La novia de Blackthorn EPÍLOGO Mayo de 1885
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EPÍLOGO Mayo de 1885

Seis meses después, la primavera había devuelto la vida a las calles empedradas de la parte baja de Blackcliff.

El invierno atroz que consumió los acantilados era ya solo una historia que los viejos marineros relataban en las tabernas del muelle al calor de las jarras de cerveza negra.

En la colina alta, las ruinas de Oakhaven yacían desiertas, con las ortigas y las campánulas silvestres trepando por los sillares calcinados, convertidas en un hito de advertencia sobre los peligros de la ambición desmedida que la buena sociedad de la comarca prefería esquivar en sus paseos

dominicales.

Lady Clara Vance, advertida a tiempo de la podredumbre del hombre con quien estuvo a punto de desposarse, se había retirado discretamente a las propiedades de su familia en el sur de Inglaterra; y mediante un decreto extraordinario del Tribunal de la Cancillería en Londres,

el nombre de Liseth Sterling había sido formalmente rehabilitado ante los registros civiles del Reino, restituyéndosele el control pleno sobre los remanentes de las fincas y los consols de su linaje.

Pero Liseth no había regresado a los salones hipócritas de Highgate.

En la esquina de Salt Wharf Alley, la fachada de ladrillo de J.

Reid — Dispensary los cristales emplomados de la botica resplandecían de limpieza, y a ambos lados del umbral dos jardineras de terracota albergaban matas frondosas de romero, tomillo y lavanda que perfumaban el callejón con una fragancia balsámica y campesina.

En el interior de la botica, detrás del mostrador de nogal claro, Liseth Sterling pesaba con escrupulosa precisión unas flores secas de saúco en una pequeña balanza de platillos de bronce.

Vestía un traje sencillo de lino de color crema, con cuello cerrado por un broche discreto de plata y mangas ajustadas que cubrían con elegancia las cicatrices de sus muñecas: marcas que ya no quemaban como cadenas,

sino que reposaban sobre su piel como las condecoraciones mudas de una batalla ganada a la muerte.

Su cabello castaño oscuro había crecido hasta rozarle los hombros, peinado con ondas suaves y brillantes que caían con libertad alrededor de un rostro que había recuperado la lozanía sonrosada de la juventud.

Una mujer de pescador con un chiquillo en brazos recogió el paquete de papelina y depositó dos peniques de cobre sobre la madera con una sonrisa reverente:

—Que Dios bendiga sus manos, señora Reid. La infusión de corteza que me dio la semana pasada le cortó las toses al niño como por ensalmo.

Liseth sonrió con una dulzura serena, luminosa, que nacía del fondo de su alma:

—Abríguelo bien por las noches, señora Higgins, y dele una cucharada de miel con limón al amanecer. El aire del muelle se volverá más cálido antes del domingo.

La mujer se despidió con una reverencia y cruzó la puerta de la botica, haciendo tintinear la campanilla de latón.

Desde la trastienda, secándose las manos en un paño de hilo tras limpiar las retortas del laboratorio, emergió Julián.

El boticario vestía su chaleco de lana gris y una camisa blanca de mangas remangadas. Se detuvo junto al mostrador, apoyando una mano sobre la madera pulida, contemplando a Liseth con una mirada que rebosaba un amor reposado, profundo e inquebrantable.

—Las cuentas de la mañana están cerradas —dijo Julián con una leve sonrisa cómplice asomando a sus labios—.

Y el vapor de Hull acaba de descargar las tres cajas de corteza de quina que encargamos para el hospicio.

Si la señora boticaria me lo permite… creo que tenemos media hora antes de que comiencen las consultas del turno de tarde.

Liseth dejó la espátula de marfil sobre el secante, rodeó el mostrador con pasos ligeros y se detuvo frente a él.

Alzó sus ojos avellana —dos pozos limpios donde la sombra del asilo se había disuelto para siempre— y posó sus manos sobre el pecho del hombre, sintiendo bajo la tela del chaleco el latido firme y acompasado de un corazón que jamás le había fallado.

—La señora boticaria está completamente a su disposición, señor Reid —respondió ella con un susurro dulce, inclinando apenas la cabeza para apoyar la mejilla contra su hombro.

Julián la rodeó con ambos brazos, estrechándola contra su cuerpo con una ternura infinita, aspirando el perfume limpio a lavanda y a piel viva que manaba de su cabello.

Caminaron juntos hacia la puerta de servicio del zaguán y salieron al pequeño muelle de piedra que se abría hacia la bahía.

El mar del Norte, manso y azul bajo el cielo despejado de mayo, mecía suavemente las barcas de pesca amarradas a los norays de hierro.

No había tormenta en el horizonte; no había perros aullando en la ciénaga ni gotas de agua helada taladrando el cráneo en la oscuridad de una celda de granito.

Solo existía la inmensidad diáfana del océano, el graznido de las gaviotas volando en círculos sobre el agua y la brisa templada de la primavera acariciándoles la piel.

Julián deslizó sus dedos entre los de ella, entrelazando sus manos sobre la piedra caliza que dominaba la marea baja.

Liseth cerró los ojos por un instante, respiró hondo el aire libre de su nuevo hogar y apretó con fuerza los dedos del hombre que la había arrancado de las fauces del abismo.

La jaula de Blackthorn se había cerrado para siempre; el fuego de la locura se había purificado en el amor; y sobre la tierra limpia de Yorkshire, la novia de las cenizas era por fin, y para toda la eternidad, una mujer dueña de su propia luz.