CAPÍTULO 6 El colapso en el callejón de las brumas
El balanceo del coche de postas no era el vaivén compasivo de una cuna, sino la sacudida rítmica y despiadada de una jaula de madera suspendida sobre ballestas de acero.
Cada bache en la calzada costera repercutía en la columna vertebral de Liseth Sterling como un golpe de maza; cada giro brusco de las ruedas de hierro sobre la grava mojada la obligaba a clavar las uñas de sus dedos enguantados en el terciopelo raído del asiento para no salir despedida hacia el
centro del habitáculo.
Afuera, la tarde se desmoronaba con rapidez sobre los acantilados del mar del Norte.
Los páramos abiertos de Yorkshire habían quedado atrás, reemplazados por una franja de tierra magra donde los árboles crecían doblados hacia el oeste por la violencia perpetua de los vientos salinos.
A través del cristal empañado de la ventanilla, Liseth veía cómo una masa compacta de niebla marina —ese velo plomizo y helado que los pescadores llamaban el fret— ascendía desde las rompientes invisibles, devorando los ribazos y tiñendo el mundo de una ceniza lechosa.
Sin embargo, el verdadero combate de Liseth no se libraba contra el paisaje, sino en el interior de su propia carne.
La fiebre, incubada durante la noche de hipotermia en el río Wharfe y atizada por la caminata forzada sobre el pie herido, había comenzado a reclamar su tributo.
Una llamarada sorda y abrasadora le subía desde el tobillo izquierdo por toda la pierna: bajo la bota de cuero robada en Saint Jude, la carne hinchada latía con un pulso monstruoso y autónomo, segregando un sudor viscoso que empapaba la media de lana.
Las cicatrices circulares de sus muñecas, irritadas por el roce de los guantes negros, le quemaban como si las correas de vaqueta de la Celda 7 siguieran apretadas contra sus tendones.
Liseth respiraba con una lentitud tortuosa a través de la trama del crespón negro.
Cada inhalación sabía a polvo de tela vieja y a su propio aliento recalentado; pero no se atrevía a descorrer el velo ni una fracción de pulgada.
A escasas dos cuartas de sus rodillas, los otros tres pasajeros del carruaje compartían el espacio en ese silencio distante y protocolario que la burguesía victoriana observaba ante la presencia de una viuda de alta cuna.
El caballero sentado frente a ella —un comerciante de granos de Leeds con patillas pobladas, chaleco de cuadros y una pesada cadena de reloj de oro cruzándole la pechera— carraspeó tras consultar su periódico vespertino.
—Dicen que el tiempo empeorará antes de medianoche, señor Pargeter —comentó el comerciante dirigiéndose al caballero de su izquierda, un hombre enjuto con quevedos de plata que sostenía una cartera de piel negra sobre las rodillas—.
Si el viento del este arrecia, los paquetes de vapor de Hull no podrán doblar el cabo de Flamborough.
El hombre de los quevedos, que tenía toda la traza de ser un pasante de leyes o un empleado del registro comarcal, asintió con gravedad mesurada:
—No importará para los festejos de Blackcliff, señor Hirst. La niebla puede cerrar el puerto, pero no apagará las arañas de cristal en la colina de Oakhaven. La mitad de la buena sociedad del distrito está convocada para mañana por la noche.
Al escuchar el nombre de Oakhaven, el corazón de Liseth dio un vuelco salvaje en el pecho.
Un espasmo involuntario le recorrió los hombros; sus dedos se cerraron sobre el tejido de su falda con tanta fuerza que las costuras de bombesina gimieron bajo la tensión.
Obligó a su cuello a permanecer inmóvil bajo la cofia, conteniendo la respiración para no delatar la tormenta que acababa de desatarse bajo su velo.
—Ah, por supuesto… El gran acontecimiento del otoño —aprobó la dama mayor del rincón, acariciando con dedos enjoyados el lomo de su caniche blanco—.
El enlace del doctor Holloway. Dicen que es un joven de un talento clínico prodigioso.
Llegó a nuestra costa hace apenas tres años, sin más patrimonio que su instrumental quirúrgico y sus cartas de recomendación de Londres, y mírelo ahora: el médico de cabecera de las familias más distinguidas y a punto de desposar a la hija única del magistrado Vance.
—Un hombre intachable y de una caridad ejemplar —añadió el pasante de leyes, ajustándose los quevedos con una sonrisa de complacencia provinciana—.
Donó cincuenta guineas para el nuevo pabellón de tuberculosos del hospicio marítimo el mes pasado.
Y la señorita Clara Vance es un ángel de dulzura; aportará una dote de doce mil libras y los derechos sobre las canteras del norte.
Un matrimonio bendecido por la providencia para consolidar el buen nombre de Oakhaven.
Bajo la oscuridad impenetrable del crespón negro, el rostro de Liseth Sterling se congeló en una mueca de espanto mudo.
Las palabras flotaban en el aire tibio del carruaje como gotas de ácido sulfúrico cayendo sobre una herida abierta.
«El enlace del doctor Holloway… La señorita Clara Vance… A punto de desposar a la hija del magistrado…»
Un zumbido agudo, ensordecedor y metálico comenzó a taladrarle los oídos, silenciando el traqueteo de las ruedas y la respiración de los pasajeros.
