La novia de Blackthorn CAPÍTULO 13 La biblioteca de roble
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CAPÍTULO 13 La biblioteca de roble

El pequeño revólver de dos cañones rodó sobre la alfombra de Esmirna sin dispararse, deteniéndose junto a la pata torneada de una vitrina de caoba.

Peter Holloway permaneció de rodillas en el centro de la estancia, con los brazos colgando inertes a los costados y la boca entreabierta en una mueca de parálisis absoluta.

Sus pupilas, dilatadas hasta devorar casi por completo el iris claro, recorrían la figura de Liseth Sterling de abajo hacia arriba: los pies descalzos sobre la lana carmesí; la saya oscura de paño recio; el chaleco de montaraz ajustado al talle; y, sobre todo,

aquel rostro de porcelana enmarcado por ondas castañas que no guardaba el menor parecido con la carroña humana que él había pagado por enterrar en los páramos.

Liseth no apartó los ojos de su verdugo. Con un movimiento deliberado de su pie derecho, empujó el arma de bolsillo bajo el zócalo de una estantería, dejándola fuera del alcance de cualquier manotazo desesperado.

Luego, con una parsimonia que cortaba el aire como un bisturí sobre piel viva, caminó hacia la colosal puerta de doble hoja de la biblioteca.

Alcanzó la manilla de latón, giró la llave maestra de tres guardas y, con un empujón firme de sus dedos finos, deslizó el pesado pasador de hierro forjado en la hembrilla del marco de roble.

¡Clic! ¡Clang!

El cerrojo encajó con un chasquido sordo, rotundo y definitivo.

Aquel sonido metálico resonó en la bóveda de la biblioteca como el cierre de una trampilla en un patíbulo. Peter dio un respingo espasmódico sobre la alfombra, como si el golpe del hierro hubiera impactado directamente en su médula espinal.

—¿Qué… qué haces? —balbuceó el cirujano, con un hilo de voz que vibraba con un temblor vergonzoso, infantil, despojado de cualquier barniz de elocuencia—. ¡Abre esa puerta!… ¡Jenkins está de guardia en el rellano!… ¡Gritaré, Liseth!… ¡Juro por Dios que gritaré!

Liseth se dio la vuelta despacio, apoyando la espalda contra la madera maciza de la entrada.

Una sonrisa fina, gélida y terrible curvó la comisura de sus labios.

—Grita todo lo que quieras, Peter —respondió ella con una serenidad que helaba la sangre—.

He cortado los cables del telégrafo en el patio de servicio.

Los sirvientes duermen bajo los tejados del tercer piso, agotados por servir el champán de tu fiesta de compromiso; y afuera, el temporal del mar del Norte hace tanto ruido contra las rocas que ni siquiera el disparo de un cañón naval despertaría al magistrado Vance en su cama de la colina.

Estamos solos. Exactamente igual de solos que yo cuando apagaban las luces del Pabellón de Incurables a las ocho de la tarde.

Peter intentó ponerse en pie, pero las piernas no le respondieron.

Sus rodillas vacilaron bajo el peso de su cuerpo y tuvo que arrastrarse sobre las palmas de las manos hasta apoyar la espalda contra el pedestal del busto de Hipócrates.

El mármol blanco de la escultura parecía menos frío que la mirada que caía sobre él desde el centro de la habitación.

—Tú… tú estabas muerta… —gemía Peter, pasándose una mano empapada en sudor por el cuello de la camisa—. Thorne me envió el parte médico hace tres semanas… Dijo que habías contraído consunción pulmonar en las celdas bajas… Que habías dejado de comer… Que apenas pesabas cuatro piedras…

—Silas Thorne te cobraba setenta guineas al trimestre por mentirte con la misma facilidad con la que tú me jurabas amor eterno en Highgate —dijo Liseth, dando dos pasos medidos hacia el centro de la alfombra—.

Te enviaba informes de consunción y delirio para asegurarse de que las transferencias bancarias siguieran llegando a su cuenta privada de Leeds.

La mentira es una mercancía muy rentable entre caballeros distinguidos, Peter.

Tú compraste mi tumba; él se limitó a cobrar el alquiler de la fosa.

El cirujano sacudió la cabeza con violencia, como un perro que intenta zafarse del agua helada. La incredulidad luchaba a brazo partido contra el pánico en su cerebro:

—Pero tu aspecto… Tu pelo… Tus manos… —balbuceó, mirando con estupor el porte aristocrático de la mujer—. Thorne me juró que te habían rapado a tijeretazos… Que andabas a cuatro patas por el fango… ¡No puedes ser tú! ¡Esto es una pesadilla!… ¡El láudano de la cena me ha envenenado el juicio!

