La novia de Blackthorn CAPÍTULO 11 La puerta de servicio
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CAPÍTULO 11 La puerta de servicio

El crujido de un postigo mal ajustado contra el ladrillo húmedo arrancó a Julián Reid del letargo poco antes de las tres de la madrugada.

El boticario se incorporó de golpe en el camastro de su alcoba, con el corazón golpeándole las costillas con una arritmia violenta.

El aire en la habitación no conservaba la tibieza balsámica de las horas previas: estaba gélido, impregnado de una corriente marina húmeda que traía consigo el olor a salmuera y a lluvia negra de los muelles.

—¿Liseth? —llamó él, con la voz pastosa por el sueño interrumpido.

El silencio de la trastienda fue la primera bofetada.

Julián saltó de la cama sin calzarse. Apartó la cortina de pana verde y entró al laboratorio. La chimenea se había reducido a un puñado de cenizas grises; la puerta del zaguán trasero permanecía entornada dos pulgadas, oscilando levemente con las sacudidas del vendaval exterior.

Sus ojos buscaron de inmediato la mesita de trabajo.

La bandeja de hojalata estaba vacía. Los dos frascos de cloroformo puro, la lata de queroseno de dos pintas, el manojo de ganzúas de acero y el bisturí de amputación de mango de ébano habían desaparecido.

Julián sintió que la sangre se le retiraba del rostro, dejándolo tan blanco como las vendas de su botiquín. Dio un paso tambaleante hacia el escritorio y vio el pliego de vitela iluminado por el reflejo mortecino de la noche:

«No busques mis huesos en el mar, Julián. Lo que haré esta noche no es locura; es la única medicina capaz de curar la peste de Oakhaven… Adiós».

Sobre el papel, reposando como una ofrenda fúnebre sobre las palabras secas, yacía la hebra de lino con la que Liseth había custodiado el rizo de Peter durante mil noches de tormento.

—Maldita seas, Liseth… Maldita seas —susurró Julián con un hilo de voz desgarrado por una mezcla atroz de furia, espanto y una ternura que le quemaba las entrañas.

No hubo vacilación en los movimientos del boticario. La parálisis duró apenas tres segundos; luego, la lucidez práctica que lo sostenía frente a las amputaciones y las epidemias del puerto se adueñó de sus músculos.

Comprendía la magnitud del desastre mejor que ella: Liseth creía estar marchando hacia un duelo privado, pero la realidad era una emboscada a tres bandas.

Peter Holloway ya había visto su rostro en las Assembly Rooms; antes de que amaneciera, el cirujano habría alertado a la policía municipal o enviado un jinete de postas hacia los páramos de Yorkshire.

Silas Thorne y sus celadores podían estar entrando en Blackcliff en ese mismo instante, armados con carabinas y órdenes de captura.

Si Liseth cruzaba los portones de Oakhaven con queroseno y un bisturí, no habría rescate posible: sería abatida a tiros por los guardias o arrastrada a una horca pública ante los aplausos de la buena sociedad.

Julián encendió un farol sordo de latón con una cerilla de azufre.

Se calzó las botas altas de cuero engrasado, se enfundó un capote impermeable de paño marinero y recogió del cajón de la botica el fajo de documentos que demostraban el desvío de los consols y los cheques pagados al asilo de Blackthorn.

Guardó los papeles en una cartera de cuero encerado para protegerlos del temporal y, tras dudar un segundo, abrió el armario de las sustancias controladas: extrajo un frasco de sales de amoníaco concentradas,

una jeringa de émbolo de cristal con tintura de morfina y un pesado revólver Webley de seis proyectiles que su padre le había dejado tras sus años en la marina mercante.

«No permitiré que te maten, Liseth», se juró Julián entre dientes, apretando el cilindro de acero del arma antes de deslizarla en el bolsillo de su capote. «Y no permitiré que te conviertas en un cadáver por la memoria de ese perro».

Salió al callejón cerrando la puerta con cerrojo.

