La novia de Blackthorn CAPÍTULO 8 La máscara de Montecristo
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CAPÍTULO 8 La máscara de Montecristo

Durante los cinco días siguientes, el tiempo en la trastienda de J. Reid — Dispensary adentro, entre anaqueles de roble saturados de aroma a manzanilla seca,

alcohol rectificado y resina de benjuí, una vida humana era reconstruida pieza a pieza.

Julián Reid no trataba a Liseth como a una prófuga al borde del cadalso ni como a una demente quebrada por el histerismo; la trataba con la paciencia científica de un cirujano y el respeto sobrio de un caballero del norte.

Cada mañana, antes de descorrer los postigos de la botica para atender a los marineros y pescadores del muelle bajo, el boticario renovaba los vendajes de su pie izquierdo.

La solución fenicada de Lister y los emplastos calientes de corteza de sauce y harina de linaza habían obrado el milagro: el tejido necrosado del talón se había desprendido sin supuración mayor; la hinchazón violácea del tobillo había cedido,

dejando una cicatriz limpia y sonrosada que ya le permitía apoyar la planta sin que los dientes le crujieran de dolor.

Pero la verdadera batalla no se libraba en la piel, sino en la sangre.

Tres años de pan negro rancio, agua estancada y sangrías forzadas en Blackthorn habían dejado el cuerpo de Liseth al borde del colapso consuntivo.

Para devolverle el vigor, Julián preparó una pauta farmacológica rigurosa: caldos concentrados de buey con médula ósea y romero tres veces al día; cucharadas de aceite de hígado de bacalao del mar de Barents; y una tintura reconstituyente de hierro reducido,

corteza de quina roja de los Andes y nuez vómica, administrada en pequeñas dosis tras cada comida para estimular el apetito y la regeneración celular.

El efecto en el organismo de la joven fue asombroso.

Hacia el cuarto día, el temblor febril que hacía castañetear sus mandíbulas desapareció por completo.

Las cuencas hundidas de sus ojos se rellenaron; la palidez cenicienta y enfermiza de la Celda 7 dio paso a una tez clara, nacarada y limpia, propia de una mujer de sangre noble que no ha sido expuesta a la intemperie del vulgo.

Aunque conservaba una delgadez aristocrática y severa, sus clavículas ya no parecían cuchillas a punto de rasgar la piel; y en sus ojos avellana, limpios por fin de la bruma del delirio químico del asilo, comenzó a brillar una luz fría, matemática y calculadora.

La fiera enjaulada se estaba transformando en una estratega.

Al caer la noche del quinto día, con la botica cerrada con tranca de hierro y la chimenea de la trastienda arrojando un calor dorado y reconfortante sobre las alfombras, Liseth permanecía sentada junto a la mesa de trabajo de Julián.

Llevaba sobre los hombros un chal de lana gris que el boticario le había prestado.

Con dedos serenos, libres ya del temblor que la consumía en los páramos, sostenía entre sus manos la taza de té de jengibre mientras contemplaba a su anfitrión, quien limpiaba con alcohol un juego de bisturíes y pinzas de disección sobre un paño de lino blanco.

—La policía ha dejado de registrar las tabernas de los muelles —dijo Julián sin levantar la vista del metal—.

Creen que la prófuga se arrojó al río Wharfe o que logró subir a un tren de carga en dirección a Newcastle.

Silas Thorne no ha venido en persona; mandó a dos de sus celadores, pero los alguaciles del puerto no tienen ganas de perder el tiempo buscando a una loca en los pantanos cuando hay contrabando de tabaco holandés que confiscar en las calas.

Liseth apoyó la taza sobre la mesa con un chasquido suave.

—Silas Thorne no se rendirá, Julián —respondió ella, con una voz cuyo timbre había recuperado la melodía pausada y firme de su juventud en Londres—.

Ese hombre no busca a una paciente; busca el silencio de su mayor negocio.

Mi tío pagó trescientas libras de oro por adelantado para que yo no saliera con vida de la Celda 7.

Y Peter… Peter Holloway fue quien redactó los informes clínicos falsos para convalidar el encierro ante los jueces de paz.

Julián detuvo la mano sobre la hoja del bisturí. Levantó sus ojos oscuros, clavándolos en el rostro sereno de la joven con una mezcla de indignación ética y asombro.

—Holloway… —murmuró el boticario, pronunciando el apellido como si escupiera vinagre amargo—.

Sospechaba que ese miserable ocultaba podredumbre bajo sus levitas de corte milanés, pero jamás imaginé una infamia semejante.

En Blackcliff se presenta como un héroe de la ciencia; cura las jaquecas de las damas de la colina con jarabes de agua de azahar y cobra tres guineas por consulta en su gabinete de Oakhaven.

—Llegó a esta costa con mi fortuna, Julián —explicó Liseth con una frialdad glacial en la mirada—.

Liquidó las rentas de mis tierras en Highgate mediante un poder notarial adulterado.