Por un segundo, la mente de Liseth amenazó con fracturarse en mil pedazos: la imagen de Peter Holloway esperándola en la biblioteca de los acantilados, la carta manchada de sangre que le prometía amor hasta que la muerte los reclamara, los tres años de encierro soportados en su nombre…
Todo chocó contra aquella revelación con la violencia de un tren descarrilando contra un muro de granito.
«No… no es posible», susurró una voz agónica en el fondo de su delirio, un rescoldo desesperado de la fe ciega que la había mantenido con vida en la Celda 7.
«Es una calumnia. Es una comedia que Peter ha tenido que montar ante los jueces para protegerse del poder de mi tío. Necesitaba aliarse con el magistrado para abrir las puertas de Blackthorn… Él me lo prometió. Él me escribió: Te esperaré en Oakhaven…» .
Pero la duda, fría y corrosiva como el veneno de una víbora, acababa de morderle las entrañas.
La mano de Liseth subió mecánicamente hacia el bolsillo interior de su corpiño, palpando a través de la lana el saquito que contenía el mechón de pelo y la carta doblada.
El papel ya no desprendía calor; quemaba contra sus costillas con el frío de una mortaja.
El carruaje comenzó a descender una cuesta pronunciada en curva.
El sonido de las pezuñas de los caballos cambió: el chasquido sordo del camino de tierra dio paso al tableteo metálico de los adoquines húmedos.
El olor a brezo muerto y salitre fue desplazado por una bofetada de aire denso y urbano: humo de hulla quemada en chimeneas bajas, brea caliente de los calafates, pescado en salmuera, fango de marea baja y gas de alumbrado público.
Habían entrado en los límites de Blackcliff.
A través del cristal, Liseth vio desfilar las primeras casas de la parte baja: callejones angostos de ladrillo ennegrecido por el hollín industrial, tabernas marítimas con faroles de aceite oscilando sobre puertas de cuarterones y almacenes de cordelería cuyas fachadas se desdibujaban bajo la
niebla marina.
En lo alto de la cresta rocosa que dominaba la bahía, apenas visible entre los jirones blancos del fret, se recortaban las mansiones señoriales de la burguesía victoriana: palacetes de estilo neogótico con torrecillas almenadas y amplios ventanales que miraban hacia la nada del océano.
Allí arriba, coronando el abismo, se alzaba Oakhaven.
El carruaje redujo el paso, viró a la derecha y entró en el patio adoquinado de la estación terminal de postas de The Royal George Inn.
—Término de trayecto, caballeros —anunció el cochero desde el pescante, frenando el tiro con un chirrido de correajes mojados—. Blackcliff Docks. Cuidado al bajar con la humedad de las piedras.
Los pasajeros comenzaron a recoger sus maletines y mantas de viaje. El comerciante de Leeds se puso en pie y, haciendo una inclinación respetuosa hacia la figura enlutada, le abrió paso:
—Permítame ayudarla a descender, milady. La niebla está tan espesa que apenas se divisa el estribo.
—No es necesario, caballero. Le ruego que me disculpe —respondió Liseth.
Su voz salió con un hilo tenue, ronco y tembloroso, que sonó a los oídos del hombre como el susurro de una mujer consumida por el llanto reciente.
Liseth bajó del carruaje apoyando todo el peso sobre la pierna derecha.
Al tocar el adoquín húmedo con el botín izquierdo, un relámpago de dolor le atravesó el tobillo, haciéndole perder el equilibrio por una fracción de segundo; se sostuvo contra el guardabarros de madera hasta recuperar una compostura precaria.
La estación de postas era un hervidero de marineros con chaquetones de paño azul, mozos de equipajes con carretillas de hierro y vendedores de arenques ahumados. Pero bajo los arcos de entrada del patio, la presencia del orden público aguardaba con una hostilidad manifiesta.
A la luz de dos farolas de gas de doble llama, dos agentes de la policía municipal de Blackcliff, enfundados en capotes oscuros con botones de latón de la Corona y cascos reglamentarios, inspeccionaban a los viajeros que descendían de los carruajes del interior.
Junto a ellos, clavado en un poste de madera que sostenía el alero del establo, un pasquín impreso en grandes caracteres negros atraía las miradas de los curiosos:
«REWARD: TWENTY POUNDS. ESCAPED FEMALE PATIENT FROM BLACKTHORN ASYLUM. DANGEROUS TO HERSELF AND OTHERS. SHORN HAIR, EMACIATED, SCARS ON FOREARMS. NOTIFY DR. SILAS THORNE OR CONSTABULARY IMMEDIATELY».
El corazón de Liseth se detuvo en seco.
Uno de los agentes —un hombre corpulento con mostacho poblado y porra de roble colgada del cinto— terminó de interrogar a un carretero y giró la cabeza hacia la diligencia de postas.
Su mirada barrió a los pasajeros burgueses y se detuvo, con una fijeza inquisitiva, en la silueta solitaria de la mujer vestida de luto riguroso que permanecía inmóvil junto a la rueda trasera.
Liseth sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.