ROMAN
El lago se extiende ante nosotros como una lámina de cristal.
Me siento en el banco junto a Vera y observo el agua, dejando que el silencio se asiente entre nosotros. No resulta incómoda esta quietud. De hecho, es la primera paz verdadera que hemos tenido desde el cementerio.
La mano de Vera sigue en la mía. Sus dedos están fríos contra mi palma. Mira el agua, pero noto que su mente está en otro lugar. En algún sitio al que no puedo seguirla.
—¿Qué querías ser? —pregunto.
Se vuelve a mirarme.
—¿Qué?
—Antes, cuando eras joven —me inclino en el banco y giro el cuerpo hacia ella—. ¿Con qué soñabas?
Se encoge de hombros.
—Los sueños son para quienes pueden permitírselos.
—No te he preguntado eso.
Permanece en silencio un largo momento. Su mirada vuelve al lago, al agua que se ondula con la brisa.
—Quería ser maestra —dice finalmente—. De primaria. Me imaginaba con mi propia aula. Decoraría las paredes con los dibujos de mis alumnos.
Sacude la cabeza.
—Una tontería, ¿verdad?
—¿Por qué una tontería?
—Nunca iba a pasar —retira la mano de la mía y se abraza el cuerpo—. Las deudas de mi padre se encargaron de eso. En cuanto me entregó a Dmitri, cualquier oportunidad de ir a la universidad o de tener una vida propia se esfumó.
La observo mientras habla. Hay una amargura en su voz que reconozco, un rencor que lleva años hirviendo a fuego lento. Pero también hay algo más. Algo que suena a rendición.
—No luchaste —digo.
Su cabeza gira bruscamente hacia mí.
—¿Qué?
—Cuando tu padre te dijo que te entregaba a Dmitri. O cuando te diste cuenta de lo que iba a ser tu matrimonio —le sostengo la mirada—. No luchaste.
El color le sube a las mejillas.
—No sabes de qué hablas.
—Sé que tenías veinte años y aceptaste ese matrimonio sin rechistar.
—¿Y qué iba a hacer? —su voz es cortante ahora, afilada de ira—. ¿Huir? ¿Adónde habría ido? Mi padre le debía dinero a gente peligrosa. Si me hubiera negado, lo habrían matado.
—Así que te sacrificaste en su lugar.
La provoco y ambos lo sabemos. Aceptó la decisión de su padre y quedarse atrapada con Dmitri igual que aceptó quedarse atrapada conmigo. Pero hay fuego en Vera, y quiero verlo.
—Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir —espeta.
—Hiciste lo más fácil.
Sus ojos destellan con algo ardiente y brillante.
—¿Fácil? —se levanta del banco con los puños apretados a los costados—. ¿Crees que estar casada con Dmitri fue fácil? ¿Crees que vivir con un hombre como él, que controlaba cada aspecto de mi vida, que me hacía sentir que no era nada, crees que eso fue fácil?
—Creo que podrías haber luchado —me levanto también y la encaro—. Podrías haber encontrado una salida si la hubieras querido de verdad.
—¡No sabes cómo fue! —su voz se eleva, la ira desbordada—. No sabes lo que me hizo. Me despertaba cada día sabiendo que no había escapatoria, que nadie vendría a salvarme. No había esperanza de que nada mejorara jamás.
—Sobreviviste —me acerco un paso más, y su piel está cálida al tacto—. Resististe, pero en algún momento dejaste de luchar. Aceptaste tu jaula e hiciste las paces con ella.
Retrocede, los ojos entrecerrados con recelo.
—¿Por qué dices eso? Para.
—Dejaste que te rompiera, Vera. Dejaste que te convenciera de que no valías nada. ¿Por qué?
—He dicho que pares.
Su voz se quiebra en la última palabra.
Pero no puedo parar. Veo el fuego en sus ojos, la chispa que lleva años enterrada bajo el abuso y el abandono. Quiero avivarla hasta convertirla en llamas. Quiero que Vera entienda su propio valor, aunque eso signifique enfurecerla.
—Quizá con el tiempo —digo en voz baja— dejaste de creer que merecías algo mejor.
—Te equivocas —llora, las lágrimas cayéndole por el rostro—. No sabes nada de mí.
—Sé que eres más fuerte que esto —doy otro paso hacia ella, hasta que casi nos rozamos. Intenta retroceder, pero no se lo permito.
Vera no tiene ni idea de que la observé todos esos años. Había cámaras por toda la casa de Dmitri, y solo tenía que conectarme a ellas. Vi cómo él le drenaba la vida.
—Tienes garra, Vera. La he visto. Esa eres tú de verdad, Vera. No esta cosa rota que finges ser.
Levanta la mano y me abofetea.
El escozor es tan agudo que me hace tambalear. La cabeza me gira con la fuerza del golpe y por un momento solo oigo mi propia respiración. Luego me vuelvo hacia ella.
