CAPÍTULO 17 El asedio de Thorne
El primer golpe contra la puerta principal de Oakhaven no sonó como una llamada humana; sonó como la caída de un árbol centenario partiéndose bajo el rayo.
¡BAM!
El eco del hachazo atravesó las galerías de la planta noble, retumbando en las vigas maestras del artesonado con una vibración metálica que hizo tintinear los caireles de cristal en el salón de baile desierto.
Dos segundos después, un segundo impacto de hierro contra roble astilló los tablones del portalón: ¡CRAC!
El marco de piedra caliza cedió con un gemido de mortero deshecho y el viento de la tormenta marina se precipitó hacia el interior de la mansión, arrastrando consigo el aullido feroz, gutural e incontenible de cinco mastines de presa que olían la sangre fresca desde el zaguán.
En las buhardillas del tercer piso, el pánico estalló en un coro de gritos agudos.
Las criadas y los mozos de servicio, despertados por el estruendo de los cerrojos reventados, asomaron a la barandilla de la escalera con camisones blancos y velas temblorosas.
Al ver las antorchas de brea y las siluetas corpulentas de cuatro celadores armados con garrotes y hachas de bombero irrumpir en el vestíbulo pisoteando las alfombras persas con botas enfangadas, los sirvientes huyeron despavoridos hacia las salidas traseras de las caballerizas,
abandonando la casa a su destino.
A la cabeza de los invasores, con la parsimonia de un general en una plaza tomada, avanzaba el doctor Silas Thorne.
El director del Asilo de Blackthorn vestía un capote impermeable de caucho vulcanizado negro, brillante por la lluvia, que le caía hasta los tobillos como una armadura de cuero de ballena.
Su barba blanca, recortada en una línea cuadrada y severa, contrastaba con la tonalidad cetrina de su rostro ancho y huesudo; sus ojos pequeños, fríos y penetrantes como dos esquirlas de pedernal, recorrían la arquitectura neogótica de Oakhaven sin pestañear.
En la mano derecha empuñaba una fusta corta de ballena con empuñadura de plomo; en la izquierda sostenía con brazo de hierro las tres correas de cuero que sujetaban a los dos sabuesos de cabeza más pesada, cuyas mandíbulas babeaban espuma sanguinolenta sobre el parqué de roble.
—¡Buscad en el ala oeste! —bramó Thorne, con una voz profunda, tubular y autoritaria que llenó la nave del vestíbulo—.
¡El rastro de sangre del celador Garrow termina en esta colina!
¡Traed la camisa de fuerza de lona encerada y las manoplas de doble candado!
¡A la mujer la quiero viva; al resto de los que se interpongan, respondedles con el hierro!
En el interior de la biblioteca, el aire se había vuelto tan denso que costaba inflar los pulmones.
Peter Holloway permanecía de rodillas junto al zócalo de la chimenea, comprimiéndose la herida del hombro con la mano izquierda mientras la sangre espesa se le escurría entre los dedos, manchando de negro los encajes de su camisa.
El jerez emponzoñado que Liseth le había arrojado a la cara le quemaba las órbitas con una agonía química continua; a través de una niebla de lágrimas sanguinolentas, el cirujano vio la sombra de la muerte cernirse sobre su propio hogar.
El pánico borró los últimos restos de su soberbia.
Gateó sobre las rodillas hacia la puerta de doble hoja de la biblioteca, arrastrando las piernas como un animal mutilado. Pegó la boca a la rendija del ojo de la cerradura y comenzó a chillar con una voz estrangulada, aguda, desgarrada por la histeria:
—¡Thorne! ¡Por el amor de Dios, Silas! ¡Soy yo, Peter! ¡El doctor Holloway! ¡La tengo encerrada aquí dentro!… ¡La loca está desarmada!… ¡Derriba esta puerta y sácame de aquí!… ¡Te pagaré quinientas libras!… ¡Mil libras de oro en pagarés de York!
Los pasos pesados de Silas Thorne en el corredor exterior se detuvieron frente a la madera de roble.
Durante tres segundos interminables, solo se escuchó el jadeo ansioso de los mastines rascando el zócalo exterior con sus garras curvadas: ras, ras, ras.
