La novia del hermano Bratva (Votos de la Mafia) ROMAN
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ROMAN

Dos semanas después, encuentro a Vera en la sala de estar, acurrucada con una taza de café y ese maldito libro. Lleva semanas leyéndolo, pero el marcapáginas apenas parece avanzar.

Vera levanta la vista cuando entro, con expresión cautelosa. Lleva así un tiempo, presente pero distante, como si ocultara algo.

—Tengo que ir a un sitio esta noche —digo—. Quiero que vengas conmigo.

Arquea las cejas.

—¿Adónde?

—A una de las propiedades de Dmitri. Necesito comprobar que esté segura.

—¿Quieres que te acompañe a revisar una propiedad?

—No quiero dejarte sola —en parte es verdad—. Quizá te sea útil verla. Por si hay algo que te resulte familiar.

Se lo piensa un momento. La veo sopesar las opciones, intentando descifrar si es otro juego de poder o una invitación sincera.

—Bien —dice al fin—. ¿Cuándo nos vamos?

—Ahora.

Vera entrecierra los ojos, pero no protesta. Eso sí, hace todo un teatro de cerrar el libro y levantarse.

—Tú primero.

La llevo a la planta baja, donde el rascacielos conecta con un aparcamiento privado. Podría hacer que Artyom condujera el Mercedes, pero prefiero llevar yo mismo el Land Rover.

Vera se sube en silencio al asiento del copiloto y arrancamos.

El trayecto nos lleva a través de la ciudad hasta una zona que antes era industrial. El antiguo barrio de los mataderos se ha gentrificado en los últimos años, convertido en pisos de lujo y tiendas artesanales, pero aún quedan rincones que conservan su autenticidad.

El edificio de apartamentos es uno de los pocos que han renovado. Parece inofensivo desde fuera: fachada de ladrillo, ventanas modernas y un pequeño vestíbulo con portero. Es el tipo de lugar donde la gente entra y sale sin llamar la atención.

Vera observa el edificio a través de la ventanilla.

—¿Qué es este sitio?

—Una de las inversiones de Dmitri —abro la puerta y bajo—. Lo tenía fuera de la contabilidad oficial.

Me sigue al vestíbulo, recorriendo el espacio con la mirada en un estado de alerta que reconozco. Busca amenazas. Tres años de matrimonio con Dmitri le enseñaron a hacerlo.

El ascensor nos lleva al sexto piso. El pasillo está en silencio cuando llegamos. Saco la llave del bolsillo y abro la puerta. Le pedí a Lev que me consiguiera las llaves; ese hombre es capaz de encontrar casi cualquier cosa. Excepto, por lo visto, ese maldito libro de cuentas.

El apartamento no es lo que esperaba.

Es lujoso, para empezar. El suelo de madera se extiende de pared a pared, y los ventanales de suelo a techo son preciosos. La cocina es toda de acero inoxidable y granito. El salón tiene un sofá de cuero sin una sola arruga.

Parece un piso piloto. Está claro que aquí no vive nadie.

Vera recorre el espacio despacio, rozando las superficies con los dedos. Se detiene frente a una estantería y examina los títulos, luego se acerca a la ventana y contempla la ciudad allá abajo.

—¿Dmitri pasaba mucho tiempo aquí? —pregunta.

—No lo sé —y es la verdad—. Este sitio no aparecía en ninguno de sus registros oficiales. Lev encontró la dirección en correspondencia antigua.

Se vuelve para mirarme.

—¿No sabías nada de este apartamento?

—Sabía que Dmitri tenía secretos. No los conocía todos.

—Yo tampoco —dice en voz baja—. No sabía que existía este sitio.

La observo mientras sigue explorando. Se mueve por el apartamento como si buscara algo, abriendo armarios y cajones, asomándose a los roperos. La sigo a distancia, dejándola llevar la iniciativa.

