La novia del hermano Bratva (Votos de la Mafia) ROMAN
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ROMAN

El primer hombre se me echa encima agachado, apuntando a mis piernas. Me aparto y le clavo el codo en la nuca. Cae de golpe, pero el segundo ya está lanzando un puñetazo. Lo bloqueo con el antebrazo, el dolor me sube hasta el hombro, y respondo con un gancho que le echa la cabeza hacia atrás.

El tercer hombre se mantiene atrás, rodeándome. Listo. Está evaluando, buscando un hueco.

No se lo doy.

El segundo atacante se recupera más rápido de lo que esperaba y se abalanza sobre mí con un gruñido. Giro, aprovecho su impulso en su contra y lo estrello de cara contra la pared. El panel de yeso se agrieta. Se desploma, inconsciente o muerto; me da igual.

Echo mano de mi arma y disparo dos veces por si acaso. Si no estaban muertos antes, ahora lo están. La sangre carmesí se extiende por el suelo de madera.

Dos menos. Hay más en el pasillo.

Los oigo coordinarse, sus pasos dispersándose. Intentan flanquearme, cortarme cualquier ruta de escape. No saben nada del cuarto de pánico, ni de Vera escondida tras paredes de acero.

Es lo único que me mantiene centrado.

El listo, el que me estaba rodeando, hace su movimiento. Ahora tiene un cuchillo, la hoja destella mientras se lanza. Me aparto, siento el roce del acero en las costillas. Es superficial, más advertencia que herida, aunque escuece.

Le estampo la palma en la nariz. El cartílago cruje. La sangre brota. Se tambalea hacia atrás y lo remato con un disparo en el pecho.

La detonación resuena por el ático, lo bastante fuerte como para que Vera la haya oído. Intento no pensar en lo que debe de estar sintiendo ahora mismo, atrapada en esa habitación, oyendo disparos y pelea sin saber si sigo en pie.

Concéntrate.

Avanzo hacia el pasillo. Los cuatro que quedan están apostados en cada extremo, acorralándome en medio. Es una táctica estándar. Funcionaría contra alguien menos motivado.

Cargo contra los dos de mi izquierda.

El factor sorpresa está de mi lado; esperaban que me atrincherara y aguardara a que vinieran a por mí.

En cambio, me les echo encima antes de que puedan reaccionar, tan cerca que sus armas se vuelven un estorbo.

El primero intenta girar la suya; le agarro la muñeca, la desvío y le meto una bala en la garganta a su compañero. Gorgotea y cae.

El primero se libera. Bloqueo su golpe, encajo el impacto en el hombro y le clavo la rodilla en el estómago. Cuando se dobla, le meto dos en el pecho.

Quedan dos.

Los oigo a mi espalda, sus pasos ahora cautelosos. Se han dado cuenta de que esto no va a ser tan fácil como pensaban.

—Volkonsky. —La voz llega desde el salón. ¿Intentan negociar? Qué tierno—. Esto no tiene que acabar en sangre. Entréganos a la mujer y nos largamos.

No me molesto en responder. Me meto en la cocina y uso la isla como cobertura. Las costillas me arden donde me alcanzó el cuchillo, la sangre me empapa la camisa. Tengo que acabar con esto rápido.

El primero dobla la esquina y estoy listo. Lo agarro del brazo y aprovecho su impulso para estrellarlo contra la encimera de granito. El golpe es tan fuerte que agrieta la piedra. Antes de que pueda recuperarse, le parto el cuello.

El último es más listo. Se ha apostado detrás del sofá, usándolo de parapeto. Le veo la coronilla y el cañón del arma.

—Última oportunidad —grita—. Te estás desangrando, Volkonsky. ¿Cuánto crees que vas a aguantar?

Lo suficiente.

Cojo el arma del muerto, una Glock compacta, más ligera que la mía, y ruedo por el suelo descubierto. Dispara, falla. Me levanto disparando y le acierto dos veces en el pecho.

Cae.

Silencio.

