CAPÍTULO 15 La copa de láudano (La última trampa)
El sonido del cristal al chocar contra la madera de la credenza fue un tintineo tenue, casi imperceptible, amortiguado por el bramido del mar que azotaba los cimientos de Oakhaven.
Peter Holloway permanecía de espaldas a la habitación, con los hombros encorvados y la cabeza gacha, en la postura exacta de un penitente que busca consuelo en el fondo de una alacena.
Pero bajo las faldas de su levita de paño negro, sus dedos se movían con la celeridad espasmódica y precisa de un ladrón de postas.
Con la mano izquierda descorchó la licorera de cristal de Bohemia, dejando escapar el aroma denso, dulce y alcohólico de un jerez oloroso de cosecha añeja. Vertió dos dedos del licor dorado en la primera copa.
Con la mano derecha, oculta bajo el vuelo de su manga almidonada, extrajo del bolsillo secreto de su chaleco el frasquito de cristal azul cobalto.
El corazón de Peter latía con una violencia que le retumbaba en las sienes.
Sus ojos, inyectados en sangre, vigilaron de reojo el reflejo de Liseth en el vidrio de la licorera: la joven permanecía inmóvil junto al escritorio, con el bisturí de amputación en la mano y la mirada perdida en las brasas de la chimenea.
«Solo necesita un trago…», se repetía el cirujano en un monólogo febril que le quemaba las entrañas.
«El dulzor del jerez cubrirá el regusto metálico de la adormidera… En dos minutos los párpados le pesarán como planchas de plomo; en cuatro minutos perderá el control de los músculos de la garganta… Y cuando caiga sobre la alfombra, redactaré el informe forense:
suicidio por ingestión de veneno robado de la botica de Reid. El magistrado firmará el acta sin hacer preguntas y la tierra de Blackcliff sepultará el secreto para siempre».
Retiró el tapón esmerilado del frasquito con el pulgar.
Inclinó el vidrio azul sobre la segunda copa de cristal tallado. El líquido oleoso, espeso como melaza y de una tonalidad parda y negruzca, se deslizó por las paredes de la copa, mezclándose con el jerez en un remolino turbio antes de disolverse por completo bajo la superficie dorada.
Eran diez dracmas de tintura alcohólica de láudano puro sin rebajar, reforzado con extracto de belladona: una dosis hipnótica colosal, calculada no para inducir el sueño de una histérica, sino para fulminar los centros respiratorios del bulbo raquídeo en menos de ciento ochenta segundos.
Peter guardó el frasco vacío en el bolsillo interior, tomó una copa en cada mano y compuso en su rostro la máscara definitiva: esa expresión de arrepentimiento dulce, sumiso y desarmado que tantas veces le había abierto las puertas de los salones de Londres.
Se dio la vuelta despacio, arrastrando las botas sobre la alfombra de Esmirna con una lentitud respetuosa.
Caminó hacia el escritorio con los ojos bajos, sosteniendo las copas con un temblor estudiado que fingía debilidad nerviosa. Se detuvo a dos pasos de la mesa, inclinó levemente la cabeza y depositó la copa emponzoñada sobre el secante de cuero, a escasas tres pulgadas de los dedos de Liseth:
—Aquí tienes, Liseth… —dijo él, con una voz suave, quebradiza por una emoción postiza, buscando sus ojos avellana con una mirada que parecía suplicar clemencia—.
Es jerez de la frontera española. El mismo vino dulce que tomábamos en el jardín de invierno de tus padres las tardes de lluvia…
¿Te acuerdas? Cuando creíamos que el mundo nos pertenecía.
Liseth no miró la copa de inmediato. Mantuvo sus ojos fijos en las pupilas claras de Peter, midiendo cada parpadeo, cada gota de sudor frío que le perlaban las sienes y la respiración superficial que le agitaba el chaleco de piqué.
Peter tomó asiento en la silla de enfrente, colocando su propia copa —la copa limpia— junto a los pliegos de vitela en blanco y el tintero de plata.
—Bebamos por el fin del rencor, Liseth —prosiguió el hombre, extendiendo la mano derecha hacia la pluma de ganso con una resignación teatral—.
Déjame brindar por tu libertad antes de que mi mano estampe la firma que destruirá mi nombre ante la Corona.
