La novia de Blackthorn CAPÍTULO 9 El coro de los hipócritas (La verdad de Oakhaven)
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CAPÍTULO 9 El coro de los hipócritas (La verdad de Oakhaven)

La colina alta de Blackcliff no compartía el aire con los muelles de pescadores.

Mientras en la parte baja la bruma marina se mezclaba con el hollín de las fábricas de gas y el olor a pescado podrido, en el promontorio de los acantilados las avenidas estaban trazadas con grava de granito blanco,

flanqueadas por verjas monumentales de hierro forjado y farolas de gas de triple llama cuyos cristales biselados despedían una luz dorada y señorial.

Un carruaje de alquiler cerrado, tirado por dos percherones negros que Julián había contratado a través de un cochero de confianza del puerto, se detuvo frente a la escalinata de las Assembly Rooms.

El edificio era un coloso de estilo neoclásico victoriano: pórtico con columnas corintias de piedra de Portland, amplias vidrieras arqueadas que dejaban escapar el rumor festivo de una orquesta de cuerda y una hilera interminable de carruajes privados de gala con lacayos de librea que aguardaban

bajo la llovizna fina de la noche.

En el interior del coche, Julián Reid ajustó con cuidado la capa corta de armiño descolorido sobre los hombros de Liseth.

El boticario vestía una levita oscura de paño fino que utilizaba para las comparecencias judiciales del tribunal marítimo.

Su semblante, habitualmente reposado y analítico, mostraba una tensión contenida que se reflejaba en la rigidez de su mandíbula.

Miró a la joven a los ojos antes de que ella descendiera.

—La orquesta toca valses de Viena y el vino corre por cuenta del magistrado —susurró Julián, con una gravedad protectora en la voz—.

La policía municipal vigila las puertas exteriores para evitar que los mendigos se acerquen al porche, pero nadie se atreverá a interrogar a una dama que porte la tarjeta del farmacéutico mayor.

Estaré con el coche en el callejón de las cocheras traseras.

Si algo sale mal… si sientes que la sangre te quema el juicio, sal por la galería de los limoneros.

No te expongas a ser acorralada en el salón principal.

Liseth abrió su abanico de varillas de carey y plumas negras con un chasquido suave, ocultando la mitad inferior de su rostro tras la gasa de seda.

—No saldrá nada mal, Julián —respondió ella, con una calma tan diáfana que parecía nacida del mármol de una cripta—. No he venido a gritar; he venido a ver la comedia con mis propios ojos.

Julián le tendió la mano enguantada para ayudarla a descender. El estribo de hierro apenas crujió bajo sus botines de suela limpia.

Liseth ascendió la escalinata de piedra con un porte que desarmaba cualquier sospecha: la falda de lana azul zafiro caía en pliegues rectos y majestuosos; el corpiño ceñido por botones de plata relucía bajo los faroles de gas; y su peinado clásico,

con las ondas castañas sujetas por peinetas de concha y cubierto parcialmente por una mantilla corta de encaje de Chantilly, le confería la estampa indiscutible de una viuda patricia recién llegada de los círculos ilustrados de la capital.

El ujier de la entrada, con casaca escarlata y medias blancas, se inclinó en una reverencia casi servil al recibir la tarjeta de invitación:

—Bienvenida a las Assembly Rooms, señora. La recepción en honor del doctor Holloway y de Lady Clara se celebra en el gran salón de los espejos.

Liseth inclinó la cabeza con una displicencia aristocrática y cruzó el umbral.

El impacto sensorial del salón principal fue una marea de opulencia deslumbrante.

Más de doscientos invitados se congregaban bajo cinco colosales arañas de cristal checo cuyas bujías arrojaban cascadas de luz blanca sobre un parqué de roble pulido como un espejo de azogue.

El aire estaba saturado de un perfume empalagoso y aristocrático: agua de colonia de lavanda francesa, polvos de arroz de las damas, tabaco de Virginia importado que los caballeros fumaban en boquillas de marfil y el aroma efervescente del champán que los camareros servían en copas de cristal

tallado.

Damas envueltas en sedas de color pastel, con polisones aparatosos y gargantillas de perlas que imitaban la corte de Osborne House, reían con risas moduladas mientras los caballeros de la burguesía mercantil debatían sobre las rentas del carbón y las leyes de navegación.

Liseth se deslizó hacia la galería perimetral, amparándose en la sombra que proyectaban dos columnas de pórfido rojo.

Tomó una copa de vino del servicio de un criado para justificar su presencia solitaria, pero no probó una sola gota. Mantuvo el abanico alzado a la altura de los pómulos, con los ojos avellana barriendo la multitud con la precisión de un halcón sobrevolando un nido de víboras.

En el extremo oriental del salón, sobre una tarima alfombrada de terciopelo carmesí bajo un dosel con las armas del Condado, presidía la familia del magistrado Vance.

Y allí, en el centro de todas las miradas, recibiendo las felicitaciones de los armadores y los brindis de los banqueros de York, se hallaba Peter Holloway.

Al verlo, el pulso de Liseth no se aceleró; se congeló.

