La novia de Blackthorn CAPÍTULO 14 La rendición de cuentas
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CAPÍTULO 14 La rendición de cuentas

La hoja de acero del bisturí de amputación descendió despacio, cortando el aire a escasas dos pulgadas del cuello almidonado de Peter Holloway. No llegó a rozarle la piel, pero la proximidad del metal frío bastó para que el cirujano sintiera el roce de la muerte sobre la arteria carótida.

—Ponte en pie, Peter —ordenó Liseth. Su voz no admitía réplica; carecía de la modulación chillona del histerismo que él tantas veces había descrito en sus informes clínicos; era una orden seca, marcial, de una sobriedad aplastante—.

Siéntate en esa silla. No voy a interrogar a un perro que se arrastra por el suelo.

Peter se incorporó con torpeza, tambaleándose como si la gravedad hubiera multiplicado su peso por diez.

Sus piernas parecían hechas de trapo húmedo; se arrastró hacia la silla de respaldo recto situada frente al gran escritorio y se dejó caer en ella, con las manos temblorosas apoyadas sobre las rodillas y el pecho subiendo y bajando en un jadeo asmático.

Liseth no se sentó.

Rodeó la mesa de nogal con la lata de queroseno en la mano izquierda, sosteniéndola por el asa de alambre con la naturalidad de quien porta una cesta de flores, mientras con la diestra mantenía el bisturí en posición de reposo, con el filo descansando contra el dorso de su propio antebrazo.

Se detuvo junto a la vitrina de caoba empotrada en el zócalo de la pared norte. Con la punta del pie, señaló un compartimento ciego cuya moldura imitaba la encuadernación de una enciclopedia médica:

—Abre la caja fuerte, Peter.

El cirujano alzó los ojos, anegados en un terror húmedo y viscoso.

—Allí… allí solo hay pagarés de la clínica… cartas comerciales…

—Abre la caja —repitió ella, sin levantar el tono, pero con un filo en la mirada que le heló la médula—.

Conozco la cerradura de combinación de mi padre desde que tenía diez años.

La hiciste trasladar desde el despacho de Highgate la misma semana en que me encerraste en la Celda 7.

Dos vueltas al sol y tres a la luna. ¿O prefieres que use el éter sobre tu rostro y te corte los dedos uno a uno hasta encontrar la llavecita de oro que llevas colgada de la cadena del chaleco?

Peter tragó saliva con un estertor agónico.

Con dedos torpes y desprovistos de su habitual pulso quirúrgico, introdujo la mano bajo el chaleco de piqué, extrajo una pequeña llave de latón y la encajó en el orificio disimulado entre los falsos lomos de cuero.

Hizo girar el mecanismo: tres chasquidos pesados resonaron en el interior del muro y la puertecilla de hierro blindado se abrió hacia el exterior.

Liseth introdujo la mano en la cavidad.

No buscaba el dinero en efectivo ni las bolsas de soberanos de oro. Buscaba los despojos de su identidad.

Extrajo primero un estuche largo de tafilete carmesí, con las esquinas desgastadas por el tiempo.

Al presionar el resorte de nácar, la tapa saltó, revelando sobre el terciopelo negro un aderezo monumental de esmeraldas colombianas engarzadas en oro viejo: el collar y los pendientes que la madre de Liseth había lucido en el baile de coronación de la reina Victoria.

Junto a las joyas, extrajo un fajo de pliegos de papel sellado con timbres de la Cancillería de Londres: el poder notarial general mediante el cual Peter Holloway se atribuía la administración fiduciaria de todas las fincas, granjas y carteras de inversión de los Sterling,

rubricado con una firma de Liseth tan grotescamente falsificada que cualquier pasante de primer año habría detectado la mano de un impostor.

Liseth arrojó los documentos sobre el escritorio, justo encima del fango de turba que manchaba la caoba.

¡Flap!

—Cuarenta mil libras en consols de la Corona —dijo ella, con una calma matemática que pesaba como una lápida sobre los hombros del hombre—.

Doce mil libras en arrendamientos agrícolas de las tierras de Kent.

Y las esmeraldas de mi madre… Las mismas esmeraldas con las que pensabas deslumbrar a la corte del magistrado Vance mañana por la tarde en el altar mayor de Saint Peter.

Peter se cubrió el rostro con ambas manos, sollozando con una mezcla de humillación y pánico salvaje:

—¡Yo no quería hacerte daño, Liseth!… ¡La ambición me cegó!… ¡Los prestamistas de Londres me tenían acorralado por las deudas del juego!… ¡Me dijeron que si no pagaba antes del invierno me quebrarían las dos manos!… ¿Qué clase de cirujano es un hombre con las manos rotas?

Liseth soltó una carcajada breve, sibilante, que resonó en la estancia como el chasquido de un látigo mojado.