Quiero saber que cuando los jueces lean mi confesión…
tú habrás bebido a la salud de la mujer que debiste ser.
Tomó su copa y la alzó hacia el centro de la mesa, aguardando con el pulso contenido el movimiento de la joven.
Liseth bajó la vista hacia la copa que descansaba frente a ella.
El cristal tallado reflejaba la luz trémula de la única vela del suelo en una miríada de destellos ambarinos y dorados. El jerez parecía limpio, espeso, aromático; una bebida de paz para sellar una rendición sin sangre.
Lentamente, con una mano que no mostraba el menor temblor, Liseth soltó el bisturí sobre la caoba y tomó la copa por el tallo fino.
Peter contuvo el aliento. En el fondo de su garganta, una risotada de triunfo salvaje estuvo a punto de quebrar su máscara de sumisión: la presa había mordido el anzuelo; la loca de Blackthorn iba a morir con sus propias manos antes de que la noche doblara su espina dorsal hacia el alba.
Liseth levantó la copa hacia su rostro.
Acercó el borde de cristal tallado a sus labios agrietados.
La distancia era de apenas media pulgada; el vapor del alcohol tibio le acariciaba la piel de la nariz.
Entonces, se detuvo.
El tiempo pareció congelarse en el interior de la biblioteca de Oakhaven.
Los ojos de Liseth no se cerraron para saborear el vino. Sus pupilas se abrieron con una fijeza marmórea; las aletas de su nariz se dilataron apenas un milímetro, inhalando con una profundidad milimétrica el aire que emanaba de la superficie del líquido.
El aroma era inconfundible.
Por encima flotaba el perfume azucarado de las uvas de Andalucía; pero por debajo de la madera y el alcohol, reptaba una pestilencia densa, pesada, metálica, dulzona y nauseabunda: el olor acre del láudano concentrado macerado en aguardiente de adormideras.
No era un olor que se pudiera olvidar con discursos ni con sedas de Londres.
Era el perfume exacto de la Celda 7. El hedor del embudo de peltre con el que Jem Garrow y dos celadores le quebraban los dientes para obligarla a tragar el sedante mientras su cuerpo se debatía amarrado a las correas de vaqueta.
Era la ponzoña con la que Silas Thorne adormecía los cerebros de las internas para que las comisiones de inspección de su Majestad solo encontraran idiotas babeantes en los jergones de paja.
Liseth no soltó la copa. Tampoco derramó una sola gota.
Bajó lentamente el brazo hasta apoyar la base del cristal sobre el cuero del escritorio con un chasquido suave, seco y definitivo.
Alzó la mirada hacia Peter Holloway.
En las pupilas de Liseth ya no había sombra de duda, ni tristeza, ni el menor resquicio de memoria compasiva: solo una claridad gélida, infinita, aterradora, que vació de golpe el alma del cirujano.
—Diez dracmas de tintura alcohólica de láudano puro, Peter —dijo Liseth con una voz tan suave que parecía una caricia de seda sobre una lápida—. Quizá un poco de extracto de belladona para paralizar el reflejo deglutorio y acelerar el síncope cardíaco.
El rostro de Peter mudó en una máscara de cal muerta. La copa limpia que sostenía en la mano derecha tembló con tanta violencia que el jerez salpicó los pliegos de papel en blanco, dejando manchas pardas sobre la vitela.
—¿De… de qué estás hablando, Liseth?… —balbuceó el hombre, intentando forzar una sonrisa que murió en un rictus de espanto—. Es jerez… El mejor jerez de la bodega…
—¿Creíste que tres años de encierro me habían embotado el olfato, doctor Holloway?
—prosiguió ella, inclinándose hacia delante sobre la mesa, con una frialdad que helaba el aire de la estancia—.
Olvidaste que la única medicina que tus setenta guineas me compraron durante mil noches fue esta misma ponzoña amarga.
Conozco el olor de la adormidera mejor que el perfume de mi propia madre.
Sé cuántas gotas hacen falta para que la lengua se hinche en la garganta; sé cuántas cucharadas se necesitan para que el pecho se detenga sin que el médico de guardia anote otra cosa que «paro cardiorrespiratorio por colapso nervioso».
Liseth empujó la copa emponzoñada hacia el centro de la mesa, deslizándola sobre el cuero hasta detenerla frente al plato de Peter.
