La novia de Blackthorn CAPÍTULO 10 El cisma entre la justicia y la sangre #2
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CAPÍTULO 10 El cisma entre la justicia y la sangre #2

Julián deslizó sus manos hacia arriba, subiendo por los antebrazos de la joven hasta acunar su rostro entre sus palmas. Sus pulgares acariciaron con suavidad la piel de porcelana de sus mejillas, sintiendo el calor de su sangre y el temblor que comenzaba a sacudir los labios de Liseth.

—A mí me importas, Liseth —le confesó él, clavando sus ojos oscuros en los de ella sin ocultar la herida de su propio corazón—.

Me importas más de lo que jamás imaginé que una desconocida pudiera importarme.

Deja que esos papeles vayan a York. Si la ley nos falla, te juro por Dios que yo mismo te ayudaré a cerrar las puertas de este país; cerraremos la botica, tomaremos un vapor en el puerto y nos iremos lejos…

al sur, a Francia, donde nadie conozca el nombre de Blackthorn ni el de Holloway.

Pero no vayas a Oakhaven esta noche. No te suicides por un hombre que no fue digno de besar el suelo que pisabas.

El silencio que cayó sobre la trastienda fue denso, sagrado, preñado de una emoción insoportable.

Liseth cerró los ojos por un instante. Apoyó apenas el rostro contra la palma de la mano de Julián, sintiendo el calor de aquel refugio humano como un milagro imposible en mitad del invierno.

Por una fracción de segundo, la tentación de rendirse, de soltar el bisturí y dejarse caer en el abrazo de aquel hombre honesto que no pedía nada a cambio de su amor, estuvo a punto de quebrar su armadura de hielo.

Pero en el fondo de su memoria, como un eco maldito, resonó el tañido de la campana de rebato del asilo.

El olor a dedalera, los gritos de las reclusas en la noche y la imagen de Peter besando la mano de Lady Clara con sus joyas de Highgate prendidas en el pecho volvieron a inundar su mente con la fuerza de una compuerta que se revienta.

La venganza no era una elección para Liseth Sterling; era la única condición previa para que su alma pudiera volver a pertenecerle.

Abrió los ojos lentamente. La ternura en sus pupilas se disolvió, reemplazada por una tristeza infinita, solemne y definitiva.

Bajó sus manos y las posó suavemente sobre las muñecas de Julián, apartando sus caricias con una delicadeza compasiva que dolió más que una bofetada.

—Eres el mejor hombre que he conocido en este mundo, Julián Reid —susurró ella, rozando con sus dedos la solapa del chaleco del boticario—.

Y por ser el hombre que eres, no permitiré que tus manos se manchen con las cenizas de mi pasado.

Si vienes conmigo a ese acantilado, serás un cómplice; la policía te arrestará, clausurarán tu botica y terminarás tus días en las galeras de Portland…

Tu vida está aquí, cuidando a los desamparados de este puerto. La mía pertenece a la tormenta.

Julián intentó hablar, pero Liseth levantó un dedo enguantado y selló sus labios con suavidad:

—Descansa esta noche, Julián. La guardia en el salón de los espejos te ha agotado. Mañana… mañana decidiremos el destino de esos papeles ante el juez.

Julián la miró fijamente. En la mirada serena de la joven creyó vislumbrar una tregua, un repliegue de su furia ante la razón y el afecto. Exhaló un suspiro hondo, con los hombros cayendo vencidos por el cansancio acumulado de cinco días de vigilia continua.

—Prométeme que no harás nada hasta el amanecer —pidió él en un susurro cansado.

—Descansa, Julián —repitió ella con una sonrisa dulce y enigmática—. Mañana todo habrá terminado.

El boticario asintió con una pesadumbre infinita. Se retiró hacia la pequeña alcoba auxiliar de la trastienda, cerrando la puerta tras de sí con el convencimiento de que la tormenta en el corazón de Liseth comenzaba a amainar.

Liseth esperó en el centro de la estancia.

Permaneció inmóvil durante dos horas, escuchando el tictac monótono del reloj de péndulo sobre la repisa de nogal y el sonido acompasado de la respiración profunda de Julián desde la alcoba contigua.

A las dos de la madrugada, cuando el temporal marino alcanzó su punto álgido sobre la costa de Blackcliff —haciendo temblar los cristales emplomados con rachas de viento huracanado—, Liseth Sterling se puso en movimiento.

No usó el vestido azul zafiro. Se enfundó una saya oscura de lana recia que encontró en el guardarropa, una chaqueta corta de montaraz con botones de hueso y unos botines de cuero engrasado que no producían el menor ruido sobre la piedra.

Guardó las ganzúas de acero en su manga izquierda; los frascos de cloroformo en el bolsillo interior de su chaqueta; la lata de queroseno dentro de una bolsa de lona alquitranada sujeta a su cintura; y el bisturí de doble filo en la caña de su bota derecha.

Se acercó a la mesa de trabajo de Julián.

Tomó un trozo de papel de vitela limpio y la pluma de acero. Trazó cuatro líneas con su caligrafía aristocrática y firme:

«No busques mis huesos en el mar, Julián. Lo que haré esta noche no es locura; es la única medicina capaz de curar la peste de Oakhaven. Quédate con las pruebas del fraude para proteger tu nombre. Si Dios es justo,

algún día comprenderás que te salvé de mí misma porque fuiste el único que me vio como una mujer libre. Adiós».

Dejó la nota sobre el secante de cuero, junto al frasco de tinta, y colocó sobre ella la pequeña hebra de lino con la que había atado el mechón de pelo de Peter en la Celda 7: la última reliquia del amor falso quedaba sepultada en la botica.

Abrió el cerrojo de la puerta del zaguán con una lentitud milimétrica. La madera no emitió un solo chasquido.

Liseth cruzó el umbral y salió a la noche de Blackcliff.

El temporal la golpeó en el rostro con una furia salvaje de agua salina y viento helado, pero la joven no encogió los hombros. Subió la empinada cuesta de los acantilados con paso elástico, ligero y homicida, enfilando el camino que ascendía hacia las luces mortecinas de Oakhaven.

El Acto II se cerraba en la fractura del amor y la razón. La puerta del infierno estaba desatrancada; y en lo alto del precipicio, la mansión del doctor Peter Holloway aguardaba en la oscuridad para recibir la visita de su juez final.