El temporal de la costa era un muro de agua horizontal que le azotaba la cara con la violencia de perdigones helados. Las farolas de gas de los muelles estaban apagadas por el viento; solo el aullido del mar estrellándose contra los espigones rompía la cerrazón de la noche.

Julián no tomó el camino principal de carruajes: sabía que las patrullas policiales vigilarían las avenidas altas tras la conmoción en la fiesta del magistrado.

Enfiló hacia las cuadras comunales del muelle este, donde alquiló aporreando la puerta del establo un caballo percherón bayo, recio y acostumbrado a los pedregales costeros.

Saltó sobre la montura mojada y picó espuelas, lanzando a la bestia a galope corto por la senda de los contrabandistas: el sendero escarpado que bordeaba los acantilados por la cornisa inferior,

el único camino que le permitiría ganar la meseta de Oakhaven antes de que el fuego comenzara a devorar la noche.

Dos millas más al norte, sobre la cima del promontorio rocoso, la silueta de Oakhaven se recortaba contra el cielo negro como una fortaleza maldita.

La mansión era una mole neogótica de tres plantas, levantada en piedra arenisca grisacea con esquinales de granito oscuro, rematada por torres almenadas y chimeneas monumentales que se alzaban hacia las nubes como garras crispadas.

Construida al borde mismo de un precipicio de cien pies de caída vertical sobre las rompientes del mar del Norte, la residencia dominaba la bahía con una arrogancia que desafiaba a los elementos.

Liseth Sterling avanzaba agazapada a lo largo del seto de laureles que delimitaba el flanco occidental de los jardines.

El agua salina y la lluvia le empapaban la chaqueta de montaraz y la saya oscura, pero su cuerpo, alimentado por cinco días de caldos y tónicos en la botica, ya no temblaba de debilidad.

Sus piernas respondían con una agilidad felina; sus sentidos, aguzados por tres años de vigilia en la Celda 7, registraban cada crujido de las ramas, cada rumor del viento entre los canalones y cada respiración de la casa dormida.

En Oakhaven no había luces en la planta noble.

Los invitados del compromiso se habían marchado hacía horas; los carruajes habían regresado a la ciudad baja; y Lady Clara Vance, según Liseth había averiguado con precisión antes de partir, no dormía bajo aquel techo:

el magistrado había ordenado que su hija regresara a la residencia familiar en la villa alta para guardar el decoro virginal hasta la boda.

La casa estaba vacía de inocentes. Solo albergaba a los sirvientes en las buhardillas superiores… y al amo de la colina.

Liseth rodeó el ala de las caballerizas y llegó al patio de servicio empedrado.

En la esquina del muro trasero, empotrado en un poste de madera tratada con alquitrán, descendía el cableado de la línea telegráfica privada que Peter Holloway había hecho instalar para comunicarse con la clínica del puerto y con las dependencias judiciales del magistrado.

Liseth extrajo de su manga izquierda las tenazas de alambre que había tomado del taller de Julián.

Con dos cortes secos y certeros, seccionó los hilos de cobre.

Las puntas metálicas chisporrotearon débilmente en el aire húmedo antes de caer inertes sobre el barro: Oakhaven quedaba muda, aislada del resto del mundo en mitad del temporal.

Caminó hacia la puerta de servicio del sótano.

Era una entrada baja de roble macizo, encajada bajo un arco de medio punto en la mampostería de los cimientos, por donde los carniceros y los carboneros entregaban las mercancías de la despensa. La cerradura era de bronce inglés, protegida por un pestillo de resorte interior.

Liseth se arrodilló sobre las losas mojadas. De su bolsillo extrajo los dos alambres de acero templado curvados en ángulo recto: las ganzúas de relojero.

Introdujo el primer alambre en la parte inferior del ojo de la cerradura, aplicando una torsión suave y continua para mantener la tensión sobre el cilindro; con el segundo alambre, fino como una aguja de coser lona, comenzó a palpar los pistones internos de latón con una lentitud milimétrica.

Clic. El primer perno subió. Clic. El segundo cedió. Clic. El tercer muelle encajó en la línea de corte.

