ROMAN
El dolor me despierta. Cada músculo de mi cuerpo me duele con un palpitar profundo que irradia desde la herida en el costado.
El efecto del analgésico que me dio Yelena se ha pasado, y ahora siento el peso completo de mis heridas.
Yelena se mueve con eficiencia y soltura, las manos suaves pero firmes mientras me cambia los vendajes del costado. La herida está roja e inflamada, los puntos limpios pero de aspecto brutal contra mi piel.
—Estás curándote bien —dice—. No hay signos de infección. Esa es la buena noticia, pero te recetaremos antibióticos por precaución.
Sé que vienen malas noticias. Lo noto en cómo evita mi mirada, en la ligera vacilación antes de hablar.
—¿Y las malas? —pregunto con voz ronca de no haberla usado.
—La reunión del consejo es en una hora —dice con cautela—. Lev cree que deberías quedarte aquí. Descansar, dejar que otro se encargue.
Me incorporo, ignorando el dolor punzante que me recorre el costado.
—No. Voy a ir.
—Roman, ni siquiera puedes mantenerte en pie —dice con voz cortante—. No estás en condiciones de ir a ninguna parte, y mucho menos de enfrentarte a una sala llena de lobos.
—Me mantendré en pie si hace falta —digo entre dientes—. No voy a dejar que Konstantin tome el control. Tengo el libro de contabilidad, pruebas del tráfico ilegal, de que Dmitri me incriminó y de que Konstantin lo sabía.
Me pone una mano en el pecho e intenta empujarme hacia las almohadas.
—Las pruebas seguirán ahí cuando te cures. Ahora mismo, necesitas concentrarte en recuperarte.
—Recuperarme —digo con voz gélida—. Esa es la menor de mis preocupaciones.
—Usa la cabeza, Roman —espeta—. Deja que Vera vaya en tu lugar. Les demostrará que confías en ella para encargarse de las cosas cuando tú no puedes.
Miro más allá de ella, hacia donde Vera está de pie junto a la ventana. Me da la espalda, con los hombros tensos. Ha estado callada esta mañana, ensimismada, procesando todo lo que ha pasado.
—No está lista para esto —digo, ahora con voz más suave—. Ya ha pasado por bastante. No voy a meterla en medio de esto.
—Ya está en medio de esto —dice Yelena—. Además, es más fuerte de lo que crees. Lo ha demostrado una y otra vez.
La observo con el corazón encogido. Quiero protegerla, escudarla de la crudeza de este mundo, pero sé que no puedo. Ya no. No cuando ha demostrado ser más que capaz de enfrentarse a lo que venga.
Intento sacar las piernas por el borde de la cama.
—No —dice Yelena con voz tajante—. Te quedarás aquí y te curarás. Confiarás en ella para hacer lo que haya que hacer, igual que ella confía en que estarás aquí cuando vuelva.
Me dejo caer sobre las almohadas, derrotado. El dolor es una presencia constante, pero no es nada comparado con la impotencia que siento ahora mismo.
—Tendrá cuidado —dice Yelena, suavizando el tono—. No va a correr riesgos innecesarios. Lev estará con ella en todo momento.
Asiento, pero no me gusta. No me gusta nada de esto.
—Tienes que confiar en ella, Roman —dice con voz dulce—. Tienes que confiar en que puede con esto.
Miro a Vera, la firmeza de sus hombros, la fuerza de su postura. Sé que Yelena tiene razón. Quizá necesito dejarla hacer esto, que se demuestre a sí misma y a todos los demás que ya no es la chica rota y frágil que conocí en el cementerio.
—Bien —digo, y la palabra me sabe a ceniza—. Puedes ir. Pero no sin mí.
Los hombros de Vera, que estaban erguidos con determinación, se hunden ligeramente. Se vuelve desde la ventana y sus ojos encuentran los míos. Hay un fuego en ellos que he llegado a adorar.
—No —dice con voz firme—. No vas a ir a ninguna parte. Quédate aquí y recupérate.
—No voy a dejarte entrar sola en esa sala —digo, incorporándome de nuevo. Ignoro las quejas de mi cuerpo—. No para enfrentarlos sin apoyo.
—¿Apoyo? —Se le escapa una risa breve y amarga—. Roman, apenas puedes mantenerte en pie. No estás en condiciones de ser el apoyo de nadie.
—No necesito estar al cien por cien —digo, endureciendo el tono—. Solo necesito estar ahí.
Yelena nos observa con diversión apenas contenida, aunque agacha la cabeza y finge ocuparse con su maletín médico.
Vera cruza el espacio que nos separa y se planta junto a la cama.
—No soy una simple damisela en apuros que necesitas proteger. Soy tu esposa. Soy la madre de tu hijo, y estoy harta de que me traten como si fuera de cristal.
—No te trato como si fueras de cristal —protesto, pero suena débil incluso para mí.
—¿No? —Su voz se eleva mientras gesticula con las manos—. Actúas como si fuera a romperme por cualquier cosa.
—Porque te quiero —digo, y las palabras me salen arrancadas—. Ya he perdido demasiado, y me niego a perderte a ti también.
Su ira se desvanece.
—Lo sé —dice con voz más suave—. Sé que tienes miedo. Yo también lo tengo; pero no puedo vivir así, Roman. Tengo que poder valerme por mí misma, aunque estés a mi lado.
La miro. Veo su fuerza, su resiliencia. Veo a la mujer que sobrevivió tres años con Dmitri, que se enfrentó a Anton y a Konstantin sin pestañear. Veo a la madre de mi hijo, a la mujer que amo más que a mi propia vida.
