CAPÍTULO 18 Fuego en las cortinas
El rugido del fuego devoró el aullido del temporal en menos de tres segundos.
Alimentada por el queroseno que Liseth había derramado sobre los lomos secos de más de dos mil volúmenes y por el terciopelo empapado de las cortinas, la llamarada inicial no fue una línea de lumbre;
fue una ola expansiva de calor sulfuroso que ascendió por las estanterías de caoba como una lengua viva.
El barniz antiguo de los paneles comenzó a hervir en una miríada de burbujas oscuras que reventaban con chasquidos agudos: ¡pop, pop, pop!
El aire de la biblioteca se convirtió en un horno de fundición.
En el vano de la puerta de roble, el efecto fue inmediato y devastador. La succión de oxígeno creada por la vidriera rota de la terraza atrajo una corriente violenta que proyectó la llamarada directamente hacia la brecha abierta por las hachas.
Uno de los celadores de Blackthorn —el hombre corpulento que sostenía la tralla de cuero— soltó un alarido desgarrador cuando una cortina de fuego le envolvió la manga de paño y la barba; retrocedió a trompicones por el corredor, rodando sobre las alfombras para sofocar la combustión.
Los dos mastines de presa, cegados por el humo espeso y abrasados por las chispas que caían del techo como lluvia de estaño derretido, soltaron chillidos agónicos de bestias derrotadas, tiraron de las correas con una fuerza desesperada y arrastraron a su perrero hacia el vestíbulo inferior,
negándose a enfrentar el abismo ardiente.
—¡Atrás! —rugió la voz de Silas Thorne desde el final de la galería, tosiendo por el humo negro que comenzaba a inundar la planta noble—. ¡Salid a los jardines! ¡Cerrad las salidas del acantilado antes de que el fuego alcance las caballerizas!
La puerta de la biblioteca se cerró de golpe bajo la caída de una viga transversal encendida que se desplomó desde el artesonado, bloqueando el corredor interior con un muro de carbón y llamas.
En el interior de la estancia, la supervivencia se medía en bocanadas de aire.
Peter Holloway yacía boca abajo sobre la alfombra de Esmirna, tosiendo con un estertor agónico que le arrancaba flemas de sangre.
El calor sofocante del incendio le quemaba la piel del cuello; sus ojos abrasados por el láudano apenas distinguían el resplandor anaranjado que lo rodeaba por los cuatro costados.
Comprendió, con la lucidez desesperada del condenado, que si permanecía en el suelo de la biblioteca dos minutos más, sus pulmones inhalarían el humo de queroseno y sus huesos se calcinarían sobre las cenizas de sus propios libros mayores.
El instinto animal lo puso en pie.
Sujetándose el hombro perforado por el bisturí con una mano ensangrentada, Peter se arrastró hacia la única salida que no ardía: la vidriera destrozada que comunicaba con la terraza exterior.
Julián Reid ya había empujado a Liseth a través del vano.
El contraste térmico en la cornisa de piedra fue un latigazo salvaje.
El viento del este soplaba con ráfagas de cincuenta nudos, cargado de agua salina y espuma que golpeaban la roca viva con la fuerza de un temporal polar; pero en lugar de apagar el fuego, el aire marino actuaba como el fuelle de una fragua cósmica.
A través de los ventanales de la planta baja, las llamas de Oakhaven comenzaron a asomar sus lenguas por encima de los aleros de piedra, devorando los cortinajes del salón de música y trepando por las enredaderas secas de la fachada occidental.
—¡Liseth, por aquí! —gritó Julián, tomándola firmemente del brazo para sostenerla contra el vendaval—. ¡El sendero de la cala está cortado por el mar! ¡Tenemos que alcanzar la torre de vigía antes de que la techumbre colapse!
Liseth no retrocedía; avanzaba con la cabeza erguida, con la saya de paño empapada por la lluvia y los ojos avellana reflejando el incendio como dos ascuas de pura justicia.
Se volvió sobre sus talones.
A escasos tres pasos de ellos, cruzando el vano de la ventana rota entre el humo denso, Peter Holloway emergió en la terraza como un espectro quemado.
