La novia del hermano Bratva (Votos de la Mafia) ROMAN
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ROMAN

Despierto al ritmo de la respiración de Vera, lenta y acompasada contra mi pecho. Tiene el cabello esparcido sobre la almohada. Una mano descansa sobre mi estómago, con los dedos ligeramente curvados contra mi piel.

Me quedo tumbado, observándola dormir.

Al cabo de unos minutos, me empieza a picar la garganta. El aire del ático es seco y ya me he terminado el agua que cogí antes. Me deslizo con cuidado de debajo del brazo de Vera y me pongo unos pantalones de chándal.

Murmura algo entre sueños, pero no se despierta.

Camino descalzo por el pasillo hacia la cocina. El ático está oscuro y en silencio; las luces de la ciudad proyectan largas sombras sobre el suelo de madera. Estoy a punto de coger un vaso del armario cuando una voz suena desde la entrada.

—Señor.

Me giro y veo a Oksana de pie en la entrada de la cocina, con las manos cruzadas. Bien. Eso quiere decir que el personal ya está instalado.

—Oksana —dejo el vaso en la encimera—. ¿Qué haces aquí? Es tarde.

—He traído más cosas de la mansión —su mirada baja hacia mi pecho desnudo y luego vuelve a mi rostro—. Estaba a punto de irme.

Abro la boca para responder, pero no hay nada que decir. Sabe dónde he estado. Sabe quién está en mi cama.

Oksana lleva treinta años trabajando para mi familia. Estuvo allí cuando Dmitri y yo éramos niños. También estuvo allí cuando mi padre me exilió, porque hizo mis maletas con sus propias manos.

Ahora no dice nada. Solo me observa con esa mirada que lo sabe todo.

—¿Necesitará desayuno por la mañana?

—Yo me encargo.

Asiente una vez, se gira y se marcha. La puerta se cierra con un chasquido a su espalda.

Lleno el vaso de agua y me quedo en la cocina a oscuras, bebiéndola despacio. La ciudad se extiende allá abajo, miles de luces en miles de ventanas. En algún lugar ahí fuera, mi padre está celebrando su victoria.

En algún lugar, Anton está planeando su próximo movimiento.

Vuelvo a llenar el vaso y regreso al dormitorio. Vera sigue dormida, ahora acurrucada de lado con un brazo extendido sobre el colchón donde yo estaba tumbado. La tensión que normalmente le marca el rostro ha desaparecido.

Dejo el agua en la mesita de noche y vuelvo a meterme en la cama. Se acerca a mí sin despertarse, su cuerpo en busca de calor. La atraigo hacia mí y la siento suspirar contra mi pecho.

El sueño tarda en llegar. Mi mente no deja de repasar lo ocurrido esta noche, ni la sensación del cuerpo de Vera contra el mío.

Por fin me quedo dormido hacia las tres, con el brazo rodeando a Vera y la mente todavía acelerada.

La mañana llega demasiado pronto.

Me despierto con la luz gris que se filtra por las cortinas y Vera removiéndose a mi lado. Se gira boca arriba y se lleva una mano a la frente.

—¿Qué hora es? —pregunta.

—Temprano. Vuelve a dormirte.

—No puedo —se incorpora despacio, con movimientos pesados—. Siento como si no hubiera dormido nada.

La observo con atención. Tiene ojeras y una palidez en la piel que ayer no estaba.

—¿Estás enferma?

—Solo cansada —saca las piernas de la cama y se pone de pie—. Ha sido... bueno, ya sabes.

Da dos pasos hacia el baño antes de tener que pararse y apoyarse en la pared.

—Vera...

—Estoy bien —me aparta con un gesto de la mano—. Solo me he levantado demasiado rápido.

No me convence, pero lo dejo pasar. Tenemos cosas más importantes de las que hablar.

Desaparece en el baño y oigo correr el agua. Mientras tanto, me pongo una camiseta y voy a la cocina a preparar café. La máquina gorgotea y sisea, llenando el ático con el aroma del café recién molido.

Vera sale del dormitorio veinte minutos después, envuelta en una bata y con el pelo todavía húmedo. Tiene mejor aspecto, pero aún conserva ese aire demacrado en el rostro.

—Toma —le paso una taza—. Siéntate. Tenemos que hablar.

Coge el café y se acomoda en uno de los taburetes de cuero de la isla. La veo prepararse; se le tensan los hombros.

—Sobre lo de anoche —dice.

—Sobre lo de anoche, y sobre lo que viene después.

—Pensé que habías dicho que no dejarías que Anton...

—No lo haré —me apoyo en la encimera, frente a ella. Mataría antes de dejar que Anton se la llevara, pero espero que no llegue a eso—. La situación es más complicada de lo que pensaba.

Vera rodea la taza con las manos. El color empieza a volverle a las mejillas, pero sigue pareciendo frágil.

—Mi padre ha tomado su decisión —continúo—. Quiere que Anton ocupe el lugar de Dmitri, y que tú formes parte de esa transición. Así consolida el poder y se asegura de que yo no gane más influencia de la que ya tengo.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Respiro hondo. Esta es la parte que más temía.

—La tradición Zabota me otorga noventa días de protección sobre ti.

Durante ese tiempo, nadie puede tocarte ni obligarte a ningún acuerdo sin mi consentimiento —dejo el café—.

Pero cuando esos noventa días terminen, no tendré ningún derecho legal ni tradicional sobre ti. Mi padre podrá hacer lo que quiera.

—A menos que...

—A menos que yo tenga un derecho que supere al suyo —le sostengo la mirada—. Matrimonio.

Vera se queda muy quieta.

—Si estamos casados —digo—, te conviertes en mi esposa. En mi familia. Mi padre y Anton no tendrían ningún poder sobre ti. Estarías bajo mi protección de forma permanente.

—Me estás pidiendo que me case contigo.

No permito que mi rostro delate nada. Llevo años practicando cómo ocultar lo que siento.

Esto es lo que he deseado desde el momento en que la vi en el funeral de Dmitri. Desde mucho antes, en realidad. Debería agradecérselo a Anton; al intentar llevársela, me ha dado lo único que no podía conseguir por mí mismo.

Una razón para que ella diga que sí.

—Así es.

Se levanta de golpe y el café se derrama de la taza.

—No te estoy pidiendo que me ames. No te pido nada más que tu nombre en un certificado de matrimonio —rodeo la isla de la cocina y me planto frente a ella—. Es una solución práctica para un problema práctico.

—Práctica —se ríe—. Me estás pidiendo que cambie una prisión por otra.

—No es una prisión.

Respiro hondo. Tengo la mandíbula tan apretada que me duele. —Anton no te dará a elegir —digo—. Tomará lo que quiera y no tendrás ni voz ni voto. ¿Es eso lo que quieres?

—Por supuesto que no.

—Entonces, ¿cuál es la alternativa?

La tengo acorralada, y ambos lo sabemos. No hay alternativa, al menos ninguna en la que ella esté a salvo y sea feliz.

Vera me mira fijamente. Le brillan los ojos por las lágrimas contenidas, pero tiene la mandíbula apretada. —Necesito tiempo —dice.

—Sí o no. Cásate conmigo y deja que te proteja, o vete en noventa días y prueba suerte. Esas son tus opciones.

Me sostiene la mirada, sin saber qué decir.

—Necesito una respuesta —insisto.

No me la da.