CAPÍTULO 10 El cisma entre la justicia y la sangre
El traqueteo del carruaje de alquiler sobre los adoquines mojados de la parte baja se extinguió frente al zaguán de la botica.
Afuera, la llovizna otoñal se había transformado en un aguacero denso y cortante, barrido por ráfagas de viento del noreste que azotaban las fachadas del muelle con el estruendo sordo de un oleaje en tierra firme.
Julián Reid trancó la puerta trasera con el cerrojo de hierro forjado, corrió la pesada cortina de pana verde y arrojó tres bloques de turba seca a la chimenea de la trastienda.
El fuego rugió con avidez, proyectando una danza de sombras cobrizas sobre los anaqueles de vidrio ámbar y los morteros de ágata.
Liseth permanecía de pie en el centro de la estancia.
Se había despojado de la capa de armiño y de la mantilla de encaje negro.
La luz de las brasas perfilaba su silueta en el vestido azul zafiro con una severidad pétrea; sus manos, libres de los guantes de cabritilla, descansaban sobre la mesa de trabajo de nogal.
No había temblor en sus dedos ni rastro del agotamiento febril que una semana atrás la había derribado en el barro: en su rostro pálido y afilado solo habitaba una quietud matemática, la serenidad helada de quien ha contemplado el mapa del abismo y ha decidido saltar con los ojos abiertos.
Julián se quitó la levita oscura y la colgó tras la puerta. Se pasó ambas manos por el rostro mojado de lluvia y soltó una exhalación pesada que sonó como un gemido de alivio:
—El pánico en los ojos de Holloway fue un relámpago, Liseth —dijo el boticario, caminando hacia la mesa con un destello de triunfo en sus pupilas oscuras—.
Cuando se le cayó la petaca de plata… juro que creí que el corazón se le detenía allí mismo.
Todo el salón de los espejos lo vio tambalearse como un borracho.
El magistrado Vance tuvo que llamar al edecán para que le llevaran un vaso de agua de azahar.
Liseth no levantó la vista de la madera pulida.
—Vio un fantasma, Julián —respondió ella con un timbre suave, plano, desprovisto de euforia—.
Pero los fantasmas no rompen cristales ni sangran en el fango.
Mañana por la mañana, cuando el coñac se le evapore de la cabeza, su mente de médico empezará a calcular.
Buscará los informes de Blackthorn; telegrafiará a Silas Thorne para confirmar si el cadáver de la Celda 7 sigue enterrado en la ciénaga.
Y cuando Thorne le confirme la fuga… Peter comprenderá que la mujer de terciopelo azul no era una ilusión del remordimiento, sino una sentencia viva.
—Por eso mismo debemos movernos antes del mediodía —intervino Julián con vehemencia, extrayendo de su cartera de piel un grueso fajo de documentos atados con bramante cáñamo—.
He pasado las dos últimas noches registrando los archivos de la aduana del muelle sur y los libros de la caja de ahorros provincial. Mira esto, Liseth.
Julián desplegó los papeles sobre el secante de cuero. Sus dedos señalaron columnas de cifras, pólizas de seguros marítimos y transferencias bancarias:
—Aquí está el rastro del dinero. En noviembre de 1881, apenas tres semanas después de tu internamiento, Holloway liquidó cuarenta mil libras en consols de la Corona a través de un corredor de bolsa de Leeds con un poder firmado por un notario que murió el año pasado.
Con ese capital compró Oakhaven y pagó sus deudas de honor en el Club Carlton.
Y aquí, en este libro auxiliar de contabilidad que rescaté de un empleado despedido de la clínica, figuran cuatro pagos trimestrales de setenta guineas librados a nombre de «S. Thorne, M.D. — Manutención y custodia especial».
Julián alzó la mirada hacia ella con los ojos encendidos por la convicción:
—Es la prueba irrefutable del fraude, la falsificación documental y la privación ilegítima de la libertad.
Con estos legajos y tu presencia viva, acudiremos mañana mismo ante el Tribunal de la Corona en York.
El magistrado Vance no podrá tapar el escándalo; la prensa de Londres publicará la noticia en primera plana y Peter Holloway será arrastrado a la prisión de Newgate antes de que termine el mes.
Tendrás tu nombre de vuelta, Liseth. Tendrás tu patrimonio y tu libertad restituidos ante la ley de este país.
Liseth bajó la vista hacia los documentos.
Observó los sellos de lacre rojo, las firmas pulcras de los secretarios y la tinta negra que pretendía medir tres años de martirio en libras esterlinas y peniques. Una sonrisa amarga, triste y lacerante curvó apenas la comisura de sus labios.
—¿La ley de este país, Julián? —susurró ella, levantando sus ojos avellana para clavarlos en los del boticario—.
¿La misma ley que exige la firma de dos médicos para que una mujer cuerda sea despojada de sus bienes y confinada a perpetuidad sin derecho a juicio?
¿La misma ley que permite a los maridos encerrar a sus esposas para acostarse con las criadas, y a los hermanos sepultar a sus hermanas para no repartir los títulos?
—¡Esto es diferente! —replicó Julián, dando un paso hacia ella—. ¡Aquí hay un delito económico flagrante!
—En un tribunal de York —continuó Liseth, con una voz que descendió a un tono sibilante y gélido—, los abogados de Peter Holloway no hablarán del dinero.
