La novia de Blackthorn CAPÍTULO 7 La trastienda del boticario
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CAPÍTULO 7 La trastienda del boticario

El haz de luz del quinqué cortó la penumbra del zaguán como una cuchilla tibia, iluminando las losas húmedas de piedra caliza donde yacía el cuerpo inerte.

Julián Reid se detuvo a dos pasos del umbral interior, con la mano izquierda apoyada instintivamente en la jamba de madera y el brazo derecho extendido en alto.

Sus ojos oscuros, acostumbrados a medir pesos infinitesimales en balanzas de precisión y a descifrar síntomas en los rostros de los pescadores del muelle, tardaron apenas un segundo en registrar la anomalía de la escena: una dama vestida con el luto más severo y costoso de la etiqueta victoriana,

desplomada en el suelo de tierra y ceniza de un callejón de mala muerte, con la cofia de crespón desprendida y la cabeza apoyada contra el escalón de piedra como un fardo arrojado por la marea.

Afuera, en Salt Wharf Alley, el silbato de latón del agente municipal volvió a sonar: dos trinos cortos y agudos, seguidos por el chapoteo pesado de unas botas reglamentarias que regresaban por la bocacalle empedrada.

—¡Eh! ¡El del dispensario! —resonó la voz del policía a través de la niebla—. ¿Ha visto pasar hacia los tinglados a una mujer sola?

Julián no vaciló.

Con un movimiento fluido y silencioso, bajó la pantalla del quinqué hasta extinguir casi la mecha, dio un paso hacia el zaguán y cerró la puerta de servicio de un empellón certero.

Corrió el pesado cerrojo de hierro forjado; el metal encajó en el marco con un chasquido mudo que quedó sepultado bajo el rumor del oleaje en los muelles bajos.

Se agachó junto a la mujer.

Al tocar la tela de bombesina negra para buscar el pulso en el cuello, una bocanada de calor seco y abrasador le golpeó la palma de la mano: la piel de la desconocida ardía con una fiebre feroz, de al menos cuarenta grados,

ese fuego desatado que los tratados de medicina llamaban la calentura septicémica.

Pero lo que hizo que Julián contuviera el aliento en la penumbra fue su rostro.

Bajo los mechones de cabello castaño oscuro —un cabello que no había sido peinado por doncella alguna, sino mutilado a tijeretazos salvajes, desiguales y apresurados— se revelaba una fisonomía de una palidez marmórea, consumida hasta el delirio.

Las cuencas de los ojos estaban hundidas en pozos de sombra violácea; las mejillas carecían de grasa subcutánea, dejando al descubierto la estructura ósea de la mandíbula con la nitidez de una calavera anatómica; y en los labios agrietados temblaba una costra de sangre seca y espuma febril.

Desprendía un olor complejo y terrible: por encima flotaba el agua de lavanda con la que había intentado perfumarse en la vicaría, pero por debajo de la seda y la lana limpia persistía el aroma inconfundible, rancio e indeleble de los pabellones de incurables: ácido fénico,

lejía concentrada de caldero y el sudor frío del terror prolongado.

Julián deslizó los brazos por debajo de los hombros y las rodillas de la mujer para levantarla.

Esperaba el peso muerto de una dama burguesa con miriñaque y enaguas pesadas; lo que alzó entre sus brazos fue una cáscara vacía. La desconocida apenas pesaba setenta libras. Su cuerpo era un haz de huesos frágiles y tendones tensados bajo capas de paño rígido.

La trasladó con pasos rápidos a través del laboratorio de la trastienda, sorteando las mesas de madera de haya cubiertas de morteros, alambiques de cobre y hileras de frascos de vidrio ámbar, hasta cruzar la cortina de pana verde que separaba el taller de sus aposentos privados.

Aquella estancia era un refugio cálido, austero y hospitalario: una chimenea de ladrillo donde ardía una cama generosa de carbón de coque y turba seca; paredes forradas de estanterías de pino con tratados de química botánica, farmacopea británica y atlas anatómicos; y,

en el rincón más resguardado de las corrientes marinas, un diván de cuero tapizado con mantas de lana limpia de las Tierras Altas.

Depositó a la mujer sobre el lecho.

De inmediato encendió una lámpara de aceite de pie sobre el velador, acercándola para examinarla con el rigor clínico de quien antes de ser boticario en los muelles se había deslomado en las salas de disección del Edinburgh Royal Infirmary.

El primer foco de peligro era evidente: el botín izquierdo.

El cuero oscuro del calzado estaba empapado de una supuración sanguinolenta que había traspasado la horma. Julián tomó una tijera de cirujano de su maletín de cuero y, sin intentar desatar los cordones apelmazados por el lodo seco, cortó la piel del botín de arriba abajo con un tajo limpio.

Al retirar el calzado y desgarrar la media de hilo, sofocó una maldición entre dientes.

El tobillo y el empeine de la mujer eran una masa de tejido tumefacto, de una tonalidad púrpura y negruzca que amenazaba con derivar en erisipela gangrenosa.

En la base del tendón de Aquiles, una astilla astillosa de madera de carroña de casi tres pulgadas permanecía incrustada en la carne viva, rodeada de un halo de pus amarillento y tejido necrosado.