El dormitorio está al fondo del pasillo. Es tan aséptico como el resto. Hay una cama enorme con sábanas impecables y mesitas de noche vacías. Al entrar, veo también un vestidor vacío.

Vera se detiene en el umbral y clava la mirada en la cama. Su expresión es indescifrable.

—¿Traía mujeres aquí? —pregunta.

—No lo sé —es la pura verdad, aunque no sea lo que Vera quiere oír.

Entra en la habitación y abre el armario. Dentro hay unas cuantas camisas de hombre colgadas de la barra y un par de zapatos en el suelo. Pero es la mesita de noche lo que le llama la atención.

Abre el cajón de arriba y se queda inmóvil.

Me acerco a su lado. Dentro del cajón hay un montón de fotografías esparcidas sobre el forro de terciopelo. Rostros de mujeres nos sonríen: morenas, rubias, pelirrojas. Unas son posados, otras espontáneas.

Todas son guapas.

Vera coge una de las fotografías y la estudia. La mujer de la foto es joven, tendrá unos veinte años, con el pelo oscuro y una sonrisa amplia. Está en una playa, con el mar de fondo.

—Es guapa —dice Vera con voz inexpresiva.

Miro las demás fotografías. Distintas mujeres, distintos lugares, pero el mismo patrón. Dmitri las rodea con el brazo o está tan cerca que queda claro que están juntos.

Debajo de las fotografías hay recibos. De joyerías, sobre todo. Piezas caras, todas compradas en los últimos meses de su vida.

Vera deja la fotografía y coge uno de los recibos. Lo lee despacio, recorriendo las cifras con la mirada.

—Era generoso —dice—. Con otras mujeres.

—Era generoso con las apariencias —la corrijo—. Estos recibos no tienen que ver con las mujeres. Todo era fachada, estoy seguro.

Ella me mira. —¿Eso debería hacerme sentir mejor?

—Debería hacerte verlo tal como era.

No responde. Cierra el cajón y se dirige a la otra mesita de noche. Dentro hay un portátil y una pila de papeles que parecen registros financieros.

Observo su rostro mientras lo asimila todo. No hay dolor en él, solo una valoración fría y callada.

No lo amaba. Quizá lo intentó al principio, pero cualquier sentimiento que tuviera por Dmitri desapareció hace tiempo. Una fría satisfacción se instala en mis entrañas ante ese pensamiento.

Recuerdo el mensaje encriptado que intercepté hace meses. Dmitri viajó a Miami para conocer a dos mujeres con las que llevaba tiempo hablando. Quise golpearlo por eso, por engañar a una mujer tan hermosa. Trataba a Vera como si fuera desechable.

Quise matarlo entonces. Quise rodearle el cuello con las manos y apretar hasta que dejara de respirar. Tardé otros seis meses en hacerlo.

—¿Vas a registrar el resto del apartamento? —pregunta Vera.

Parpadeo y salgo del recuerdo. —Sí. Quédate aquí.

Recorro el resto del apartamento rápidamente, buscando cualquier cosa que pueda ser útil. El baño está vacío, igual que las otras habitaciones que reviso.

Estoy en el segundo dormitorio cuando oigo que se abre la puerta principal.

Me quedo inmóvil y mi mano se mueve instintivamente hacia el arma.

—Vaya, vaya. —El tono de Anton es desenfadado, pero hay algo cortante debajo—. ¿Qué tenemos aquí?

Salgo del dormitorio al pasillo. Anton está en el salón, flanqueado por dos hombres que no reconozco.

Su mirada va de mí a la puerta del dormitorio, donde Vera sigue de pie. —Roman. —Pronuncia mi nombre como si fuera un chiste—. No esperaba encontrarte aquí.

—Evidentemente. —No me muevo—. Esto es propiedad privada.

—¿Ah, sí? —Da un paso hacia mí mientras sus hombres se despliegan detrás de él—. Yo pensaba que era propiedad de Dmitri. Lo que la convierte en propiedad familiar. Y dado que ha fallecido...