Liseth no respondió con palabras.

Se inclinó hacia la mesa baja que flanqueaba la chimenea, donde descansaba la bolsa de lona alquitranada que había traído desde la botica de Julián. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, comenzó a extraer los instrumentos de su asedio.

Primero, la lata de queroseno de dos pintas con boquilla de latón.

La colocó sobre el secante de cuero del escritorio, junto a la cuartilla clavada con el alfiler de disección.

Luego, los dos frascos de vidrio oscuro con las etiquetas de cloroformo puro y éter sulfúrico.

Y finalmente, extrajo de la caña de su bota el bisturí de amputación de mango de ébano.

La hoja de doble filo, pulida hasta arrancarle un brillo quirúrgico y letal, descansó sobre la caoba con un leve chasquido metálico.

Peter Holloway contempló los objetos con los ojos desorbitados por el horror. La saliva se le secó en la boca; una arcada de bilis agria le subió por el esófago, obligándolo a tragar con un estertor húmedo.

—¿Queroseno?… ¿Éter?… —susurró el hombre, con el pánico deformándole los rasgos hasta volverlo irreconocible—. ¿Vas a quemar Oakhaven?… ¿Vas a degollarme como a un animal?

Liseth se acercó al gran sillón orejero tapizado en piel de Rusia que presidía el escritorio: el asiento reservado para el amo de la casa.

Se sentó en él con una gracia majestuosa. Cruzó las piernas descalzas bajo la saya de paño, apoyó los codos sobre los brazos de madera pulida y entrelazó los dedos con la naturalidad de un magistrado que toma asiento en el tribunal para abrir la sesión.

—Degollarte sería un alivio demasiado rápido, Peter —dijo ella en voz baja—.

Un golpe en la carótida dura apenas diez segundos antes de que la sangre se apague en el cerebro.

No he cruzado los pantanos de Yorkshire, ni he saltado muros bajo el fuego de las carabinas, ni he caminado cinco millas con un pie infectado para concederte una salida tan limpia.

Yo pasé mil noches atada a un camastro con correas de vaqueta, escuchando una gota de agua helada caer sobre mi frente a intervalos de doce latidos.

Tú vas a pasar esta noche escuchándome a mí.

En el vestíbulo principal de Oakhaven, la oscuridad era un laberinto de ecos apagados y corrientes de aire salino.

Julián Reid avanzaba agazapado a lo largo del corredor oriental, con la espalda pegada a los zócalos de madera y el revólver Webley amartillado en la mano derecha.

El capote impermeable goteaba sobre las alfombras persas; el cañón de acero del arma reflejaba débilmente los relámpagos que iluminaban las vidrieras altas cada tres o cuatro segundos.

El boticario contenía la respiración a cada paso.

En la penumbra del suelo, divisó con claridad la estela que buscaba: las huellas diminutas de arena marina y humedad que los pies de Liseth habían dejado impresas sobre la lana carmesí. Las marcas avanzaban en línea recta hacia el fondo del ala oeste.

Al doblar la esquina de la galería de los retratos, una rendija de luz anaranjada que se filtraba por debajo de una puerta de doble hoja atrajo su atención.

Julián aceleró el paso, moviéndose con el sigilo que los años en los muelles le habían enseñado para no despertar a las patrullas nocturnas. Llegó ante la puerta de la biblioteca y posó con extrema delicadeza los dedos de su mano izquierda sobre la manilla de latón.

Intentó bajar el picaporte.

Estaba bloqueado. El mecanismo no cedió ni un milímetro: el cerrojo interior de hierro forjado estaba echado a fondo.

Julián pegó la oreja a la madera de roble.

A través del grosor de los tablones, amortiguado por el rugido del temporal exterior, le llegó el rumor de dos voces: el graznido agónico y tembloroso de Peter Holloway implorando piedad, y la respuesta pausada, gélida y musical de Liseth Sterling.

El corazón de Julián se encogió en un espasmo de angustia pura.

«Están encerrados juntos», pensó el boticario, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la frente bajo el ala del sombrero. «Si intento derribar esta puerta con el hombro, necesitaré tres embestidas y alertaré a toda la casa… y ella le clavará ese bisturí en el cuello antes de que el cerrojo ceda».

Julián retrocedió dos pasos, examinando la arquitectura del ala oeste con ojos febriles.

La biblioteca hacía esquina con la fachada que daba directamente al acantilado.

Recordó la distribución de Oakhaven que los planos del registro municipal describían: el gabinete privado se comunicaba mediante un ventanal acristalado de guillotina con la terraza superior que dominaba las rompientes marinas, accesible a través de la balaustrada exterior del jardín de invierno.

