CAPÍTULO 20 El ancla en la tormenta (Epílogo)
El viento del mar del Norte arreciaba en lo alto de la torre con la furia de una galerna desatada, pero a Liseth Sterling el rugido del océano le llegaba como un murmullo amortiguado, una melodía lejana y tibia que parecía llamarla desde las profundidades del agua negra.
Sus dedos descalzos se aferraban a la arista rota de la balaustrada de granito.
Un paso más. Apenas doce pulgadas de vacío separaban la suela de su pie izquierdo de la caída vertical de cien pies hacia las rompientes.
El fuego a sus espaldas comenzaba a perder su voz, devorado por la lluvia persistente que empapaba las ruinas humeantes de Oakhaven; el humo de queroseno y cuero calcinado se disipaba en jirones grises hacia el cielo del amanecer,
dejando tras de sí un olor a ceniza fría y piedra lavada por la salmuera.
Peter Holloway ya no existía. Su cuerpo yacía quebrado en el fondo del arrecife, borrado por las olas con la misma indiferencia con la que el mar engulle las maderas podridas de un naufragio.
Y sin embargo, en el pecho de Liseth no había paz.
Había una oquedad inmensa, un páramo desolado donde tres años de encierro, de correas de vaqueta y de humillación metódica habían consumido cualquier recuerdo de lo que significaba la ternura, la risa o la esperanza.
Se sentía como una herida que había dejado de sangrar, pero cuya cicatriz era tan profunda que impedía que el aire volviera a inflar los pulmones con normalidad.
«Ya está hecho», pensó, inclinando el torso hacia la nada, sintiendo el vacío tirar de sus faldas oscuras con el peso dulce del reposo definitivo. «La deuda está cobrada. Las piedras de Blackthorn no tienen nada más que reclamarme».
—Liseth.
La palabra cruzó el vendaval no como una orden de celador, sino como un susurro desgarrado que vibraba con un temblor puramente humano.
Julián Reid no corrió hacia ella. No intentó abalanzarse para sujetarla por la cintura en un forcejeo que pudiera precipitar la tragedia sobre las rocas resbaladizas.
Dio un paso lento, medido, con las botas de cuero crujiendo sobre la ceniza mojada de la plataforma.
Sus manos estaban abiertas hacia delante, vacías, desnudas de armas y de reproches, con las palmas alzadas hacia la lluvia.
—Mírame, por favor… —suplicó Julián, y en su voz de hombre templado por los rigores del puerto se quebró un sollozo seco que no intentó disimular—. Solo mírame a mí, Liseth.
Liseth volvió lentamente el rostro sobre el hombro.
A través de las gotas de agua que le empapaban las pestañas y del hollín que manchaba sus pómulos nobles, sus ojos avellana se clavaron en los del boticario.
Vio la levita rota de Julián, manchada de fango y cal; vio el surco de sangre en su sien derecha provocado por una esquirla de la vidriera; pero vio, sobre todo, una mirada limpia, honda, transparente como el agua de un manantial de montaña, donde no había juicio, ni miedo,
ni la menor sombra de rechazo hacia la mujer que acababa de prender fuego a una mansión señorial.
—Peter está muerto, Julián —dijo ella, con una voz suave que sonó extrañamente tranquila en mitad del vendaval—. Oakhaven se ha consumido. Mi juramento ha terminado… Ya no queda nada de mí para este mundo.
Julián dio otro paso hacia la brecha de la piedra. La distancia entre ambos se redujo a tres varas:
—Quedas tú, Liseth —respondió él, con una firmeza apasionada que cortó el frío del aire—.
Queda la mujer que se levantó de un camastro de tormento para cruzar un río helado con los pies descalzos.
Queda la mujer que protegió a Lady Clara Vance de caer en las garras de ese canalla.
Queda la mujer que me miró en la trastienda de mi botica y me devolvió la fe en la dignidad humana.
El boticario extendió su mano diestra hacia ella, con los dedos temblando por la intensidad de una emoción que desbordaba cualquier convención victoriana:
—Peter Holloway era un parásito que te robó el nombre para comprarse alfombras en esta colina, Liseth.
¿Vas a concederle su última victoria? ¿Vas a dejar que su memoria te arrastre a ese abismo negro?
¡Él no merece que tú mueras por sus pecados!
¡Merece que tú vivas para ver cómo su nombre se pudre en el olvido!
Liseth sintió que un estremecimiento violento le recorría la espina dorsal. Sus labios agrietados temblaron:
—Yo tengo las manos manchadas, Julián… Las marcas de los grilletes nunca se borrarán de mi piel. El olor a ácido fénico de la Celda 7 me perseguirá en cada alcoba, en cada espejo… ¿Qué vida hay para una mujer declarada demente por la ley de este país?
—Una vida a mi lado —dijo Julián, dando el paso definitivo hasta quedar a escasos dos palmos del borde, deteniéndose justo ante el límite de la piedra rota, mirándola con una devoción tan pura que iluminó la penumbra del amanecer—.
