La novia de Blackthorn CAPÍTULO 12 Las huellas del pasado
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CAPÍTULO 12 Las huellas del pasado

El viento del este aullaba en los tiros de las chimeneas de Oakhaven con la violencia de un coro de ahogados.

Afuera, la marea alta golpeaba la base del acantilado con una cadencia telúrica que hacía vibrar los cristales emplomados de la planta baja; adentro, el silencio de la mansión estaba saturado de una tensión tan viscosa que el aire parecía pesar una libra más por cada pulgada cúbica.

Liseth Sterling permanecía inmóvil tras el cortinaje de damasco carmesí que separaba la antecámara del vestíbulo de la biblioteca.

Sus pies descalzos sentían la humedad fría de la arena marina que ella misma había arrastrado sobre la alfombra; su respiración, pausada y rítmica, no emitía el menor silbido.

A través del intersticio de los pesados paños de tela, observaba el interior del gabinete privado de Peter Holloway.

La estancia era un monumento a la vanidad burguesa: paredes forradas de estanterías de caoba con tomos de medicina encuadernados en cordobán dorado; un busto de Hipócrates en mármol de Carrara sobre una peana de malaquita;

una chimenea monumental donde los leños de cedro ardían con un crepitar apagado; y, en el centro, sobre una alfombra de Esmirna, el gran escritorio de nogal con tablero de piel repujada donde reposaban los libros mayores de la clínica y una licorera de cristal de Bohemia con coñac francés.

Peter no estaba sentado. Caminaba de un extremo a otro de la alfombra con pasos espasmódicos, tambaleantes, con la corbata de seda deshecha y el chaleco de piqué desabrochado.

Sostenía un vaso de licor en la mano derecha, pero el temblor de sus dedos hacía chocar el cristal contra sus anillos con un tintineo frenético: clic, clic, clic.

Sus ojos, habitualmente claros y seductores, estaban inyectados en sangre por el insomnio y el alcohol; una sombra verdosa le oscurecía las sienes, y a cada giro hacia el ventanal se pasaba la mano izquierda por la frente empapada de sudor frío.

—Una ilusión… Solo una ilusión óptica producida por la fatiga nerviosa y el exceso de oporto —se repetía el cirujano en un murmullo entrecortado, hablando en voz alta para llenar el vacío de la sala—.

La mente retiene imágenes residuales. El doctor Charcot lo demostró en París: la culpa subconsciente proyecta fantasmas sobre rostros desconocidos…

Liseth murió en la ciénaga. Thorne lo juró en su último despacho telegráfico.

Se ahogó en el río. No era ella. No podía ser ella.

Peter se detuvo frente a la licorera. Apuró el vaso de un trago, hizo una mueca de náusea y apoyó ambas manos sobre el borde del escritorio, respirando con dificultad.

De pronto, un golpe seco resonó en el pasillo exterior: una ráfaga de viento había desatrancado uno de los postigos de madera del invernadero contiguo, haciéndolo golpear con violencia contra la mampostería.

Peter dio un respingo salvaje, derramando unas gotas de licor sobre el secante de piel.

—¡Maldito servicio inútil! —bramó con una voz que temblaba de furia y miedo—. ¡Jenkins! ¡Thomas!

Nadie respondió. Los sirvientes dormían en las buhardillas del tercer piso, aislados por dos tramos de escaleras y por el rugido del temporal.

Mascullando maldiciones desarticuladas, Peter tomó un candelabro de bronce de tres brazos de la repisa, abrió la puerta lateral que comunicaba con el invernadero y salió de la biblioteca para asegurar el cerrojo del postigo.

El sonido de sus pasos de charol alejándose por la galería de losas fue la señal.

Liseth emergió de la sombra de los cortinajes.

Se deslizó hacia el interior del gabinete con la ingravidez de una exhalación nocturna. No encendió velas ni tocó las cerraduras: se dirigió directamente hacia el colosal escritorio de nogal que presidía la estancia.

La venganza de Liseth no buscaba el asalto ciego de una fiera herida; buscaba la demolición metódica de la razón de su verdugo.

Quería que Peter experimentara, antes de sentir el filo del acero, el horror exacto de la locura: la sensación de que el mundo sólido se desmorona bajo los pies y de que las paredes no son un refugio, sino una jaula donde los muertos entran sin pedir permiso.

De su manga izquierda extrajo el primer objeto.

Era un fragmento de papel de vitela envejecido: una copia exacta de las líneas de la última carta de amor que él le había entregado en Highgate, transcrita con la propia caligrafía aristocrática de Liseth, con la tinta aún brillante.

Con un golpe seco y limpio, clavó el papel en el centro exacto del secante de cuero del escritorio utilizando un alfiler de disección de cabeza de plata que había sustraído de la botica de Julián.