Me quedo ahí un momento, respirando con dificultad, con los oídos zumbándome por los disparos. El ático está destrozado y hay sangre acumulándose en el suelo de madera. Sé sin necesidad de comprobarlo que todos son hombres de Anton.

El móvil me vibra en el bolsillo. Lo saco con los dedos manchados de sangre.

Lev. Refugio asegurado. Te esperamos.

Respondo: En camino.

Luego voy hasta la puerta del cuarto de pánico y tecleo el código.

Veinte minutos después, vamos de camino al refugio, dejando atrás la carnicería.

Vera no ha hablado desde que la saqué del cuarto de pánico. Me mira, mira la sangre en la ropa, y palidece. No grita. Me sigue hasta el coche y me agarra la mano con tanta fuerza que creo que va a romperme los dedos.

Se sienta en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el campo oscuro que pasa. Mantengo los ojos en la carretera, una mano en el volante, la otra apoyada en la consola central entre nosotros.

No ha preguntado si estoy bien. Creo que ya sabe la respuesta.

El refugio aparece en el horizonte tras cuarenta minutos de viaje. Es una finca enorme, una fortaleza escondida tras colinas onduladas y bosque espeso. En su día fue el pabellón de caza de mi abuelo. Ahora está equipada con seguridad suficiente para resistir un asedio.

Lev está esperando en la verja cuando llegamos. Sus ojos recorren el coche, luego a mí, evaluando los daños.

—Adentro —dice—. El médico ya está listo.

Asiento y aparco el coche. Vera baja con las piernas temblándole, y resisto el impulso de sujetarla. Necesita espacio ahora mismo. Lo entiendo.

El interior del refugio es cálido, iluminado por lámparas tenues y un fuego que crepita en la enorme chimenea de piedra. Mi equipo de seguridad está repartido por la sala principal, con las armas a mano. Nos observan entrar, con expresión sombría.

A esto hemos llegado. Guardias armados en una fortaleza, a la espera del próximo ataque.

—Siéntate —le digo a Vera, guiándola hacia el sofá—. La médica te examinará en un minuto.

—Estoy bien —dice, aunque parece ausente—. Tú eres el que está sangrando.

—He tenido cosas peores.

Entonces me mira, aunque no me sostiene la mirada.

—Eso no es nada reconfortante —dice con sarcasmo.

Antes de que pueda responder, la médica aparece junto a mí. Es una mujer robusta, con el pelo entrecano y manos firmes. Conozco a Yelena desde hace quince años. Me ha remendado más veces de las que puedo contar.

—Siéntate —dice, señalando una silla—. Quítate la camisa.

Hago lo que dice, me quito la camisa arruinada y la dejo caer al suelo. El respingo de Vera me indica que la herida tiene peor aspecto del que parece.

Yelena examina el tajo en mis costillas con dedos eficientes e impersonales.

—Superficial —dictamina—. Necesita limpieza y tiras adhesivas, no puntos. Has tenido suerte.

—Suelo tenerla.

Resopla y coge su material. Mientras trabaja, limpiando la herida y cerrándola con cinta, centro mi atención en Vera.

—Dime qué oíste —digo.

Parpadea.

—¿Qué?

—En la habitación del pánico. Estuviste ahí un rato, y hay altavoces conectados al pasillo. Dime qué oíste.

Se le tensa la mandíbula.

—¿Quieres que te cuente cómo mataste a siete hombres?

—Quiero saber si dijeron algo. Nombres o lugares. Cualquier cosa que nos diga más sobre quién los envió.

Se queda callada un momento, con la mirada perdida en el fuego. Luego:

—Creo que mencionaron a Anton.

Se me hiela la sangre.

—¿Crees?

—No estoy segura. Hablaban en ruso y no pude entender casi nada. Pero oí su nombre. O al menos creo que era su nombre.

—¿Qué oíste exactamente?

Cierra los ojos un segundo, intentando recordar.

—Uno de ellos dijo algo de que Anton quería que se hiciera esta noche. Que no habría otra oportunidad.

