La Novia del Mafioso CAPÍTULO DOS #2
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CAPÍTULO DOS #2

Porque Marco, molestamente, solía tener razón.

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De vuelta en la mansión, despedí a los hombres y fui directo al despacho.

Era lo que hacía cuando necesitaba pensar.

El despacho era el único lugar de la casa donde el silencio era completo: paredes gruesas, ventanas cerradas, el mundo afuera reducido a algo manejable.

Me senté en el sillón de cuero detrás del escritorio y no abrí ninguno de los expedientes apilados esperándome.

Me quedé mirando la pared.

Había un cuadro allí. Pintado por mi madre, décadas atrás: un paisaje italiano que había hecho de memoria porque nunca había logrado volver a la Toscana después de casarse.

Ella pintaba a veces, en los intervalos entre preocupaciones, y ese había sobrevivido a todo.

Su muerte. La muerte de mi padre. Dos mudanzas de mansión. Decenas de reformas.

Lo había cargado de un lugar a otro sin explicarle a nadie el porqué.

Mi madre había sido gentil. Eso era lo que recordaba de ella con más claridad —no el rostro, que se había desdibujado con los años pese a las fotos, sino la calidad de su gentileza.

La forma en que tocaba las cosas. Cómo hablaba.

Cómo me había mirado, en los últimos años antes de morir, con una expresión que pasé la vida tratando de merecer y que nunca logré descifrar por completo.

Ella no había querido esta vida para mí.

Pero esta vida era lo que había quedado.

Pensé en Isabella bajando las escaleras.

En Isabella mirándome con esos ojos encendidos.

En Isabella diciendo "nunca" con una convicción que había durado exactamente el tiempo que necesitó para pensar en las consecuencias, y entonces diciendo "está bien" con una voz baja y furiosa que decía todo lo que no estaba diciendo en voz alta.

Había elegido a la familia. Sin dudar demasiado. Sin negociar, sin intentar encontrar una tercera opción, sin el tipo de regateo desesperado que la mayoría de la gente intentaba en esa situación.

Solo: está bien.

Como si la ecuación fuera simple. Como si la respuesta fuera obvia.

Había algo en esa elección —en la velocidad y la claridad de ella— que me golpeó de una forma que no había esperado.

Mi padre me había enseñado que la gente era básicamente previsible. Que, ante suficiente presión, actuaba por interés propio. Que la lealtad era una bonita ficción que duraba hasta que el costo se volvía demasiado alto.

Isabella Caruso acababa de pagar un costo demasiado alto por personas que no eran ella.

Y lo había hecho sin drama. Sin negociación. Con rabia y dignidad y esa barbilla alzada que me hacía querer—

Detuve el pensamiento.

Me levanté. Fui a la ventana. La ciudad estaba allá abajo, extendida en luces y sombras, y la miré durante mucho tiempo tratando de recuperar la perspectiva que normalmente mantenía sin esfuerzo.

Era una solución a un problema. Isabella Caruso era una solución eficiente a una cuestión de deuda y una oportunidad de producir una alianza útil con el nombre Caruso —no porque el nombre valiera mucho, sino porque los Romano no se casaban fuera del círculo habitual y la falta de esposa había empezado a generar especulaciones que prefería acabar.

Era práctico. Era racional.

No tenía nada que ver con la línea de su mandíbula ni con el sonido de sus pies descalzos sobre el piso de madera ni con el calor de su piel bajo la punta de mis dedos.

Nada que ver.

Volví al escritorio. Abrí su expediente —más delgado de lo que me hubiera gustado, lo cual significaba que necesitaría más información antes de las próximas tres semanas—.

Hábitos. Rutina. Lo que le gustaba. Lo que la asustaba.

Lo que la hacía sonreír, aunque aún no la había visto sonreír y de alguna manera eso era lo que más me irritaba de toda la situación.

No la había visto sonreír.

Quería verla.

Cerré el expediente.

Me levanté de nuevo y fui hasta el bar en el rincón del despacho, donde serví dos dedos de whisky que no había planeado tomar y me quedé mirando el líquido ámbar en el vaso como si tuviera respuestas.

Marco había dicho: ten cuidado contigo mismo.

Era un consejo sensato. Marco estaba, molestamente, lleno de consejos sensatos.

El problema era que "cuidado" presuponía que había algo que proteger: que existía una versión de mí que podía ser afectada, vulnerada, alcanzada por una mujer en bata rosa con ojos encendidos y pies descalzos.

Dante Romano no era vulnerable a nada.

Esa era la versión oficial. La versión que mantenía a la familia unida, a los aliados respetuosos, a los enemigos con miedo.

Bebí el whisky de un trago.

Y entonces hice lo que no había planeado hacer: tomé el teléfono y abrí la foto del expediente. Aquella foto tomada de lejos, sin que ella lo supiera, que no le hacía justicia.

Me quedé mirándola más tiempo del necesario.

Tres semanas.

En tres semanas, Isabella Caruso sería Isabella Romano.

Y yo —que había pasado seis años construyendo un imperio sobre la premisa de que no necesitaba a nadie— descubriría si Marco tenía razón o no.

Supuse que no.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, no estaba completamente seguro.

Y la falta de certeza, me di cuenta mientras dejaba el teléfono de vuelta sobre la mesa y volvía a mirar el cuadro de mi madre en la pared, era en sí misma una forma de respuesta.