ROMAN
El trayecto de vuelta al ático transcurre en silencio.
Mantengo el brazo alrededor de Vera, sintiendo el ligero temblor de su cuerpo contra el mío. Está agotada. Puedo verlo en la palidez de su piel y las sombras bajo sus ojos. Los acontecimientos de la noche le han pasado factura, y solo la mantienen en pie la adrenalina y la terquedad.
Cuando llegamos al edificio, Artyom se detiene en el garaje subterráneo y apaga el motor. Ayudo a Vera a salir del coche y le pongo la mano en la parte baja de la espalda mientras caminamos hacia el ascensor.
Oksana debe de haberse ido a casa hace horas, y el equipo de seguridad se está recuperando en el hospital. Konstantin tuvo el detalle de no matarlos, pero no estarán en pie en bastante tiempo.
La única luz proviene de la ciudad y proyecta largas sombras sobre el suelo.
Vera se queda de pie en medio del salón, abrazándose a sí misma, con aire perdido. El vestido de novia le cuelga del cuerpo; las elaboradas cuentas y el encaje parecen absurdos en la quietud del ático.
Está hermosa, y completamente destrozada.
—Necesitas dormir —digo.
Asiente, pero no se mueve. Tiene la mirada distante, como si todavía estuviera de pie en aquel altar.
—Vera.
Me acerco y le levanto la barbilla para que me mire.
—Aquí estás a salvo. Nadie va a hacerte daño.
—Lo sé.
Su voz es apenas un susurro.
—Es solo que... no puedo creer que haya pasado.
Me mira.
—¿De verdad estamos casados?
—Lo estamos.
Le aparto un mechón de pelo de la cara.
—Desde esta noche, eres mi esposa. Mañana nos encargaremos del papeleo y lo haremos legal.
Se estremece al oír la palabra, y no sé si es por el frío o por algo más.
—Esta noche te quedas en mi habitación —digo.
No es una pregunta.
Me sostiene la mirada.
—¿Estás seguro?
—No pienso perderte de vista. No esta noche.
Duda un momento y luego asiente.
La guío por el pasillo hasta mi dormitorio, abro la puerta y la hago pasar. La habitación está a oscuras, pero no enciendo las luces. Voy al armario, saco una de mis camisetas y se la doy sin decir palabra.
La coge y desaparece en el baño. Oigo correr el agua y luego los ruidos de que se está cambiando.
Aprovecho para quitarme las vestiduras sacerdotales y ponerme algo más cómodo.
Cuando sale, mi camiseta le llega por debajo de los muslos, con el escote caído sobre un hombro.
—Roman —dice, y su voz suena distinta ahora. Ronca.
Cruzo la habitación en tres zancadas y la estrecho entre mis brazos. Mi boca encuentra la suya y la beso con toda la emoción contenida de la noche. Ella responde con la misma intensidad, atrayéndome hacia sí.
La hago retroceder hacia la cama. Mi mano se desliza bajo el dobladillo de la camiseta y encuentra piel desnuda. Jadea contra mi boca y me trago el sonido.
Caemos juntos sobre el colchón, un enredo de extremidades y aliento ardiente. Le beso el cuello, la clavícula, la curva del pecho sobre el escote. Emite un sonido que me llega directo a la entrepierna mientras me enreda las manos en el pelo.
—Roman —vuelve a susurrar, y esta vez su voz está cargada de deseo—. Por favor.
Quiero darle todo lo que me pide. Necesito hacerle olvidar las horas previas a que llegara hasta ella.
Pero entonces siento el ligero temblor en sus manos y me aparto.
—No pares.
—Estás agotada.
Le doy un beso en la frente.
—Esta noche has pasado por el infierno. Necesitas descansar.
—Te necesito a ti.
Su voz es terca, pero también suplicante.
—Por favor. Quiero sentir algo que no sea miedo.
Conozco esa necesidad. La he sentido yo mismo más veces de las que puedo contar; pero también sé que está al límite de sus fuerzas. No me aprovecharé de eso, por mucho que la desee.
—Mañana —digo, y me acomodo a su lado mientras la atraigo contra mi pecho—. Ahora mismo necesitas dormir.
Abre la boca para protestar, pero se le escapa un bostezo. Se le cierran los ojos y siento cómo su cuerpo se relaja contra el mío.
—Vale —murmura, con la voz ya pastosa de sueño—. Me debes una.
Sonrío contra su pelo.
—Te lo pagaré. Lo prometo.