Luego, la voz del carcelero de Blackthorn llegó a través de la madera con una frialdad tan clínica, tan desprovista de compasión humana, que las palabras sonaron como una sentencia inapelable:
—Llegas tarde con tus sobornos, Peter. Tres días tarde.
Holloway enmudeció en el suelo, con la frente pegada a las losas frías.
—El carruaje postal de Londres trajo ayer al fiscal de la Corona a la posada de San Martino —prosiguió la voz de Thorne desde el pasillo, pausada y atronadora—.
Un pasquín anónimo ha comenzado a circular por las redacciones de Leeds denunciando los internamientos ilegales y la contabilidad secreta de nuestro pabellón de refractarias.
Tu nombre y el mío figuran en la cabecera del libelo, muchacho.
Tu carrera de caballero está muerta; y la reputación de mi institución no puede tolerar el testimonio de un cómplice cobarde que se deja acorralar en su propio gabinete.
Peter abrió los ojos con una mirada desorbitada por el espanto.
—¿Qué… qué estás diciendo, Thorne?… ¡Yo te pagué! ¡Cumplí cada entrega trimestral!
—Digo que una paciente homicida fugada que degüella a su antiguo prometido en un acceso de furor maníaco antes de ser reducida por los celadores es un caso médico cerrado que ningún tribunal se atreverá a cuestionar —sentenció el director desde la penumbra exterior—.
La señorita Sterling volverá a la Celda 7 en un cajón de plomo sellado; y tú, querido Peter, serás enterrado en el panteón de los mártires de la ciencia con todos los honores de la gentry comarcal.
Peter soltó un alarido de terror puro, golpeando la madera con el puño ileso:
—¡Monstruo! ¡Maldito carnicero! ¡Abrid esa puerta!
—¡Echaos atrás! —ordenó Thorne a sus celadores en el pasillo—. ¡Derribad los cuarterones! ¡Abrid paso con las hachas!
En el centro de la biblioteca, Julián Reid y Liseth Sterling se miraron durante una fracción de segundo.
El boticario sostenía el revólver Webley con las dos manos firmes, apuntando al centro de la puerta de roble. Su respiración era rápida pero acompasada; el capote de marinero empapado goteaba sobre la alfombra, pero en sus ojos oscuros no había vacilación alguna.
—Son cuatro hombres armados y dos mastines en el corredor —dijo Julián en un susurro rápido, evaluando la situación con la frialdad de quien ha visto naufragios en los rompientes del puerto—.
Y afuera, en la cornisa del acantilado, otros dos celadores han cerrado el paso de la terraza con faroles de carburo.
Estamos cercados, Liseth. Si abro fuego, abatiré a dos de ellos antes de que me alcancen con las hachas, pero los perros te despedazarán antes de que cruces el vano.
Liseth dio un paso hacia el escritorio.
En su rostro de porcelana no quedaba una sola brizna de miedo.
La presencia de Silas Thorne —el hombre que durante tres años había personificado la tiranía absoluta sobre su carne y su espíritu— no provocó en ella el pánico ciego de la reclusa de la Celda 7; provocó una lucidez terminal, soberana y majestuosa.
Comprendió en ese instante exacto que el destino no admitía medias tintas: si salían vivos de aquella biblioteca bajo la custodia de la justicia ordinaria, el dinero del magistrado Vance y la influencia de Thorne en los tribunales de York terminarían por sofocar los papeles de Julián.
La maquinaria del asilo era un monstruo que solo se alimentaba de silencio.
Y para romper el silencio, hacía falta una llamarada que se viera desde la mitad del océano.
—No vamos a rendirnos, Julián —dijo ella, con una voz suave que cortó la tensión como un diamante sobre vidrio—. Silas Thorne vino a buscar a su presa en la oscuridad; pero esta noche, la oscuridad de Oakhaven va a desaparecer para siempre.
Liseth tomó la lata de queroseno de dos pintas por el asa de latón.
Con un movimiento rápido de sus dedos, desenroscó la boquilla de metal. El olor penetrante, denso, volátil y oleoso del destilado de petróleo inundó la biblioteca de golpe, desplazando el aroma a jazmín y el hedor del jerez rancio.
Caminó hacia la pared oriental, donde las monumentales estanterías de caoba sostenían más de dos mil volúmenes de tratados médicos encuadernados en papel de trapo seco y cordobán antiguo.
