había aprendido a reconocer en ella: cuando Isabella Caruso hacía algo a propósito, había una cualidad distinta en eso, una presencia total que volvía todo más intenso.

Cuando nos separamos, nos quedamos así —frente con frente, manos aún entrelazadas, la ciudad todavía allá abajo haciendo su ruido de fondo.

—Mañana —dijo.

—Mañana —confirmé.

• • •

Me fui poco después.

La tradición —que había inventado esa noche, en realidad, porque la única tradición real de la familia Romano era que no había tradiciones gentiles— decía que el novio no debía ver a la novia en la mañana de la boda.

Se lo había dicho con una seriedad que había hecho a Marco, al oírlo más tarde, reír durante bastante tiempo.

La razón real era más simple: si me quedaba, no me iría. Y había cosas que quería que sucedieran de la manera correcta.

No solo por ella: también por mí. Por alguna razón que todavía estaba descubriendo, importaba que el día siguiente fuera lo que debía ser. Que la ceremonia fuera real. Que los votos tuvieran peso.

Dante Romano, que se había casado para resolver un problema, había llegado a la víspera de la boda queriendo que los votos tuvieran peso.

Marco quedaría muy satisfecho si lo supiera.

Yo me llevaría ese secreto a la tumba.

De vuelta en la mansión, subí directo al cuarto.

Me acosté. Miré el techo —el mismo techo que había mirado la noche después de la cena en el Palazzo, la noche después de su visita a la mansión, cada noche desde que había entrado en mi vida y reorganizado silenciosamente cada rincón de ella.

Pensé en el cuarto vacío a mi lado.

A la mañana siguiente estaría lleno. Ella estaría allí —con el cabello despeinado del sueño y los lentes en la mesa de noche y probablemente un libro abierto que habría dejado caer en la madrugada.

Con esa presencia que había sentido solo una vez, cuando habíamos quedado tendidos abrazados en el cuarto durante la visita, y que había cambiado la cualidad del silencio de una forma que no había esperado y que no había olvidado.

Me dormí tarde.

No de ansiedad: el tipo de insomnio que conocía, el que venía de problemas sin resolver y decisiones pendientes, no estaba presente. Era otra cosa. Era la anticipación de vuelta, esa frecuencia baja y constante, pero más alta ahora. Más cerca.

Cuando finalmente cerré los ojos, el último pensamiento fue una imagen:

Isabella en el altar.

De blanco.

Caminando hacia mí.

Le había dicho, la primera noche, que estaría hermosa de blanco.

Lo había dicho de forma calculada: una observación posesiva destinada a establecer algo, a dejar claro que ya la veía en un papel específico.

Ahora, en la víspera, pensando en ella caminando hacia mí al día siguiente, lo que sentía no tenía nada de calculado.

Era simplemente verdad.

Y la diferencia entre las dos cosas —entre lo que había dicho aquella primera noche y lo que sentía ahora— era la medida exacta de todo lo que había cambiado entre nosotros.

Que era, descubrí mientras el sueño finalmente llegaba, bastante.