Se acercó a él hasta apoyar la cadera contra el borde de la mesa, a menos de un palmo de su rostro. Con un movimiento deliberado de su mano izquierda, se desabrochó los dos botones inferiores de la manga de su chaqueta de montaraz y se remangó la tela hasta la mitad del antebrazo.

Acercó su muñeca a escasos tres centímetros de los ojos desorbitados de Peter.

Bajo la luz trémula de la única vela que agonizaba en el suelo, las cicatrices circulares de las correas de vaqueta destacaban con una obscenidad monstruosa: la carne blanca, fibrosa,

endurecida en cordones violáceos donde el cuero podrido y el salitre habían carcomido la piel hasta rozar el periostio del hueso.

—Míralas, doctor Holloway —le ordenó ella con voz gélida—.

Míralas con tus ojos de hombre de ciencia.

Tú eres cirujano; conoces la anatomía de los tejidos.

¿Cuánto tiempo se necesita para que una correa de vaqueta marque la piel viva de esta manera?

¿Cuántos meses de inmovilización boca arriba en un camastro de pino hacen falta para que los tendones del carpo se acorten y la carne se pudra sobre sus propios excrementos?

Peter cerró los párpados con fuerza, intentando apartar la cabeza para no ver la prueba biológica de su crimen, pero Liseth le clavó la punta fría del bisturí bajo la barbilla, obligándolo a mantener la cara alzada hacia su herida.

—¡Abre los ojos! —le exigió ella, y por primera vez un hilo de fuego salvaje quebró la serenidad de su voz—.

¡Mírame a las muñecas, Peter! ¡Estas marcas no las escribió la histeria!

¡No las provocó la melancolía que inventaste ante los alienistas de Londres!

¡Estas marcas las firmaste tú con cada cheque de setenta guineas que enviaste a Silas Thorne mientras tú estrenabas alfombras en esta colina!

—¡Piedad!… —aulló Peter, temblando con espasmos incontrolables que sacudían la silla entera—. ¡Por Dios, Liseth, ten piedad de mí!

—¿Piedad? —Liseth bajó el bisturí apenas un milímetro, contemplándolo con un desprecio tan infinito que el hombre pareció empequeñecerse en su asiento—.

Durante mil noches le pedí piedad a las paredes de la Celda 7.

Se la pedí al celador Garrow mientras me ataba el pecho con correas mojadas para que no pudiera respirar.

Se la pedí a Silas Thorne cuando me sumergía en la tina de salmuera helada hasta que el corazón se me paraba en el pecho…

Y ellos se reían, Peter. Se reían diciendo que el señorito Holloway había pagado para que me olvidaran de la memoria del mundo.

Afuera, en la cornisa exterior del acantilado, la tormenta de Yorkshire había desatado su furia definitiva sobre Oakhaven.

Julián Reid luchaba por mantener el equilibrio sobre la terraza de piedra que bordeaba el flanco occidental de la biblioteca.

El viento del este soplaba con una fuerza huracanada que amenazaba con arrancarlo de la balaustrada y arrojarlo al vacío negro del mar, cien pies más abajo, donde las olas reventaban contra los peñascos con explosiones de espuma blanca que salpicaban los ventanales de la planta noble.

El boticario llevaba el capote empapado pegado al cuerpo; el agua salada le cegaba los ojos, pero no se detenía.

Llegó frente a las monumentales vidrieras francesas de la biblioteca: dos hojas acristaladas con montantes de plomo que comunicaban el gabinete de lectura con la terraza exterior.

A través del cristal bañado por regueros continuos de lluvia, la escena interior se reveló con una nitidez aterradora.

A la débil luz de la vela del zócalo, Julián vio a Peter Holloway aplastado contra la silla de caoba, con el rostro desfigurado por el llanto y el terror; y frente a él, erguida como una sacerdotisa de la muerte, vio a Liseth.

La vio sostener el bisturí de amputación a escasos centímetros de la garganta del cirujano, mientras la lata de queroseno descansaba sobre el escritorio junto a las cartas de Blackthorn.

Julián apoyó ambas manos enguantadas sobre el marco de madera de la vidriera.

La puerta francesa estaba trancada por dentro con una falleba de hierro de dos puntos de anclaje.

«Si rompo el cristal de un culatazo», pensó Julián con el pulso martilleándole en las sienes, «el estruendo asustará a Liseth… Su mano se tensará sobre ese bisturí y le abrirá la garganta antes de que yo cruce el vano. Se convertirá en una asesina ante la ley de este país,

y la horca de York no le dará una segunda oportunidad».

Julián extrajo de su bolsillo su navaja de injertar de hoja fina y curva.

Se arrodilló sobre la piedra resbaladiza de la terraza y comenzó a raspar con furia metódica la masilla vieja que sellaba el cuadrante inferior de vidrio, junto al pestillo de la falleba.

