La novia de Blackthorn CAPÍTULO 19 El borde del abismo
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CAPÍTULO 19 El borde del abismo

El balcón de la torre de vigía de Oakhaven pendía sobre la noche como un cadalso suspendido entre dos fuegos: a sus espaldas, la techumbre de la mansión se desmoronaba en una vorágine de vigas incandescentes y chispas doradas que teñían el cielo de un rojo sangre; al frente, cien pies más abajo,

el mar del Norte bramaba contra las peñas en un hervidero de espuma blanca y rompientes negras que aguardaban con la paciencia de un sepulcro sin fondo.

El viento soplaba allí arriba con una violencia sobrehumana, arrancando jirones de hollín caliente de las paredes y arrojando una lluvia de salitre y ceniza sobre los cuatro supervivientes del asedio.

Silas Thorne permanecía plantado en el umbral del caracol de piedra, bloqueando la única salida hacia la tierra firme.

Su figura maciza, envuelta en el impermeable de caucho vulcanizado que humeaba por el calor del piso inferior, parecía inmune al pavor cósmico que consumía la colina.

En sus manos huesudas sostenía la camisa de fuerza de lona encerada con las cinchas de cáñamo colgando como serpientes; sus ojos de pedernal, fijos en Liseth, despedían esa frialdad quirúrgica,

implacable y sádica que durante tres años había constituido la única ley conocida dentro de los muros de Blackthorn.

—¡Baja de esa balaustrada, Liseth! —gritó Thorne con su voz de trueno, compitiendo con el aullido del temporal y el crujido de las maderas que ardían bajo sus pies—. ¡No seas imbécil! ¡Ese boticario no puede salvarte! ¡Nadie puede salvar a una demente de su propio destino!

Julián Reid dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo entre el director del asilo y la joven.

El boticario levantó el revólver Webley con ambas manos firmes, alineando la mira de acero directamente con el entrecejo del anciano carcelero:

—¡Un solo paso más hacia ella, Thorne, y te dejo los sesos esparcidos sobre esos escalones!

—advirtió Julián, con una voz en la que vibraba una determinación absoluta, limpia de toda duda—.

Tengo en mi poder las cartas originales que enviaste a Holloway exigiendo cien guineas por torturar a esta mujer en tus sótanos.

Los alguaciles del puerto y el fiscal de York están subiendo la colina en este mismo instante; ¡la campana de la ciudad ya ha tocado a rebato!

¡Tu asilo está clausurado y tú vas a morir en la horca!

Silas Thorne soltó una carcajada seca, gutural, que sonó como el chasquido de dos piedras en una fosa:

—¿Los alguaciles? —se mofó el director, sin desviar la vista del cañón del revólver—.

Los alguaciles de Blackcliff comen de la mano del magistrado Vance, muchacho.

Y Vance firmará cualquier acta que yo ponga sobre su mesa antes de permitir que el nombre de su hija se manche con el escándalo de un burdel de locas.

¡Sois dos cadáveres hablando en una torre que se cae a pedazos!

En el suelo de la plataforma, acorralado entre las botas de Julián y los escombros de la balaustrada, Peter Holloway comenzó a removerse como un reptil herido.

La sangre de su hombro perforado manchaba las losas de granito con un reguero continuo; la quemadura química del láudano en sus ojos le impedía enfocar con claridad,

pero el instinto primario de la conservación física —esa cobardía visceral que siempre había guiado sus pasos— funcionaba con una lucidez desesperada.

Comprendió que Julián jamás dispararía contra un hombre desarmado, pero que Silas Thorne no vacilaría en dejarlo morir en el fuego para silenciar su testimonio ante la Corona.

Si Liseth salía viva de aquella torre, la carrera de Peter estaba acabada; si Liseth moría ante los ojos de Thorne, el cirujano aún podría pactar con el director una versión oficial que le permitiera huir a las colonias con lo que le quedaba de fortuna.

Una chispa de locura traicionera se encendió en las pupilas quemadas del cirujano.

