CAPÍTULO CINCO
La Mansión y sus Fantasmas
"Cuídate de los lugares que parecen hechos para atraparte, porque a veces lo que parece prisión es, en realidad, el único lugar donde de verdad has respirado."
— Autor desconocido
— Isabella —
Los días posteriores a la cena fueron una especie de guerra fría educada.
De mi parte: determinación firme de no ceder más terreno. De tratar todo aquello como lo que era: una negociación forzada, un arreglo de conveniencia, una situación que había que tolerar con dignidad hasta encontrar la forma de recuperar al menos algo de control sobre mi propia vida.
De su parte: flores cada mañana. Mensajes a lo largo del día, cortos, directos, nunca preguntando nada que pudiera rechazar: solo informando, como si mi agenda ya fuera también la suya. Una vez, al tercer día, llamó solo para preguntar cuál era mi libro favorito. Sin preámbulo. Sin contexto.
—¿Por qué? —pregunté, desconfiada.
—Curiosidad —respondió.
—Anna Karenina —dije, antes de poder contenerme.
Una pausa brevísima. Después:
—Interesante elección.
—¿Por qué?
—Una mujer destruida por las expectativas que el mundo tenía sobre ella. —Otra pausa—. Espero que no sea autobiográfico.
Colgué el teléfono.
Me quedé mirándolo largo rato.
Había leído Anna Karenina.
O al menos sabía lo suficiente sobre el libro para hacer esa observación específica. Y lo había hecho con esa calidad de atención total que le daba a todo, como si la respuesta importara de verdad, como si mi elección literaria fuera una información que pretendía guardar y usar.
Fui a hacer té y traté de no pensar en el hecho de que ningún hombre en mi vida me había preguntado jamás cuál era mi libro favorito.
No funcionó.
• • •
Una semana antes de la boda, el mensaje llegó distinto.
No era una invitación a cenar. Era una instrucción, pero con una cualidad diferente a las anteriores, menos orden y más algo que tardé en identificar como: nerviosismo contenido.
Necesito que veas la casa antes. Mañana, a las tres. Mi chofer te busca. — D
—La casa —repetí a mi madre, que estaba en la cocina pelando papas con esa concentración excesiva que había desarrollado para todo desde que la vida había estallado—. Su mansión.
—Es razonable —dijo, sin levantar la vista—. Vas a vivir ahí.
—Sé que es razonable —respondí—. Por eso lo odio.
Ella dejó de pelar. Me miró. Y entonces, sorprendentemente, soltó una risita pequeña, la primera que le oía en más de una semana.
—Hija mía —dijo—. Siempre odiaste las cosas razonables.
No había qué responder a eso porque era completamente cierto.
A la mañana siguiente, pasé más tiempo del defendible decidiendo qué ponerme para visitar la casa donde pasaría el resto de mi vida.
Opté por pantalones de lino beige, blusa blanca sencilla, cabello recogido.
Cómodo. Funcional. La ropa de alguien que inspecciona una propiedad, no que se presenta ante un hombre que había hecho cosas con la boca en el salón de un restaurante vacío.
El chofer llegó exactamente a las tres.
Yo estaba lista desde las dos y cuarenta y cinco, información que me llevaría a la tumba.
• • •
La mansión estaba en lo alto de la colina más exclusiva de la ciudad.
Había pasado por esa zona algunas veces a lo largo de los años: la calle ancha, las rejas altas, las propiedades escondidas tras muros y árboles como secretos bien guardados. Pero verla desde adentro era otra cosa.
El portón se abrió cuando el auto se acercó —sin que el chofer hiciera nada, sin código visible, como si la casa reconociera a quien llegaba y decidiera sobre la entrada por su cuenta—.
Subimos por una alameda de piedras antiguas flanqueada por cipreses italianos que filtraban la luz de la tarde en franjas doradas sobre el asfalto.
Y entonces apareció la mansión.
No era lo que había esperado.
Había esperado algo ostentoso. Algo que gritara poder y dinero con la falta de sutileza de los nuevos ricos o con la frialdad calculada de quien usa el lujo como intimidación.
Había esperado mármol blanco y fuentes excesivas y el tipo de arquitectura diseñada para hacer sentir pequeños a los visitantes.
Era grande, sí, enorme, en realidad. Pero construida en piedra oscura envejecida que parecía haber crecido de la colina en vez de haber sido colocada sobre ella.
Ventanas altas con postigos de madera. Hiedra subiendo por una de las esquinas de la fachada, recortada con cuidado pero no eliminada.
Un jardín al frente que era formal sin ser rígido: como alguien que aprendió las reglas y luego las dobló levemente en cada punto.
Era hermosa.
Que Dios me ayudara, era absolutamente hermosa.
Dante estaba en la entrada cuando bajé del auto.
Pantalones oscuros, camisa gris con las mangas dobladas.
Descalzo en los escalones de piedra: detalle que me sorprendió de forma desproporcionada, porque había algo muy humano en eso, algo que contradecía por completo la imagen del Capo implacable.