Peter vestía un frac de paño inglés negro de sastrería milanesa impecable, chaleco de piqué blanco y corbatín de seda sujeto con un alfiler de brillantes que Liseth reconoció en el acto: pertenecía al joyero familiar de los Sterling de Highgate.

Tenía veintisiete años y conservaba esa belleza clásica y pulida que tres años atrás la había encandilado en el invernadero de sus padres: cabellos castaños claros peinados hacia atrás con pomada aromática —el mismo tono del mechón que ella había guardado bajo una piedra húmeda en la Celda 7—,

una frente despejada que fingía nobleza, y unas manos suaves, blancas, de uñas perfectas, que jamás habían tocado una correa de vaqueta ni limpiado una úlcera sin cobrar una libra de oro por el servicio.

A su lado, tomada de su brazo con una timidez virginal, se encontraba Lady Clara Vance.

La futura desposada era una muchacha de apenas diecinueve años, de mejillas sonrosadas y cuerpo menudo, envuelta en un vestido de muselina blanca guarnecido de encajes de Bruselas.

Tenía unos ojos azules limpios, ingenuos, cargados de una adoración ciega y absoluta hacia el hombre que le sonreía desde las alturas.

En ese instante, la orquesta detuvo su melodía. El magistrado Vance —un anciano corpulento de patillas blancas y levita judicial severa— levantó su copa hacia el centro de la sala, exigiendo silencio con un golpe de bastón sobre la madera.

—¡Por el futuro de Blackcliff! —proclamó la voz ronca del juez, arrancando murmullos de aprobación entre la concurrencia—.

¡Por el doctor Peter Holloway, cuyo talento clínico y cuya devoción por los desvalidos honran a nuestra comunidad; y por mi hija Clara, que mañana sellará con él la unión de dos patrimonios y dos voluntades al servicio de la Corona!

Los aplausos resonaron en el salón como un trueno de hipocresía dorada. Peter inclinó la cabeza con una modestia ensayada, llevando la mano derecha al pecho en un gesto de conmovedora gratitud:

—Agradezco sus palabras, señor magistrado —dijo Peter con una voz dulce, melodiosa, perfectamente modulada—. Mi único anhelo es dedicar mi vida y mi ciencia a la felicidad de su hija y al progreso de esta bendita tierra. Oakhaven no será solo un hogar; será un faro de rectitud y caridad para todos.

El brindis estalló en un coro de vivas. Las copas chocaron entre sí con un tintineo agudo que a Liseth le pareció el eco lejano de unos grilletes golpeando contra una losa de sepulcro.

Minutos después, aprovechando que los invitados se dispersaban hacia el buffet de faisanes y gelatinas, Peter tomó a Clara por el codo con una galantería exquisita y la guio hacia la galería de los limoneros,

un invernadero anexo decorado con palmeras enanas y estatuas de mármol que comunicaba con la terraza exterior.

Liseth los siguió a distancia, moviéndose entre las sombras de los cortinajes de terciopelo verde como un fantasma ingrávido.

Se detuvo tras un grupo de mirtos en flor, a escasos cinco pasos de donde la pareja se había detenido junto a una balaustrada de piedra. La música de la orquesta llegaba amortiguada; afuera, la lluvia repiqueteaba contra los cristales con el chasquido monótono que Liseth conocía de memoria.

—Estás nervioso esta noche, Peter —dijo Clara con voz suave, acariciando con dedos enguantados la solapa del frac del cirujano—. Apenas has probado el vino y tus ojos no dejan de vigilar la entrada.

Peter sonrió. Era esa sonrisa cálida, envolvente, que Liseth había creído sagrada en sus noches de fiebre.

—Solo es la expectación de la felicidad, mi adorada Clara —respondió Peter, inclinándose hacia ella hasta rozarle la frente con los labios—.

Cuando el notario traiga mañana los pliegos de las canteras y las transferencias de las tierras del norte, sabré que nada bajo el sol podrá separarnos…

Tu padre ha sido generoso, pero mi mayor tesoro eres tú.

Te esperaré en Oakhaven mañana por la tarde, cuando la ceremonia termine, para comenzar nuestra verdadera vida.

Liseth Sterling permaneció inmóvil tras las hojas del mirto.

Las palabras cayeron sobre su alma con la frialdad matemática de una autopsia.

«Mi adorada Clara… nada bajo el sol podrá separarnos… te esperaré en Oakhaven…»

Eran las mismas frases. Los mismos adjetivos. La misma inflexión de ternura ensayada ante el espejo que él había empleado en el salón de Highgate tres años atrás, mientras sus cómplices esperaban en el carruaje de los alienistas con las camisolas de lona en las manos.

La última niebla de su mente se disipó en una fracción de segundo.

El delirio romántico que la había mantenido con vida en la Celda 7, la fantasía piadosa de que Peter había sido engañado por su tío o que esperaba el momento oportuno para rescatarla de las garras de Silas Thorne… Todo se desmoronó como un castillo de arena golpeado por una ola de brea negra.

Peter Holloway no era una víctima. No era un héroe trágico.