Su levita de paño negro humeaba en los codos; el rostro, cubierto de hollín y sangre seca, parecía una máscara de ceniza; y en su mirada desorbitada no había ya rastro de súplica: solo el terror salvaje del náufrago que busca una tabla a la que aferrarse para no hundirse en el abismo.
—¡No me dejes aquí! —aulló Peter, abalanzándose hacia Liseth con el brazo izquierdo extendido, intentando asir el vuelo de su capa con dedos crispados—. ¡Tú provocaste esto!… ¡Tú me trajiste este fuego!… ¡Sácame de aquí, Liseth!
Julián se interpuso de inmediato, alzando el revólver Webley con el percutor montado:
—¡Atrás, Holloway! ¡Un solo paso más hacia ella y te arrojo por la balaustrada!
Peter se detuvo en seco, temblando sobre sus piernas vacilantes, mirando el cañón de acero del arma y luego el vacío negro que se abría a su izquierda.
Cien pies más abajo, el mar del Norte rugía entre las rocas puntiagudas del acantilado en un hervidero de espuma blanquecina. No había playa; no había arena: solo una pared vertical de esquisto negro contra la que las olas estallaban con el estrépito de explosiones subterráneas.
En ese instante, la arquitectura de Oakhaven sufrió su primera fractura mortal.
¡CRRAAAACCKK!
El tejado de pizarra de la biblioteca colapsó hacia el interior con un estruendo telúrico.
Una columna de chispas doradas, vigas incandescentes y nubes de hollín negro se elevó cincuenta pies hacia el cielo tormentoso, transformando la casona señorial en una antorcha visible desde diez millas mar adentro.
A lo lejos, en la bahía baja de Blackcliff, el eco de una campana comenzó a quebrar la noche: la campana del muelle sur, alertando a los vigías del puerto y a las brigadas de extinción de que la colina alta estaba ardiendo.
Los barcos fondeados en la rada hicieron sonar sus sirenas de vapor en un coro fúnebre que anunciaba el fin del feudo del doctor Holloway.
Pero en la terraza de la mansión, el peligro no venía del mar.
Desde el ángulo sur de la cornisa, ascendiendo por la escalera de piedra que comunicaba los jardines con el mirador superior, aparecieron tres siluetas recortadas contra el resplandor de las llamas.
Dos celadores de Blackthorn armados con escopetas de caza de dos cañones y, detrás de ellos, impasible bajo su capote de caucho negro, el doctor Silas Thorne.
El director del manicomio no llevaba antorchas; el resplandor del incendio iluminaba su barba blanca y su mirada implacable con la nitidez de un mediodía sangriento.
Sostenía en la mano izquierda una pesada camisa de fuerza confeccionada en lona de vela reforzada con cinchas de cáñamo y hebillas de hierro: el mismo instrumento con el que había sometido a Liseth durante tres inviernos en la Celda 7.
—¡Se acabó la fiesta, señorita Sterling! —bramó Thorne, avanzando con pasos pesados sobre la piedra resbaladiza—. ¡Los alguaciles del puerto están retenidos por la plebe en el muelle bajo! ¡Nadie subirá a esta colina antes de que la lluvia apague las cenizas!
El médico alzó la fusta de ballena hacia Julián Reid:
—Baja esa arma, boticario. Conozco tu nombre y el de tu botica de tres peniques. Si disparas contra mis celadores, no serás más que un cómplice abatido en flagrante delito de sedición y rapto. ¡Entrégame a la paciente y podrás bajar a tu tienda a contar tus frascos de vinagre!
Julián no bajó el revólver. Mantuvo el brazo firme, alineando la mira de hierro con el centro del pecho de Thorne:
—Tengo las pruebas de los sobornos de Holloway, Thorne. Tengo las cartas que enviaste a Leeds pidiendo cien guineas por cada mes de aislamiento en la Celda 7. Tu asilo está condenado por la ley de este país; y tú vas a terminar en la misma fosa donde enterrabas a tus enfermas.