—Si es solo jerez dulce para sellar la concordia… —dijo ella, clavándole los ojos avellana con una autoridad que no admitía escape—, bébela tú primero, Peter.
El cirujano retrocedió en su asiento como si le hubieran puesto una víbora viva delante de los ojos.
Sus manos se apartaron de la mesa con un espasmo de repugnancia absoluta; sus labios se abrieron en un jadeo de pánico, y al intentar levantarse de la silla, tropezó contra el reposapiés de caoba,
arrojando su propia copa de vino al suelo con un estrépito de cristal roto que empapó la alfombra de Esmirna.
—¡No! —chilló Peter con la voz rota por el terror animal del tramposo descubierto—. ¡No beberé esa porquería!
—¿Por qué no, Peter? —inquirió Liseth, poniéndose en pie con una lentitud majestuosa, tomando de nuevo el bisturí de amputación en la mano derecha—. ¿Acaso la medicina que recetaste para mi consunción no es digna de la garganta del cirujano de moda de Blackcliff?
Peter se quedó acorralado contra la chimenea.
Su máscara de arrepentimiento, su llanto de comedia y sus promesas notariales se desintegraron en el aire como humo barrido por un vendaval, dejando al descubierto al monstruo en su forma más pura y descarnada: un cobarde soberbio, enfurecido porque su última trampa se había roto entre sus dedos.
—¡Maldita seas, Liseth! —rugió Peter con los ojos desorbitados y la boca llena de espuma de rabia—.
¡Maldita seas mil veces! ¡Tendría que haberle pagado a Thorne el doble para que te abriera la cabeza con un trépano y te vaciara el cerebro en una jafaina!
¡Tú no eres una mujer; eres un engendro que se niega a pudrirse bajo tierra!
En ese preciso instante, antes de que Liseth pudiera dar un paso hacia él, un chasquido agudo resonó en la fachada occidental de la biblioteca.
¡CRASH!
El cuadrante inferior de la monumental vidriera francesa que comunicaba con la terraza exterior estalló hacia el interior en una lluvia de esquirlas de vidrio y masilla vieja.
Una ráfaga salvaje de viento marino, cargada de lluvia helada y olor a salitre, irrumpió en la estancia con la violencia de un ariete.
Los pesados cortinajes de terciopelo carmesí se inflaron como las velas de un navío a la deriva; los papeles sobre el escritorio salieron despedidos por los aires en un torbellino blanco, y la única vela que agonizaba en el zócalo se extinguió en seco,
sumiendo la biblioteca en una penumbra fantasmal, rota únicamente por el resplandor azulado de los relámpagos que desgarraban el cielo del mar del Norte.
A través del hueco del cristal roto, una mano enguantada se introdujo hacia el interior, palpando a tientas la falleba de hierro forjado.
¡CLAC!
El cerrojo de la ventana cedió.
Las dos hojas acristaladas de la puerta francesa se abrieron de par en par bajo el empuje de la tormenta, golpeando contra las estanterías con un estrépito de bisagras vencidas.
En el umbral, recortado contra el abismo negro del acantilado y el resplandor de las olas que reventaban cien pies más abajo, apareció una figura alta y corpulenta, empapada de lluvia, con el capote de paño militar chorreando agua y un revólver Webley de seis proyectiles empuñado en la mano diestra:
Julián Reid.
El boticario cruzó el vano de un salto ágil, plantándose en mitad de la biblioteca con el pecho agitado por la carrera y los ojos negros recorriendo la penumbra con una alerta feroz.
—¡Liseth! —gritó Julián con una voz que cortó el aullido del vendaval—. ¡Suelta ese acero! ¡Aléjate de él ahora mismo!
Peter Holloway soltó un aullido de espanto al ver aparecer a un segundo intruso armado en su gabinete privado.
Miró hacia la puerta del corredor, trancada con cerrojo de hierro; miró a Liseth, que sostenía el bisturí reluciendo bajo la luz de los relámpagos; y miró al boticario que avanzaba desde la terraza con un revólver amartillado.
El cerco se había cerrado por completo.
La farsa de la medicina victoriana, los sobornos de Blackthorn y la última trampa de la copa de láudano habían quedado reducidos a escombros en la biblioteca de roble.
El Acto III terminaba en mitad del vendaval marino; y en la colina de Oakhaven, la tormenta de fuego estaba a punto de desatarse sobre los culpables.