Se puso en pie de un salto súbito, tambaleándose sobre sus botas de charol resbaladizas por el hollín húmedo. Ignorando el dolor atroz de su hombro destrozado, se abalanzó por la espalda hacia Liseth con el brazo izquierdo extendido, los dedos curvados en garras y la boca espumando de rabia salvaje:

—¡Tómala, Thorne! —aulló Peter con un chillido agudo que hendió la noche—. ¡Tómala a ella y déjame bajar! ¡Ella provocó el incendio! ¡Yo soy la víctima!… ¡Yo te pagaré todo lo que…

El cirujano se lanzó con todo el peso de su cuerpo para empujar a Liseth hacia los brazos de los celadores o arrojarla por el pretil si oponía resistencia.

Pero Liseth Sterling ya no era la muchacha confiada de los salones de Highgate.

Sus sentidos, templados en la vigilia de la Celda 7 y agudizados por el aire puro del océano, registraron la embestida en una fracción de segundo.

No gritó; no se paralizó por el miedo. Con un movimiento elástico, limpio y lateral, dio medio paso hacia la izquierda, girando sobre sus talones con la fluidez de una sombra que esquiva un golpe torpe.

Peter no encontró carne a la que aferrarse.

Sus dedos enguantados se cerraron sobre el vacío del aire empapado de lluvia. El impulso de su carrera ciega, combinado con la falta de visión del ojo derecho y la debilidad del hombro perforado, lo proyectó de lleno contra el tramo exterior de la balaustrada gótica de la torre.

¡CRRAAAACCKK!

El pretil de piedra arenisca, calcinado por el calor que subía desde los ventanales inferiores y corroído por décadas de salitre marino, no resistió el impacto de las doscientas libras del hombre desbocado.

Los sillares labrados se fracturaron por la base con un chasquido sordo.

Durante un segundo agónico, el tiempo pareció detenerse en la cúspide de Oakhaven.

Peter Holloway quedó suspendido en el vacío, de espaldas a la nada, con las piernas pataleando en el aire y los brazos agitándose en un intento desesperado por aferrarse al borde de la roca.

Su mirada aterrorizada se cruzó por última vez con los ojos avellana de Liseth, que lo contemplaba desde la plataforma con una serenidad mineral, inmutable, desprovista de odio y de triunfo: la mirada de un juez que observa la caída de una piedra arrojada por su propio peso.

—¡Liseth!… —fue el último grito que brotó de la garganta del cirujano, un estertor de espanto puro que el viento cortó en seco.

Sus dedos resbalaron sobre el granito mojado.

El cuerpo de Peter Holloway se precipitó en el abismo.

El descenso fue una sombra negra cayendo en línea recta hacia las profundidades del precipicio.

Cien pies más abajo, el impacto contra los arrecifes puntiagudos y el agua hirviente del mar del Norte fue invisible para los que estaban arriba, sepultado de inmediato por el rugido atronador de una ola colosal que reventó contra las peñas,

tragándose para siempre los restos del hombre que había vendido el alma por cuarenta mil libras en consols de la Corona.

Peter Holloway había dejado de existir sobre la faz de la tierra.

En la plataforma de la torre, Silas Thorne contempló el hueco vacío en la balaustrada con una mueca de asco despectivo:

—Un cobarde inútil… —masculló el director, escupiendo sobre las piedras—. Mejor así. Menos explicaciones para el juez de paz.

Thorne dio un paso hacia el centro del balcón, levantando la fusta de ballena hacia los dos celadores que aguardaban tras él con las escopetas:

—¡Disparad al boticario a las piernas! ¡Asegurad a la paciente número siete ahora mismo!

Pero Julián Reid no esperó la orden de fuego.

Apretó el gatillo del revólver Webley con una precisión matemática.

¡BANG!

El estampido del arma de seis proyectiles fue ensordecedor en el espacio angosto de la torre.

La bala de plomo de calibre cuarenta y cinco impactó de lleno en el hombro derecho de Silas Thorne, destrozándole la clavícula y arrancándole la fusta de la mano con un surco humeante que desgarró el impermeable de caucho.

El anciano carcelero soltó un rugido de dolor y retrocedió tambaleándose contra la entrada del caracol de piedra.

En ese mismo instante, la estructura interna de la torre de vigía claudicó ante el fuego.