Una vida en la parte baja, donde nadie pregunta por los árboles genealógicos y donde la gente humilde sabe lo que vale un corazón leal.
Yo no veo a una paciente de asilo, Liseth.
Veo a la mujer más valiente, más hermosa y más noble que jamás ha pisado las costas de Yorkshire.
Julián dio el último paso.
No la agarró con violencia; colocó su palma abierta a escasos centímetros de los dedos fríos de la joven, ofreciéndosele como un puente tendido sobre la muerte:
—Toma mi mano, Liseth. No tienes que arder con los monstruos. Elige vivir. Por ti. Por la memoria limpia de tus padres… Y por mí, si es que mi cariño vale algo frente a tus sombras.
Liseth miró la mano de Julián.
Vio la piel curtida por los extractos botánicos, la cicatriz antigua en el pulgar y la calidez viva que manaba de aquellos dedos que habían lavado sus heridas con paciencia infinita.
Miró luego hacia abajo, hacia el abismo negro del mar embravecido; pero el agua ya no le pareció un refugio ni una cuna de paz.
Le pareció una fosa fría, el último cepo inventado por la cobardía de Peter Holloway para privarla de la luz del sol.
Una compuerta sellada durante tres años se quebró en el fondo del pecho de Liseth Sterling.
Un sollozo desgarrador, hondo, purificador y humano brotó de su garganta, barriendo de golpe la máscara de hielo y el delirio homicida que la habían sostenido en la tormenta. Las lágrimas rodaron por sus mejillas en dos arroyos ardientes que lavaron el hollín de su piel.
Liseth apartó la planta de su pie del borde del abismo.
Con un movimiento tembloroso, deslizó su mano derecha hacia delante y entrelazó sus dedos con los de Julián.
El contacto fue una resurrección eléctrica.
Julián cerró sus dedos como una tenaza de acero alrededor de los suyos y tiró de ella hacia el interior de la plataforma con un gemido de alivio inmenso.
Liseth cayó de rodillas sobre las losas de piedra, y Julián se arrojó al suelo junto a ella, rodeándola con ambos brazos, estrechándola contra su pecho con una fuerza protectora que desafiaba a los vientos del océano.
Liseth hundió el rostro en el paño húmedo del capote del boticario, aferrándose a sus hombros con las dos manos, llorando con un llanto convulsivo y torrencial que liberaba mil noches de terror, humillación y abandono.
Julián apoyó la barbilla sobre los cabellos cortos y castaños de la joven, besándole las sienes con una ternura infinita mientras sus propios ojos se anegaban en lágrimas de gratitud hacia los cielos:
—Estás a salvo, Liseth… —murmuraba él, meciéndola suavemente entre las cenizas de la torre—. Estás conmigo. La noche ha terminado.
Abajo, en la explanada de Oakhaven, el sonido de los cascos de una docena de caballos y las campanas de las bombas de mano de la brigada de extinción anunciaron la llegada del mundo exterior.
Un contingente de la policía portuaria de Blackcliff, encabezado por el inspector mayor del distrito y por el juez de guardia de la comarca —alertados por las denuncias anónimas que Julián había depositado en la intendencia antes de partir y por el resplandor descomunal del incendio—,
cruzaba las verjas de la hacienda entre las ruinas humeantes de las caballerizas.
En el descansillo inferior de la escalera exterior, los agentes encontraron a Silas Thorne arrastrándose sobre el fango con el hombro destrozado por el disparo del Webley, con la barba ensangrentada y el impermeable de caucho hecho jirones.
El director de Blackthorn intentó balbucear sus viejas amenazas sobre órdenes de captura y prerrogativas de la Ley de Lunáticos; pero la cartera de cuero encerado que Julián había dejado en manos del magistrado municipal no admitía réplica médica.
Los libros contables de la aduana, las copias de los cheques librados contra los fondos de los Sterling y las cartas autógrafas donde Thorne tasaba el precio del tormento de Liseth fueron suficientes para que el inspector mayor ordenara colocarle los grilletes de hierro en ambas muñecas antes de
que el sol despuntara sobre el horizonte.
Silas Thorne no regresaría a su asilo como director; regresaría como reo bajo custodia de la Corona, antes de que una comisión parlamentaria decretara la clausura definitiva y la demolición de los pabellones subterráneos de Blackthorn tres semanas más tarde.
Horas después, cuando los primeros rayos lívidos de la mañana comenzaron a teñir el mar del Norte de un gris plateado, Julián ayudó a Liseth a descender por la colina.
La joven caminaba envuelta en el capote de marinero del boticario, con el brazo entrelazado firmemente en el de él.
No miró hacia atrás para contemplar el esqueleto calcinado de Oakhaven, cuyas vigas de piedra humeaban contra el cielo como los restos de un monumento bárbaro; tampoco miró hacia la playa de guijarros donde los barqueros recuperaban los despojos de Peter Holloway entre las algas.
Caminaba con la frente alzada, sintiendo el aire salino y limpio de la costa llenar sus pulmones con una respiración que por primera vez en tres años le pertenecía por entero.