Emite un sonido que podría ser una risa, y al instante se queda dormida.
La mañana llega demasiado pronto.
Me despierto antes que Vera; mi reloj interno me saca del sueño a la hora de siempre, pese a haberme acostado tarde. Sigue acurrucada contra mi pecho, con los labios entreabiertos. Adorable.
Me quedo un momento contemplándola. Recorro las líneas de su rostro con la mirada antes de salir de la cama y dirigirme a la cocina.
Oksana llega una hora después, como siempre. Me mira a la cara y no hace preguntas; simplemente se pone a preparar el desayuno con su eficiencia habitual. No comenta nada sobre ayer, y no sé si es por pragmatismo o porque prefiere no saber los detalles.
Vera sale del dormitorio un rato después, todavía con mi camiseta puesta. Tiene mejor aspecto que anoche; le ha vuelto algo de color a las mejillas y las ojeras no son tan marcadas.
La observo mientras se sienta en la barra de la cocina; mis ojos siguen sus movimientos con la misma atención que prestaría a una amenaza potencial. Se mueve despacio, como si temiera hacerse daño. Le sirvo una taza de café y la dejo delante de ella. La aparta sin probarla.
—¿No quieres tu café? —pregunto.
Niega con la cabeza sin mirarme a los ojos.
—Tengo el estómago un poco revuelto. Creo que es el estrés de ayer.
Frunzo el ceño. Vera siempre toma su café. Es una de las pocas cosas que hace cada mañana sin falta.
La observo mientras picotea el desayuno, sin apenas probar bocado. Después de diez minutos se disculpa para ir al baño. Regresa con un aspecto aún más pálido que ayer.
Tarda unos minutos en darse cuenta de que la estoy observando.
Baja la mano rápidamente; un destello de algo —culpa o miedo— le cruza el rostro antes de que pueda ocultarlo.
Mis instintos se ponen en alerta máxima. Algo está pasando. Algo que no me está contando.
Saco el móvil y envío un mensaje al Dr. Morozov para pedir una cita de urgencia. Luego me vuelvo hacia Vera.
—Vístete —digo—. Salimos.
Me mira confundida.
—¿Adónde?
—Al médico.
Se le demuda el rostro.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque algo va mal —mantengo la voz calmada, objetiva—. No es propio de ti rechazar el café, Vera. No soy estúpido.
—No estoy enferma.
—Vera —me acerco y bajo la voz—. Estás actuando de forma extraña. He visto a mujeres hacer lo mismo antes.
Me mira fijamente, y veo el momento exacto en que se da cuenta de que la he pillado.
—No sé de qué hablas —dice, pero le tiembla la voz.
No insisto. Sea lo que sea lo que está ocultando, lo descubriremos pronto.
—Vístete —repito—. Nos vamos en diez minutos.
Abre la boca para discutir, pero algo en mi expresión debe detenerla. Suspira y se le hunden los hombros en señal de derrota.
—Bien —murmura—. Pero te digo que no me pasa nada.
Segundos después, desaparece en el dormitorio.
Oksana aparece a mi lado con el rostro tenso de preocupación.
—¿Qué está pasando?
—La llevo al médico.
—¿Está bien?
—No lo sé —mantengo la voz baja, por si Vera puede oírnos a través de la puerta—. Lleva días rara.
La expresión de Oksana cambia. Me mira a mí, luego a la puerta cerrada del dormitorio. Por un segundo, tengo la impresión de que sabe más de lo que deja ver.
—¿Crees que es el estrés?
Levanto una mano para interrumpirla.
—No creo nada. Para eso está el médico.
La puerta del dormitorio se abre y Vera sale. Se ha cambiado: lleva un sencillo vestido de flores y el pelo recogido. Se le nota la tensión en los hombros mientras se acerca.
—¿Lista? —pregunto.
Asiente sin mirarme a los ojos.
Le pongo la mano en la parte baja de la espalda y la guío hacia la puerta.
La consulta del médico está en una clínica privada en la zona norte de la ciudad.
Llevo años acudiendo al Dr. Morozov. Es discreto y no hace preguntas que no quiero responder. También es una de las pocas personas en las que confío para algo tan importante.
Vera está sentada en la camilla de exploración, con las manos entrelazadas en el regazo. No ha hablado desde que salimos del ático, y la tensión emana de ella en oleadas. Estoy de pie a su lado, con la mano en su hombro.