Liseth ejerció una presión firme hacia la izquierda con la ganzúa de torsión.

El pasador de hierro retrocedió con un chasquido sordo, engrasado y casi inaudible.

Liseth empujó la madera con el hombro; la puerta se abrió hacia el interior, despidiendo una bocanada de aire tibio que olía a cecina curada, harina de trigo, carbón de coque y el perfume dulce y añejo del vino de Oporto almacenado en las cavas.

Se deslizó hacia la penumbra del sótano y cerró la hoja tras de sí.

No encendió fósforos. Sus ojos estaban acostumbrados a la negrura absoluta de Blackthorn; la escasa claridad que se filtraba por las troneras altas era más que suficiente para orientar sus pasos.

Se quitó los botines de cuero engrasado y los dejó junto a la pila del lavadero: caminaría descalza sobre las baldosas. Sus plantas, curadas por las manos de Julián pero aún duras por la memoria del páramo, se apoyaron con suavidad sobre la piedra fría sin emitir el menor rumor.

Ascendió por la estrecha escalera de servicio de madera que comunicaba las bodegas con el vestíbulo principal. Cada peldaño fue superado con el sigilo de una sombra; sus dedos acariciaban la pared de cal viva, esquivando las maderas combadas que solían crujir bajo el peso de los criados.

Llegó al descansillo de la planta baja y empujó la puerta de vaivén de la antecocina.

El gran vestíbulo de Oakhaven se abrió ante sus ojos.

Era un espacio cavernoso, de techos altísimos decorados con vigas de roble negro labradas con motivos de cacería.

En las paredes colgaban tapices flamencos y cabezas disecadas de ciervos con astas monumentales.

El suelo estaba cubierto por alfombras persas de nudo apretado, de color carmesí y azul cobalto, tan espesas que amortiguaban cualquier vibración.

Liseth caminó sobre la lana virgen.

A cada paso que daba, sus pies húmedos dejaban una huella tenue de agua salada y granos microscópicos de arena marina sobre el terciopelo oriental: la estela de los acantilados profanando la pulcritud burguesa del cirujano.

Avanzó por el corredor central, deteniéndose ante cada puerta lateral para asegurar el terreno con rigor táctico.

La alcoba de invitados del ala este: vacía, con las camas deshechas tras la partida de los parientes de York.

El salón de música: desierto, con el piano de cola cerrado y las fundas de seda sobre las sillas doradas.

La escalera principal hacia el piso superior: sumida en el silencio profundo de las doncellas que dormían en las buhardillas del tercer nivel, ajenas a la marea negra que subía por las entrañas de la casona.

Liseth no subió hacia los dormitorios de la servidumbre. No había odio en su pecho contra los lacayos que cobraban sueldos de miseria por lustrar la plata de Holloway.

Se detuvo al final de la galería occidental, frente a una colosal puerta de doble hoja de roble macizo con tiradores de latón pulido: la biblioteca y gabinete privado del doctor Peter Holloway.

Por debajo de la rendija inferior de la madera se filtraba una franja de luz anaranjada y temblorosa.

Desde el interior llegaba el murmullo continuo del fuego ardiendo en la chimenea de mármol, acompañado por el tintineo seco de un tapón de cristal contra el cuello de una botella de licor y una respiración pesada, entrecortada y nerviosa:

la respiración de un hombre que no puede conciliar el sueño porque sabe que la tierra que creía sellada se ha abierto bajo sus pies.

Liseth apoyó la palma de su mano izquierda sobre la madera fría de la puerta.

Bajo la chaqueta de montaraz, la lata de queroseno y los frascos de cloroformo pesaban con la frialdad de una condena; en la caña de su bota derecha, el bisturí de ébano aguardaba la señal de su carne.

La presa estaba en su cubil. Las salidas estaban cortadas, los cables mudos y la tormenta de Yorkshire golpeaba las vidrieras con la complicidad de un juez cósmico.

Liseth Sterling deslizó la mano hacia el tirador de latón. El acto final de la justicia de Blackthorn acababa de franquear la última puerta.