Tiene razón. La he tratado como algo frágil, algo que proteger, cuando debería haberla tratado como a una igual.
—De acuerdo —digo, y esta vez la palabra sabe diferente—. De acuerdo, está bien. Tú llevas el mando.
Sus ojos escudriñan los míos, buscando la trampa.
—¿Así sin más?
—Así sin más —digo, esbozando una leve sonrisa—. Pero me quedo cerca. Si las cosas salen mal, si estás en peligro, intervengo. Ese es el trato. Lo tomas o lo dejas.
Lo considera un momento, con la cabeza ladeada.
—¿Y tus heridas?
—Me sentaré al fondo —digo—. Seré tu sombra. Nadie sabrá que estoy allí hasta que necesite que lo sepan.
Me observa en silencio, sin revelar nada. Luego asiente, y veo el momento en que cede.
—De acuerdo —dice—. Puedes venir, pero déjame manejarlo. ¿Trato hecho?
—De acuerdo. Si dudas aunque sea un instante, si creo que estás en problemas, se acabó el trato.
—Me parece justo —dice, esbozando una leve sonrisa—. Y bien, ¿vas a prepararte o vas a quedarte ahí tumbado con cara de pena mientras yo salvo el mundo?
Me río, pero la risa se convierte en tos y me duele el costado.
—Ayúdame a levantarme —digo, tendiéndole la mano.
La toma, entrelazando sus dedos con los míos. Dejo que me ayude a ponerme de pie, con el brazo sobre sus hombros para apoyarme. El dolor es intenso, pero manejable con ella a mi lado.
—Te quiero —digo con voz ronca.
—Y yo a ti —dice ella.
Me inclino para besarla con ardor, y ella me corresponde. Su boca se abre y gimo mientras paso la lengua por su labio inferior.
Entonces Vera se aparta riendo.
—Luego —promete—. Primero, ocupémonos de Konstantin.
Cada paso envía una nueva oleada de agonía por mi costado, pero la reprimo, enterrándola bajo el fuego frío de mi determinación. No permitiré que me vean roto. No permitiré que me vean vulnerable.
Vera camina a mi lado. Hoy va vestida para la batalla, con un traje oscuro que se ciñe a sus curvas. Parece en todo una esposa Volkonsky, la líder en la que se está convirtiendo.
Lev camina a mi otro lado, con la mano cerca de la chaqueta. Ha estado conmigo en todo.
—¿Estás listo para esto? —pregunta Lev en voz baja.
Asiento con la mandíbula tensa.
—Que vengan.
Vera me busca la mano y entrelaza sus dedos con los míos. Entramos, y todas las cabezas se vuelven hacia nosotros. Los ancianos ya están sentados, con expresiones que van de la curiosidad a la hostilidad abierta.
Tomo asiento a la cabecera de la mesa, con Vera a mi lado. Lev permanece de pie detrás de mí, sin pronunciar palabra.
Konstantin está sentado en el extremo opuesto, con el rostro cuidadosamente compuesto. Pero veo el destello de triunfo en sus ojos, la satisfacción arrogante de un depredador que cree tener a su presa acorralada.
—Roman —dice con voz rebosante de falsa compasión—. Me alegra mucho que hayas podido unirte a nosotros. Aunque debo decir que tienes un aspecto… indispuesto.
—Estoy bien —digo con voz neutra—. Gracias por tu preocupación.
—Por supuesto. —Su sonrisa se afila—. La familia lo es todo. Tú lo sabes.
La familia lo es todo. La frase que me forjó. Durante la mayor parte de mi vida fue una llave maestra que abría cada puerta cerrada en esta casa, cada crueldad archivada con esmero tras tres palabras cálidas. Ahora las ofrece como un regalo. Ha olvidado que sé exactamente lo que cuestan.
Antes de que pueda responder, Vera se pone de pie. La sala enmudece.
—Tenemos algo que mostrarles —dice.
Coloca el libro de contabilidad sobre la mesa y lo deja cerrado. La mirada de Konstantin se posa de inmediato en la cubierta de cuero. Solo un segundo. Pero lo veo, y Vera también.
—Sabes lo que es esto —dice ella.
Él se recuesta, imperturbable.
—Reconozco un libro viejo cuando lo veo.
—Mm. Interesante. —Lo desliza hacia el centro de la mesa—. Te has puesto pálido por algo que no reconoces.
Al otro lado de la mesa, la mirada de Pavel se afila.
Konstantin sonríe.
—El dramatismo no te favorece, Vera.
—A ti tampoco te favorece mentir, por lo visto.
Un murmullo recorre la sala entre los ancianos. Pavel alcanza el libro de contabilidad antes de que Vera pueda hacerlo, y se lo permito. Creerán a uno de los suyos antes que a mi esposa.
Pavel abre el libro y empieza a pasar las páginas. Su expresión no cambia al principio. Luego frunce el ceño, y el anciano a su lado se inclina para mirar.
—¿Qué es esto? —pregunta.
—Eso —dice Vera— es el registro privado de las operaciones de Dmitri.
Konstantin suelta una risa desdeñosa.
—La letra de mi hijo muerto en un libro viejo no demuestra nada.
—Entonces no nos fiemos de su letra. —Vera coloca una delgada pila de documentos junto al libro de contabilidad: registros bancarios, manifiestos de envío, los archivos financieros que sacamos del estudio de Dmitri.
No son acusaciones. Son corroboración—. Las fechas del libro coinciden con las transferencias de esas cuentas.
Las cantidades coinciden. Los números de envío coinciden con manifiestos que Roman recuperó hace semanas.