La novia de Blackthorn CAPÍTULO 7 La trastienda del boticario #2
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CAPÍTULO 7 La trastienda del boticario #2

Estaba acostada sobre un colchón de lana suave, cubierta por una manta gruesa de cuadros escoceses. Su tobillo izquierdo no ardía: una venda limpia de hilo blanco lo envolvía con la firmeza de un vendaje ortopédico profesional.

El pánico tardó un segundo en encender sus alarmas.

Se llevó la mano derecha al pecho con un zarpazo urgente. Sus dedos palparon la entretela del corpiño: el saquito de lino, el rizo de Peter y la carta doblada seguían allí, intactos bajo el alfiler de hueso.

Soltó una bocanada de aire tembloroso y giró la cabeza hacia la izquierda.

A cuatro pasos del diván, sentado ante una mesa de trabajo de nogal iluminada por un quinqué de latón con pantalla verde, un hombre joven trabajaba en silencio.

Vestía pantalón oscuro de pana gruesa, camisa de lino crudo con las mangas arremangadas hasta los antebrazos y un chaleco de lana gris desabrochado.

Tenía los hombros anchos de quien carga cajas de mercancías en el muelle, pero sus manos —manos de dedos largos, firmes y limpios de asperezas brutales— manipulaban una pequeña espátula de marfil con una destreza exquisita, mezclando unos polvos blanquecinos en un mortero de ágata.

Tenía el cabello castaño oscuro, corto y rebelde sobre la frente despejada; una mandíbula fuerte, marcada por una sombra de barba de dos días, y unos ojos oscuros y concentrados que no denotaban fatiga a pesar de la vigilia.

Liseth intentó incorporarse de golpe.

El movimiento fue un error: los músculos de su abdomen, agarrotados por los espasmos de la fiebre, protestaron con una punzada violenta que le arrancó un gemido involuntario.

Su mano se deslizó hacia la mesita auxiliar que reposaba junto al diván, buscando un arma por instinto de supervivencia.

Sus dedos tropezaron con una varilla de vidrio grueso utilizada para remover emulsiones; la empuñó con el puño cerrado, alzándola como un estilete improvisado mientras pegaba la espalda contra la pared de ladrillo, con los ojos desorbitados y la respiración rota.

Julián no dio un salto ni buscó defensa alguna.

Dejó la espátula de marfil sobre el secante de cuero con una lentitud deliberada, cruzó las manos sobre la mesa y giró apenas el torso en su asiento para mirarla de frente.

No había miedo en sus facciones; tampoco había la lascivia vulgar de Jem Garrow ni la frialdad sádica de Silas Thorne. Había una serenidad analítica, templada por una compasión lúcida que desarmó el primer impulso asesino de la joven.

—Esa varilla de vidrio cuesta tres peniques y se romperá al primer golpe contra mis costillas, señorita —dijo Julián con una voz grave, templada y reposada, cuyo acento del norte carecía de aspereza carcelaria—.

Y dudo mucho que tu tobillo soporte el peso de tu cuerpo si intentas cruzar esa puerta antes de que el vendaje asiente la inflamación.

Liseth no bajó el arma improvisada. Sus nudillos estaban blancos por la tensión; su pecho subía y bajaba bajo la bombesina negra desabrochada.

—¿Quién es usted?… —graznó ella. Su voz, desgarrada por tres días de silencio y fiebre, sonó como el roce de dos limas de hierro—. ¿Dónde están los alguaciles?… ¿Cuánto le ha pagado Thorne por retenerme?

Una sombra de desprecio sincero cruzó la mirada de Julián al escuchar el nombre del director de Blackthorn.

—Me llamo Julián Reid —respondió él, sin alterar el tono solemne de sus palabras—.

Esta es mi botica. Y en cuanto a Silas Thorne…

no hay suficiente oro en todo el condado de Yorkshire para que yo le entregue a un perro callejero, mucho menos a una mujer a la que ese carnicero ha tenido amarrada con correas de vaqueta durante Dios sabe cuántos meses.

Liseth contuvo el aliento. Sus ojos buscaron las muñecas descubiertas de sus propios brazos: las cicatrices violáceas estaban a la vista, limpias del barro del camino, desnudas ante el examen del boticario.

—Las ha visto… —susurró ella, y por primera vez un destello de vergüenza humana empañó la furia de sus pupilas.