Sus ojos arden, y todo su cuerpo tiembla de ira.
—Que te jodan —dice—. Que te jodan a ti, a tus juicios y a tus suposiciones. No sabes por lo que pasé, así que no tienes ningún derecho a decirme que debería haber luchado más.
Ahí estaba. Vera era magnífica así, furiosa y feroz, tan viva que me dejaba sin aliento.
—Di algo —exigió—. Lo que sea. Deja de mirarme así.
Le agarré la muñeca y tiré de ella hacia mí.
Tropezó contra mi pecho y levantó las manos para apartarme. No se lo permití.
La rodeé con los brazos y la estreché contra mí, sintiendo el calor de su cuerpo y el retumbar de su corazón.
—Suéltame —dijo, pero su voz sonó amortiguada contra mi camisa.
—No.
Forcejeó, pero sin convicción. Tenía los puños cerrados sobre mi camisa, tirando de mí hacia ella incluso mientras intentaba apartarme.
—Te odio —dijo—. Te odio por decir esas cosas.
—Lo sé.
Me incliné hasta apoyar la frente contra la suya. Luego deslicé los labios por el hueco de su garganta y sonreí cuando se estremeció.
Se le cortó la respiración.
—Roman...
La hice retroceder paso a paso hasta que sus hombros chocaron contra la áspera corteza de un árbol en el borde del claro. Jadeó ante el contacto y apretó las manos sobre mi camisa.
Cuando bajé la mirada, sus ojos estaban oscuros, con las pupilas dilatadas. Su pecho seguía agitándose, la respiración entrecortada en jadeos breves.
La besé. La boca de Vera se abrió bajo la mía y me tragué el sonido que emitió. Hundí las manos en su cabello, inclinándole la cabeza para profundizar el beso. Dios, no me saciaba de ella.
Me devolvió el beso con la misma furia con que me había abofeteado. Tenía las manos enredadas en mi pelo, tirando con fuerza suficiente para hacerme daño. Su cuerpo se apretaba contra el mío, puras curvas suaves y el latido salvaje de su corazón.
La aprisioné con más fuerza contra el árbol, atrapándola entre la áspera corteza y mi cuerpo. Solo sentía la suavidad de sus pechos contra mi pecho y cómo sus caderas se mecían contra las mías.
—Roman —jadeó, con la voz ya rota—. Roman, por favor...
—¿Por favor qué? —deslicé la boca por su garganta, saboreando la sal de su piel—. Dime qué quieres.
—A ti. Quiero...
Sus palabras se disolvieron en un gemido cuando encontré el punto justo bajo su oreja. Succioné con suavidad y se retorció debajo de mí.
Mis manos encontraron su cinturón. Lo desabroché con facilidad practicada, lo arranqué y lo tiré a un lado. Luego ataqué el botón de sus vaqueros con dedos urgentes.
Respiraba con dificultad. Podía ver el pulso que le martilleaba en la garganta.
Le bajé los vaqueros por las caderas sin molestarme en ser delicado. La tela se atascó un momento y luego se deslizó por sus muslos. Mi mano la siguió, colándose bajo la cinturilla de sus bragas para encontrarla lista para mí.
—Joder —susurré contra su cuello—. Estás empapada.
—Cállate.
Sus uñas se me clavaron en los hombros.
La acaricié despacio, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mis dedos. Estaba tan mojada que me deslicé dentro con facilidad; su cuerpo se abría para mí como si hubiera sido hecho para ello. Curvé los dedos dentro de ella, encontrando ese punto que la hacía jadear, y lo froté en círculos prietos.
Dejó caer la cabeza hacia atrás contra el árbol. Tenía los ojos cerrados, la respiración convertida en jadeos cortos y agudos. Estaba hermosa, completamente deshecha y desesperada.
—Más —dijo—. Necesito más.
Añadí otro dedo para dilatarla. Emitió un sonido a medio camino entre el gemido y el sollozo, y sus caderas se sacudieron contra mi mano.
—No es suficiente —jadeó—. Roman, por favor. Te necesito dentro de mí. Necesito sentirte.
Retiré la mano y gimió ante la pérdida. Entonces fue a por mi cinturón, con los dedos torpes en la hebilla. Lo abrió de un tirón con una urgencia que me hizo palpitar la polla.
Me bajó los pantalones lo justo para liberarme. Su mano se cerró alrededor de mi miembro y lo acarició una vez; su pulgar rozó la punta y me arrancó un gemido.
—Ahora —dijo—. Ahora mismo.
La agarré por las caderas y la levanté. Me rodeó la cintura con las piernas, con la espalda apretada contra la áspera corteza del árbol. Podía sentirla a través de la fina tela de sus bragas.
Aparté la tela a un lado y me hundí en ella de una sola embestida.
