CAPÍTULO 5 La carta manchada y el cruce de caminos #2
La oficina era una estancia estrecha, caldeada por una estufa de hierro que desprendía un olor acre a hollín.
Detrás de una reja de latón repujado, un empleado cincuentón, con manguitos de lustrina negra y gafas redondas sobre la nariz afilada, mojaba su pluma de acero en un tintero de porcelana mientras repasaba los asientos del libro de viajeros.
Al sentir la sombra negra recortarse frente a la ventanilla, el hombre levantó la vista.
Su mirada recorrió el traje de luto estricto, los guantes de hilo inmaculados y el velo espeso que impedía vislumbrar un solo rasgo del rostro de la mujer.
El empleado adoptó de inmediato el tono meloso, bajo y condolido que los servidores victorianos reservaban para las clases acomodadas golpeadas por la tragedia:
—Buenos días tenga su señoría… En lo que pueda servir este humilde empleado de la Real Casa de Postas. ¿Desea una plaza en el coche de Leeds o en el expreso hacia York?
Liseth modular su voz antes de emitir un sonido. No podía hablar con el graznido áspero de la reclusa de la Celda 7 ni con la furia que le quemaba las entrañas; debía recuperar el timbre melódico, pausado y distante de la heredera de Highgate.
—Un asiento en el coche de la costa, caballero —dijo ella, con un tono suave, quebradizo por una pesadumbre fingida, pero dotado de una firmeza señorial incuestionable—. Deseo viajar hacia Blackcliff.
El empleado asintió con gravedad compasiva.
—El coche del litoral sale en diez minutos, señora. Apenas quedan dos plazas en el departamento interior de primera clase. El billete hasta el término del muelle de Blackcliff cuesta once chelines y seis peniques con derecho a una maleta en la baca.
Liseth introdujo la mano en la faltriquera de su falda. Sus dedos palparon las monedas robadas del cepillo parroquial de Saint Jude.
Extrajo dos medias coronas y un chelín de plata del reinado de la reina Victoria, depositándolos sobre el mostrador de madera con un tintineo limpio. No tembló; no apresuró el gesto. Cada moneda brilló bajo la lámpara de gas como un salvoconducto forjado en la mentira.
El empleado cobró el dinero con un golpe de tampón sobre el boleto de cartón grueso y le devolvió el cambio de cuatro peniques de cobre.
—Aquí tiene su pasaje, milady. El coche es el número cuatro, tiro de cuatro bayos. El cochero se llama Higginbotham; le ayudará con su equipaje si lo ha dejado en el porche.
—No llevo equipaje, señor —respondió Liseth con un suspiro amortiguado tras el crespón—. Mi único equipaje ha quedado en la fosa que acabo de cerrar esta mañana.
El empleado se cuadró tras la reja, conmovido por lo que creyó la devastación de una viuda reciente que huía del dolor de su hogar vacío.
—Que el Señor Todopoderoso sea su fortaleza en este viaje amargo, señora —murmuró el hombre, bajando los párpados con devoción.
—Él lo será —dijo Liseth.
Tomó el boleto de cartón con sus dedos enguantados y se dio media vuelta.
Al salir al porche de madera de la posta, el alguacil de casaca azul acababa de despegarse del tablón de anuncios. El hombre avanzaba hacia la puerta con el ceño fruncido, examinando a los viajeros con la suspicacia de quien busca a una criminal peligrosa.
Liseth no aceleró el paso. Mantuvo su cadencia pausada, rozando apenas la solapa del uniforme del guardia con el vuelo de su falda de luto.
El alguacil se detuvo en seco, llevó dos dedos al ala de su sombrero con marcial respeto y se inclinó levemente hacia delante para franquearle el paso:
—Tenga buen viaje, señora. Tenga cuidado con la humedad del mar; los caminos hacia la costa se vuelven traicioneros con la marea alta.
A través del velo negro, los ojos de Liseth Sterling lo miraron con un desprecio tan puro que, de haber podido vislumbrarlo, el hombre habría sacado el revólver de su funda en el acto.
—Agradezco su advertencia, oficial —susurró ella, pasando de largo—. Las mareas no me asustan; son los hombres los que deben temer a las aguas cuando rompen sus diques.
Llegó a la portezuela del carruaje de postas.
El cochero, un hombre corpulento con capote encerado y polainas de cuero, le abrió la puerta con presteza y bajó el estribo de hierro. Liseth subió al departamento interior, apoyando con cuidado el pie izquierdo para no delatar la inflamación bajo el cuero del botín.
El interior del coche olía a terciopelo gastado, madera de cedro, tabaco de pipa rancio y colonia de agua de rosas.
Ocupó un asiento junto a la ventanilla orientada hacia el este.
Enfrente de ella viajaban dos caballeros de mediana edad con levitas oscuras y chisteras de seda, acompañados por una dama mayor con cofia de encajes que sostenía un caniche blanco sobre su regazo.
Al ver subir a la dama enlutada, los tres pasajeros intercambiaron miradas de respetuoso silencio, acomodando sus abrigos para no rozar el crespón sagrado de su vestido y asintiendo con una reverencia muda que eximía a Liseth de cualquier conversación de cortesía.
El cochero cerró la portezuela de golpe. El pestillo de bronce encajó con un chasquido sordo y definitivo que sepultó los ruidos del patio de postas.
Desde el pescante exterior, el hombre soltó un latigazo enérgico y gritó a las bestias:
—¡Vamos, muchachos! ¡Camino de Blackcliff! ¡Arre!
Los cuatro percherones bayos tensaron los tirantes de cuero. La diligencia dio una sacudida formidable sobre sus ballestas de acero y arrancó a trote largo, levantando una nube de gravilla y barro por la calzada principal.
Liseth apoyó la nuca contra el respaldo de terciopelo verde.
A través del cristal polvoriento de la ventanilla, vio desfilar hacia atrás los páramos de Yorkshire, las lomas grises donde las turberas dormían bajo la niebla y, a lo lejos,
la silueta diminuta y amenazante de las torres del Asilo de Blackthorn recortándose contra el horizonte como los colmillos de un monstruo derrotado.
El Acto I había concluido para siempre.
Las cadenas de hierro, las camisas de lona, el goteo de la Celda 7 y los mastines de Silas Thorne quedaban sepultados en el barro de sus espaldas. Delante de las ruedas del carruaje se abría la ruta hacia el océano, hacia la ciudad portuaria de Blackcliff… y hacia la mansión de Oakhaven.
Bajo el corpiño de bombesina negra, junto a su esternón lacerado, el rizo de Peter y la carta manchada de sangre latían al compás del galope de los caballos.
Liseth cerró los ojos tras su velo y esbozó una sonrisa que helaría la sangre de los cielos: la presa había roto la jaula y el viaje hacia el verdugo acababa de comenzar.