Vera sale del dormitorio y se coloca a mi lado. Puedo sentir la tensión que emana de ella, pero su rostro permanece sereno.

—Hola, Anton —dice ella.

—Vera. —Su sonrisa se ensancha—. Estás muy bien. El luto te sienta bien.

—Vete al infierno.

Se ríe, como si ella hubiera contado un chiste ingenioso. —Tan brava como siempre. Siempre me gustó eso de ti. Dmitri nunca lo apreció.

—Dmitri no apreciaba gran cosa.

Doy un paso adelante y me interpongo entre Anton y Vera. —Se acabó. Ya no hablas más con ella.

—¿Ah, sí? —No retrocede. Si acaso, su sonrisa se ensancha aún más—. Eres muy protector con ella, Roman. Muy posesivo. Cualquiera diría que has olvidado que era la esposa de tu hermano.

—Estás tentando a la suerte, Anton.

La sonrisa de Anton se desvanece. Sus ojos se vuelven fríos y el depredador que hay bajo el encanto asoma. —¿Eso es una amenaza?

—Es una promesa. —Le sostengo la mirada—. Mantente alejado de Vera.

Durante un largo momento, ninguno de los dos se mueve. El aire del apartamento se nota pesado, cargado de la promesa de violencia.

Entonces Anton vuelve a reírse, rompiendo la tensión. —Eres muy dramático, Roman. Siempre lo has sido. —Retrocede y sus hombres se colocan detrás de él—. Te la dejo pasar. Por ahora.

Se dirige hacia la puerta y se detiene. Apoya la mano en el marco y se vuelve; sus ojos recorren el apartamento con una despreocupación que parece ensayada.

—Bonito sitio —dice—. Dmitri siempre tuvo buen gusto para los inmuebles. Aunque imagino que el valor de mercado habrá bajado desde que murió.

No espera respuesta. Anton sonríe y sale, con sus hombres siguiéndolo como sombras.

Espero a oír el timbre del ascensor antes de soltar el aire.

Vera sigue a mi lado, con el rostro pálido. —¿A qué ha venido eso?

—Anton, siendo Anton. —Me vuelvo hacia ella—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Le tiembla la voz.

Doy un paso hacia ella, deseando solo estrecharla entre mis brazos. Pero Vera retrocede y deja que el cabello oscuro le caiga sobre los hombros.

—Deberíamos irnos —digo, y bajo la mano con el ceño fruncido—. Aquí no hay nada más.

Asiente y me sigue hasta la puerta. Al pasar por el dormitorio, se detiene y mira hacia la mesita de noche. Las fotografías no se ven desde aquí, pero sé lo que está pensando. Solo pensarlo me hierve la sangre.

—Yo no le importaba nada —dice en voz baja—. Ninguno de nosotros. Solo éramos... cosas para él.

—Sí —digo—. Lo erais.

No responde. Vera se da la vuelta y sale del apartamento con la cabeza bien alta, aunque todavía le tiemblan las manos.

La sigo, con la mente ya dándole vueltas a lo que dijo Anton.

Debe de sospechar que hay algo aquí, pero aún no lo ha encontrado. Que apareciera mientras registrábamos me dice que ha estado vigilando el apartamento. Esperando a que alguien lo lleve hasta lo que busca.

Si no ha encontrado nada esta noche, volverá. Eso, o ya ha pasado a su siguiente pista.

Saco el móvil y le envío un mensaje a Lev mientras caminamos hacia el coche.

Anton sabe lo del apartamento. Lo está vigilando. Tenemos que movernos más rápido.

Su respuesta llega unos segundos después. Ya estoy en ello.

Guardo el móvil y le abro la puerta del coche a Vera. Se desliza en el asiento sin decir palabra, con la mirada perdida.

Anton está moviendo ficha. En algún lugar ahí fuera, el libro de cuentas de Dmitri espera a que alguien lo encuentre.

La pregunta es si lo encontraremos antes que Anton.