Yelena termina con mis costillas y pasa a los cortes más pequeños de la cara y las manos. Apenas me doy cuenta de lo que hace.

—¿Algo más?

Duda.

—No lo sé. Es difícil pensar cuando te entra el pánico.

—Estás a salvo, eso es lo importante.

Niega con la cabeza.

—Sí, supongo.

—No venían solo a por ti —digo—. Venían a eliminar testigos. A no dejar cabos sueltos.

Vera vuelve a palidecer.

—Iban a matarnos a los dos.

—Sí. —No me ando con rodeos. No tiene sentido—. Anton no deja supervivientes.

Yelena termina con el último vendaje y se aparta.

—Vivirás —dice—. Intenta no meterte en más peleas esta noche.

Asiento a modo de agradecimiento y cojo una camisa limpia que Lev debe de haber dejado. Mientras me la pongo, pillo a Vera mirándome. Todavía tiene los ojos muy abiertos, pero hay algo más en ellos. Algo más duro.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

Le sostengo la mirada.

—Ahora vamos a la guerra.

Vera no se inmuta.

—Anton ha dado el primer paso —continúo—. Ha enviado hombres a mi casa, ha intentado llevarte por la fuerza. Eso no es una maniobra política. Es un acto de guerra.

—¿Konstantin? —pregunta—. ¿Está metido en esto?

—No lo sé. —Es la respuesta sincera—. Mi padre siempre piensa a largo plazo. Podría estar usando a Anton como intermediario, o podría estar tan sorprendido como nosotros. En cualquier caso, da igual. Hay que ocuparse de Anton.

—¿Ocuparse cómo?

No respondo, pero no hace falta. Vera es lista. Sabe lo que quiero decir.

Se levanta de golpe y se acerca a la ventana. Me da la espalda, con los hombros rígidos.

—Antes pensaba que Dmitri era lo peor que podía pasarme —dice en voz baja—. Ahora estoy casada con otro hombre que habla de matar como si nada.

—No es que no sea nada. —Me levanto yo también y me acerco a ella—. Es necesario para nuestra seguridad. Hay una diferencia entre la violencia gratuita y defender tu vida.

—¿La hay?

Me detengo a unos pasos de ella.

—Anton seguirá viniendo, Vera. Ya lo ha demostrado. No parará hasta conseguir lo que quiere, y no dudará en matar a quien se interponga. A mí incluido. Y a nuestro hijo.

Nuestro hijo. Las palabras me resultan extrañas en la boca, pero también acertadas. Vera se lleva la mano al vientre.

—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunta.

—Lo que haga falta. —Doy otro paso hacia ella, lo bastante cerca para ver la tensión en sus hombros, lo rígida que se mantiene—. Voy a encontrar a Anton y voy a acabar con esto. De una vez por todas.

Se vuelve entonces, con los ojos secos pero fieros.

—¿Y yo qué hago mientras tú juegas a los soldaditos?

—Quédate aquí y mantente a salvo.

—¿Así que soy una princesa encerrada en una torre?

—No hay discusión posible —mi voz suena más dura de lo que pretendía, pero no la suavizo—. Esta noche casi te pierdo. No pienso perderte de nuevo.

Me mira durante un largo instante. Luego, lentamente, asiente.

—Está bien. Por esta noche.

La estrecho entre mis brazos, apretándola con fuerza contra mi pecho. Al principio está rígida, pero al cabo de un momento se relaja contra mí. Hunde el rostro en mi hombro.

—Tenía tanto miedo —susurra—. En esa habitación, sin saber si estabas vivo o muerto. Nunca había tenido tanto miedo.

—Lo sé —le doy un beso en el pelo—. No debería haber pasado.

Permanecemos así un buen rato, con el fuego crepitando en la chimenea. Fuera, el cielo nocturno está en tinieblas.

Aquí, en esta habitación, con Vera en mis brazos, siento algo que no había sentido en mucho tiempo.

Propósito.