Compró la casona del acantilado, pagó sus deudas de juego en los clubes de Londres y se compró un título honorífico en la Real Sociedad Médica de Edimburgo…

Y mientras él brindaba con champán en los salones, yo contaba doce gotas de agua helada sobre mi frente amarrada a un camastro con correas de vaqueta.

Julián apretó el bisturí hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Mañana por la tarde se celebra la gran recepción en las Assembly Rooms del puerto alto —dijo él, cruzando los brazos sobre el delantal de cuero—.

La presentación oficial de su compromiso con Lady Clara Vance.

Toda la oligarquía del condado estará allí: el juez, el alcalde, los armadores y los terratenientes.

Si acudimos ahora mismo al juez Vance con tu testimonio…

—¿Al juez Vance? —Liseth soltó una risa seca, breve, desprovista de cualquier humor—.

El juez Vance es el padre de la novia, Julián.

Un magistrado conservador que ha invertido la dote de su única hija en el prestigio social de su futuro yerno.

¿Qué crees que haría si una mujer se presenta ante sus estrados con el pelo trasquilado y las muñecas marcadas por grilletes, acusando al cirujano de moda de haberla enterrado en un manicomio?

Llamaría a dos alguaciles, ordenaría mi arresto por difamación y enviaría un telegrama urgente a Blackthorn para que Silas Thorne viniera a recogerme con una camisa de fuerza.

La ley de este país está escrita por hombres como Vance para proteger a hombres como Holloway.

Julián guardó silencio durante largos segundos. Sabía que cada palabra que salía de los labios de aquella mujer era rigurosamente cierta: la justicia victoriana era un engranaje ciego ante los crímenes cometidos en el ámbito privado de la burguesía.

—¿Entonces qué pretendes hacer, Liseth? —preguntó él en un susurro cargado de aprensión—.

¿Esperarlo en un callejón oscuro con el fragmento de porcelana con el que mataste a tu carcelero?

Si lo apuñalas en una esquina, te colgarán en la plaza pública de York antes de que acabe la semana.

No sobreviviste a tres años de infierno para terminar tus días balanceándote en la punta de una soga.

Liseth se puso en pie.

Caminó hacia el fuego de la chimenea con un andar medido, rítmico y aristocrático. Ya no cojeaba; su espalda estaba recta como una vara de abedul y su mentón se alzaba con la soberbia innata de los Sterling.

—Edmundo Dantès no esperó a sus verdugos en un callejón con una navaja de marinero, Julián —dijo ella, clavando la vista en las brasas incandescentes—.

Se convirtió en el Conde de Montecristo.

Aprendió sus códigos, se vistió con sus sedas, entró en sus salones de baile y los destruyó desde dentro, haciendo que sus propias mentiras fueran la pira donde ardieran vivos.

Peter Holloway me robó mi nombre, mi fortuna y mi juventud; no voy a concederle el privilegio de una muerte rápida en una zanja.

Voy a mirarlo a los ojos en su propio terreno.

Voy a hacer que el terror le devore el corazón latido a latido, hasta que su propia culpa lo arrastre al vacío.

Julián la contemplaba con una fascinación que le aceleraba el pulso.

No había rastro de histeria ni de locura homicida en el semblante de la joven; había una inteligencia superior, una templanza forjada en el fuego del dolor que lo conmovía hasta la médula.

Aquella mujer no era una paciente que necesitara consuelo: era una fuerza de la naturaleza reclamando su derecho a la restitución.

El boticario se levantó de su asiento.

—Si vas a entrar en los salones de la colina como una dama —dijo Julián con una leve sonrisa cómplice asomando a la comisura de sus labios—, no puedes presentarte vestida con la bombesina fúnebre robada en una vicaría rural. Una viuda pobre despierta sospechas; una dama de fortuna exige reverencias.

Caminó hacia el rincón oriental de la trastienda, donde descansaba un monumental arcón de madera de alcanfor con herrajes de bronce pulido. Con una pequeña llave de latón abrió el candado y levantó la pesada tapa. Un aroma a hojas de tabaco seco, lavanda y madera noble se expandió por la estancia.

—Este baúl perteneció a mi madre —explicó Julián, extrayendo varias prendas envueltas en papel de seda azul—.

Provenía de una familia de armadores de Hull; murió cuando yo era apenas un estudiante en Edimburgo, pero guardé su guardarropa porque jamás tuve el valor de malvender sus recuerdos a los traperos del muelle.

Desplegó sobre la mesa de trabajo un conjunto que arrancó un destello de admiración en los ojos de Liseth.

Era un traje de paseo de corte impecable, confeccionado en paño fino de lana de color azul zafiro oscuro, con ribetes de terciopelo negro en el cuello militar y en los puños.

La falda, de caída recta y sobria, carecía del miriñaque exagerado de las damas provincianas, exhibiendo la elegancia moderna de la moda metropolitana; el corpiño, cerrado por una hilera de botones de plata labrada con motivos botánicos,

estaba forrado en raso de seda que amortiguaría cualquier roce sobre la piel herida.