Había caminado millas enteras sobre aquella herida abierta sin quejarse, empujada por una fuerza de voluntad que desafiaba a la fisiología humana.

Julián desabrochó con destreza los pequeños botones de azabache de las mangas del vestido negro para tomar el pulso radial y preparar una vía de sangría refrescante si la fiebre no cedía.

Al tirar de los guantes de cabritilla negra para descubrir las muñecas, sus manos de médico quedaron suspendidas en el aire.

Las muñecas de la desconocida contaban la verdadera historia.

Bajo la piel cetrina y fina como el pergamino, dos franjas circulares de tejido cicatricial hipertrófico rodeaban las articulaciones del radio y el cúbito: marcas gruesas, endurecidas, de un color blanco nacarado veteado de moratones antiguos y llagas recientes.

Eran los estigmas inconfundibles de las correas de vaqueta de doble pasador; las huellas que solo dejaban las abrazaderas de inmovilización mecánica prolongada durante meses en los camastros de los manicomios privados.

Julián miró los carteles que había visto esa misma tarde clavados en los muelles de carbón.

«Escaped female patient from Blackthorn Asylum…»

La prófuga de Silas Thorne. La reclusa por cuya cabeza el director del asilo ofrecía veinte libras de oro a cualquier tabernero o pescador que la entregara a las cadenas de sus celadores.

Julián contempló el rostro indefenso de la mujer sobre la almohada.

Tenía los rasgos finos de una dama educada, la nariz recta de la antigua aristocracia rural y unas manos que, a pesar de las uñas rotas por el cieno, jamás habían conocido el trabajo servil de una campesina.

Aquella mujer no era una maníaca homicida salida de los arrabales de Leeds; era una víctima de la maquinaria legal que permitía a los maridos codiciosos y a los parientes sin escrúpulos comprar la firma de dos alienistas para enterrar a una heredera viva en las ciénagas de Yorkshire.

—No volverás a esa jaula, muchacha —murmuró Julián en un susurro grave, pasando el dorso de sus dedos por la frente abrasada de la joven—. No mientras respires bajo este techo.

Comenzó el trabajo médico sin perder un segundo.

Lavó sus manos en una jofaina de loza con jabón de brea y alcohol rectificado. De los anaqueles del laboratorio trajo un frasco de solución fenicada de Lister al dos por ciento, tintura de yodo, una pinza de disección de acero pulido y un lienzo de hilo esterilizado al vapor de la tetera.

Con una precisión despiadada pero compasiva, extrajo la astilla incrustada en el talón.

Liseth emitió un gemido sordo en mitad del coma febril, arqueando la espalda sobre el diván, pero Julián la sostuvo con firmeza por la pantorrilla hasta drenar la herida con compresas empapadas en vinagre de madera y colocar un emplasto emoliente de harina de linaza caliente para abortar la

infección.

Luego, desabrochó los primeros tres botones del cuello del vestido para facilitarle la respiración.

Al abrir la bombesina a la altura del esternón, sus dedos rozaron el alfiler de hueso que sujetaba el pequeño fardo de lino secreto.

La mano de Liseth, inerte hasta ese momento, se disparó en el vacío con la rapidez refleja de una trampa de caza: sus dedos esqueléticos se cerraron sobre la muñeca de Julián con una fuerza desesperada, mientras de su garganta escapaba un siseo ahogado:

—No… Peter… la carta no…

Julián se detuvo en seco. Miró la mano de la mujer aferrada a la suya; vio el pánico visceral en las pupilas entreabiertas que luchaban contra la sombra del delirio.

—Tranquila… —dijo él con una voz pausada, serena, que transmitía la calma sólida de los acantilados—. Nadie tocará tus papeles. Descansa. Estás a salvo de los sabuesos.

Como si el tono del boticario hubiera atravesado la niebla de su cerebro, los dedos de Liseth se aflojaron lentamente.

Su brazo cayó de nuevo sobre el diván, hundiéndose en un sueño profundo y reparador mientras la infusión de corteza de sauce y belladona que Julián le administró gota a gota entre los labios comenzaba a quebrar la resistencia de la fiebre.

Pasaron seis horas.

La medianoche había caído sobre Blackcliff con un silencio espeso, roto únicamente por el lamento de la sirena de niebla del faro del muelle sur y el crepitar pausado de la leña en el hogar de la trastienda.

Liseth Sterling abrió los ojos.

La sensación fue de una extrañeza absoluta, casi aterradora.

No había gotas de agua helada cayéndole sobre la frente con intervalos de doce pulsaciones.

No olía a orina rancia, ni al vómito inducido de las mañanas de Blackthorn, ni a la lona mojada del camastro de la Celda 7.

El aire que llenaba sus pulmones estaba caliente, limpio, perfumado por un vaho balsámico de eucalipto, miel silvestre y resina de pino.

Parpadeó varias veces. La luz que iluminaba la estancia no era el cono amarillo y tembloroso de un farol de celador, sino el resplandor cobrizo y manso de las brasas de una chimenea que proyectaba sombras tranquilas sobre un artesonado de vigas de madera barnizada.