Junto a la carta, sobre la madera oscura, depositó un puñado de hierba seca: briznas de brezo muerto y turba húmeda recogidas en el foso exterior de Blackthorn, que desprendían ese aroma acre y pantanoso que ningún perfume de tocador podía disimular.

Luego, caminó hacia la repisa de la chimenea.

Sobre el mármol blanco descansaba un espejo colosal con marco de pan de oro tallado con volutas renacentistas: la luna de azogue donde Peter se ajustaba el corbatín cada mañana antes de acudir a los tribunales del magistrado Vance.

Liseth extrajo de su bolsillo un fragmento de jabón de glicerina blanca.

Con un trazo firme, angular, calcado de las marcas que los celadores pintaban sobre las puertas de hierro del Pabellón de Incurables, dibujó en el centro del cristal una sola cifra de gran tamaño:

7

El número de su celda. El número que los internos aullaban en la noche cuando las correas se tensaban.

Finalmente, descorchó un frasquito de cristal que contenía tres gotas de esencia de jazmín y benjuí —la loción de tocador que ella utilizaba en Londres y que Peter solía alabar cuando paseaban bajo las acacias de Highgate— y vertió el líquido sobre la alfombra de Esmirna,

justo frente a la silla del cirujano.

El perfume floral, dulce y nostálgico, se expandió por la biblioteca, chocando de manera grotesca contra el humo del tabaco y el olor a coñac.

Liseth dio un paso atrás. Observó la escena con una frialdad quirúrgica: la trampa psicológica estaba tendida con una simetría impecable.

Se retiró hacia el rincón más oscuro de la estancia, deslizándose detrás de un monumental biombo de laca china que ocultaba el rincón de lectura y los archivadores médicos.

Apenas un minuto después, el pomo de latón de la puerta del invernadero giró con brusquedad.

Peter Holloway regresó al gabinete con el candelabro en la mano y la levita empapada por las gotas que se colaban por la vidriera. Respiraba con dificultad, sacudiendo la cabeza con un murmullo de autosuficiencia forzada:

—Solo era el cerrojo… Maldita madera hinchada por la humedad…

Cruzó el umbral y cerró la puerta de un golpe de talón. Dio tres pasos hacia el centro de la habitación.

Se detuvo en seco.

El candelabro de bronce osciló en su mano; las tres llamas de cera virgen titubearon en el aire, arrojando sombras temblorosas sobre su rostro desencajado.

El primer golpe fue olfativo.

El olor a jazmín y benjuí le golpeó la nariz con la fuerza de una bofetada física.

Peter arrugó la frente, inhalando con incredulidad: aquel aroma no pertenecía a Oakhaven, ni a la colonia de lavanda de su prometida Clara, ni a los jabones baratos de la servidumbre.

Pertenecía a una alcoba de Londres. Pertenecía a una mujer enterrada hacía tres años en las ciénagas del norte.

—¿Qué es esto?… —balbuceó Peter, con un hilo de sudor frío corriéndole por la sien derecha.

Avanzó dos pasos hacia el escritorio, como hipnotizado por una pesadilla despierta.

La luz de las tres velas iluminó el tablero de nogal.

Peter dejó escapar un alarido sordo, un estertor de espanto que se le ahogó en la garganta. La cera derretida del candelabro cayó sobre sus propios dedos sin que pareciera sentir la quemadura.

Allí, clavada con un alfiler de disección en el centro de su secante de piel, yacía la cuartilla con sus propias palabras de promesa: «Te esperaré en Oakhaven… hasta que la muerte nos reclame».

Y alrededor del papel, esparcido sobre la caoba pulida como la tierra de una sepultura profanada, el fango negro y el brezo podrido de los pantanos de Yorkshire manchaban sus libros de cuentas.

—¡No! ¡No, por Dios! —gritó Peter, retrocediendo hacia la chimenea como si el escritorio fuera una losa que se abría para devorarlo—. ¡Jenkins! ¡Thomas! ¡Guardias!

Al girarse hacia la chimenea para alcanzar la campanilla de seda del servicio, sus ojos se toparon de frente con la luna de azogue del espejo monumental.

En el centro del cristal, reflejado sobre su propio rostro aterrorizado, el número 7 destacaba en trazos blancos y gruesos, como una sentencia trazada con la tiza de un forense.

Peter Holloway cayó de rodillas sobre la alfombra de Esmirna.

El candelabro rodó por el suelo, apagando dos de sus llamas contra la lana; solo una bujía continuó ardiendo sobre el zócalo, proyectando una penumbra rojiza y macabra sobre la estancia.

