La novia del hermano Bratva (Votos de la Mafia) ROMAN
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ROMAN

Me encuentro en el centro de un almacén cavernoso, flanqueado por Lev a un lado y dos de mis hombres al otro, viendo cómo la oposición se extiende por el suelo de hormigón como una mancha. Llegan tarde. Quince minutos tarde, para ser exactos. Quince minutos bien podrían ser quince horas.

La puntualidad es respeto. La tardanza es una declaración.

El hombre frente a mí se llama Kozlov. Es bajo y corpulento, con una cara que parece haber sido aplastada y reconstruida más de una vez. Lleva casi una década traficando armas por la zona sur, y esta noche se supone que vamos a cerrar un acuerdo que pone su red de distribución bajo mi control.

Se supone, pero algo no encaja.

No logro identificar qué exactamente. El almacén es el mismo que acordamos. Los hombres de Kozlov están presentes en el número que esperábamos. La mercancía está ahí, apilada en cajas de madera a lo largo de la pared del fondo, lista para ser inspeccionada.

Ya he sentido esto antes, en Siberia, donde cada reunión era una posible emboscada y cada apretón de manos podía ser el último. Allí aprendí a confiar en mis instintos, y no me he equivocado ni una sola vez.

Miro a Lev. Observa a Kozlov con esos ojos suyos, planos y calculadores, captando detalles que la mayoría pasaría por alto. Lev intercepta mi mirada y niega casi imperceptiblemente con la cabeza.

Él también lo siente.

—Roman —Kozlov extiende las manos en un gesto de falsa camaradería—. Disculpa el retraso. El tráfico era una pesadilla.

—Seguro que sí.

—Pareces tenso —Kozlov da un paso hacia mí y sus hombres se mueven con él—. ¿Va todo bien?

No respondo. En lugar de eso, dejo que mi mirada recorra el almacén. La luz se refleja en algo metálico cerca de la entrada trasera. Algo que se parece mucho al cañón de un rifle.

Se me tensa la mandíbula.

—Hemos terminado aquí —digo.

La sonrisa de Kozlov vacila.

—¿Qué? Ni siquiera hemos...

—He dicho que hemos terminado —me doy la vuelta para irme mientras mi mano ya busca el arma en el costado—. Lev, nos vamos.

—Roman, espera —Kozlov da un paso adelante y extiende la mano como si fuera a agarrarme del brazo.

No tiene la oportunidad.

Lev se mueve más rápido de lo que jamás lo he visto moverse y se interpone entre Kozlov y yo con la mano apoyada en el pecho del otro. Su voz suena baja y peligrosa.

—Yo que tú me lo pensaría dos veces.

El almacén queda en silencio. Los hombres de Kozlov se mueven y los míos responden igual. La tensión en el aire se podría cortar con un cuchillo.

Entonces el teléfono me vibra en el bolsillo. Lo ignoro al principio. Sea lo que sea, puede esperar. Salir de este almacén con vida es mi prioridad.

Solo que vuelve a vibrar, y otra vez. Caigo tarde en que es una alerta codificada del sistema de seguridad del ático.

Se me hiela la sangre. Saco el teléfono del bolsillo y miro la pantalla. El mensaje es breve, solo tres palabras que me paran el corazón.

MOVIMIENTO. HABITACIÓN DE VERA.

Vuelvo a guardar el teléfono en el bolsillo y me vuelvo hacia Lev.

—Cambio de planes —digo—. Volvemos a casa.

Lev no lo cuestiona. Se aparta de Kozlov con la mano aún sobre el arma y me sigue hacia la puerta.

Kozlov me grita con voz crispada por la frustración.

—¡Roman, teníamos un trato!

—Se acabó el trato —no me doy la vuelta—. Intentaste tenderme una trampa, Kozlov. Da gracias de que me vaya en lugar de meterte una bala en la cabeza.

Empujo la puerta y salgo al aire de la noche con Lev pisándome los talones. El coche está donde lo dejamos, con Artyom al volante y el motor en marcha.

—Vamos —digo mientras me lanzo al asiento trasero—. Al ático. Ya.

Artyom no hace preguntas. Solo conduce.

Lev tiene el rostro sombrío.

—¿Qué pasa?

—Alerta de seguridad. Hay movimiento en la habitación de Vera.

La expresión de Lev se endurece.

—Entonces probablemente solo esté dando vueltas o algo así.

—La alerta no se activa así. Solo salta si detecta más de una persona o si alguien intenta entrar a la fuerza.

La ciudad se difumina tras las ventanas mientras Artyom se abre paso entre el tráfico. Veo pasar los edificios y siento cómo algo frío y pesado se me instala en el pecho.

Esto es culpa mía. Pensé que el equipo de seguridad bastaría, pero fui un estúpido. Me equivoqué al pensar que podía dejarla sola sin más.

El sol se pone cuando llegamos al centro de la ciudad y tiñe el horizonte de naranja y rojo. Parece sangre contra el cristal, y no puedo evitar pensar que es el telón de fondo perfecto para lo que estoy a punto de hacer.

Artyom se detiene frente al edificio y salgo del coche antes de que pare del todo. Me dirijo a la entrada con Lev pisándome los talones.

El vestíbulo está vacío. El puesto de seguridad, desierto. ¿Dónde está el portero?

Subo las escaleras de dos en dos con la mano en el arma. No tiene sentido esperar el ascensor. La puerta del ático no tiene echada la llave cuando llego; se abre a mi contacto como si me hubiera estado esperando.