Sin perder un segundo, Julián dio media vuelta y corrió hacia la puerta de cristal del invernadero, decidido a ganar la cornisa de roca para abrir una vía de entrada por el flanco del precipicio antes de que el fuego comenzara a devorar la madera de roble.

En el interior del gabinete, la atmósfera había alcanzado un punto de ebullición psicológica.

Peter Holloway, acorralado contra el mármol de Hipócrates, comenzaba a experimentar esa mutación desesperada y rastrera que sufren los cobardes cuando comprenden que la fuerza bruta no les servirá de nada.

La parálisis inicial dio paso a una agitación febril; se frotó los ojos con el puño de la camisa, intentando recomponer los jirones de su máscara de seductor:

—Liseth… por el amor de Dios, escúchame —suplicó el hombre, gateando sobre las rodillas hacia la mesa, con lágrimas de terror resbalando por sus mejillas pálidas—.

Tú no lo entiendes… Todo fue una trampa de tu tío.

Ese viejo avaro de Bath tenía a los jueces en el bolsillo.

Me amenazó con arruinar mi carrera médica en Londres si no firmaba las órdenes de custodia…

¡Me juró que solo sería por un mes! ¡Que era para proteger tu vida de sus acreedores!

Liseth apoyó el mentón en su mano izquierda, mirándolo con una curiosidad clínica, como quien observa a un insecto venenoso retorcerse bajo la lente de un microscopio.

—Continúa, Peter. Me fascina la anatomía de tus embustes.

—¡Es la verdad! —insistió el cirujano, alzando ambas manos abiertas en una súplica desesperada—.

¡Cuando fui a Blackthorn a buscarte seis meses después, Silas Thorne me echó de su despacho!

Me dijo que habías perdido el juicio por completo, que atacabas a los celadores con los dientes y que si intentaba sacarte de allí, me denunciaría a mí por complicidad en la estafa de los consols…

¡Tuve que huir a esta costa para salvar el pellejo!

Peter apoyó el pecho contra el borde del escritorio de nogal, mirando los ojos avellana de la joven con una fijeza implorante:

—Compré Oakhaven pensando en ti, Liseth.

Te lo juro por la memoria de mi madre. Sabía que algún día encontraría la forma de rescatarte…

Y Clara… Clara Vance no significa nada para mí.

Es una niña tonta, una provinciana sin cerebro…

Solo la cortejaba para tener el amparo de su padre y poder revocar la orden de internamiento de Yorkshire con el sello de un juez de la Corona. ¡Todo lo hice por ti!

Liseth no parpadeó.

Con un movimiento pausado, alargó la mano derecha hacia el libro mayor de tapas de piel que reposaba sobre la caoba. Abrió el volumen por las páginas centrales, donde figuraban los balances trimestrales de los tres últimos años.

Con la punta del bisturí de ébano, señaló una línea de tinta roja fechada en agosto de 1883:

—«A la atención de S. Thorne: Pago especial de cien guineas por aplicación de terapia de inmersión prolongada y aislamiento refractario para suprimir accesos de memoria recurrente» —leyó Liseth en voz alta, y cada palabra resonó en el pecho de Peter como una descarga eléctrica—.

Tú mismo ordenaste los baños de agua helada, Peter.

Tú redactaste la carta pidiéndole que aumentara las dosis de tártaro emético porque temías que en las inspecciones de la Comisión de Lunáticos yo lograra pronunciar tu nombre ante los inspectores de su Majestad.

Peter abrió la boca, pero ningún sonido escapó de su garganta. La mentira se le había atascado en el esófago como una nuez de plomo; sus ojos vagaron hacia el número 7 dibujado en el espejo de la chimenea, y comprendió que el expediente entero de sus bajezas estaba abierto sobre la mesa.

—No tienes nada que decir, ¿verdad? —susurró Liseth, poniéndose en pie con una lentitud que hizo que Peter retrocediera arrastrándose sobre el suelo hasta chocar de espaldas contra la pared de caoba.

Liseth tomó la lata de queroseno con la mano izquierda y el bisturí de amputación con la derecha.

Sus ojos, antaño dulces en los jardines de Highgate, ardían ahora con una pureza homicida que no admitía apelación alguna:

—Tu comedia ha terminado, doctor Holloway. Ahora vamos a hablar del precio de mi juventud.

La hora de la verdad había llegado; y afuera, en la cornisa que se abría sobre el abismo del mar embravecido, las manos de Julián Reid tanteaban los cristales de la terraza para forzar la última entrada hacia el infierno.