El cirujano se tomó la cabeza con ambas manos, mesándose los cabellos con una violencia demencial, con la respiración rota por un ataque de pánico puro y atávico:

—¡Está aquí!… ¡La loca está dentro de la casa! —gemía Peter, babeando contra sus propios puños—. ¡Thorne me mintió!… ¡Ese perro sádico la dejó escapar!… ¡Viene a degollarme!…

Sus ojos extraviados comenzaron a recorrer los rincones oscuros de la biblioteca: las estanterías de caoba, los pesados cortinajes de terciopelo, el espacio vacío detrás del busto de Hipócrates…

A menos de media milla de allí, en la cornisa inferior de los acantilados de Blackcliff, Julián Reid luchaba contra la noche y contra la muerte.

El caballo percherón bayo subía por la senda de los contrabandistas con los remos temblando por el esfuerzo extremo.

El fango arcilloso de la ladera se desprendía bajo los cascos de la bestia en pequeñas avalanchas que se precipitaban hacia el vacío del mar, cincuenta pies más abajo, donde las olas reventaban contra las peñas con el estruendo de un cañoneo naval continuo.

La lluvia le azotaba los ojos a Julián con la saña de granos de sal gruesa, pero el boticario no aflojaba las riendas ni un milímetro.

Llevaba el capote de paño empapado, con el frío calándole hasta los huesos; en el bolsillo derecho, el cañón de acero del revólver Webley golpeaba rítmicamente contra su cadera como un recordatorio implacable de la tragedia que se avecinaba.

—¡Vamos, muchacho! —le gritaba Julián al caballo, inclinándose sobre el cuello humeante de la bestia—. ¡Un esfuerzo más! ¡Por lo que más quieras, no te pares!

Remontó la última curva del sendero rocoso y alcanzó la meseta alta del promontorio.

Al salir a la explanada de césped que precedía a los jardines de Oakhaven, Julián detuvo la montura en seco, sofocando una maldición entre dientes.

La colosal verja de hierro forjado que cerraba el acceso a la mansión estaba entornada.

Sobre la grava blanca de la alameda principal, el boticario divisó a la luz de los relámpagos las huellas de dos pies pequeños y descalzos que avanzaban en línea recta hacia la parte trasera de las caballerizas: las pisadas de Liseth.

Julián desmontó de un salto, atando las riendas del caballo a un tronco de laurel para resguardarlo del viento.

Corrió hacia el patio de servicio agazapado entre los setos.

Al llegar a la esquina del muro trasero, su bota tropezó con algo metálico en el suelo: eran los cables de la línea telegráfica, seccionados con dos cortes limpios y profesionales, con las puntas de cobre colgando como culebras muertas bajo la lluvia.

—Ha cortado las comunicaciones… —susurró Julián, sintiendo un escalofrío de pavor helarle la nuca—. La casa está aislada. Dios todopoderoso… va a quemarla con él dentro.

Avanzó hacia la puerta baja de servicio del sótano. La hoja de roble estaba entreabierta; el cerrojo de latón mostraba las marcas recientes de unas ganzúas de relojero.

Julián introdujo la mano en su capote. Con los dedos entumecidos por el frío, amartilló el percutor del revólver Webley con un chasquido metálico y rotundo. Empujó la puerta con el hombro y se internó en la negrura de las bodegas de Oakhaven, siguiendo el rastro invisible de la mujer que amaba.

Arriba, en el gabinete de caoba de la planta noble, el tiempo de los presagios acababa de expirar.

Peter Holloway continuaba de rodillas sobre la alfombra, temblando con un revólver de bolsillo de dos cañones que había extraído del cajón secreto del escritorio, apuntando a ciegas hacia las sombras de las estanterías con una mano que bailaba en el aire como una hoja seca:

—¡Sal de ahí, Liseth! —gritaba el cirujano con una voz desquiciada, al borde del colapso histérico—. ¡Sé que estás en esta habitación! ¡Sal o juro por Dios que te vuelo la cabeza!

Desde detrás del biombo de laca china, una figura esbelta dio un paso al frente.

La luz de la única vela ardiendo en el suelo iluminó el rostro de porcelana de Liseth Sterling.

Estaba erguida, hermosa, vestida con la saya oscura de lana y el chaleco de montaraz, con el cabello castaño ondulado enmarcando sus pómulos nobles y sus ojos avellana mirándolo desde las alturas con una compasión tan gélida que resultaba mil veces más aterradora que cualquier alarido de furia.

—Baja esa pistola, Peter —dijo Liseth con una voz suave, templada, melodiosa como la cuerda de un violonchelo en una capilla desierta—. Las manos de un cirujano no deberían temblar tanto cuando se dispone a recibir a la mujer que juró esperar en Oakhaven.

El cirujano abrió la boca en un jadeo mudo. El arma se le resbaló de los dedos temblorosos, cayendo sobre la alfombra con un golpe sordo.

El juicio final había comenzado; y en los sótanos de la mansión, los pasos apresurados de Julián Reid subían por las escaleras para disputarle a las sombras el alma de la novia de Blackthorn.