Hablarán de mi histeria. Sentarán a Silas Thorne en el banquillo de los peritos; Thorne jurará bajo la Biblia que yo sufría manía homicida desde la infancia y que inventé este delirio para justificar la fuga en la que degollé al celador Garrow.
Traerán médicos de la Real Sociedad para examinarme: me raparán de nuevo el cabello para medir las protuberancias de mi cráneo; me auscultarán como a una yegua en una feria; y al cabo de tres meses de litigio y vergüenza pública en las gacetas,
el juez dictaminará que la señorita Sterling debe regresar bajo la custodia compasiva del asilo para completar su curación.
Liseth dio un paso hacia el rincón sombrío de la mesa de trabajo.
Con un movimiento deliberado, apartó un paño de lino crudo que cubría una bandeja de hojalata que Julián no había visto antes.
El boticario se quedó petrificado.
Sobre el metal relucían cuatro objetos que nada tenían que ver con la farmacopea ni con la jurisprudencia:
Dos frascos de vidrio oscuro de seis onzas, sustraídos del armario de sustancias tóxicas de la botica, con la etiqueta de cloroformo puro y éter sulfúrico; un manojo de alambres de acero templado curvados en forma de ganzúas de cerrajero; una lata de queroseno de dos pintas con boquilla de latón; y,
en el centro, un bisturí de amputación de mango de ébano y doble filo, pulido hasta arrancarle un brillo de espejo asesino.
Julián retrocedió medio paso, con el pecho encogiéndosele en un espasmo de espanto.
—¿Qué es esto, Liseth?… —balbuceó él, con la voz quebrándosele—. ¿Qué has estado preparando en mi trastienda mientras yo dormía?
Liseth no bajó los ojos. Mantuvo su postura erguida, con la barbilla alzada y una majestad terrible emanando de su figura:
—El único juicio que Peter Holloway no podrá sobornar con la dote de Lady Clara.
Julián se llevó ambas manos a la cabeza, apretándose las sienes con desesperación:
—¡Ibas a matarlo! —estalló el boticario, perdiendo por primera vez su compostura científica—. ¡Ibas a entrar en Oakhaven como una asesina en la noche! ¡Ibas a prender fuego a la casa!
—No como una asesina, Julián. Como un ejecutor —respondió ella con una frialdad que heló el calor del hogar—.
Esta noche lo vi en las Assembly Rooms. Lo vi sonreírle a esa muchacha inocente con la misma ternura de serpiente que usó conmigo en Highgate.
Le prometía su amor mientras sus dedos acariciaban las escrituras de las canteras de su padre.
Peter no se detendrá ante Newgate; si va a la cárcel, sus amigos de los clubes pagarán su fianza y se marchará a las colonias a repetir la farsa con otra mujer desamparada.
Peter Holloway es una peste, Julián. Y a las pestes no se les lleva ante un notario; se las extirpa con el fuego y el acero.
—¡Y al extirparlo te convertirás en el monstruo que ellos dijeron que eras!
—gritó Julián, dando dos zancadas rápidas hasta quedar a escasos palmos de ella, apoyando ambos puños sobre la mesa con una furia nacida del dolor—.
¿No lo entiendes, Liseth? ¡Silas Thorne te encerró diciendo que eras una fiera homicida!
¡Si vas a esa mansión con queroseno y un bisturí, le darás la razón a cada celador que te amarró a ese camastro!
¡Quemarte en esa pira no es justicia, es la victoria final de Peter sobre tu alma!
Liseth dio un paso hacia él, tan cerca ahora que el calor de sus respiraciones se mezcló en el aire cargado de alcanfor. Sus ojos avellana, habitualmente de piedra, temblaron por una fracción de segundo bajo el influjo de una agonía humana que intentaba reprimir en vano:
—¿Mi alma, Julián? —susurró ella, con la voz quebrada por un sollozo seco que no llegó a brotar—.
Mi alma se quedó en el suelo de la Celda 7.
Se ahogó en los vómitos de tártaro emético y en las noches en que suplicaba un pedazo de pan limpio mientras el agua helada me taladraba el cráneo.
La mujer que tocaba el piano en Londres y soñaba con jardines de rosas murió hace tres años.
Lo que está de pie frente a ti es un cascarón vacío que solo se mantiene erguido por el fuego de una deuda que debe ser cobrada.
Julián no retrocedió.
Extendió lentamente sus manos y, rompiendo toda distancia entre médico y paciente, tomó las muñecas de Liseth entre las suyas. Sus dedos cálidos y fuertes cubrieron con delicadeza infinita las cicatrices circulares de las correas de vaqueta.
Liseth dio un leve respingo ante el contacto, pero no retiró los brazos.
—No eres un cascarón vacío, Liseth —dijo Julián con una voz que se tornó dulce, honda y desesperadamente tierna, mirándola con una devoción limpia que le desarmó las defensas—.
He pasado cinco noches velando tu sueño en este diván.
He visto cómo luchabas contra la fiebre sin soltar un lamento; he visto la nobleza con la que tratas a las cosas sagradas; he visto la luz que volvió a tus ojos cuando te miraste en el espejo con ese vestido…
Hay una mujer viva aquí. Una mujer hermosa, brillante y valiente que merece más que una fosa común en las rocas de Blackcliff.