Una risotada seca y gutural escapó de la garganta del anciano director:
—¿La ley de este país? —escupió Thorne con desprecio salvaje—. ¡Yo soy la ley médica de este condado! ¡La palabra de dos alienistas colegiados vale más que todos los libros de aduana que hayas podido robar en los muelles! ¡Prendedlos! ¡A los tres!
Los dos celadores dieron un paso al frente, levantando las culatas de sus escopetas.
Liseth comprendió que el espacio se había agotado.
A sus espaldas, la biblioteca era un horno de llamas que lamía las piedras de la terraza; a su izquierda, el abismo marino rugía con una violencia hipnótica; y al frente, los carceleros de Blackthorn avanzaban con las cadenas listas para devolverla a la jaula.
Miró a Julián. Sus ojos avellana se cruzaron con los del boticario en una despedida muda, cargada de una ternura tan desgarradora que a Julián se le heló la sangre en el pecho:
—No volveré a esa celda, Julián —susurró ella, con una voz suave que el viento apenas alcanzó a rozar—. Nunca más.
Antes de que Julián pudiera sujetarla por el brazo, Liseth dio media vuelta y corrió hacia la escalera de caracol exterior que ascendía hacia la plataforma superior de la torre de vigía: el balcón de piedra más alto de Oakhaven, suspendido directamente sobre la caída vertical del acantilado.
—¡Liseth! —gritó Julián, desesperado, lanzándose tras ella.
Peter Holloway, al ver que la joven ganaba la altura y comprendiendo con pánico animal que Thorne no dudaría en volarle la cabeza para callar su testimonio, echó a correr tras ellos, subiendo los peldaños de caracol a trompicones, manchando la piedra de sangre con cada pisada.
—¡Arriba! ¡No la dejéis saltar! —rugió Silas Thorne, persiguiéndolos con la camisa de fuerza en alto.
El ascenso fue una carrera vertiginosa entre el humo negro y la lluvia helada.
Los peldaños de piedra caliza estaban resbaladizos por la ceniza mojada; el calor que subía desde los ventanales inferiores quemaba las suelas de los botines, mientras el aire marino que azotaba la torre enfriaba la piel hasta el entumecimiento.
Liseth alcanzó la plataforma superior en primer lugar.
El balcón de la torre de vigía era un semicírculo de piedra de apenas doce pies de diámetro, protegido por una balaustrada gótica calada de tres pies de altura.
Desde allí arriba, el espectáculo era de una majestad dantesca: Oakhaven entera ardía bajo sus pies como un navío de guerra naufragado en mitad de la noche; las columnas de fuego iluminaban el mar durante dos millas a la redonda, tiñendo las crestas de las olas de un color rojo cobrizo;
y el viento aullaba en los pináculos de la torre con la furia de un cataclismo bíblico.
Liseth se detuvo al borde mismo de la balaustrada.
Apoyó la espalda contra la piedra cortada a pico, mirando hacia el suelo del balcón donde Peter Holloway acababa de irrumpir a gatas, exhausto, con el hombro ensangrentado y el rostro bañado en un sudor de muerte.
Julián llegó un segundo después, con el Webley en la mano, plantándose entre la escalera y la joven con el pecho agitado por la subida.
Y tras ellos, bloqueando la única vía de descenso con su corpulencia de oso polar, apareció Silas Thorne.
El director de Blackthorn respiraba pesadamente, con la barba manchada de hollín y los ojos inyectados en una cólera demencial.
Desplegó la camisa de fuerza de lona encerada sobre sus brazos con un chasquido de correas de cuero que sonó en los oídos de Liseth como el eco exacto de su primera noche en la Celda 7:
—¡Aquí termina el viaje, señorita Sterling! —gritó Thorne por encima del rugido de las llamas y del mar—. ¡El fuego no te salvará! ¡De este acantilado no saldrás si no es atada a mi camastro!
El círculo del destino se había cerrado sobre la torre de Oakhaven.
El fuego devoraba las vigas bajo sus pies; el mar aguardaba en el fondo del precipicio; y entre las cenizas del pasado y la libertad del mañana, la última batalla por el alma de Liseth Sterling estaba a punto de librarse en el borde mismo del abismo.