—He visto esas marcas en dos marineros que sirvieron en los pontones de presidio de Chatham —dijo Julián, poniéndose en pie con movimientos lentos, cuidando de no hacer ningún gesto brusco que pudiera alarmarla—.

Y he visto el pasquín de recompensa que la policía ha pegado en la estación de postas hace tres horas.

Veinte libras por una reclusa peligrosa.

Liseth apretó la varilla de vidrio con más fuerza.

—¿Por qué no me ha entregado? Veinte libras es una fortuna para un boticario de los muelles.

Julián caminó hacia la estufa de hierro. Tomó una cacerola esmaltada que reposaba sobre la plancha caliente y vertió un líquido oscuro y aromático en un tazón de loza blanca.

—Porque conozco la calaña de los hombres que dirigen los asilos privados en este país —respondió Julián, dándose la vuelta con el tazón entre las manos—.

Y porque he pasado la última hora extrayendo una astilla de pino infectada de tu talón.

Una mujer que camina cinco millas con un pie gangrenado para huir de una jaula no es una enferma peligrosa, señorita; es alguien que ha decidido que prefiere morir en el camino antes que volver a ser pisoteada por los médicos de moda.

Avanzó dos pasos hacia el diván y depositó el tazón sobre la mesita auxiliar, fuera del alcance inmediato de la varilla de vidrio para no invadir su espacio.

—Es caldo de buey con extracto de romero y una pizca de sal marina —añadió él, retrocediendo hacia su silla de trabajo—.

Tu cuerpo está deshidratado y tus defensas no resistirán otro acceso febril si no metes algo caliente en el estómago.

Bébelo. No tiene láudano, ni adormidera, ni nada que nuble tu entendimiento.

Liseth miró el tazón. El vapor que subía de la loza olía a comida real, a carne limpia y a hierbas del campo; no a la gacha rancia de avena que Garrow le arrojaba sobre la paja. Su estómago rugió con una violencia dolorosa que le dobló el vientre.

Lentamente, sin apartar los ojos oscuros del boticario, dejó caer la varilla de vidrio sobre la manta escocesa.

Tomó el tazón con ambas manos. Sus dedos temblaban tanto que el caldo salpicó apenas los bordes de la loza; acercó los labios y bebió el primer sorbo.

El calor del caldo le bajó por el esófago como una caricia de fuego líquido, devolviéndole una sensación de humanidad que creía extirpada para siempre de su carne.

Bebió con avidez, tragando con pequeños sollozos secos que intentó reprimir en vano, devorando el alimento hasta dejar el tazón limpio en menos de un minuto.

Julián la observaba en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho, respetando su voracidad sin una sola sombra de burla.

Cuando Liseth dejó el tazón sobre la mesa, se limpió los labios con el dorso de la mano y levantó la cabeza.

A través de los mechones trasquilados que le caían sobre las sienes, sus ojos avellana —ahora limpios del velo de crespón y de la bruma del colapso— se clavaron en los de Julián con una fijeza penetrante, lúcida y desarmante.

—Me llamo Liseth —dijo ella, con una voz que recuperó un timbre aristocrático, templado por una dignidad que el fango de Yorkshire no había logrado ahogar—. Liseth Sterling.

Julián asintió con una leve inclinación de cabeza, reconociendo el apellido que tres años atrás figuraba en las gacetas mercantiles de Londres.

—Bienvenida a Blackcliff, señorita Sterling —dijo el boticario en voz baja—. La tormenta afuera arrecia y la policía vigila las esquinas… Pero entre estas cuatro paredes de ladrillo, mientras yo tenga llaves en el cinto, nadie volverá a ponerte una mano encima.

Liseth lo contempló durante varios segundos en la penumbra dorada de la trastienda.

Por primera vez desde la tarde en que el carruaje de los alienistas cruzó los portones de Highgate, un hombre la miraba sin desear su dinero, sin juzgar su dolor y sin empuñar una jeringa de sedante.

El hielo que blindaba su corazón no se derritió; pero en la sombra de aquel laboratorio oliendo a eucalipto y a chimenea, Liseth Sterling comprendió que ya no estaba sola en el sendero de las sombras.

La cacería hacia Oakhaven continuaba, pero el crisol de su transformación acababa de encender su primera brasa.