Junto al vestido, descansaban una capa corta de paño forrada de armiño blanco descolorido, un par de guantes largos de cabritilla gris perla y un bolso de mano de malla de plata.

—El azul zafiro disimula la palidez —dijo Julián con voz suave—. Y la plata te dará la autoridad que los tontos de la colina confunden con la virtud.

Liseth acarició la tela con la yema de sus dedos desnudos. El tacto de la lana noble y la seda fría le devolvió el perfume de su antigua vida en Highgate, antes de que el lodo de Blackthorn manchara su existencia.

—Es perfecto, Julián… —susurró ella, levantando los ojos hacia él con una gratitud tan honda que el boticario sintió que la respiración se le trababa en la garganta—. Pero mi cabello… Ninguna dama victoriana se presenta en sociedad con la cabeza rapada como un presidiario.

Julián sonrió con ternura. Tomó de su mesa una tijera fina de barbero con hojas de acero inglés y un peine de concha de carey.

—Siéntate frente al espejo, Liseth. La medicina no es solo coser tendones; también es el arte de restaurar la forma.

Liseth tomó asiento ante el tocador de azogue de la trastienda.

Durante la siguiente media hora, en un silencio sagrado interrumpido únicamente por el chasquido rítmico del acero y el rumor del fuego en el hogar, Julián trabajó con una delicadeza infinita.

Sus dedos largos y templados se deslizaron entre los mechones de la joven, emparejando los trasquilones salvajes que las celadoras le infligieran en el sótano del asilo, recortando las sienes con precisión geométrica y despejando la nuca con una suavidad que parecía una caricia.

Modeló su cabello en un peinado corto y ondulado, de inspiración clásica griega, semejante al que lucían las aristócratas ilustradas de París: un corte atrevido pero exquisitamente distinguido, que enmarcaba sus pómulos afilados y resaltaba la hondura majestuosa de sus ojos avellana.

Cuando Julián retiró la toalla de lino de sus hombros y Liseth alzó la vista hacia el espejo, contuvo el aliento.

La reclusa de la Celda 7 había muerto definitivamente.

Frente a ella, en el azogue limpio, se reflejaba una mujer de una belleza turbadora, severa y magnética: una aristócrata enigmática, de mirada penetrante y porte soberano, a la que nadie en todo el Reino de Gran Bretaña se atrevería a cuestionar su cordura.

Liseth se puso en pie y se colocó el corpiño de terciopelo azul y plata.

La prenda le ajustaba al talle con una precisión casi milagrosa, ocultando bajo sus pliegues las marcas de los grilletes y realzando su figura esbelta.

Se calzó los guantes de cabritilla gris, cubriendo sus manos hasta los antebrazos.

Julián dio un paso atrás, contemplándola con una admiración sincera que no intentó disimular.

—¿Quién eres ahora, señorita Sterling? —preguntó él en un susurro cargado de complicidad.

Liseth esbozó una sonrisa fina, afilada y hermosa como el filo de un estilete de plata.

—Soy la señora Sterling de Londres —respondió ella—. Una benefactora anónima que ha llegado a Blackcliff interesada en las obras caritativas de la comarca… y en el brillante porvenir del doctor Peter Holloway.

Julián extrajo del bolsillo de su chaleco un sobre de vitela cerrado con lacre rojo.

—Entonces esto te pertenece —dijo el boticario, entregándole el pliego—.

Es una invitación formal para la recepción de gala de mañana por la tarde en el Club de la Asamblea del puerto alto.

El farmacéutico mayor de la ciudad no podrá asistir por un cólico renal y me pidió que entregara su pase a algún colega distinguido.

Nadie te pedirá credenciales en la entrada si bajas de un carruaje de alquiler con ese porte.

Liseth tomó la invitación con dedos enguantados.

Al rozar la mano de Julián, sus miradas se sostuvieron durante un instante largo y denso: una corriente de afecto honesto, de respeto mutuo y de un fuego limpio que ninguno de los dos se atrevió a nombrar en voz alta, pero que acababa de sellar su alianza para siempre.

—Gracias, Julián —susurró ella, bajando apenas la cabeza—. Por la ropa… por el cobijo… y por devolverme el reflejo en el espejo.

—No me des las gracias todavía, Liseth —advirtió él con gravedad protectora—. Mañana verás a Holloway cara a cara por primera vez en tres años. No dejes que la rabia te ciegue el pulso. Recuerda: para destruir a un monstruo en su propio salón, debes ser más fría que el mármol sobre el que caminas.

Liseth guardó la invitación en su bolso de malla de plata y apretó el cierre con un chasquido metálico.

—El mármol no siente el frío, Julián —sentenció ella, mirando hacia la noche a través del ventanal de la botica—. Y mañana por la noche, Peter Holloway va a descubrir que las piedras de Blackthorn han venido a cobrar su deuda.