CAPÍTULO TRES #2
Comenzó una música. De algún lugar —parlantes ocultos, probablemente, porque no había músicos visibles—. Algo lento, en italiano, con cuerdas y una voz femenina que llenaba el espacio como humo. Sensual sin ser obvia. El tipo de música que entra por la piel antes de llegar a los oídos.
Sus brazos me rodearon la cintura.
Fuertes. Con esa cualidad posesiva que había en todos sus gestos: no agresiva, pero absoluta, como si sostener mi cintura fuera algo ya decidido antes de que me tocara.
Mi cuerpo se pegó al suyo.
No a propósito. Fue algo físico —la diferencia de altura, la forma en que me guiaba, el espacio entre nosotros que simplemente dejó de existir sin que yo tomara ninguna decisión consciente al respecto.
Empezamos a movernos.
—Relájese —murmuró, demasiado cerca de mi oído. Su respiración era cálida sobre mi piel. El leve roce de sus labios en el borde de mi oreja sin tocar realmente —o tal vez tocando, y tal vez yo lo estaba imaginando, porque mi sistema nervioso entero había decidido traicionarme por completo.
—¿Cómo puedo relajarme —respondí, y mi voz salió más baja de lo que pretendía, casi ronca— cuando me están obligando a esto?
—Porque quiere —replicó, sin dudar, sin arrogancia. Solo como alguien que constata un hecho. Sus manos bajaron levemente, deteniéndose en la curva de mi espalda, y el calor de ellas atravesó la tela fina del vestido como si no hubiera tela alguna—. Solo tiene miedo de admitirlo.
—Es usted arrogante.
—Soy sincero. Hay una diferencia.
Bailamos.
En silencio un rato. Solo el movimiento, la música, el calor de su cuerpo contra el mío.
Bailaba bien, con la misma economía de movimiento de todo lo que hacía, sin exhibicionismo, guiando con una suavidad que contradecía lo que sabía sobre él.
Sobre lo que era. Sobre las manos que me sostenían ahora con tanta gentileza y lo que esas mismas manos ya habían hecho.
No pensé en eso.
No logré pensar en nada más allá de la música y el calor y la forma en que mi cabeza quería, por cuenta propia, apoyarse en su pecho.
—Voy a besarla, Isabella —dijo.
Mi corazón se detuvo.
Literalmente. Un segundo de silencio absoluto en el pecho antes de dispararse de vuelta: más rápido, más fuerte, completamente fuera de mi control.
—No lo hará —logré decir.
Pero él ya se estaba inclinando. Despacio.
Dándome tiempo. Una mano subió, los dedos entrelazándose en mi cabello con una firmeza cuidadosa que sostuvo mi cabeza en su lugar sin forzarla: solo sosteniendo, como si supiera exactamente cuánta presión usar para que me quedara sin que tuviera que hacerlo por obligación.
Sus labios se detuvieron sobre los míos.
Milímetros.
Tan cerca que sentía su calor. Que nuestras respiraciones se mezclaban. Que si me movía apenas un centímetro hacia adelante estaría perdida y él lo sabía y yo sabía que él lo sabía.
—Diga que no —provocó, y su voz estaba más baja ahora, levemente ronca, la voz de alguien que también estaba sintiendo algo, que también estaba conteniendo algo, y eso —por alguna razón perversa— fue lo que me destruyó por completo—. Dígalo y paro.
Abrí la boca.
Las palabras no llegaron.
No porque las hubiera olvidado. Porque alguna parte de mí —la parte que llevaba mintiéndose desde la noche en que él entró por la puerta de mis padres— simplemente se negó a producirlas.
Me besó.
No fue el beso que había esperado. No era el beso de un hombre tomando lo que cree que le pertenece: era el beso de alguien con hambre. Hambre real, densa, que había estado contenida por algún tiempo y que ahora simplemente ya no lo estaba.
Sus labios tomaron los míos con una intensidad que fue de lo suave a lo profundo en menos de un segundo, y antes de que hubiera procesado lo que ocurría mi boca ya había respondido, mis labios se movían contra los suyos, y había una lengua cálida explorando la mía con una habilidad que hizo que mis rodillas amenazaran seriamente con no cumplir su función estructural.
La mano en mi cabello apretó levemente. La otra bajó, presionando mi cintura, atrayéndome contra él, y sentí. La extensión total de cómo mi cuerpo lo afectaba. La dureza presionando contra mí a través de la ropa, inequívoca, sin disculpa.
Debí haberme alejado.
En cambio, mis manos subieron.
Solas. Sin instrucción consciente. Encontraron sus hombros, la camisa bajo mis dedos, y entonces agarraron la tela y tiraron —más cerca, más profundo, más— y él gimió contra mi boca.
Un sonido gutural, bajo, que vino del fondo de la garganta y que fue directo a algún lugar en el centro de mi pecho y estalló allí.
Que Dios me perdone, pero hice que ese sonido ocurriera.
Y quería hacerlo de nuevo.
Cuando nos separamos —y fue gradual, lento, como dos cosas que no quieren separarse pero saben que deben hacerlo— ambos estábamos sin aliento.
