CAPÍTULO 16 La máscara arrancada
El viento del mar del Norte aulló a través de la vidriera destrozada de la terraza como una jauría de lobos entrando en una cripta profanada.
Las cortinas de terciopelo carmesí se retorcían en el aire en remolinos pesados, empapadas por la lluvia torrencial; los papeles de vitela y los libros mayores de la clínica salían despedidos contra las paredes, golpeando los estantes de caoba con un aleteo enloquecedor.
En el centro de la biblioteca, la penumbra apenas era rasgada por el resplandor lívido de los relámpagos que caían sobre las rompientes del acantilado, iluminando por fracciones de segundo las tres figuras inmóviles sobre la alfombra de Esmirna.
Peter Holloway vio en la irrupción de Julián Reid la única brecha para salvar el pellejo.
Creyendo que la presencia del boticario armado paralizaría a Liseth, el cirujano se arrojó hacia delante con la desesperación de una rata acorralada.
Sus dedos crispados buscaron el abrecartas de bronce pesado sobre el escritorio, dispuesto a derribar a la joven de un golpe para ganar la puerta francesa.
Liseth no dudó. No hubo vacilación en sus nervios templados por tres años de oscuridad.
Con la mano izquierda tomó la copa de jerez emponzoñado que descansaba sobre el cuero y arrojó el líquido con un movimiento en arco, seco y fulgurante, directamente contra el rostro de su verdugo.
El impacto fue demoledor.
La mezcla alcohólica de jerez añejo, diez dracmas de láudano puro sin rebajar y extracto de belladona golpeó los ojos muy abiertos y las fosas nasales de Peter como una llamarada de aceite hirviendo.
El alcaloide concentrado de la adormidera y la atropina penetró en las conjuntivas de sus ojos con una quemadura química atroz, abrasándole las córneas en una fracción de segundo.
Peter soltó un alarido salvaje, desgarrador, llevándose ambas manos a la cara mientras retrocedía a ciegas:
—¡Mis ojos!… ¡Maldita perra, mis ojos!
Antes de que el cirujano pudiera recuperar el equilibrio, Liseth dio un paso al frente.
El bisturí de amputación de mango de ébano brilló bajo el resplandor de un relámpago.
Con un golpe seco, descendente, limpio de cualquier temblor, hundió la hoja de doble filo en el hombro derecho de Peter, atravesando la hombrera de paño inglés y la carne del deltoides hasta rozar la cabeza del húmero.
¡Fsssh!
El sonido del acero cortando el músculo vivo fue amortiguado por el rugido del trueno. La sangre arterial, caliente y oscura, brotó en un surco denso que empapó el chaleco de piqué del cirujano.
Peter cayó de rodillas sobre la alfombra, aullando de dolor y ceguera, con el brazo derecho inmovilizado por la herida punzante, apoyando la frente contra el zócalo de la chimenea mientras se retorcía como un perro apaleado.
Liseth alzó el bisturí de nuevo.
Sus ojos avellana, fríos como la superficie de un pozo congelado, se clavaron en la base del cuello del hombre caído: la hendidura exacta donde la arteria carótida late bajo la piel fina.
Un solo corte más, un movimiento de tres pulgadas de acero, y la deuda de Highgate quedaría cancelada para siempre sobre la lana ensangrentada.
—¡Liseth, no!
El grito de Julián Reid cortó el vendaval.
El boticario atravesó la estancia en dos zancadas largas, arrojó el revólver Webley sobre el sillón orejero para no intimidarla y se interpuso entre el cirujano agonizante y la joven.
Con ambas manos enguantadas, firmes pero desprovistas de violencia, Julián atenazó la muñeca derecha de Liseth, deteniendo la trayectoria del bisturí a escasas cuatro pulgadas de la garganta de Peter.
El choque de fuerzas fue brutal. Liseth tensó los tendones de su brazo con una furia sobrehumana; sus ojos llamearon con la ferocidad animal de la Celda 7, buscando zafarse del agarre:
—¡Apártate, Julián! —siseó ella entre dientes, con la voz quebrada por una respiración violenta que le inflaba el pecho—. ¡Apártate o te llevaré por delante! ¡Ese monstruo me robó el aire durante mil noches! ¡Tiene que pagar aquí!