Inclinó la lata.
Un chorro continuo y brillante de queroseno comenzó a bañarlo todo: regó los lomos de los libros de medicina; empapó los pesados cortinajes de terciopelo carmesí que colgaban junto a la vidriera abierta;
salpicó los pliegos de las confesiones notariales y los libros mayores de la clínica sobre el escritorio; y trazó una línea gruesa de combustible sobre la alfombra de Esmirna, uniendo la base de la chimenea encendida con el zócalo de la puerta de roble.
Peter Holloway, acorralado en el suelo, vio el líquido negro empapar la lana a escasas pulgadas de sus rodillas.
—¡Estás loca! —chilló el cirujano, agitando las manos en el aire con un pavor demencial—. ¡Vas a quemar la mansión! ¡Vamos a arder todos aquí dentro!
—Esta casa se construyó con la sangre de mi padre, Peter —respondió Liseth, vaciando las últimas gotas del queroseno sobre las cortinas rotas por el viento—. Y el fuego es el único desinfectante que le queda a tu gabinete.
¡CRRAAAACCKK!
En ese instante, la hoja de una colosal hacha de bombero atravesó el cuarterón superior de la puerta de roble desde el pasillo. La madera astilló hacia el interior en una lluvia de esquirlas afiladas.
El hocico negro y ensangrentado de uno de los mastines asomó por la hendidura, enseñando los colmillos babeantes con un aullido de rabia asesina que heló la sangre de Peter.
Detrás del perro, a través de la brecha abierta en la madera, apareció el rostro de Silas Thorne.
El director de Blackthorn contempló el interior de la biblioteca a la luz de las antorchas exteriores.
Vio a Peter herido en el suelo; vio a Julián con el revólver amartillado; y vio a Liseth Sterling, erguida junto a la chimenea, sosteniendo en la mano derecha una cerilla de azufre de cabeza roja sobre una caja de lija.
Los ojos de Thorne se abrieron con una mezcla de sorpresa y furia zoológica.
—¡Sterling! —rugió el director, y su voz sonó como el trueno de un sepulcro—. ¡Suelta esa cerilla y ponte de rodillas! ¡Tú me perteneces! ¡Tú eres la paciente número siete de mi registro y de aquí no saldrás viva si no es con las correas puestas!
Liseth alzó la barbilla. Miró al hombre que la había sumergido en salmuera helada, que la había rapado a tijeretazos y que había intentado extinguir su alma en el fango de los páramos.
Una sonrisa luminosa, hermosa y despiadada iluminó las facciones de la joven.
—Yo no pertenezco a su registro, doctor Thorne —dijo Liseth con una voz clara, rotunda, que resonó en la estancia con la majestad de un decreto divino—. Yo soy la novia de Blackthorn… y este es mi banquete de bodas.
Frotó la cerilla contra la lija.
La chispa de azufre prendió en una lengua de fuego azul que bailó en el aire durante una fracción de segundo.
Liseth arrojó la cerilla encendida directamente sobre el terciopelo empapado de queroseno de los cortinajes.
¡FFUUUUSSHHH!
El fuego no tardó en nacer; explotó.
Una llamarada colosal de color naranja y escarlata se elevó tres metros hacia el artesonado de roble con el rugido de un león hambriento.
El calor de la deflagración fue tan brutal que la hoja del hacha atascada en la puerta se calentó al rojo vivo en un segundo; los mastines en el pasillo retrocedieron soltando alaridos de dolor por el pelo quemado, y los celadores retrocedieron a trompicones en el corredor exterior,
cegados por la cortina de humo negro y llamas que acababa de nacer en el ala oeste.
El cerco de Thorne se había roto contra una muralla de fuego.
Julián Reid se abalanzó sobre Liseth, rodeándole la cintura con el brazo izquierdo para apartarla de la primera onda expansiva mientras mantenía el revólver en la diestra:
—¡Hacia la terraza! —gritó el boticario a través del rugido de las llamas—. ¡Hacia la cornisa superior antes de que el humo nos asfixie!
El asedio de Oakhaven había terminado en una explosión de ceniza; y en lo alto del acantilado, la mansión del doctor Peter Holloway comenzaba a arder como una antorcha funeraria sobre el mar embravecido.