Podía oír mi propia respiración, irregular, y la de él, igualmente descompasada, y había algo profundamente satisfactorio en descubrir que él estaba tan afectado como yo.
Su frente se apoyó en la mía.
Sus ojos, cuando los abrió, estaban oscuros de una manera diferente. Más intensos. Con las pupilas dilatadas absorbiendo casi todo el color.
—Va a ser mi perdición —murmuró. La voz todavía ronca. La mano aún en mi rostro, el pulgar acariciando mi mejilla con una suavidad que parecía imposible viniendo de las mismas manos que acababan de sostenerme con tanta intensidad—. Pero qué perdición tan deliciosa.
No respondí.
Porque cualquier respuesta honesta que tuviera en ese momento era demasiado peligrosa para decirla en voz alta.
• • •
En el Mercedes de vuelta a casa, se quedó a mi lado en el asiento trasero.
No habló. No intentó besarme de nuevo. Solo tomó mi mano —simplemente, como si fuera el gesto más natural del mundo— y entrelazó los dedos con los míos.
Debí haber retirado la mano.
Me quedé así todo el trayecto.
Mirando por la ventana la ciudad que pasaba, sintiendo el calor de sus dedos en los míos, tratando de organizar los últimos noventa minutos en categorías que tuvieran sentido.
No lo logré. No había categoría para "besé a un mafioso en un restaurante cerrado al son de música italiana y no me arrepiento ni un poco".
Al menos no todavía.
Cuando nos detuvimos frente a mi casa, salió antes de que el chofer tuviera oportunidad y me abrió la puerta. Eso también había sido el primer beso: la mano tendida, el gesto anticuado que desarmaba por ser completamente inesperado.
Caminamos hasta la entrada. La luz del jardín estaba encendida. Adentro, la casa estaba en silencio: mi madre probablemente ya se había dormido, exhausta por la tensión que se había vuelto el ritmo constante de nuestra vida.
En la puerta, se detuvo.
Tomó mi mano. La levantó. Depositó los labios en el dorso —un beso leve, casi formal, que contradecía por completo lo que había pasado cuarenta minutos antes en el salón vacío del Palazzo y que, de alguna manera precisamente por eso, me llegó más hondo.
—Buenas noches, mi futura esposa —dijo. Y sus ojos prometían. No de forma explícita —no había nada vulgar en los ojos de Dante Romano, incluso cuando prometían cosas que no debería querer escuchar—. Prometían con esa cualidad de certeza absoluta que había en todo lo que hacía—. Sueñe conmigo.
Y se fue.
El Mercedes se alejó despacio, sin prisa, y las luces traseras desaparecieron en la esquina mientras yo me quedaba parada en la entrada de mi casa con la mano todavía cálida del beso y el corazón latiendo en un ritmo que no me había pedido permiso para asumir.
• • •
Entré. Fui directo al baño.
Me lavé la cara con agua fría. Dos veces. Me miré en el espejo durante mucho tiempo.
Mis labios seguían levemente hinchados.
Los toqué con la punta de los dedos —un gesto tonto, reflejo, el tipo de cosa que hace una adolescente después del primer beso y que yo no había hecho desde los dieciséis años— y me quedé así un momento antes de darme cuenta de lo que hacía y bajar la mano rápidamente.
—Basta —me dije a mí misma, en voz alta, al espejo—. Basta con esto de inmediato.
El reflejo no respondió. Pero los ojos en el espejo tenían una expresión que reconocía de los libros: de todas esas novelas que enseñaba y analizaba y con las que me sentía a salvo porque la ficción era ficción y la vida real era otra cosa.
Era la expresión de alguien en problemas.
Fui a la cama. Dejé la lamparita encendida como siempre. Me acosté boca arriba mirando el techo y traté, con toda la disciplina intelectual de una profesora de literatura que había leído lo suficiente sobre la naturaleza humana para saber qué estaba pasando, de pensar racionalmente.
Hechos: Dante Romano era peligroso. Dirigía un imperio criminal. Había coaccionado a mi padre, coaccionado a mi familia, me había coaccionado a mí. El matrimonio no era una elección: era una transacción con barniz de elección.
Hechos también: había cerrado un restaurante entero para una cena a solas. Había bailado conmigo al son de música italiana con las manos en mi cintura y la frente apoyada en la mía. Había dicho "va a ser mi perdición" con una voz que sonaba a revelación, no a seducción calculada.
Hechos que no quería admitir pero que eran hechos de todos modos: había algo entre nosotros.
No solo atracción física, aunque la atracción física era innegable y voluminosa y completamente inconveniente.
Había algo más. Una tensión que no era solo sexual.
Una calidad de atención que me daba —como si yo fuera lo más interesante en el espacio— que no había recibido de nadie antes.
Eran las dos de la madrugada.
Estaba analizando los hechos emocionales de una cena con mi prometido mafioso como si fuera un texto literario.
Eso decía algo sobre el estado de mi juicio.
Cerré los ojos.
Traté de pensar en otras cosas: en clases, en alumnos, en pilas de exámenes por corregir que no se habían corregido desde que mi vida había estallado.
En cambio, pensé en su voz diciendo "sueñe conmigo".
Y entonces, molestamente, obedientemente, me dormí.
Y soñé.