Las vigas maestras que sostenían el tramo medio de la escalera de caracol cedieron bajo el calor del incendio.

Un estruendo colosal de mampostería y maderas encendidas se derrumbó hacia el pozo inferior, levantando una columna de humo negro y chispas que bloqueó por completo el descenso.

Los dos celadores armados, aterrorizados por el desplome y por el disparo, soltaron las escopetas y huyeron a la carrera hacia los jardines exteriores a través de las ruinas de la planta baja, dejando a su director malherido en el descansillo inferior.

Silas Thorne, arrastrándose con el brazo destrozado y la barba chamuscada, desapareció entre las sombras del humo que subía por el hueco de la escalera,

atrapado en la ratonera de su propia codicia mientras las sirenas de la policía portuaria comenzaban a sonar en la verja de los jardines de Oakhaven.

El balcón de piedra quedó en silencio.

Un silencio extraño, irreal, enmarcado únicamente por el rugido de las olas abajo y el crepitar de las últimas maderas que ardían a sus espaldas.

Julián bajó el revólver, con el brazo temblando por la descarga de adrenalina y el pecho agitado por la respiración entrecortada. Se volvió hacia la balaustrada, buscando la figura de la joven con una urgencia que le quemaba las entrañas:

—¡Liseth!… Se acabó… Thorne está vencido… Holloway ha caído…

Sus palabras se congelaron en sus labios.

Liseth Sterling estaba de pie sobre el borde mismo de la brecha abierta en la piedra, donde los sillares se habían quebrado hacia el abismo.

Sus pies descalzos rozaban el límite del precipicio. El viento del océano le azotaba las faldas de la saya oscura, pegándole la tela a las piernas; sus cabellos castaños, cortados con la gracia clásica que Julián le había otorgado en la botica, volaban libres sobre su frente despejada.

No miraba hacia la casona en llamas. No miraba las ruinas de su pasado.

Tenía la vista clavada en la negrura absoluta del océano, donde las crestas blancas de las olas se deshacían contra las rocas con una belleza salvaje, hipnótica y pacífica.

El fuego de su venganza se había extinguido por completo.

Peter estaba muerto; Silas Thorne estaba destruido; la mansión que compraron con su juventud era un montón de cenizas al viento.

Pero en el corazón de Liseth no había júbilo, ni alivio, ni victoria: solo un vacío inmenso, un desierto blanco donde tres años de dolor habían consumido cualquier recuerdo de lo que significaba estar viva.

Se sentía como una sombra que había cumplido su misión sobre la tierra. Una prófuga que no pertenecía al mundo de los vivos, marcada para siempre por las cicatrices de la Celda 7 y por el hedor del ácido fénico que ningún perfume de tocador podría borrar jamás.

El mar parecía tan tranquilo en su profundidad. Tan limpio. Tan ajeno a las trampas de los alienistas, a las cartas falsas y a las cadenas de vaqueta.

Liseth inclinó el cuerpo apenas dos pulgadas hacia delante, abriendo los brazos hacia la brisa marina, preparándose para dar el paso final hacia la única paz que creía posible.

—Liseth… —susurró una voz a su espalda.

No fue un grito de orden. No fue la voz de un carcelero exigiendo sumisión ni el aullido de un cobarde suplicando piedad.

Fue la voz de Julián Reid. Una voz rota por el terror más puro que un hombre puede experimentar cuando ve que el alma que ama está a punto de disolverse en la nada.

El boticario arrojó el revólver al suelo de piedra. Dio un paso lento hacia la brecha de la balaustrada, con las manos abiertas, desarmadas, temblando bajo la lluvia helada, deteniéndose a dos varas de ella para no precipitar la caída:

—No lo hagas, Liseth… Por lo que más quieras en este mundo… Mírame.

Liseth volvió lentamente la cabeza sobre el hombro.

Sus ojos avellana, anegados en dos lágrimas limpias que el viento secó en sus mejillas, se clavaron en los de Julián.

El abismo aguardaba bajo sus pies; la vida la llamaba desde la piedra; y en la cúspide de la noche de Blackcliff, el destino de la novia de Blackthorn dependía de un solo segundo y de una sola palabra.