El Dr. Morozov es eficiente. Le toma las constantes vitales y le pregunta por los síntomas. Vera responde con monosílabos, la voz plana, como si intentara distanciarse de lo que está sucediendo.
—Su presión arterial está un poco baja —dice mientras estudia los números—. El pulso está elevado. ¿Ha experimentado mareos o náuseas?
Vera asiente con los ojos bajos.
—Algunas náuseas. Por las mañanas, sobre todo.
—¿Y fatiga?
Otro asentimiento.
El Dr. Morozov hace otra anotación, luego deja la tableta y la mira.
—Me gustaría hacer algunas pruebas, si le parece bien. Análisis de sangre, muestra de orina, lo habitual. Me ayudará a tener una imagen más clara de lo que está pasando. También haré una prueba de embarazo, solo para descartarlo.
Prueba de embarazo. Eso es lo que esperaba que dijera.
Vera duda, y se le nota el conflicto en el rostro. No quiere estar aquí, pero asiente de todos modos.
—De acuerdo.
La enfermera entra para extraer sangre y recoger la muestra, y luego nos quedamos solos a esperar. Vera permanece callada, con los ojos fijos en algún punto de la pared todo el rato.
El Dr. Morozov regresa veinte minutos después con una expresión indescifrable. Sostiene la tableta y no deja de mirarla, como si no supiera qué decir.
—Sra. Volkonsky —dice con voz cuidadosa, mesurada—. Los resultados de sus pruebas han llegado.
Vera se endereza con las manos apretadas en el regazo.
—¿Y?
El Dr. Morozov respira hondo.
—Está embarazada.
Las palabras quedan suspendidas en el aire.
Siento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Embarazada. Lo había sospechado, pero escucharlo en voz alta es algo completamente diferente.
—¿De cuánto tiempo? —pregunto, y mi voz suena extraña a mis propios oídos.
El Dr. Morozov consulta su tableta.
—Según los niveles hormonales, aproximadamente cinco semanas.
Encaja demasiado bien.
Mi mano se mueve sin pensarlo, buscando el vientre de Vera y posándose allí. Aunque ahora está plano, sé que no lo estará para siempre.
Me mira con los ojos muy abiertos, reflejando algo que no logro identificar.
—Le dijeron que no podía tener hijos —digo con voz ronca.
El Dr. Morozov vacila.
—Según los resultados, no hay ninguna razón física por la que no pudiera concebir. A juzgar por su historial médico, su sistema reproductivo parece sano y funcional.
Vera hace una mueca.
—¿Está seguro?
—Lo estoy —dice el Dr. Morozov con cautela—. Solo puedo decirle lo que muestran las pruebas, y muestran que está embarazada sin complicaciones aparentes.
Dmitri pasó años convenciendo a Vera de que no podía tener hijos, sabiendo perfectamente que no era cierto. Sé lo que mezclaba en su comida y en sus bebidas para asegurarse de que nunca quedara embarazada. Y durante todo ese tiempo, la dejó creer que ella tenía algún problema.
—Roman —dice con un hilo de voz—. Di algo.
—Vamos a tener un bebé —murmuro—. Tú y yo. Vamos a tener un bebé.
Se aferra a mí y sus lágrimas me empapan la camisa. Le aparto el cabello de la cara y le beso la comisura de los labios mientras cierra los ojos con fuerza.
El Dr. Morozov carraspea, recordándonos que no estamos solos.
—Querré verla de nuevo en unas semanas para una ecografía de seguimiento y hablar sobre los cuidados prenatales. Mientras tanto, le enviaré algunas recomendaciones sobre dieta y suplementos.
Vera asiente, secándose los ojos con el dorso de la mano.
—Gracias, doctor.
Inclina la cabeza y sale de la habitación, dejándonos solos.
Ayudo a Vera a bajar de la camilla, sujetándola con delicadeza por la cintura. Todavía tiembla, así que la rodeo con el brazo mientras caminamos hacia el coche.
Cuando llegamos al ático, la guío adentro y la acomodo en el sofá, cubriéndole las piernas con una manta. Luego me siento a su lado y poso la mano en su vientre de nuevo.
—¿Estás bien? —pregunto.
Me mira con los ojos todavía enrojecidos por el llanto.
—No sé qué sentir.
—Puedes sentir lo que quieras —digo—. Quiero que sepas algo.
Espera, con la mirada fija en la mía.
—Eres mía, y este bebé también. Nadie os tocará mientras yo esté vivo.