Las astillas de cal seca saltaban bajo el acero; el viento le azotaba la espalda con el látigo del frío polar, pero sus dedos trabajaban con la precisión de quien se sabe a dos minutos de la tragedia definitiva.

Dentro de la biblioteca, la psicología del cobarde comenzaba a ejecutar su último y más desesperado repliegue.

Peter Holloway era un hombre despreciable, pero no era un idiota.

Había comprendido que los gritos, las lágrimas fingidas y las apelaciones a su antiguo amor eran flechas que rebotaban inútiles contra la coraza de hielo de Liseth.

Aquella mujer no era la joven ingenua de Londres a la que podía engatusar con promesas de saloncito de té; era una mente superior, fría, matemática, que había calculado cada paso de su caída.

Si no podía vencerla con la fuerza ni con la súplica, debía recurrir al único terreno donde él seguía siendo un maestro: la traición médica.

Peter cambió de postura con una lentitud calculada. Dejó caer los brazos, bajó la cabeza hacia el pecho y dejó escapar un suspiro hondo, quebrado, que sonó como la rendición absoluta de un alma vencida.

—Tienes razón, Liseth… —dijo él, con una voz apagada, pastosa, cargada de una resignación que parecía sincera—. Dios sabe que tienes toda la razón. Fui un monstruo. La ambición me devoró las entrañas y me convirtió en una rata… No merezco el aire que respiro.

El cirujano alzó lentamente los ojos hacia ella. Su mirada ya no mostraba la rabia del acorralado; mostraba una mansedumbre canina, la sumisión del reo ante el verdugo:

—No voy a defenderme más. Haz lo que tengas que hacer… Si quieres degollarme con ese bisturí, hazlo. Pero antes… permíteme firmar una confesión completa.

Liseth enarcó una ceja con ironía glacial.

—¿Una confesión?

—Una declaración formal de puño y letra —dijo Peter, señalando con dedos trémulos los pliegos de papel de vitela y el tintero de plata del escritorio—.

Detallaré la falsificación del poder notarial.

Describiré los sobornos pagados a Silas Thorne en Blackthorn.

Te devolveré las escrituras de Oakhaven y firmaré la renuncia irrevocable a la dote de Lady Clara ante el juez…

Todo, Liseth. Lo escribiré todo ahora mismo para que mañana puedas presentarte ante los tribunales de York con la frente alta y el nombre limpio de cualquier sombra de locura.

Peter se llevó la mano derecha al pecho, fingiendo un espasmo agudo de dolor en el esternón. Hizo una mueca de ahogo, apretando los dientes y dejando escapar un silbido asmático:

—Solo… solo te pido un favor antes de tomar la pluma… La conmoción me está cerrando el pecho… Mi corazón no resistirá este colapso sin un estimulante.

Señaló con un gesto suplicante hacia la credenza de caoba que flanqueaba la chimenea, donde reposaban una licorera de cristal con vino de Jerez dorado y dos copas de boca ancha.

—Déjame servirme media copa de vino, Liseth… Solo un trago de vino dulce para templar el pulso de las manos antes de redactar la confesión… Te lo daré todo. Te juro por la salvación de mi alma que no me moveré de esta mesa hasta que la última línea esté firmada.

Liseth Sterling permaneció inmóvil durante tres segundos interminables.

Sus ojos avellana recorrieron el semblante del hombre: vio la palidez sudorosa de su frente, el temblor de sus labios y la humildad impostada con la que agachaba la cabeza ante su presencia.

Liseth conocía la debilidad de la carne humana, pero también conocía la astucia de los depredadores cuando se saben a un paso de la jaula.

Una sombra de desprecio infinito cruzó por sus pupilas.

—Sírvete tu vino, Peter —dijo ella con una voz suave, casi susurrada, dando un paso atrás para dejarle expedito el camino hacia la credenza—. Pero no tardes. La noche se acaba… y la pluma te está esperando.

Peter se levantó de la silla con un quejido sordo, apoyándose en el respaldo para fingir debilidad física. Caminó arrastrando los pies hacia la credenza de cristal, dándole la espalda a Liseth durante tres pasos.

Al llegar frente a las botellas, una chispa de triunfo salvaje y asesino brilló en el fondo de sus ojos claros.

Bajo la manga derecha de su levita, Peter deslizó los dedos hacia un pequeño bolsillo secreto del chaleco donde guardaba su último recurso de emergencia: un frasquito de cristal azul cobalto con tapón esmerilado que contenía diez dracmas de tintura alcohólica de láudano puro sin rebajar,

una dosis letal capaz de sumir en un coma respiratorio irreversible a un caballo de tiro en menos de tres minutos.

La trampa médica estaba lista para ser servida en la copa de cristal.

Y afuera, en la terraza azotada por el temporal, la cuchilla de Julián Reid acababa de quebrar la masilla del último cuadrante de la vidriera, a escasos segundos de que el veneno comenzara a fluir sobre la mesa de la justicia.