La novia de Blackthorn CAPÍTULO 6 El colapso en el callejón de las brumas #2
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CAPÍTULO 6 El colapso en el callejón de las brumas #2

La fiebre le estaba nublando el juicio. Un velo de puntos negros y dorados comenzó a bailar ante sus ojos a través de la gasa del crespón; sentía la boca seca como la ceniza y una debilidad atroz en las rodillas que amenazaba con derrumbarla sobre el estiércol del patio en menos de diez segundos.

Si caía allí, si el agente se acercaba a socorrerla y levantaba el velo para darle aire, vería su cabeza trasquilada a tijeretazos brutales, las cicatrices de los grilletes en sus muñecas y la llaga infectada de su pie.

La Celda 7 se cerraría sobre ella esa misma noche.

Reuniendo el último resto de voluntad que le quedaba en las fibras desgarradas de su cuerpo, Liseth dio media vuelta.

No corrió; correr habría sido una confesión instantánea de culpa.

Caminó con un paso deliberadamente lento, majestuoso y sombrío, arrastrando apenas el bajo de la bombesina negra sobre el lodo de las piedras, alejándose de los faroles de la estación y enfilando la boca oscura de Narrowgate Lane:

uno de los callejones más estrechos y empinados que descendían desde la plaza de postas hacia los muelles de pescadores.

—¡Eh, señora! ¡Disculpe un momento! —llegó la voz del agente desde el patio, amortiguada por la niebla pero cargada de una autoridad suspicaz—. ¿Espera usted algún carruaje privado?

Liseth no respondió. Se internó en el callejón.

La niebla marina en aquella garganta de piedra era tan densa que el resplandor de las farolas apenas alcanzaba a iluminar dos varas por delante.

Las fachadas de las casas de ladrillo negro se inclinaban hacia el centro de la calleja, casi tocándose en las buhardillas superiores, creando un túnel de sombras húmedas donde el agua goteaba desde los canalones oxidados con un chasquido continuo: gota…

gota… El mismo sonido maldito que la había martirizado en Blackthorn.

Los pasos pesados de las botas del policía comenzaron a resonar en la entrada del callejón, acompañados por el tintineo de su silbato de latón:

—¡Señora! ¡Le hablo a usted!

Liseth apretó los dientes hasta que las encías le sangraron. Viró a la izquierda, internándose en una encrucijada aún más sombría: Salt Wharf Alley, una bajada pedregosa flanqueada por almacenes de redes y secaderos de bacalao cerrados con candados de hierro.

El dolor en su pierna izquierda dejó de ser un dolor para convertirse en una parálisis absoluta. El tobillo ya no sostenía el peso; su bota resbaló sobre un montón de desperdicios de pescado y Liseth chocó de hombro contra la pared de mampostería tosca de un edificio de dos plantas.

Se apoyó contra la piedra, jadeando.

El sudor le corría por las sienes bajo la cofia, empapándole los cabellos cortos; el pecho le ardía como si hubiera inhalado cal viva.

Se llevó una mano al cuello para aflojar el botón superior del corpiño, pero los dedos enguantados no respondieron a las órdenes de su cerebro: estaban entumecidos, torpes, carentes de pulso.

Alzó la vista con la visión borrosa por el delirio febril.

El edificio contra el que se apoyaba no era un almacén portuario ni una taberna de marineros.

A través de la niebla, una pequeña ventana de guillotina con vidrios emplomados dejaba escapar una luz ámbar, limpia y tranquila.

Detrás del cristal, sobre una repisa de nogal oscuro, se alineaban varios albarelos de porcelana blanca con inscripciones en latín dorado y una balanza de precisión de platillos de bronce.

Bajo la cornisa de piedra, un letrero de madera de roble barnizada crujía suavemente bajo la brisa marina:

«J. REID — DISPENSARY el velo de crespón negro se abrió hacia los lados, dejando al descubierto en la penumbra su rostro cadavérico, su tez abrasada por la fiebre y su cabello castaño trasquilado de forma desigual por los carceleros del asilo.

En la estancia contigua —la trastienda de la botica— se escuchó el ruido seco de un mortero de porcelana al posarse sobre una mesa de trabajo, seguido por unos pasos firmes y rápidos que se aproximaban hacia el zaguán.

—¿Quién anda ahí?… —preguntó una voz masculina, joven, templada pero teñida de una alerta inmediata.

Liseth abrió los ojos por una fracción de segundo.

A través de la niebla dorada que le nublaba las pupilas, divisó la silueta recortada de un hombre alto, en mangas de camisa blanca arremangadas hasta los codos y delantal de cuero fino, sosteniendo un quinqué de latón en la mano diestra.

La luz del quinqué iluminó un rostro anguloso, de facciones limpias y mirada penetrante, antes de que la negrura absoluta devorara la conciencia de la prófuga.

La cabeza de Liseth Sterling golpeó suavemente contra el escalón de piedra.

Su respiración se transformó en un estertor agónico; pero afuera, en el callejón de las brumas, los pasos del policía pasaron de largo sin detenerse. El destino acababa de cerrarle la puerta del asilo para abrirle la puerta del único hombre en toda la costa capaz de mirar a sus monstruos a los ojos.