Julián no soltó la muñeca. Sostuvo la mirada de la joven sin pestañear, clavando sus ojos oscuros en las pupilas febriles de Liseth con una fijeza inquebrantable, transmitiéndole a través del contacto la cordura, la dignidad y el calor que ella creía haber perdido en los pantanos:
—¡Mírame a mí, Liseth! —le ordenó Julián con una voz grave, templada como el hierro de una campana, que vibró por encima del aullido de la tormenta—.
¡Mírame a los ojos! Si le cortas la garganta ahora, sobre esta alfombra, no serás una mujer buscando justicia; serás la demente que Silas Thorne describió en sus informes de Yorkshire.
¡Serás la asesina que la horca de York espera para colgar al amanecer!
—¡No hay justicia para mí en este país! —gritó ella, forcejeando contra la tenaza de sus dedos—. ¡Tú mismo lo dijiste en la botica!
—¡La hay, Liseth! —replicó Julián, apretando con más fuerza para obligarla a escuchar—.
¡Tengo los libros de contabilidad de la aduana!
¡Tengo las copias de los cheques librados a Blackthorn!
¡Tengo el testimonio del empleado de la clínica!
La Corona no podrá encubrir este crimen cuando los periódicos de Londres tengan las pruebas en sus rotativas.
Míralo… ¡Míralo a los pies de su chimenea!
Ya no es el gran cirujano de Oakhaven; es una piltrafa arrastrándose sobre su propia sangre.
¡No manches tus manos con el cadáver moral de este cobarde!
En el suelo, apoyado contra el mármol manchado de hollín, Peter Holloway comenzó a soltar una risotada ronca, entrecortada, una carcajada desquiciada que brotó de su garganta mezclada con sangre y flemas amargas.
El cirujano se pasó la manga izquierda por los ojos abrasados por el láudano, pestañeando con dificultad a través de una nube de lágrimas sanguinolentas.
Al ver a Julián sosteniendo el brazo de Liseth, al comprender que la joven vacilaba entre la ejecución y la vida, la cobardía del arribista mutó en esa soberbia venenosa y mezquina que habitaba en el fondo de su ser.
—¡Míralos!… —escupió Peter, tosiendo con un estertor agónico mientras se sujetaba el hombro atravesado por el bisturí—. El boticario del muelle y la loca de la Celda 7… ¡Qué estampa tan conmovedora para el tribunal de su Majestad!
El cirujano levantó la cabeza con un esfuerzo titánico, clavando sus ojos inyectados en sangre en Liseth con un odio que destilaba pura ponzoña de clase:
—¿Crees que me arrepiento de haberte encerrado, Liseth?
—dijo Peter con una mueca de desprecio salvaje que le desfiguró las facciones—.
¡Eras un estorbo, maldita huérfana melancólica!
Llorando por los rincones de Highgate con tus vestidos de luto y tus escrúpulos de solterona…
¡No sabías qué hacer con esa fortuna! ¡Eras una niña rica sentada sobre cuarenta mil libras que no tenían dueño!
Una carcajada seca, cargada de bilis, escapó de los labios del herido:
—¡Disfruté cada chelín que gasté en Londres!
¡Disfruté cada botella de champán en el Club Carlton y cada tapiz que compré para esta casa sabiendo que tú estabas atada con correas de vaqueta en un sótano helado!
¡Te lo merecías, estúpida! ¡Te merecías cada gota de agua en la frente por haber creído que un hombre como yo podía amar a un saco de lágrimas como tú!
Liseth dio un respingo bajo el agarre de Julián. Sus ojos se abrieron desmesuradamente ante la brutalidad descarnada de la confesión.
Peter giró la cabeza hacia Julián, apuntándole con un dedo ensangrentado:
—¿Y tú crees que vas a destruirme con unos libros de cuentas de aduana, curandero de arrabal?
—se mofó Peter, babeando sobre su corbatín de seda—.
¡Mi futuro suegro es el presidente de la Sala de lo Criminal de este condado!
¡Los alienistas que firmaron el certificado de Liseth son miembros de la Real Sociedad Médica!