Estaba descalzo en su propia puerta como cualquier persona lo estaría en su casa.
—Bienvenida —dijo. Solo eso. Sin "a tu nuevo hogar" ni ninguna declaración posesiva. Solo bienvenida, como si fuera una visita que había esperado.
—Gracias —respondí, porque mi educación era más fuerte que mi resistencia en algunos contextos.
Me dejó entrar primero.
• • •
El interior era más cálido de lo que el exterior había prometido.
Había obras de arte en las paredes: no el tipo genérico de decoración cara, sino piezas con personalidad, algunas claramente antiguas, otras modernas, dispuestas como si alguien las hubiera elegido una por una por razones específicas y no por consejo de un decorador.
Alfombras persas en el piso de madera oscura.
Una biblioteca —una biblioteca de verdad, con estantes del suelo al techo— visible por una puerta abierta en el pasillo.
Me detuve involuntariamente.
—¿Puedo? —pregunté, señalando la biblioteca.
Dante me miró un segundo con una expresión que no logré descifrar por completo. Después:
—También es tuya —dijo—. A partir de la semana que viene.
Entré.
La biblioteca olía a libros viejos y madera y algo levemente amaderado que debía ser algún tipo de conservante.
Los estantes estaban organizados con una lógica que me tomó unos minutos entender: no por autor, no por orden alfabético, sino por tema y época, con una sofisticación que sugería que quien había organizado aquello realmente había leído lo que guardaba.
—¿Tú organizaste esto? —pregunté.
—Con el tiempo —dijo, detrás de mí—. Mi padre no leía. La colección original era decorativa. Fui reemplazándola.
Pasé los dedos por el lomo de algunos volúmenes. Calvino. Pavese. Moravia. Autores italianos que conocía bien. Y entonces, en un rincón del segundo estante:
Tolstói.
Anna Karenina, en edición antigua, con la portada levemente desgastada por el uso.
Me volví para mirarlo.
Estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión que era, definitivamente, diversión contenida.
—Lo leíste —dije.
—Varias veces —confirmó—. La primera cuando tenía dieciocho años y creí que sería aburrido. No lo fue.
—¿Qué te pareció?
Una pausa. Descruzó los brazos, entró en la biblioteca, se detuvo a mi lado.
—Me pareció que Tolstói entendía que a las personas las destruye menos lo que les pasa que lo que creen merecer —dijo, mirando el estante y no a mí—.
Anna no fue destruida por la sociedad. Fue destruida por la convicción de que no había salida.
Y las convicciones, a diferencia de las circunstancias, se pueden cambiar.
Me quedé en silencio un momento.
Era una lectura que yo también había hecho, años atrás, y que había discutido con alumnos que siempre querían la versión más simple —ella fue una víctima, el sistema la mató, el amor imposible la destruyó—. Y yo había insistido: no. No fue solo eso.
Dante Romano había llegado a la misma conclusión solo.
Guardé ese hecho en un lugar que empezaba a llamar mentalmente "cosas sobre Dante Romano que complican todo" y volví a mirar el estante.
—Me va a gustar esta biblioteca —dije, en voz baja, casi para mí misma.
—Lo sé —respondió. Y había una suavidad en la voz que hizo que algo se contrajera en mi pecho.
• • •
El resto de la casa fue una revelación continua e inconveniente.
La cocina era grande y usada —no de exhibición, usada, con marcas de cortes en la tabla y hierbas frescas en la ventana y una cafetera italiana abollada que claramente había sobrevivido décadas de uso diario.
Un comedor formal que se abría hacia un jardín interno con una mesa de piedra y sillas de hierro forjado donde, según Dante, comía la mayoría de sus comidas cuando estaba solo.
—Prefiero afuera cuando puedo —dijo, simplemente.
Traté de imaginar a Dante Romano comiendo solo en el jardín. No logré encajar la imagen con lo que sabía de él, y entonces me di cuenta de que lo que sabía de él aún era muy poco, y que la mansión me estaba, cuarto por cuarto, obligando a revisarlo.
Subimos.
Había cuartos de invitados, un despacho con la puerta cerrada que no abrió, una sala de estar en el segundo piso con vista panorámica de la ciudad que me hizo detenerme y quedarme mirando más tiempo del planeado.
Y entonces, al final del pasillo principal:
El cuarto.
• • •
Era enorme.
Cama con dosel en madera oscura, con sábanas blancas que parecían mejores que cualquier cosa que hubiera tocado en la vida.
Un balcón privado con vista al jardín y a la ciudad más allá.
Una chimenea de piedra. Dos sillones cerca de la ventana, como si el cuarto fuera también un lugar para estar, no solo para dormir.
Y el detalle que me golpeó antes que cualquier otro: una mesa de noche con libros apilados.
No libros decorativos. Libros leídos —con marcadores, con las portadas levemente dobladas, con esa cualidad de objeto usado y querido que los bibliófilos reconocen de inmediato.