Irrumpo dentro con todos los sentidos en alerta máxima.

—¡Vera!

El ático está en silencio. Las luces, apagadas, y las cortinas de la sala, corridas.

Mis dos guardias yacen inconscientes en el pasillo. Uno aún aferra la pistola con ambas manos; hay sangre en el suelo, enfriándose.

Me arrodillo para tomarle el pulso. Sobrevivirá.

Entonces Oksana sale de la cocina. Tiene el rostro pálido, los ojos muy abiertos por el miedo. Parece que ha estado llorando; las mejillas surcadas de lágrimas que no se ha molestado en secar.

—Roman —dice, y se le quiebra la voz al pronunciar mi nombre—. Gracias a Dios que estás aquí.

Cruzo la habitación en tres zancadas y la agarro por los hombros.

—¿Dónde está? ¿Dónde está Vera?

Oksana niega con la cabeza mientras se le llenan los ojos de lágrimas.

—Se la llevaron. Vinieron mientras estabas fuera y se la llevaron.

—¿Quién? —Le aprieto los hombros con más fuerza—. ¿Quién se la llevó?

—Los hombres de Konstantin —ahora llora abiertamente, las palabras entrecortadas—. Vinieron con tu padre. Le dijo que había llegado el momento, que tenía que irse con ellos. Ella no quería ir, pero la obligaron. Dijeron que si no lo hacía, ellos...

—¿Dónde? —la interrumpo—. ¿Dónde se la llevaron?

—San Nicolás —dice Oksana de repente.

La miro fijamente.

—¿Qué?

—Justo antes de irse. Konstantin mencionó San Nicolás —se le descompone el rostro—. Tiene que ser allí adonde la llevan.

Mierda.

Una oleada de furia se suma al pavor que siento en las entrañas, y se mezclan hasta que no puedo distinguir dónde termina una y empieza el otro. Después de que le dijera que estaba a salvo, que podía confiar en mí, todavía la tienen.

Suelto a Oksana y me dirijo hacia la puerta con la mente ya a mil.

—Roman, espera —Oksana intenta alcanzarme, pero me la sacudo de encima.

—No hay tiempo. Si están en la iglesia, ahí es donde debo estar yo.

—Déjame ir contigo.

—No —señalo a Lev—. Quédate aquí. Asegúrate de que nadie más entre. Yo me encargaré de esto.

La expresión de Lev es sombría, pero asiente.

—Ten cuidado.

Ya estoy fuera y bajo las escaleras a toda prisa; mis pies retumban contra el cemento mientras corro hacia el coche. Cuando llego, Artyom sigue al volante. Abre mucho los ojos cuando me lanzo al asiento trasero.

—Iglesia de San Nicolás —digo—. Ahora.

El coche arranca de golpe y los neumáticos chirrían contra el asfalto. Saco el teléfono y marco el número de Konstantin, pero salta directamente el buzón de voz. Pruebo con el de Anton y lo mismo.

Lo han planeado bien. Sabían que estaría ocupado con Kozlov, y seguramente también conocían la situación de la escolta.

La iglesia aparece en el horizonte; su campanario blanco se eleva sobre los edificios circundantes como un faro. Hay coches aparcados fuera y hombres trajeados de oscuro apostados en la entrada. Todo tiene aire de representación teatral.

—Artyom, mantén el coche en marcha.

Asiente mientras salgo. El aire de la tarde me refresca la piel, un contraste con el calor que arde en mi interior. Me muevo entre las sombras, pegado a los edificios.

La puerta lateral de la iglesia no está cerrada con llave. Me cuelo dentro y me encuentro en un pasillo estrecho que lleva al santuario principal. El sonido de voces me llega, amortiguado por las pesadas puertas de madera.

Las empujo y entro.

El santuario está iluminado por docenas de velas cuyas llamas proyectan sombras parpadeantes sobre las paredes de piedra. Los bancos están llenos de gente, pero todos están de espaldas y no puedo distinguir quién es quién.

Con el ceño fruncido, me deslizo de vuelta al pasillo. Mi mente es un caos de posibilidades, y ninguna es buena. Cada escenario que se me ocurre termina con Vera en manos de Anton, y ese no es un resultado que esté dispuesto a aceptar.

El pasillo es estrecho; las paredes de piedra áspera me rozan el hombro mientras avanzo. Hay una puerta al final, y una luz cálida se cuela por la rendija. Se oye movimiento.

Empujo la puerta y entro.

La habitación es pequeña, apenas más grande que un armario. Las vestiduras cuelgan de ganchos en la pared; el bordado dorado capta la luz. Sobre una mesa de madera hay un cáliz y una cruz, ambos relucientes. De pie en el centro, de espaldas a mí, rebuscando en un cajón, está el sacerdote.

Es viejo. Más viejo de lo que esperaba, con un rostro como papel arrugado y manos que tiemblan mientras trabaja.

Se gira al oír mis pasos. Abre mucho los ojos cuando me ve la cara, y el reconocimiento le asoma lento y terrible a los rasgos.

—Sr. Volkonsky —tartamudea—. No esperaba... no puede estar aquí.

Cruzo la habitación antes de que pueda terminar la frase. Le asesto un golpe en la sien que lo derriba al suelo. Cae sin hacer ruido, el cuerpo doblándose sobre sí mismo.

Me quedo de pie sobre él un momento, observando cómo le sube y baja el pecho. Está inconsciente, no muerto. Eso es todo lo que necesito.

El órgano empieza a sonar en la habitación contigua; las notas resuenan a través de las paredes.