¿Quién va a creer la palabra de un boticario que atiende a prostitutas en los muelles y de una reclusa que le abrió la garganta a un celador con un plato roto?
¡Vais a ir a la horca los dos! ¡A la horca antes de que el sol despunte sobre el mar!
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto en el interior de la estancia.
Julián no aflojó la mano que sostenía la muñeca de Liseth, pero sus propios ojos se ensombrecieron con una frialdad homicida ante la vileza del hombre caído.
Liseth dejó de forcejear.
La furia ciega, ese fuego desatado que la había empujado desde los páramos hasta los acantilados, pareció transformarse en una materia diferente: un hielo puro, mineral, incorruptible.
La máscara de Peter Holloway había sido arrancada hasta la raíz; ya no quedaba un solo vestigio del prometido de Highgate, ni del cirujano ilustre, ni del caballero cristiano.
Solo quedaba el excremento moral de un siglo decadente que compraba la libertad de las mujeres con oro de prestamistas.
Lentamente, Liseth aflojó los dedos sobre el mango de ébano del bisturí.
El arma cayó sobre la alfombra de Esmirna con un chasquido sordo.
Julián soltó su muñeca, dejando escapar un suspiro hondo que sonó como una absolución. Tomó la mano de la joven entre las suyas, entrelazando sus dedos con una firmeza protectora que le devolvió el calor a la carne entumecida.
—Vámonos de aquí, Liseth —susurró Julián, mirándola con una ternura infinita—. Este hombre ya está muerto por dentro. La policía portuaria tiene los documentos; el fiscal de York abrirá las diligencias… No dejes que su inmundicia te robe un solo minuto más de vida.
Liseth miró a Julián. Por primera vez en tres años, una sombra de paz limpia asomó a sus pupilas.
Iba a responder; iba a dar el paso hacia la vidriera abierta para cruzar la terraza hacia el sendero de la libertad.
Pero la noche de Blackcliff aún no había terminado de cobrar su tributo.
A través del ventanal roto, por encima del rugido de las olas y del silbido del vendaval en los acantilados, un sonido siniestro rasgó la oscuridad de los jardines de Oakhaven.
Un ladrido coral, profundo, gutural, sediento de carroña fresca:
¡Auuuuh! ¡Guau, guau, guau!
Los mastines de sangre.
A escasos doscientos metros de la fachada principal, el estrépito de unos carruajes pesados frenando sobre la grava blanca sacudió la noche, acompañado por el grito bronco y autoritario de una voz que Liseth y Peter reconocieron en el acto con un estremecimiento de horror visceral:
—¡Rodead la casona! ¡Soltad a las bestias en los accesos al acantilado! ¡Nadie sale con vida de Oakhaven hasta que la paciente de la Celda 7 esté encadenada!
Silas Thorne.
El director del Asilo de Blackthorn había llegado a la colina.
La risotada de Peter Holloway se cortó en seco en su garganta. El color volvió a desaparecer de sus mejillas, reemplazado por un pavor tan agudo que comenzó a temblar con espasmos incontrolables:
—Thorne… —balbuceó el cirujano, arrastrándose sobre el suelo como un gusano aterrado—. ¡Thorne no viene a rescatarme!… ¡Viene a matarnos a todos para que el escándalo no llegue al Parlamento!…
Julián Reid recogió de un salto el revólver Webley del sillón orejero, amartillando el percutor con un chasquido metálico rotundo:
—Están en el patio principal —dijo el boticario, colocándose frente a Liseth con el arma en guardia—. Han traído a los celadores armados con hachas de bombero.
Liseth dio un paso hacia el escritorio.
Sus ojos avellana ya no miraban a Peter ni buscaban el bisturí en el suelo. Su mano izquierda se cerró con una determinación definitiva sobre el asa de latón de la lata de queroseno de dos pintas que descansaba junto a los libros mayores.
—Silas Thorne vino a buscar a su novia de Blackthorn —dijo Liseth, con una voz que vibró en la biblioteca como una sentencia bíblica—. Y va a encontrar el único lecho que le queda a esta casa.
El Acto IV entraba en su vórtice de destrucción; los carceleros derribaban los portones exteriores, y la pira de Oakhaven estaba a punto de recibir la primera chispa de su bautismo de fuego.