La novia de Blackthorn CAPÍTULO 9 El coro de los hipócritas (La verdad de Oakhaven) #2
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CAPÍTULO 9 El coro de los hipócritas (La verdad de Oakhaven) #2

Era un carnicero de salón. Un arribista sin escrúpulos que había medido el precio de su juventud en trescientas libras de consols robados, y que ahora se disponía a devorar la dote de aquella muchacha sonrosada con la misma voracidad con la que había devorado la suya.

Liseth clavó la mirada en Lady Clara.

Vio la inocencia desarmante en los ojos de la joven; vio la fe ciega con la que apoyaba la cabeza en el hombro del cirujano, ignorante de que aquel hombre suave y perfumado era capaz de verter tártaro emético en su té para mandarla a pudrirse a un sótano en cuanto las canteras estuvieran a su

nombre.

Una claridad moral, limpia y helada, se adueñó de Liseth.

«No a ti, muchacha», pensó Liseth, y por primera vez en tres años una brizna de compasión humana templó la dureza de sus entrañas. «Tú no tienes la culpa de su veneno. Tú solo eres la siguiente presa en su mesa… La deuda se saldará con el deudor».

En ese momento, la madre de Clara —una matrona cubierta de encajes amarillos— asomó por el arco de la galería llamando a su hija para presentarle al obispo auxiliar de Ripon. Clara se disculpó con una sonrisa dulce y regresó hacia el salón principal, dejando a Peter a solas junto a la balaustrada.

El cirujano soltó un suspiro de alivio en cuanto la joven se alejó.

Su rostro mudó de golpe: la sonrisa de enamorado desapareció, reemplazada por una mueca de fastidio y frialdad.

Extrajo del bolsillo una petaca de plata, tomó un trago largo de coñac y se apoyó contra la piedra, contemplando la lluvia exterior con la displicencia de un amo que saborea su triunfo.

Liseth dio un paso al frente, saliendo de la sombra de los mirtos.

Caminó hacia él con pasos inaudibles sobre las losas de mármol. La falda azul zafiro no emitió el menor crujido.

Se detuvo a cuatro pasos de su espalda.

Lentamente, con una mano firme y desprovista de temblor, Liseth descendió el abanico de carey.

Descorrió la mantilla de encaje negro hacia los lados, dejando al descubierto su rostro a la luz de las lámparas de gas: su piel de porcelana, sus pómulos nobles y sus ojos avellana, dos abismos de fuego lúcido que se clavaron en la nuca del hombre.

Como si el aire a su alrededor se hubiera congelado de pronto, Peter Holloway se estremeció.

Un escalofrío atávico le recorrió la espina dorsal. Bajó la petaca de coñac con lentitud, girando la cabeza hacia la derecha con el ceño fruncido, alertado por una presencia que pesaba más que la atmósfera del salón.

Sus miradas se cruzaron.

El impacto visual fue un cataclismo silencioso.

Peter se quedó petrificado. El color desapareció de sus mejillas con una violencia fulgurante, transformando su tez sonrosada en una máscara de cal muerta.

Sus pupilas se dilataron hasta los bordes del iris; la boca se le entreabrió en una mueca de parálisis absoluta, mientras sus dedos aflojaban la petaca de plata, que cayó contra el mármol con un golpe seco que derramó el licor sobre sus botas finas.

Frente a él, recortada contra la penumbra de los limoneros, no había una mendiga andrajosa de manicomio con la cabeza rapada y el camisón ensangrentado.

Había una dama de porte soberano, vestida de terciopelo y plata, hermosa y terrible como una aparición del juicio final.

Pero eran los ojos. Esos ojos almendrados que él había visto cerrarse bajo el cloroformo en el salón de Highgate tres años atrás.

Esos ojos que los informes mensuales de Silas Thorne aseguraban que estaban apagados para siempre por la idiocia y el estupor catatónico en la Celda 7.

—¿Li… Liseth?… —balbuceó Peter en un soplo agónico, un hilo de voz que murió en su garganta reseca.

Dio un paso tambaleante hacia atrás, tropezando contra la balaustrada de piedra, llevándose una mano al pecho como si el corazón amenazara con desgarrarle el chaleco de piqué.

Liseth no pronunció una sola palabra.

Mantuvo su mirada clavada en la suya durante tres segundos interminables, eternos, suficientes para que el veneno de la culpa y el terror se inyectaran en cada fibra del cirujano.

Luego, con una lentitud majestuosa, levantó de nuevo el abanico de carey, cubrió su rostro tras la gasa negra y dio media vuelta hacia la galería exterior.

Al pasar junto a una consola de caoba dorada que flanqueaba la salida hacia los jardines, Liseth depositó un objeto sobre el terciopelo del secante:

Una hebra corta de seda azul —la misma que Peter había utilizado tres años atrás para atar la carta de promesas en Highgate— atravesada por un alfiler de hueso de la vicaría de Saint Jude.

Peter Holloway corrió hacia el arco de los limoneros con las piernas temblándole como juncos azotados por la galerna, empujando a dos camareros y derribando una bandeja de copas de cristal que se estrellaron contra el suelo con un estruendo ensordecedor.

—¡Liseth! —gritó con una voz estrangulada por el pánico, buscando desesperadamente entre la multitud de invitados que se giraban asombrados por su arrebato—. ¡Guardias! ¡Detened a esa mujer!

Pero en la galería ya no había nadie.

Solo quedaba la llovizna colándose por el ventanal abierto, el perfume acre del coñac derramado sobre el mármol y la hebra de seda azul brillando bajo la luz de gas como una citación judicial enviada desde la tumba.

Afuera, en el callejón de las cocheras, Liseth subió al carruaje de alquiler con paso firme.

Julián soltó las riendas en cuanto la portezuela se cerró. Los percherones arrancaron a trote largo, descendiendo hacia las sombras protectoras de la parte baja mientras los primeros gritos de alarma comenzaban a resonar en las salas de la colina.

Liseth se quitó los guantes y miró sus manos limpias bajo la penumbra del coche. La novia de Blackthorn había muerto en el salón de los espejos; ahora, armada con la verdad y despojada de cualquier piedad, la dama de las cenizas se disponía a encender la pira en Oakhaven.