Gritó y sus uñas se me clavaron en los hombros con fuerza suficiente para arañar. Me quedé quieto para darle tiempo a ajustarse, pero ya se estaba moviendo. Sus caderas rodaron contra las mías, exigiendo más.
—Muévete —dijo—. Hazme sentirlo.
Por supuesto, le di lo que quería.
Me retiré y volví a hundirme en ella, marcando un ritmo completamente implacable. El árbol crujió detrás de ella.
Sus gemidos resonaron por el claro. Sentía que estaba a punto de correrse, así que la follé con más fuerza.
—Eso es —le dije al oído—. Bien, pajarito.
—Sí —jadeó—. Sí, por favor, ¡no pares!
Me hundí en ella una y otra vez, cada embestida más profunda que la anterior. Sus piernas temblaban alrededor de mi cintura. Notaba que estaba cerca.
Pero quería más, quería hacerla correrse tan fuerte que olvidara todo excepto la sensación de tenerme dentro.
Ralenticé el ritmo, alargando el momento.
—Paciencia —murmuré—. Aún no hemos terminado.
Salí de ella y retrocedí. Emitió un quejido de pérdida y abrió los ojos de golpe.
—¿Qué haces?
—Al coche —dije—. Ahora.
Nos vestimos a toda prisa y la agarré de la mano, arrastrándola hacia el vehículo. Artyom no estaba por ningún lado. Sabía que no debía andar cerca cuando necesitaba intimidad, pero el coche estaba esperando.
La empujé dentro y la seguí, cerrando la puerta tras de mí. La parte de atrás era estrecha, pero había espacio de sobra para lo que necesitábamos. Me acomodé en el asiento y la atraje sobre mi regazo, con las rodillas a horcajadas sobre mis caderas.
—Roman —susurra.
La silencio con un beso, deslizando mi lengua en su boca. Casi puedo saborear su desesperación. Mis manos buscan sus caderas y vuelvo a estar dentro de ella. Su coño se contrae al entrar.
Vera gime contra mi boca mientras sus manos se aferran a mi camisa. La siento a mi alrededor, caliente, apretada, perfecta.
—Cabalga sobre mí —digo contra sus labios.
No duda.
Vera se alza sobre las rodillas y vuelve a hundirse, tomándome hasta el fondo. Su cabeza cae hacia atrás y me inclino para besar el pulso en su garganta. Sabe a sal y perfume.
Su ritmo es errático al principio, desesperado y descoordinado. Pero enseguida lo encuentra y se mueve contra mí de un modo que me nubla la visión. Le agarro la cintura para ayudarla a encontrar el ángulo que la hace jadear.
—Eso es —murmuro—. Justo así. Joder, qué bien se siente.
Está tan apretada que cada vez que vuelve a hundirse sobre mi polla, tengo que contener un gemido de placer.
Noto que está a punto de correrse otra vez. Sus movimientos se vuelven más urgentes, su respiración más entrecortada. Deslizo la mano entre nosotros hasta encontrar su clítoris y lo froto con un ritmo lento e implacable que la hace gritar.
—Córrete para mí —digo—. Vamos, pajarito.
Se hace pedazos.
Todo su cuerpo convulsiona y sus paredes internas me aprietan como un torno. Grita mi nombre con la cabeza echada hacia atrás en éxtasis. Embisto hacia arriba una vez más y la sigo al precipicio, derramándome en su interior con un gemido.
Durante un largo momento, me concentro en mi respiración. Su cabeza descansa sobre mi hombro y su cuerpo aún tiembla con las réplicas. Mis brazos le rodean la cintura sin que me dé cuenta.
Al cabo de un momento, Vera se ríe, una risa entrecortada que vibra contra mi pecho.
—No siento las piernas.
—Bien.
Levanta la cabeza para mirarme. Tiene los ojos dulces ahora; la ira de antes ha dado paso a algo más. Algo que parece casi satisfacción.
—Todavía estoy enfadada contigo —dice.
—Me lo imaginaba.
Se queda callada un momento. Luego:
—Aunque no estabas del todo equivocado. No del todo.
Le aparto un mechón de pelo de la cara.
—No pretendía hacerte daño.
—Lo sé —se acurruca contra mi mano—. Pero lo hiciste.
Me estudia el rostro durante un largo momento. Luego se inclina y me da un beso suave en los labios.
Nos quedamos en el asiento trasero hasta que nuestra respiración vuelve a la normalidad y el sudor se enfría sobre nuestra piel. Luego la ayudo a recolocarse la ropa y ella me ayuda con la mía; salimos del coche con un aspecto algo menos desaliñado que antes.
—Gracias —dice en voz baja.
—¿Por qué?
—Por hacerme sentir algo, aunque fuera ira.
Le llevo la mano a los labios y le beso los nudillos.
—Cuando quieras —digo.