CAPÍTULO CUATRO #2
Respondió con una intensidad que me desarmó por completo —y yo no me desarmo fácilmente, no me había desarmado así en años, tal vez nunca de esta forma específica— sus labios moviéndose contra los míos con un hambre que correspondía a la mía y que había estado guardada con mucho más cuidado del que había notado.
Sus manos encontraron mis hombros.
Agarraron la camisa.
Tiraron.
Y algo en mí —algo que llevaba muy quieto mucho tiempo, algún compartimento que había cerrado con llave después de la muerte de mi padre y la asunción del mando y todo lo que eso implicaba— se abrió.
Gemí contra su boca.
No lo había planeado. Simplemente ocurrió: un sonido que salió antes de que pudiera contenerlo, que ella había arrancado de mí sin hacer nada más que acercarme, y que resonó en el salón vacío como una confesión.
La atraje hacia mí. Por completo. Sin espacio entre nuestros cuerpos, mi mano presionando su espalda desnuda —esa piel que me había obsesionado— y ella estaba cálida y real y respondiendo, y yo estaba en serios problemas.
Serios de verdad.
Cuando nos separamos, ambos jadeando, con la frente apoyada en la suya y los ojos aún cerrados, tuve un momento de claridad lúcida y completamente indeseada:
Esto ya no era una solución a un problema.
Esto era otra cosa.
Aún no sabía el nombre exacto. Pero era otra cosa.
—Va a ser mi perdición —dije, y había más verdad en esas palabras de la que había pretendido poner.
Ella no respondió.
Pero sus ojos —cuando los abrió, castaños y oscuros de una forma que no había visto antes— dijeron algo que no estaba lista para decir en voz alta.
Anoté eso también.
• • •
En el Mercedes, tomé su mano.
Un impulso. Simple, directo, sin estrategia: lo cual era en sí mismo una anomalía en todo mi repertorio de comportamiento.
Ella no la retiró.
Eso también fue una anomalía: no en su repertorio, que ya empezaba a aprender a leer, sino en mi nivel de satisfacción con algo tan pequeño.
Sostuve la mano de Isabella Caruso en el asiento trasero de un auto blindado cruzando la ciudad de noche y me sentí, con una intensidad completamente desproporcionada, bien.
No feliz —feliz era una palabra que había desaprendido hacía tiempo suficiente como para haber olvidado su textura exacta.
Pero bien. Presente. Aquí.
Como si la ciudad afuera y los problemas del mañana y el peso de todo lo que el nombre Romano cargaba hubieran retrocedido levemente para dar espacio a este momento específico.
No dije nada.
Ella tampoco.
Y el silencio entre nosotros era diferente al silencio de la cena: no el silencio de dos oponentes midiendo fuerzas, sino el silencio de dos personas que habían llegado a algún lugar juntas y todavía no sabían el nombre del lugar.
• • •
La dejé en la puerta y me fui.
Podría haberme quedado. Había una parte de mí que quería —no solo por el deseo físico, aunque estaba presente y voluminoso y exigiendo atención, sino por algo más simple y más complicado a la vez: no quería que la noche terminara.
Ese pensamiento era lo suficientemente perturbador como para que volviera al auto y le pidiera al chofer que arrancara.
De vuelta en la mansión, subí directo al cuarto.
No al despacho: descubrí que no estaba de humor para trabajar, lo cual era en sí mismo un dato perturbador, porque siempre estaba de humor para trabajar.
El trabajo era lo que había estructurado mi vida desde los veinticinco años.
El trabajo era lo que había llenado todos los espacios que no eran trabajo.
Ahora había Isabella ocupando ese espacio.
Sin pedir permiso. Sin previo aviso.
Me acosté en la cama —la cama que ella ocuparía dentro de poco más de dos semanas, pensamiento que me permití examinar un momento antes de guardarlo de nuevo— y me quedé mirando el techo en la oscuridad.
Pensé en la cena.
En la forma en que había hablado de los libros.
En la pregunta sobre el amor que había salido antes de que pudiera detenerse.
En cómo se había ruborizado —levemente, controladamente, como alguien acostumbrada a controlar sus propias reacciones y que estaba descubriendo que ese control tenía límites.
Pensé en el beso.
En el sonido que había arrancado de mí.
En sus dedos aferrando mi camisa.
Me giré de lado.
Cerré los ojos.
Pensé, con la claridad de quien llega a una conclusión que había estado evitando: me había metido en algo que iba más allá de cualquier cosa que hubiera planeado cuando entré en la casa de los Caruso tres noches atrás.
Había ido a cobrar una deuda.
Había encontrado a una mujer que enseñaba a adolescentes a creer en historias y que me miraba como si yo fuera un problema por resolver y que había tirado de mi camisa como si no pudiera tenerme lo bastante cerca.
Esas dos cosas no eran compatibles con lo que había planeado.
En las próximas dos semanas y media —antes de la boda— podría recalibrar.
Podría restablecer la distancia necesaria.
Podría recordarme que Isabella Caruso era una solución a un problema y que el beso había sido una demostración de intención y que el sonido que había arrancado de mí era simplemente biología y no significaba nada más que eso.
Podría.
Pero mientras el techo oscuro quedaba en mi campo de visión y el silencio de la mansión se extendía alrededor, lo que en realidad estaba planeando para los próximos días era algo completamente distinto.
Flores mañana en la mañana.
Mensaje a lo largo del día.
Otra cena. Otra caminata. Otra oportunidad de observar el proceso: la rabia cediendo hacia la curiosidad, la curiosidad cediendo hacia algo más ardiente, algo más real.
Quería conocerla.
Esa era la verdad que llevaba evitando desde que ella había bajado las escaleras en bata rosa y me había mirado como si yo fuera un inconveniente de tamaño mediano.
Dante Romano, que había pasado seis años construyendo un imperio sobre la certeza de que no necesitaba a nadie, quería conocer a Isabella Caruso.
No a la novia. No a la solución al problema.
A ella.
Eso era, objetivamente, lo más peligroso que me había pasado en años.
Me quedé dormido pensando en eso.
Y por primera vez en más tiempo del que podía recordar, no desperté ni una sola vez en medio de la noche.